La muerte de un joven

Javier -así se llamaba el muchacho de quien escribía en la última entrada- murió pocas horas después. Se marchó en paz, su padre y una prima muy querida estaban con él cuando su vida se apagó, al punto llegaron el resto de familiares. Dejó tras de sí tristeza y llanto inconsolables, como no podía ser de otra manera, una ausencia que parece insuperable. El dolor se vio tamizado por la compañía numerosísima en el cementerio, en el funeral y el entierro. Conmovía ver las lágrimas de familiares y amigos, la mayoría gente muy joven, posiblemente para muchos de ellos era el primer contacto con la muerte. Un muchacho que era entrenador de balonmano de diversos equipos, de diversas edades, que le lloraban y despedían con un cariño que hablaba de lo mucho que lo habían apreciado en vida y lo dolorosa que les resultaba su muerte.

Ahora, sólo queda el silencio. La ausencia. El recuerdo de otros tiempos que aflora a cada momento, parece ocuparlo todo y provoca tanto dolor que se convierte en insoportable, hasta que se alivia temporalmente con el sueño. De poco sirve pensar que, como cristianos, no creemos en la muerte sin resurrección, aun cuando no sepamos en qué consiste ésta. Es el momento de la fe desnuda, desprovista de toda razón, que se lanza a la negrura y pregunta, como Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”. Cuando el Padre ya no está, ni se le percibe ni se le espera, cuando todas las experiencias previas de un Dios fiel no resultan de ayuda, cuando nada ni nadie parece que puedan aliviar el dolor. Quizás sólo queda pensar en Jesús crucificado -queda todavía próximo el recuerdo de la semana santa, ahora instalada en un Viernes Santo permanente- , que conoció antes que nosotros el abismo al que hemos sido arrojados, de forma todavía más dolorosa e injusta, porque no es lo mismo morir en una cama rodeado del cariño de los tuyos que en un instrumento de tortura, abandonado y maldito, aunque eso sirva ahora de poco consuelo a esta familia por la que rezo y lloro.

No quiero dejar de mencionar lo que vi la tarde de la muerte de Javier en el hospital donde le trataban (La Princesa de Madrid). Un personal sanitario que abrazó y lloró con los padres, de todos los estamentos profesionales: el joven médico que le atendía, enfermeras, auxiliares. Eso dice mucho de su calidad humana, mucho más allá de una profesionalidad que han demostrado durante estos duros años, en los repetidos ingresos hospitalarios, las tandas de quimioterapia, los trasplantes de médula. Como médico, he aprendido que el factor humano hace más llevadera la peor de las situaciones, y apenas puedo imaginar una peor que ésta.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

La enfermedad de un joven

La enfermedad se presenta de repente, cuando menos la esperamos. No habíamos contado con que pudiese ocurrir. En el caso de la gente mayor, lo cierto es que resulta algo casi previsible, antes o después los órganos se agotan, se averían, y aparecen los síntomas. Pero en el caso de las personas jóvenes, con toda la vida por delante, con proyectos, enfermar resulta mucho más duro. Además, por lo general las enfermedades en la gente joven siempre son graves: cánceres sanguíneos, tumores cerebrales, enfermedades autoinmunes … la gente joven tiene ganas de vivir, le queda todo por disfrutar y descubrir en la vida, el amor, una vocación, un trabajo … y se aferran a ella con todas sus fuerzas. Por eso es tan terriblemente duro verles morir, resulta tan desgarrador ver que se van apagando, que la vida se les escapa, que se acercan a su agonía, casi siempre penosa de contemplar y dolorosa de acompañar. Se me rompe el alma al ver a un padre coger la mano de su hijo moribundo, preocupándose por el menor síntoma, esperando quizás un milagro… Se me llenan los ojos de lágrimas por esa vida que se apaga y por el sufrimiento que intuyo espera a la familia. Quisiera poder ayudar de algún modo, pero no se me ocurre ninguno. Me conforta pensar en los amigos que acuden de todas partes para mostrar su dolor y su cercanía, en la familia que se intenta reconfortar en este trance. Intento recordar que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección, aunque no sepa cómo sea ésta. Y que el muchacho renacerá a una vida mejor, más plena, una vida en el espíritu que nos anunció el Padre de Jesús. Pero me temo que creer eso no ayuda mucho a los más cercanos que quedan aquí.

David Werner lo formuló muy certeramente: ´”las personas que han vivido plenamente, por lo general, no le tienen miedo a la muerte: al fin y al cabo, es la forma natural de terminar la vida. Sin embargo, hay quien teme abandonar el mundo que conoce”.  Yo añado que una persona joven nunca quiere abandonarlo, a menos que la vida le suponga un sufrimiento insoportable y se suicide, pero para eso hay que estar muy enfermo, y no es el caso de la mayoría. Ciertamente no es el caso de la persona en quien tengo ahora mi pensamiento, un muchacho que quería vivir y que quería hacer un montón de cosas en esta vida.

