Carta de amor a Pancracio. Colaboración especial de doña Perfecta

thumbnail_ascensor José AntonioQuerido Pancracio,

                      Un amigo travieso (más suyo que mío, pero mío también), un malvado benigno si la contradicción procede (la contradicción se llama ahora oxímoron, ya ve usted), me pide que invente una carta de amor para entretenernos un poco hasta que llegue la lotería, que es como una tanda de penalties. Si una cosa es como la otra, supongo yo que esa otra cosa será como la una. Para entretenernos a su costa, claro. Si es tan amigo suyo como parece, y siendo persona de influencia, ya podía haberle buscado un puestecito en el Parque de Atracciones, o en el Teatro Real, o en el mismo Congreso. Un primo mio está de ujier en el Congreso y gana un dinerito, amén de los favores que uno puede sacar de allí. Un político conocido le regaló a mi primo ropa usada para toda la familia, ropa buena, y también le pasa unas botellitas por Navidad, que a él le sobran. Dice que si él, o sus colegas, se bebieran todo lo que les mandan, los presupuestos generales olerían a alcohol y los decretos ley no podrían leerse a partir de la segunda o tercera línea.

Y a lo que voy, creo que su amigo debería haberse esforzado un poco y movido algunos hilos para sacarle a usted del ascensor, que por poco desmantelan el ascensor con usted dentro. Hay empleos peores, me consta, pero incluso en las minas, siendo tan duras hay variedad, incluyendo sus propios ascensores. Si es usted timido, como sospeché desde un principio, podía haber optado por el cine, se me ocurre así de pronto. Los viajes en ascensor son un calvario para los viajantes (lo dicen los psicólogos y hasta los psiquiátras y se ha escrito mucho). Nos miramos los pies, miramos al techo, hurgamos en los bolsos las mujeres… También tuvo que serlo para usted, Pancracio, rodeado de mujeres hermosas unas veces; de vagabundos y zarrapastrosos, otras. De dandies, de maleducados, de niños llorones, de gordas, de curas con olores centenarios ¿A dónde miraba usted cuando se encontraba a tres o cuatro centímetros de unas tetas aparatosas, de un culo dulce? Tuvo que ser muy difícil.

Pancracio

Pancracio

De un tiempo acá no hay que preocuparse de eso, que ya están los móviles para que tengamos a donde mirar en caso de no querer mirar ni de reojo a otro ser humano, que es de lo que se trata. De haber existido entonces los móviles, no hubiera podido usted tener esa ayuda, porque no puede estar uno en dos paneles de botones a la vez.

A usted sí que le han tenido que mirar de reojo, y no tan de reojo, millones de veces, porque un hombre de su porte no pasa desapercidibo. A mi no se me escapó su galanura cuando me subí por primera vez rumbo a Sepu, en donde decían que debía comprar la gente que calculaba. Como yo no soy calculadora, precisamente, me senté, llegados a la superficie de la avenida, en un banco, y decidí que en lugar de meterme en Sepu me metería en Galerías Preciados, donde una leyenda urbana (que tampoco entonces se llamaban así) hablaba de una joven dependienta en cuyo moño, cardado y rociado con laca para un mes, anidó una araña venenosa. Como esa clase de moños nunca se peinaban, sino que se recomponían por las mañanas con más laca (duraban meses, ya digo), la araña empezó a comerse la piel, el hueso y al fin el cerebro de la infeliz hasta que la mató. Dicen que, en su agonía, ella sólo acertaba a reconocer que por las noches, el cuero cabelludo le picaba mucho.