Lamento transmitirles tristeza, pero ayer visité no como médico sino como amigo al hijo de unos amigos que se está muriendo y me golpeó todo el sufrimiento que vi. Por lo general suelo ser estar acostumbrado a estas situaciones, hace ya muchos años que ejerzo y uno se hace a casi todo, pero hay veces en que se está más sensible, o las defensas están más débiles, quién sabe. Quiero creer que el Dios cristiano lo abrazará amorosamente cuando marche de este mundo que conocemos, como su madre lo abrazó con toda ilusión cuando nació. Y ojalá entre todos podamos consolar a los vivos.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Desmantelar una casa. Buena suerte, Miguel

Durante estos días de Semana Santa me he dedicado, además de a ver procesiones en mi nativa Zaragoza y compartir ratos y mesa con mi familia, a recoger algunas cosas de casa de mi madre. En cada rincón un recuerdo: los álbumes de fotos, los libros, las ropas … recuerdos la mayoría buenos y algunos malos, de todas las alegrías y tristezas vividas en la casa de los padres. No podía ser de otra manera, son las mimbres de la vida humana, de nuestra familia y de cualquier familia, hemos recorrido ya varios tramos del camino de la vida disfrutando siempre que se ha podido y sufriendo cuando ha tocado. Embalé algo de vajilla, doblé los chalecos que ella usaba (y que antes habían sido de mi padre) y que ahora están en mi armario, recogí un par de crucifijos a los que tenía mucho aprecio (uno de ellos el que siempre estuvo sobre la cabecera de su cama) y que también me he traído … mi familia vivió y murió en esa casa, ojalá ahora pueda ser un buen soporte para otros. Yo me he tomado mi tiempo para despedirme, para acunar mis recuerdos, y ahora cuando entro por su puerta ya no espero ver a mi madre en su sillón, ni escuchar su respiración dificultosa por la noche; cuando se hacen las ocho ya no miro al teléfono y hago ademán de llamarla para preguntar cómo había pasado el día … ahora me queda el agradecimiento por lo vivido y recibido, el inmenso cariño con que recuerdo a mis padres, el intento de ser una buena persona y un buen cristiano y así honrar su memoria …Todo eso me queda.

En otro orden de cosas, comentarles que un compañero urólogo abandonó el otro día el Hospital de Parapléjicos, decidió cambiar de aires insatisfecho con lo que hacía y veía, con una gestión que se está revelando letal para nuestro hospital, con la ausencia de un proyecto ilusionante y consistente. Teniendo otras posibilidades, decidió que no quería seguir ejerciendo “a destajo”, sin poder dedicar tiempo a la investigación clínica, uno de los motivos por los que había aceptado venir a trabajar a nuestro centro. A veces bromeaba con él cuando me contaba en qué se había convertido su práctica cotidiana, y me decía que el hospital se había convertido “en una fábrica de embutidos”, en que él realizaba prueba tras prueba y redactaba informe tras informe, sin tiempo para razonar y explicar los hallazgos de las exploraciones, para comentar los casos con los colegas. Cuando una persona válida se marcha, los gestores y el jefe de servicio deberían reflexionar y preguntarse por qué lo ha hecho, pero eso presupone una capacidad y una humildad que parecen no poseer. Echaremos de menos a Miguel –así se llama el colega que se ha marchado-, una persona con sus peculiaridades pero positiva, disponible y capaz, con un currículum de publicaciones excelente y con unas capacidades que podía haber dedicado a la sanidad pública y al hospital todavía unos pocos años, si solamente su servicio y su trabajo se hubiesen gestionado mejor. No estoy muy seguro de que sea el último que se va, cuando un hospital no funciona hay quien no se resigna a estar a disgusto y busca mejores posibilidades. El problema es no percibir que esa marcha es síntoma de que algo no va bien e intentar poner remedio.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

“No matarás” (Ex 20, 13)

Muchas veces pienso escribir sobre asuntos más relacionados con mi profesión, generalmente no faltan, pero los acontecimientos me hacen elegir otros temas, sobre los que escribo como ciudadano y como cristiano. De ahí la entrada de hoy.

Durante 40 años, ETA y sus adláteres asesinaron, extorsionaron, secuestraron, torturaron, difamaron, calumniaron y amedrentaron. Y sectores de la sociedad vasca (políticos, cocineros, deportistas, escritores, profesores universitarios, docentes de colegios e institutos) y de la iglesia vasca (curas párrocos, religiosos y religiosas, laicos) callaron cobardemente, miraron para otro lado, o todavía peor, justificaron y comprendieron. No sólo eso: se escandalizaban de las violaciones de los derechos humanos en Nicaragua, en El Salvador, en el cono sur, mientras las que ocurrían en su ambiente, contra sus prójimos, les traían sin cuidado. Con todo ello, se hicieron cómplices por acción u omisión de uno de los peores pecados que puede cometer el ser humano: quebrantaron el 5º mandamiento de la ley de Dios, “no matarás”, quizás el más fundamental de todos, el más básico, fontal en todas las religiones, porque si no se respeta la vida humana, todo el resto de mandamientos quedan sin valor. Esto lo habían dicho Jesús (que adoptó una postura no violenta incluso en la cruz), todos los profetas y todos los hombres de Dios, entre ellos monseñor Romero: “nada hay más sagrado que la vida humana, que la persona humana”. Eligieron no escucharles, aun cuando muchos de los asesinos y sus cómplices decían creer en el nazareno. Así me lo contaba un jesuita ya fallecido, Jesús Iturrioz: antes de un asesinato había etarras que iban a confesarse, y había sacerdotes que les daban la absolución por anticipado. No lo he visto personalmente, pero aquel hombre serio y profundo no tenía por qué mentirme. Sí he vivido en carne propia, en la basílica de Loyola, en mis tiempos de estudiante jesuita, el silencio que se guardaba ante los asesinatos de los policías, militares, guardias civiles y políticos. Estos oídos que se acabará comiendo la tierra escucharon el “algo habrá hecho”, “debe ser de los que mete la droga”. Y estos ojos que también acabarán en la tierra han visto, en un fuego de campamento de un colegio de los jesuitas vascos, escenificar una rueda de prensa de ETA, con los muchachos y sus monitores encapuchados, y el resto del grupo riéndoles la gracia. Como forma de expresar mi disgusto y mi desacuerdo, desde el año 1985 sólo he vuelto en una ocasión a esa tierra que tanto quise, y no creo que regrese jamás, porque no puedo estar de acuerdo con un pueblo que hizo y dijo esas cosas.

Por eso hoy, cuando los asesinos escenifican una fantasmal entrega de armas, cuando los políticos se fotografían al lado del criminal de Otegui, cuando hay quien dice que es mejor olvidar, pasar página, no quiero dejar de aportar estas líneas, y recordar que una sociedad que no honra a sus víctimas y desprecia a los verdugos no tiene fundamentos justos ni cristianos. Quizás haya que acostumbrarse a esta nueva situación, pero entiendo que somos muchos los que no dejaremos de denunciar que, aun cuando había medios políticos para defender las ideas, aun cuando había cauces legales, se eligió matar y secuestrar. Y no se mató y secuestró a cualquiera (como en la sociedad salvadoreña no se persiguió a cualquiera, sólo a una parte, la que reivindicaba una sociedad más justa, como señala monseñor en su discurso de aceptación del doctorado honoris causa de Lovaina): en el País Vasco tras la transición se persiguió casi exclusivamente a los no nacionalistas, a los llamados españolistas, a todos aquellos que no apoyaban una sociedad exclusiva y excluyente, a los que “no eran de los nuestros”. Es una página triste y oscura de nuestra historia contemporánea, que no se justifica en absoluto aludiendo a la represión franquista, a las torturas en las comisarías, a la ausencia de libertades; más que nada porque la violencia se ha prolongado mucho más tiempo que aquellas situaciones, porque fueron muchos ciudadanos (los realmente valientes, porque disparar a la cabeza y poner una bomba lapa es cobarde) los que denunciaron aquellos hechos cuando había que hacerlo de forma pacífica, sin recurrir a la violencia; y porque justificar la violencia como respuesta a la violencia (“ojo por ojo, diente por diente”) no es cristiano, no fue el camino de los profetas bíblicos ni de Jesús, y en último término acaba llevando a la destrucción. Recordar hoy todo esto, sin ira pero con firmeza, es hacer memoria de nuestra historia más reciente, y lo considero un deber cívico y moral.

Hay cosas que aprendimos de niños, como la confesión de los pecados que describía el catecismo. Lo recitábamos de carrerilla, sin comprender la profundidad de lo que decíamos. Así, aprendí que los pecados se reconocen, uno se arrepiente de ellos, pide el perdón de Dios y decide –aunque luego las fuerzas le abandonen y vuelva a obrar mal- no pecar más. Con ello se alcanza la reconciliación. De niños nos confesábamos de cosas que ahora nos parecen tonterías, nos hacen sonreír. Más tarde comprendí que el pecado es aquello que produce la muerte del hombre (también lo expresa así monseñor Romero en el discurso que cité antes): la muerte del que lo comete y la muerte del prójimo (como él señala, la muerte rápida de la represión y la muerte lenta de la falta de justicia, la muerte que producían el hambre y el analfabetismo en El Salvador en sus días, y que yo vi personalmente). Creo que podemos afirmar que en el País Vasco se ha pecado y no podrá haber reconciliación si ese pecado no se confiesa, se reconoce y se pide perdón por él. No es ese el camino que las fuerzas políticas vascas –salvo el PP y Cs- han emprendido y no es ese el camino menos violento que nos llevará a la salvación.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Monseñor Romero: reflexiones al hilo de un aniversario.