Un tímido como usted, vuelvo a lo importante, habría sido un excelente acomodador (a eso me refería con lo del cine, que igual ha sonado a otra cosa). Un acomodador no tiene que mirar a nadie, ni siquiera a los clientes. Ellos van con las entradas en la mano, y el acomodador las mira una vez. Después, mira a lo lejos con determinación, que para eso se sabe el pasillo y las filas de memoria, y baja, de un porrazo seco y con más determinación aún, las partes de las butacas destinadas al culo. Imposible reconocer a ningún acomodador, ni dentro ni fuera del cine. Imposible un empleo mejor para alguien que, lo sé de buena tinta, soñaba con la creación artística, con la ficción, la literatura, los relatos. A una película diaria, que entonces ponían más, se habría jubilado usted con un mínimo de trescientas películas al año, lo que en una vida laboral sin sobresaltos, como ha sido la suya, arroja una cifra de 13.500 películas. A ver quien es el guapo, quiero decir el crítico (se puede ser ambas cosas, por cierto) que se ha metido para el cuerpo tantísimo cine.

En fin, Pancracio, que me voy de disgresión en disgresión y no acabamos. Quiero decirle algo importante, apuntado ya varias líneas más arriba: todas esas subidas y bajadas de los andenes a la superficie y de la superficie a los andenes, han valido la pena, querido y zarandeado ascensorista de mi sabrosa juventud. Porque sí, el alcahuete que me ha traído aquí será lo que sea, pero no es tonto. Sabe que le amo a usted silenciosa y largamente. Que nunca me ha escocido, ni atormentado ni quemado las venas ese amor, como dicen que pasa en las coplas de Quintero-León-Quiroga, tan del gusto de mis padres. Ha sido, y es, un amor pacifico, balsámico, terapéutico, y no sigo poniendo esdrújulas porque me va a quedar la confesión algo atropellada y tartamuda. Ha sido el mío por usted un amor hidratante, casi en spray. Un amor sencillo, un amor blanco.

Una apostilla fundamental: no he tenido que inventar nada. Sería incapaz de inventar una carta de amor. Si me permite un chistecillo verde, diré que, lamentablemente, ha sido un amor demasiado vertical, con lo mucho que conviene a los amores algunos ratos de horizontalidad. Pero quién sabe si esos ratos de darse en nuestra todavía lozana madurez, se llevarían  por delante lo balsámico, lo pacifico, lo hidratante y lo blanco. Quién sabe tantas cosas…

Tan suya como entonces

D.P.

28 Responses to “Carta de amor a Pancracio. Colaboración especial de doña Perfecta”

  1. Mi abuela Isabel, como gaditana que era, tenía el humor ácido en sus venas, y solía decir que en el amor, muy a menudo, más veces de lo conveniente, cigarrón (que es tanto como decir saltamontes) salta y no sabe adónde. Los amores raramente son avenidos, y la vida nos enseña que a la larga todo es lo mismo. Querido amigo Tirado: me han encantado esas reflexiones porque en la evocación está la poesía.

  2. Me ha parecido entender que Pancracio Celdrán atribuye “estas reflexiones” a Tirado. Si así fuera, sepa Vd., Sr. Celdrán (ahora que me acuerdo, tengo que seguir buscando su libro), que las reflexiones, aunque hijas de poco reflexionar y mucho eruptar, son mías.

  3. Estimada Doña Perfecta.

    Vuelvo a este blog para indicarle que no sé a cuento de qué ese Celestino de Tirado ha caído en la tentación de pedirle a usted, deseada señora, una carta a Don Pancracio, habiendo hombres como yo: Deportista, fuerte, que jamás ha leído un libro ni un periódico, permanentemente enganchado a los video juegos. Insisto, al igual que mi maestro Messi, no he leído un libro jamás. Y bastante me cuesta leer este blog, que solo faltaba, por ejemplo, que hubiera un blog dedicado exclusivamente al teatro. Pero lo habrá, al tiempo. Y más cosas: El de la foto no es Don Pancracio. Don Pancracio tiene 83 años. Y aquí contó los escarceos que tuvo con una señora que le enseñaba el canalillo, ya viudo de su Encarnita. Y don Pancracio fue el Jefe del Ascensor, no el ascensorista, de modo que su sueldo en 1968 era de 7.512 pesetas al mes, sin contar las pagas extras de Navidad o del 18 de Julio. Y que una vez al mes iba a los cines de estreno a la Gran Vía, con su Encarnita, y daba dos reales al acomodador. Y vive en Cuatro Caminos. Vamos, que Don Pancracio va a tener que escribir sus memorias y ganar un premio literario para que usted sepa más de su vida. Y quiero decirle más: Tiene usted una prosa demasiado barroca. Me recuerda a la de un tal Joyce, que ignoro si tendrá algún parentesco con usted. Y nada más, que llevo casi tres horas para escribir estas líneas, ese oficio infecto de la escritura. Y a mi tampoco me extrañaría que esas líneas que firma Doña Perfecta las haya escrito, como se malicia Don Pancracio Celdrán, el propio Tirado, con una peluca a lo Anthony Perkins en Psicosis. Aquí ya solo faltaba Macaón.

  4. Estimada doña Perfecta, le pido disculpas por atribución de autoría indebida. Pero como el mismo Cervantes en su Viaje del Parnaso pone a Pancracio (de Roncesvalles) como correveidile… nada menos que del Olimpo…
    Me ha gustado el escrito, doña Perfecta.
    Abrazos.

  5. Doble y agradable sorpresa, la entretenida y bien escrita historia sobre los quehaceres del entrañable don Pancracio, y la presencia como especial colaboradora de doña Perfecta, creo que por primera vez, en esta casa de todos que es “El país de Alicia”. Que siga. Considerando edad y experiencia he imaginado el destino ideal para don Pancracio: encargado de ascensoría del Gran Hotel del Coronado, en San Diego, California. Sí, donde se rodó “Con faldas y a lo loco”. Por cosas de la vida, cierta vez, lo juro, me colé por allí. Inagurado en 1888, casi todo él de madera, conservaba su ostentoso “look” victoriano. Quedé impresionado de cómo la decadencia puede ser hermosa. Y sobre todo quedé prendado de los ascensores (confortables cabinas de ascenso), con sus ascensoristas y sus vistosos uniformes color púrpura y chaqueta corta de doble botonadura y su cachucha a juego. Allí, don Pancracio, nadie lo mirará anacrónicamente, sino como respetuoso símbolo de bienestar. Anímese hombre, el horizonte no tiene límite.

  6. Distinguidos Cebolla et alters, me pillan ustedes haciendo lo que casi todo el mundo hace un sábado por la noche, bien entrada la noche, en una gran ciudad: limpiar la vitro con ayuda de un raspador, primero, y del inigualable Vitroclen a continuación. En un próximo rato de calma tendré mucho gusto en comentar sus comentarios (se me perdone redundar), especialmente eso de que “soy muy barroca”. No se cómo, pero me defenderé.

  7. Bravo por la capacidad de amor o de amar de doña Perfecta, yo hace ya tiempo que no amo ni a mí mismo.

  8. Veo que esto va a traer cola… Debo decir que el destino de ascensorista al final de mi vida no me parece oportuno…para los clientes, que, estando yo a ese cargo, verían lentificdas sus subidas y bajadas a los lujosos aposentos superiores. Preferiría ser el botones Sacarino, amigo Cebolla…, apellido por cierto mucho más ilustre de lo que el término haría pensar. Gracias, Tirado, por encender esta mecha…que no sabemos todavía en qué momento acabará en explosión.

  9. Vuelvo, gustosa, con ustedes (les diré que la vitro quedó como la patena). No se me enfade, Sr. Cebolla, pero ya que usted no lee, ni ha leído, ni parece que vaya a leer, debería por lo menos no presumir de ello. Guárdelo en secreto, porque algunas mujeres de gusto delicado y talento literario, como yo misma, somos incapaces de amar a un iletrado. Podrá usted decir que qué mas da, que ese ‘target’ restante, de mujeres no tan delicadas, también es interesante, y es verdad. Pero créame, no es lo mismo.