27 años después de su muerte martirial, la voz de monseñor Romero nos sigue llegando viva y vibrante. No puede ser de otro modo, dado que está enraizada en lo que él llamó “la eterna verdad del Evangelio”. En nuestra España de hoy, estas son algunas de las reflexiones que me provoca.

Monseñor Romero nunca transigió con la violencia como medio de hacer política y para conseguir fines políticos. Era una barrera que no se podía superar, porque envilecía a quien la practicaba y a quien colaboraba con ella. Resultaba en algo tan malo como lo que se quería combatir y generaba una “mística de la violencia” que provocaba una espiral de consecuencias terribles. Monseñor habló con todo el mundo en sus días, pero nunca lo hizo con los apóstoles salvadoreños del tiro en la nuca y la bomba bajo el coche (el terrorismo no es nada nuevo ni original). En El Salvador existía una violencia estructural y una violencia revolucionaria, con ninguna de las dos transigió monseñor Romero y denunció ambas (no de forma simplista, sino analizando sus causas, sus orígenes, sus fundamentos, incluso sus soluciones). Si queremos ser fieles al espíritu de monseñor Romero (y obviamente al de Jesús, a quien monseñor pro-seguía), es conveniente no perder esto de vista, en un momento en que en España tenemos otra vez en la palestra a los responsables de tanta sangre derramada y tanto crimen, los terroristas de ETA, pero no sólo a ellos: también a quienes les jalean, justifican, admiran y reivindican. Sin rencor, sin odio, pero con firmeza, la paz sólo provendrá de la justicia, por eso los crímenes que quedan pendientes de esclarecer se han de investigar y los responsables deben ser llevados ante los tribunales. Lo contrario podrá ser políticamente correcto, pero nunca será cristiano, y ciertamente no hará justicia a la evocación de monseñor Romero.

Siempre pienso en monseñor Romero cuando oigo a los políticos de cualquier partido y color hablar del “pueblo”, y lo comparo con cómo sonaba la palabra en boca de monseñor. Él pretendió ser “voz de los sin voz”, por y para ello dedicó y en último término entregó su vida. Con otra terminología quizás, pero su apuesta era antigua: siempre fue una persona caritativa y compasiva, que jamás olvidó sus orígenes humildes y se preocupó por las personas sencillas a quienes debía pastorear; no sólo del espíritu, también de las condiciones de vida, del trabajo y de la falta del mismo, de las necesidades físicas fundamentales. Para ello no necesitó análisis sociológicos profundos, sólo una fe firme que le decía que el prójimo era su hermano. Sería interesante analizar qué quieren decir en realidad los políticos cuando hablan del “pueblo”, del que no suelen proceder, en medio del cual raramente viven y cuyas necesidades reales las más de las veces ignoran. “La salvación del bien común del pueblo” a la que aludió monseñor como uno de los tres componentes de la liberación que anunciaba la Iglesia al final de su homilía profética del 23 de marzo (los otros dos eran el respeto a la dignidad de la persona y la trascendencia), prácticamente nunca aparece en los discursos de los políticos ni mueve sus intereses. La gente sencilla comprendió que monseñor Romero la quería (no quería sus votos, los quería a ellos, se preocupaba por su cuerpo y por su alma, en él tenían un buen pastor que les protegía frente a los lobos). Quizás por eso Mª López Vigil, en su precioso libro sobre monseñor “Piezas para un retrato” (UCA editores, 1993), narra esa anécdota conmovedora de un hombre pobre, un borracho, que limpia la lápida de la tumba de monseñor con sus harapos, como hace un hijo con la tumba de su padre, porque en monseñor Romero había tenido un padre, le hizo sentir gente, no le tuvo asco, habló con él, le tocaba, le hacía ver el cariño que le tenía.

Podría haber muchas más reflexiones al hilo de monseñor Romero en relación con nuestro devenir histórico y político, pero he querido compartir estas dos, que me rondan últimamente por la cabeza. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos lo mejor que podemos y sabemos.