    ¿Fue jefe de ascensoristas, Pancracio, y no ascensorista a secas? No lo se, yo le conocí firme en su puesto de servidor público, entregado, casi mimetizado con el ascensor. Silencioso, también, pues ni falta le hacia al hombre preguntar a cada uno a qué piso iba, era evidente que todos íbamos bien a la calle, bien a los andenes del metro. Pancracio, en su silencio disciplinado y digno (no tenía otras opciones, como he dicho), no sólo me cautivó, sino que secuestró para siempre la parte más tierna, candorosa y vulnerable de mí. Tanto ha sido suya desde entonces esa parte, que ya ni siquiera es mía, y por eso me convertí en una rabisparra deslenguada y procaz. Pura coraza.

  10. Lo de Encarnita… Puede ser una estupidez, pero me escuece un poco. Podría usted hablarnos un poco de ella, Pancracio. Podría usted manifestarse, Pancracio, leñe, que no dice ni pío.

  11. Señora Doña Perfecta. Yo creo que usted está jugando a dos bandas en este blog, como Edgar Neville hizo en ‘El baile’, extraordinaria obra teatral que nuestro anfitrión Tirado siempre pronunció ‘El BEILE’, con ‘E’, yo no sé por qué. Mire usted, ‘El baile’ es la historia de tres personajes, una señora, el marido de la señora, y un amigo de ambos, que también está enamorado de esa señora. Es decir, que los dos amigos están enamorados de la señora. Y creo que en estos momentos es preocupación profunda de Tirado, no sólo pronunciar ‘El beile’, que eso es irreversible, sino que dada la confusión que se ha creado en este Blog, usted, Doña Perfecta, debiera aclarar a quién va dirigida la Carta, si a Don Pancracio Celdrán, o a Don Pancracio el del Metro, o, dada la condición de “rabisparra, que usted misma se adjudica, a los dos. Dígalo usted sin reparos. Porque en este Blog ya estamos acostumbrados a todo. Si al señor Macaón le gusta pasear con un pie en el asfalto y otro pie en la cuneta, ¿por qué a usted no le va a gustar el Pancracio escritor y el Pancracio que subía y bajaba en el ascensor de José Antonio con la misma dignidad que Charlon Heston en el avión de la película ‘Aeropuet’o? En fin, Don Pancracio el del Metro sería muy feliz si la carta sólo fuera dirigida a él, pero estaría dispuesto a compartir el amor de usted, como los personajes de la ya renombrada obra EL BEILE, de Edgar Neville. Para Tirado; ADGAR NAVILLE.

  12. Mis labios están sellados en cuanto a Encarnita (Polo). Doña Perfecta…, también los mantendría así en su caso. Me encanta su desparpajo, en el que entreveo esa chispa de genialidad de quien no se propone ser brillante. Le confieso que me gusta usted… pero no sé qué partido podría sacarle.

  13. Me asusta usted, D. Pancracio Celdrán ¿Qué quiere decir, concretamente, con “no se qué partido sacarle”? Eso lo decimos de una chaqueta vieja que aparece en el armario, un retal que te llevas del mercadillo sin saber porqué ni para qué, una manita electrica… En fin, muero de curiosidad. En cuanto al beile, Pancracio a secas (si, usted), me parece recordar que era una bebida achocolatada que entusiasma, misteriosa y casi exclusivamente, a mujeres optimistas y poco reflexivas. A mi me no me termino de conquistar el baile, prefería el Cointreau.

  14. Un placer saludarle, Macaón. Le encuentro a usted menos atormentado que de costumbre, y me alegro.

  15. Doña Perfecta…la utilidad de las personas y cosas, la posibilidad de sacarles partido, no se agota en los tres ejemplos que aduce…, y es claro que podríamos hablar de otros muchos más. Piense usted qué partido se puede sacar de usted y coméntemelo.

  16. Buenos días Doña Perfecta. Por seguir con las teorías de Don Pancracio Celdrán, dígame si se puede sacar de usted entradas para el partido Barcelona-Real Madrid del sábado, que no tengo. Dígame qué partido se puede sacar de usted y coméntemelo, o mándeme directamente a freír espárragos, mientras Don Pancracio a secas se cura de su inoportuno resfriado. El partido Osasuna-Atlético fue un beile para los rojiblancos de Tirado.

  17. Me tomo la licencia de entrar en la batalla de los Pancracios. A Celdrán lo sigo desde hace años, con Pepa Fernández en Radio Nacional y me parece un sabio genial y extraordinariamente ameno. Pero creo que la carta de amor de doña Perfecta no va dirigida a él, sino a otro Pancracio, Pancracio Barrilado, a quien no veo desde hace cincuenta años, pero de quien he tenido alguna noticia muy esporádica a lo largo de este tiempo. He caído casualmente en este foro, o bloc, como me parece que les llaman a estos rincones del internet, y para mi sorpresa creo haber descubierto a aquel querido compañero de servicio militar. Él o doña Perfecta podrán sacarme de dudas. Resulta que hice la mili con Pancracio Barrilado en el Cuartel de Infantería de Vigo, que estaba en el Castillo del Castro. Éramos de la quinta del 53. Yo siempre digo, citando a ese otro sabio que es don Manuel Alcántara, que los años cincuenta quizá no fueran los mejores, pero fueron los más nuestros. En el cuartel pasamos muy buenos ratos y algunos no tan buenos, pero el balance es positivo y el recuerdo de viejos compañeros de armas como Pancracio imborrable. Fue mi mejor amigo. Los dos éramos soldados rasos, pero Pancracio era el furriel de la compañía, con su porte de muchacho fornido y un admirable sentido de la justicia, aunque conmigo algún trato de favor que otro tuvo, es natural. Los mejores ratos los pasamos en las largas tardes de la cantina donde dimos cuenta de muchas botellas de calimocho. Nunca he vuelto a tomar un combinado con tanto placer y creo que a Pancracio le ocurrirá algo parecido. En esas inolvidables tardes, Barrilado aprovechaba para escribirle largas cartas a su Encarnita. Las redactaba en una de las mesas de la cantina, con un vaso de calimocho y la foto de su Encarnita al lado, y eso sin dejar el palique conmigo y con algún otro compañero de armas como Paco Barroso Luna o Ginés Orts Cañabate. En fin, no les entretengo más. Deseo solamente la confirmación de que he dado en el blanco. Nada me haría tanta ilusión. Saludos, señores Tirado y Perfecta.

  18. Escribo desde la habitación del hospital donde momentáneamente está ingresado don Pancracio Barrilado, o sea, Pancracio el del Metro. No sabe usted, Don Patricio, lo que se ha emocionado cuando le he leído su misiva, señor Almendra. Hace tantísimos años. Mire usted, don Patricio, esas letras me han emocionado también a mi, porque, aunque fueran una ficción, están llenas de sincera amistad. El teatro, amigo mío, hace que nos olvidemos de quién somos, para, al mismo tiempo, recordarnos quien somos. Usted, y doña Perfecta comprenderán que, para ser yo un completo iletrado, algunas cosillas sé. Me ha dicho Pancracio Barrilado que qué hace Doña Perfecta un sábado por la noche limpiando su cocina, pudiendo estar en el teatro. Que una mujer como ella, de su porte y categoría intelectual, ha de ir a los estrenos, a estrenos como los de antes. Había un crítico de teatro con tanta influencia, que acudía a los estrenos acompañado por su señora y por la querida. El acomodador trataba a ambas damas por igual. Y cuando había unas escena graciosa, el crítico daba un codazo a su señora, y se volvía para guiñar el ojo a la querida, que se sentaba en la fila de atrás. No sabe si lo ha contado ya Pancracio, pero me dicta para que lo repita. ¿Y usted, Almendra? ¿Se casó? ¿Ha tenido hijos? ¿A qué se ha dedicado? ¿Florece en primavera?