Expediente a la Dra. Lalanda: el sufrimiento del justo

El Colegio de Médicos de Segovia ha abierto un expediente disciplinario contra la Dra. Mónica Lalanda, médico del servicio de Urgencias del hospital de esa ciudad hasta que dimitió hace unos meses, harta de unas condiciones laborales lamentables (que de hecho padecen miles de médicos en todo el país). La Dra. Lalanda se formó en el Reino Unido (la emigración de los médicos españoles no es algo nuevo) y volvió a España hace unos años. Es una persona polivalente: ilustradora, bloguera de prestigio, traductora médica, escritora, experta en ética médica (de hecho era miembro de la comisión deontológica del mismo colegio que ahora le expedienta), pionera en el nuevo papel de las redes sociales en medicina, además de médico clínica. En estos años ha dado charlas (entre ellas una en mi hospital, adonde yo la invité), ha acudido a congresos, ha enseñado, ha compartido conocimientos. Se ha ganado un prestigio de buena profesional y buena persona, eso sí, nada conformista: dice lo que piensa y lo que ve (además lo dice con ingenio, sentido común e inteligencia), sin adscripción a partido político alguno ni de forma ideologizada, de una manera libre y desinteresada, consciente y convencida de que sólo una crítica constructiva puede hacer avanzar a la medicina y a la sociedad.

Cuando se cansó de unas condiciones laborales malas -que como digo es un problema de miles de compañeros, sólo que casi todos aguantan porque no les queda otra-, se marchó, y escribió a modo de despedida una entrada en su blog (Medicoacuadros, “Querida exploración laboral: te dejo, no cuentes ya conmigo”), así como un e-mail de despedida a sus compañeros y a su ex-jefe, donde explicaba los motivos de su marcha. Todo ello molestó a su antiguo jefe y a algunos de sus antiguos compañeros, que la denunciaron ante el colegio de médicos. Éste ha decidido abrirle el expediente, que puede costarle un año de inhabilitación profesional, sin la posibilidad de ejercer. Es curioso. No he encontrado en lo escrito (ni en el blog ni en el mail) nada injurioso, ni insultante, ni ofensivo. Pone de manifiesto una realidad laboral adversa que no quiere tolerar más (como ha hecho en su blog en numerosas ocasiones y sobre los temas más variopintos). Si alguien se siente ofendido por lo que escribe, entiendo que existen leyes anti-libelo, y se puede acudir a los tribunales. Pero es taimado dirigirlo a través del colegio de médicos, invocando artículos del Código de Ética y Deontología médica que en ocasiones infinitamente más graves no se utilizan (los conflictos entre profesionales raramente llegan al colegio de médicos, todavía menos son motivo de un expediente). Hay que pensar que existen razones más profundas y torticeras que las argumentadas: tal vez lo que se ve amenazada es la misma existencia y utilidad de los colegios, la organización y estructura del sistema sanitario, la gestión de los servicios y los hospitales …

Como persona creyente y con cierta experiencia en estos asuntos, no puedo sino hacer una lectura cristiana de los hechos. Aunque en un contexto afortunadamente menos dramático y trágico, me acuerdo del libro de Job, que trata del sufrimiento del justo. Me hace pensar en los pecados que se cometen contra el Espíritu: al bien llamarlo mal, y al mal llamarlo bien. Me viene a la memoria el Padrenuestro: “cuando nos llegue la prueba, no nos dejes sucumbir a ella” (es decir, caer en la tentación de dejar de creer en Dios como Padre y en los hombres como hermanos). Es una historia antigua, que los cristianos conocemos bien. Ocurre en todos los lugares en que se irrita a un persona influyente, en que se cuestiona un sistema perverso, en que se denuncia lo que está mal y funciona mal. Cuando se entra en este tipo de conflictos, siempre se paga, en el siglo I y en el siglo XXI. En lugares en guerra o sin libertades, con la vida. En nuestra sociedad, con un expediente. Pero siempre con un costo para la voz disonante. Siempre acaba llegando “la prueba”, la cruz.

Sin embargo, la esperanza cristiana me dice que no hay muerte sin resurrección. Que de los conflictos se sale, aunque con heridas. Que no hay que tenerles miedo (el miedo es uno de los enemigos de la fe). Que somos muchos los que simpatizamos con la Dra. Lalanda y alzamos nuestra voz para apoyarle en momentos amargos para ella. Ojalá el colegio de médicos de Segovia reconsidere su decisión y se dé cuenta de que puede recibir más perjuicio que beneficio si comete una injusticia. Que está creando más problemas que soluciones, y se dedique a velar por unas buenas condiciones laborales de sus colegiados en vez de perseguir a quien no lo merece.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por las personas injustamente perseguidas por sus opiniones, en cualquier lugar, en cualquier tiempo.