  19. Este blog convertido en laberinto de septos infinitos que te lleva al amor y luego, sin querer, a cualquier otro tema; olvidos, desencuentros, memorias castradas por años que nunca acaban.

    En este pasillo de palabras que se entrecruzan con puertas apenas abiertas o con otras clausuradas, me atrevo a contarles lo que me ocurrió apenas unos días en la cola de la administración de lotería de la Gran Vía.

    Me adelanto a su juicio, no soy un jugador empedernido solo galanteo con la suerte en Navidad y en Reyes.

    Pues bien, en esa cola de espera interminable en donde sin querer empiezas a hablar con el de aquí y con el de allá, surgió la conversación, no sé por que, de la antigua librería de Espasa Calpe.

    Mi padre me llevaba, dijo un hombre con una voz ronca carcomida por grumos de nicotina, a ver aquellos gruesos libros de enciclopedias de temas tan inútiles como diversos, enciclopedia de la arquitectura ornamenta, de recetas mediterráneas, de deportes acuáticos, de síntomas de enfermedades respiratorias, mirábamos y mirábamos, los abríamos, los cerrábamos y nunca comprábamos ninguno, y como nosotros la mayoría de las personas.

    Pues yo recuerdo un día, dijo una mujer madura en la terrible frontera de la desesperación que construye la menopausia, que fui con un chico, seguramente un compañero de clase, a comprar el ultimo de Umbral, si claro Francisco Umbral aquel escritor con bufanda y pelo largo.

    Era verano y llevaba una camiseta de amplio escote un gesto ingenuo de reivindicación de aquella época, como un “no pasaran” gritado en sordina.

    Subimos en un ascensor de color gris y luz de quirófano antiguo dirigido por un ascensorista medio cegato, que no había visto un escote como el mío en muchos días pero si, frecuentemente en sueños nocturnos.

    Me miró con descaro y sin disimulo al canalillo de mis pechos como si fuese uno de los arquitectos que construyó el Canal de Suez.

    En aquel breve tiempo examinó con sus ojos de mochuelo viudo, de arriba a bajo con una mirada pegajosa incluso inquietante la zona de conflicto.

    Cuando llegamos al piso de literatura del siglo XX mi amigo y yo no paramos de reir hasta acaba con nuestras carcajadas en la cercana cafetería de Nebraska.

    ¿Qué será de aquel hombre?. ¿Qué será de mi amigo?.

    La mujer se acercó a la ventanilla y simultáneamente su sonrisa se borró de sus labios.
    Un decimo, dijo , que acabe en veintidós.

    Los dos patitos de la suerte, le contestó el lotero.

  20. Me parece que aquí hay excesivo travestismo. El Seol y el Abadón nunca se sacian, así nunca se sacian los hombres de ejercer el escondite.

  21. Reconozco que no me había reído tanto desde los viejos post de cuando Zapatero. Y no es porque la cosa sea de risa, que no lo es, sino porque da risa, al modo en que uno se despiporra cuando a su lado se descoyunta un cristiano. Es muy serio y muy grave que doña Perfecta esté enamorada de Pancracio Barrilado (por fin sale a colación su apellido) y quien la corresponde sea otro Pancracio, en este caso el laureado y tocado por las musas, Celdrán. Doña Perfecta ama a Pancracio Barrilado que muere (no por ella, sino de puro constipado y viejo, o mayor, en un hospital de la Seguridad Social) y quien estaría dispuesto a matar por ella es el impar Pancracio Celdrán. Eso por no citar a Cebolla Madriles, tan castizo, que a la vista salta que bebe vientos por la imperfectible. Pero Cebolla, como Macaón y tantos otros aspirantes quedan, me parece a mí, sin vela en este entierro (que llegará) al no haber sido bautizados Pancracios.
    Suyo Perfectísimo: don Perfecto.

  22. Ayer, que no paró de llover, yo también me acordé de D. Pancracio y de aquél día, uno de esos en los que nunca pasa nada, en el que vaya si nos pasó, que al cuarto de hora de estar atascados en aquél ascensor empezamos a imaginar -Pancracio, Doña perfecta, Rosita y un servidor- cómo se nos vendría encima la noche, y después el día, y así un domingo y otro hasta que uno de los cuatro se despojara del pudor que impide reconocer la insignificancia, el valor de lo efímero, la tragedia de ver escapar el tiempo, el sabor del aire limpio, la tristeza de no entender lo que somos ni el porqué de lo que hacemos. No estoy muy seguro, pero creo que fueron Pancracio y Doña Perfecta quienes mejor entendieron que sólo el amor puede ser más fuerte que aquél cuarto de hora colgados de un ascensor. Lo vi en los ojos de Doña Perfecta cuando D. Pancracio exclamó sin pestañear: ¡Bueno, esto ya está arreglado!. Ven como era cuestión de tiempo.

  23. Habrá que evocar al autor inglés de la importancia de llamarse Ernesto… Ahora lo importante es llamarse Pancracio, más bien el Barrilado que el sin barrilar. hermosa evocación la de su compañero de armas…la mili marca. Yo siempre digo, e incluso lo he escrito, que nunca comí mejor que cuando hice aquel servicio militar…siendo maestro de analfabetos y sacristán, cargos ambos rebajados de guardias y por ello muy solicitados. Lástima que haya desaparecido la MILI: muchos de los problemas de la juventud actual estriban en ese hecho. Doña Perfecta…, simpatizo con una criatura como usted, rebelde y dispuesta. Me enorgullece la amistad epistolar que aquí se ha iniciado propiciada por una Celestina estupenda: nuestro Tirado.

  24. Habla usted de “una mirada pegajosa”, D. Marciano Indiscreto, y eso me remite inmediatamente a una novela de Leonardo Sciacia: “El archivo de Egipto”. En ella aparece una imagen literaria casi idéntica, que reproduciré cuando la encuentre. Mientras, saboreo el ingenio de unos y de otros, llegando cada vez más alto, y brindo conmigo misma por mí misma, única mujer en este micromundo de hombres que aquí me rodea. Estoy halagada, no voy a negarlo, y encantada. En breve entraré en detalles.

  25. Como soy hombre de suyo antiguo, por condición y mayormente por edad, no suelo reparar fácilmente en las discriminaciones de sexo, o como dicen ahora, de género, pero me ha parecido muy oportuna la última intervención de doña Perfecta, quien hace sobrado honor a su nombre. Estoy feliz de haber dado con esta hospitalaria cantina, en la que no se toma calimocho, pero se habla con una propiedad y soltura que ni por aproximación tenían aquellos cabestros del servicio militar. No digo todos, pero sí muchos de ellos. Entre las excepciones, claro, la de Pancracio Barrilado, que era hombre apuesto en lo intelectual y en lo físico. Quiero decirles que media docena de compañeros del bar del jubilado donde paso las tardes, aquí en Crevillente, se han hecho ya asiduos de este bloc, de modo que les estoy agrandando la clientela, sobre todo al señor Tirado que supongo que es el que se lleva los cuartos en este acogedor hogar. Por cierto, ¿son todos ustedes jubilados? Doña Perfecta, no, eso salta a la vista. Me preguntaba el señor Cebolla Madriles por mi vida, que si estaba casado, etc. Pues sí, me casé en el 55. Y ya se me alcanza el chiste de Madriles sobre si florezco, pues bien he de decirle que por una de esas coincidencias de la vida mi señora se llama Eloísa. Tenemos dos hijos, la parejita: Candelaria y, ¡pásmese!, Pancracio, en honor de mi amigo Barrilado. Pancracio por cierto me ha hecho abuelo. Tengo tres nietos, dos chicas y un chico, cuyo nombre me ahorro señalarle.