Feliz Navidad desde el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo

Lo he expresado así otras veces: la lesión medular es posiblemente, tras la muerte, la situación de enfermedad que puede resultar más difícil de habitar para un ser humano, especialmente las de niveles altos, que resultan en tetraplejia y, en algunas ocasiones, en la imposibilidad de respirar y la dependencia de ventilación mecánica. Otras enfermedades neurológicas también son crueles y comportan pérdidas similares, pero la lesión medular supone una catástrofe en décimas de segundo, colocando al paciente en una situación de dependencia absoluta mientras mantiene intactas sus funciones cerebrales y su inteligencia. Esto es muy penoso, y está ampliamente demostrado desde la mitad del siglo pasado que los hospitales dedicados específicamente a este tipo de patología son útiles en el intento de que la persona recupere lo que pueda o, en el peor de los casos, se ubique en la nueva realidad de lesión medular. Además, muchas veces las personas son jóvenes, en la flor de la vida, y no sólo queda afectado el paciente, también su familia entera, su medio social … toda enfermedad grave es un reto y un descalabro para una familia, pero la lesión medular, con las secuelas casi siempre irreversibles que provoca, tal vez lo sea de forma superlativa.

Por eso es difícilmente comprensible la situación actual del hospital nacional de parapléjicos de Toledo, un centro desnortado e infrautilizado, en el que los pacientes para ingresar han de aguardar demoras administrativas insoportables y que en ocasiones jamás regresan a una revisión, aun deseándola, porque no son autorizados desde sus comunidades autónomas; con unos equipos de investigación descoordinados, sin que haya visos de que ni a medio ni a largo plazo se vaya a proponer tratamiento experimental alguno que pueda resultar de utilidad a los pacientes (que en realidad sería el objetivo de cualquier actividad de investigación que se haga o pueda hacerse en este hospital); un centro cada vez más utilizado como drenaje del hospital general de la ciudad y menos para cumplir su misión monográfica de atención puntera al lesionado medular y algunas otras enfermedades neurológicas igualmente devastadoras; que no dispone de TAC y cuya política de personal es a todas luces inadecuada para un centro de referencia … podría ahondar más en cada uno de estos aspectos, y citar muchos otros, pero no es el momento ni el lugar de hacerlo. Este es un hospital con alma, muy diferente a cualquier otro que yo haya conocido, y entristece que los actuales dirigentes y gestores sanitarios desconozcan, ignoren y olviden a esa alma.

Es desde este contexto, lleno de problemas e incertidumbres pero también de pasado (al fin y al cabo ha atendido a más de 13.000 pacientes desde su fundación) y de potencialidad (no en vano dispone de personal especializado y motivado en casi todos los estamentos, que a pesar de las dificultades mantiene una alta calidad humana y profesional), desde el que les felicito la Navidad. Hubiese querido no traer a colación problemas, sólo alegría e ilusión -al fin y al cabo esos son ingredientes básicos de estas fechas-, pero miro a mi alrededor y decido ofrecer, junto a todos los buenos deseos, realismo: el nacimiento de Jesús -porque no es otra cosa lo que celebramos estos días- ocurre en un contexto concreto, real, según la composición que dibuja Lucas: en un país pobre y ocupado, en el lugar donde viven los animales, sin asistencia ni acompañamiento alguno, y sólo los marginados son conscientes de lo que ha ocurrido. Nada halagüeño, como tampoco lo es nuestra situación aquí y ahora.

Por eso mi Feliz Navidad para todos ustedes se pronuncia desde un hospital con un pasado ilustre, un presente gris y un futuro incierto; pero no por ello lleva menos deseos de paz y felicidad para todos. Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos. Que Dios los bendiga.

Al morir mi madre

El lunes murió mi madre, Mercedes. A pesar de que era algo esperado, dado que llevaba dos años de demencia avanzada y cada día su situación era más precaria, resulta doloroso, aunque más allá de la pérdida haya sentimientos de agradecimiento por todo lo vivido, por la gran familia que deja, por el cariño de mil formas expresado a lo largo de estos últimos tiempos y desde su muerte.

He decidido compartir con ustedes lo que leí en su despedida, y que resume mi percepción de su vida. Y desde estas líneas les pido que rueguen por los que quedamos: teniendo en cuenta que ella está ya en la cercanía de Dios Padre, ojalá los de aquí podamos llorarla con paz, acompañarnos y aprender de su vida.

“Aquí estamos, como tantas otras veces, para celebrar la vida. Aunque en este momento sea, dolorosamente, desde la muerte.

Así comenzó Javier la eucaristía-funeral por nuestro padre, hace ya más de veinte años. Y ahora nos reunimos, también en fe y desde la fe cristiana, para despedir a nuestra madre. A mamá, a Mercedes, a doña Mercedes. A esa mujer tan importante para todos nosotros, a la que hemos cuidado lo mejor que hemos podido en estos últimos años de ancianidad, que ya le pesaban demasiado y quizás nos pesaban a todos, porque no es fácil ver envejecer a una persona tan capaz, con tantas capacidades y carismas.