  26. Señores, yo me empiezo a sentir como los toreros que se enfrentan a seis toros. Como los domadores que se encierran con la fiera. Como Don Pelayo en Numancia. Como Moscardó en El Alcázar. Como Sherezade, es decir: si acierto a seguir contándoles cosas que les interesen, sobreviviré. Si no, ya sabemos: Pancracio Celdrán optará por sacarle partido a otra. Macaón volverá a la lámpara, a esperar nuevos frontamientos (qué palabra, Dios). Don Almendro, o como se llame, florecerá en otro paraje. El Marciano volverá a Marte antes de que cierren la puerta de embarque. Solyloquio, y mi tocayo, Don Perfecto, se evaporarán, de puro líquidos, y Paco Girón.. ¿Quién es usted, D. Paco Girón? Concluyo despidiéndome del avispado Cebolla Madriles, a quien perdonaría su falta de cultura si hubiera propósito de la enmienda. Y por fin, mi siempre recordado, mi cariño mudo, ausente, viudo, anciano: Pancracio Barrilado ¡Si al menos confesara que me recuerda!

  27. Doña Perfecta…esa traca final suya es grandiosa. Déjelo ahí porque no es mejorable. Los amores internéticos son los más emocionantes porque, como los ángeles, están desprovistos de sexo. Doña perfecta no necesita más nombres ni apellidos, nació con la redondez propia de lo acabado…Un beso casto…, y a ver si por fin encuentra usted mi libro…, cosa nada difícil…hay más de 60 con mi firma, leñe…, como ha dicho castamente alguien…, creo que usted misma. Saludo al desencadenador de esta serie de intervenciones a cada cual más sabia.

  28. He tenido un extraño sueño (parecido al de Quevedo). No era pesadilla, aunque sí desapacible. Me encontraba en el Transmundo, en el Ante-Inferno, en las oscuras nieblas del Érebo, lugar donde los muertos tienen que pasar inmediatamente después de fallecer. No sabía, exactamente, si yo estaba vivo o muerto, pero sí lo que buscaba. Era a Pancracio, el pobre, aunque dulcemente, había fallecido y sabía que estaba sin blanca. Tenía que darle el óbolo para Caronte. Por fin, entre multitud de espíritus errantes, lo encontré sentado en el suelo y los pies metidos en las fangosas aguas del Estigia. Me miró sin sorprenderse, algo compungido pero sereno. Le entregué la moneda y al momento, alguien, corriendo y dando chillidos, se me acercó. ¡Era Rita, Rita la valenciana! Me pide otra moneda, pero ya no tenía mas. Me sorprendía que alguien con su sueldo no llevase dinero, y me dice que ella va a todos los sitios gratis, que todo se lo pagan. Otros gritos, desde la entrada, la llamaban. ¡Era Rajoy! Tenía una moneda en la mano y quería dársela. Gritaba el hombre intentando entrar, pero Cerbero, el can de tres horribles cabezas, cuya misión era asegurarse que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar, se lo impedía. A cada intento recibía un mordisco, estaba ya sin pantalones. Detrás de él, semioculto, una cabecita con una media sonrisa cortada, saludaba a Rita, creo que era un tal Hernando. Rajoy, mirándola impotente, se encogió de hombros y se marchó. Rita, toda vestida de negro, como el Cholo, agitaba los brazos como si quisiera volar, parecía un pajarraco de mal agüero. Busqué a Pancracio, pero ya cruzaba el río Aqueronte en dirección al Tártaro. Creo que le irá bien. Sé que el dios Hades, el que rige el reino de los muertos, no es maligno. Ignoro si en el inframundo hay ascensores pero un buen destino seguro que pillará. Con el tiempo podrá beber las aguas del Leteo, río del olvido, y todos sus posibles pecados le serán perdonados. Será la hora de la transmigración. Busqué a Rita entré los millones de sombras incorpóreas pero no la vi. No sé si la pobre sabe que le quedan mas de cien años para tener alguna posibilidad de cruzar el río. Luego me desperté.

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