Porque nuestra madre ha sido una persona fuera de lo común. Como todas las personas, hija de su historia, que en su caso fue dura y rica. Su historia explicará su fuerte personalidad, su fuerza de voluntad (muchos recordaréis sus frases “querer es poder” y otras semejantes) … todo ello sólo puede entenderse conociendo que fue la mayor de muchos hermanos y que tuvo que crecer aceleradamente, su adolescencia en medio de una guerra civil, haciendo de madre y de padre porque l´avia se ocupaba de la subsistencia cuando l´avi estaba detenido. Mucho más tarde, cuando llegó la democracia, había cosas que le evocaban momentos dolorosos: perdieron todo, hubieron de huir y su padre estuvo preso, fue maltratado y sentenciado a muerte, de la que se libró gracias al cónsul argentino. Sin embargo, como tantos otros de ambos bandos, supo comprender que el país necesitaba otra oportunidad y la posibilidad de convivir, y nunca hizo de la política un problema, no recuerdo que nunca le separase de nadie ni le enemistase con nadie.

No podía ser de otra manera: si algo ha distinguido en vida a nuestra madre ha sido una fe cristiana profunda y total, e intentó vivir en fidelidad al padrenuestro; al fin y al cabo el perdón es algo fontal en nuestra fe. Con los años, su fe también se fue adaptando a los tiempos nuevos, del Vaticano II, de Arrupe, de la expresión más abierta en la Compañía de Jesús, que tanta importancia tuvo en su vida y ha tenido en la de tantos de nosotros.

Su caminar dentro de la Iglesia ha sido denso, en la medida en que sus obligaciones familiares –un marido, nueve hijos, nueras y yernos, veintidós nietos, 37 bisnietos …- le dejaron. Primero en la acción católica de San Gil, en la plaza de la Seo, en el centro Pignatelli, en su misa diaria, en sus devociones, en una vida de fe que tanta importancia tuvo para ella y para los que le rodeábamos. Hacia el final de su vida, muchos lo recordaréis, sus paseos al Pilar, primero a pie, luego ya en la silla, a rezarle a la Virgen, siempre unos minutos delante suyo, luego la visita al Pilar. Esa ha sido la última etapa de su vida, en continuidad con lo que habían sido las previas.

Nuestro padre y nuestra madre fueron personas muy diferentes, casi opuestas, un matrimonio que duró 54 años, hasta que murió nuestro padre. Gracias a ese matrimonio estamos muchos de los asistentes aquí, nos nutrimos física y espiritualmente en el hogar que ellos fundaron, primero en el Coso 51, al lado de la antigua tienda, luego en el paseo de la Constitución, antes Marina Moreno, en Fuenterrabía en los veranos, más tarde en Jaca … en esas casas siempre hubo un lugar para mucha otra gente: sus amigos y los amigos de los hijos y los nietos. No creo que nunca faltase un plato en la mesa y a veces una cama donde dormir, en una hospitalidad sincera y cordial de la que creo muchos aprendimos y agradecimos. Unas personas compasivas, que ayudaban en lo que podían a los demás, de la familia o de fuera, cada uno a su estilo, somos testigos.

Una familia que evolucionó al tiempo que el país, que disfrutó en muchas ocasiones y sufrió cuando tocó, como todas. Y que hoy se junta aquí, en esta Iglesia, donde nuestra madre, en ese banco primero, escuchaba la misa día a día en los últimos años, mientras su situación lo permitió. Quién sabe lo mucho que rezó por todos aquí, tal vez también por nuestro país, una mujer catalana y española, nunca tuvo problema alguno en vivir ambas realidades, quizás tomar lo mejor de cada una de ellas.

Nuestra madre, abuela, bisabuela, amiga, está ya donde quería estar: en presencia y cercanía de Dios Padre. Descansa en paz, mamá, Mercedes, doña Mercedes, danos el don de llorarte con paz, te queremos mucho.”

Dra. Teresa Arzoz, in memoriam

Hace unos pocos días murió la doctora Teresa Arzoz, mi compañera en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Tenía una edad parecida a la mía, más cerca ya de los 60 que de los 50, e hizo la especialidad de rehabilitación en el Ramón y Cajal de Madrid (el “piramidón”); prácticamente todo su ejercicio profesional fue en el HNP, donde yo la encontré a mi llegada, en el 2009. Teresa era una buena persona que mereció mejor suerte en su vida. Afable y cortés, siempre fue cordial conmigo, cosa que le agradezco. Era muy navarra, quizás algo tímida; cuando hablabas con ella no siempre era fácil saber lo que pensaba, pero resultaba una conversadora jovial y agradable.

Sus últimos tiempos en el hospital no fueron sencillos: fue desplazada de su trabajo en la sala de hospitalización por personas con menos experiencia y recorrido, y circunscrita a consultas externas, donde tenía una ingente cantidad de trabajo administrativo. Entiendo que esta situación se debió a diferencias con su entonces jefe de servicio y le ocasionó no pocos problemas y sufrimientos, tampoco recibió apoyos de personas que debieron ayudarla, o por lo menos haber abogado en su favor.

En este contexto, comenzó a encontrarse mal y le diagnosticaron un cáncer diseminado, con el que ha convivido al menos dos años. Tratándose de una persona joven, entiendo que se intentó hacer todo lo que se pudo: fue operada varias veces y la quimioterapia se convirtió para ella en una rutina, que siempre sobrellevó con dignidad y valor. Creo que se sintió apoyada por la oncóloga del hospital donde la trataron, Puerta de Hierro, a la que estaba agradecida. En todas las veces que la visité, mantenía una buena presencia de ánimo, aunque el avance de la enfermedad era evidente en cada visita. Vino un par de veces a comer con sus antiguos compañeros a Toledo, y se le hizo una comida de jubilación en Madrid, donde estuvo acompañada por gente del Ramón y Cajal y del HNP, y que resultó muy bonita.

Teresa tuvo una hija que es ahora una joven universitaria, a la que quería con locura y que ocupaba gran parte de sus conversaciones. De su buen hacer en el HNP es muestra la simpatía y el recuerdo que numeroso personal le tiene, tanto de enfermería y auxiliar como médico, lo cual habla de una profesional honesta y competente, el recuerdo que de ella guardo.

Finalmente, dado que casi toda su familia vivía en Pamplona, fue allí a pasar su última época. Tuvo una primera descompensación y le pidió a su hija que nos telefoneara a algunos de nosotros para comunicárnoslo. Ya no había contestado a un mensaje mío del 10 de septiembre, lo que me llevó a pensar que algo iba mal. El 24 del mes pasado, mientras yo ingresaba para una intervención de próstata, mi compañera me comunicó que Teresa había muerto.

Que descanse en paz una buena médico y una buena persona, una navarra cabal.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Reflexiones, desde la medicina y la fe, sobre Cataluña

No suelo en este blog deslizar comentarios claramente políticos (aunque, por acción u omisión todo acaba siendo político), pero hoy, al hilo de las manifestaciones de ayer, publico estos párrafos, que en realidad escribí hace varios meses, porque estos problemas no son de ahora.

Nací en Zaragoza, de padre aragonés y madre catalana, de Barcelona, cerca de plaza Tetuán. He vivido al menos en siete ciudades de España (entre ellas, varios años en Barcelona y Gerona). Y varios meses en otros países del primer y del tercer mundo. Me enorgullezco de ser español, con virtudes y defectos, pero no me considero mejor que cualquier otra nacionalidad: he vivido lo suficiente para conocer que es el corazón del hombre lo que cuenta, no su origen ni la lengua que hable. Y no me avergüenza la historia de mi país: como la de todos, tiene luces y sombras, y de cualquier modo no puedo cambiarla, sólo intentar aprender de sus errores. Nací católico y así moriré. En la medicina encontré la vocación buscada, además de un medio de ganarme honestamente la vida, cohonestando interés científico y humano, trabajo y servicio. A grandes rasgos, esos son los fundamentos de mi persona: un médico cristiano.

Desde esas coordenadas, afirmo que la dinámica separatista establecida en Cataluña es maligna y no hace bien a nadie. No soy psicólogo ni psiquiatra, pero he estudiado mucho esas subespecialidades de mi profesión para pensar que, posiblemente, sólo desde la psicología profunda pueda explicarse lo que ocurre hoy en Cataluña (y en otros puntos de España). Parece existir una huida y una negación de la propia historia, una escisión esquizofrénica con ella. El intento es destruir lo que hemos sido y nuestras raíces, apartarse de ellas, ridiculizarlas y falsearlas. Nuestra historia -y la de Europa- hunde sus raíces en el cristianismo y en su más importante aportación antropológica, el hombre como imago Dei. Y nuestro país -desdichadamente a través de guerras, como casi todos-, está unido desde los Reyes Católicos. Todo lo que sea negar eso no será sano, porque no podemos alienarnos de una historia de siglos.

Todo el movimiento secesionista de Cataluña es patológico porque se basa en falsedades y mentiras, en la búsqueda adolescente de una identidad que no existe, negando la auténtica: ser y haber sido -y poder ser- parte significativa de un país que es España. Eso conduce a la esquizofrenia, a no saber en realidad quién uno es, la más grave patología psiquiátrica que conocemos. En último término, puede ser también un pecado de soberbia, similar al que se refleja en el mito de Adán y Eva: querer ser quien uno no es (apunta de nuevo a una esquizofrenia). Y todo ello posiblemente producido por un complejo de inferioridad, no puede entenderse de otra manera la necesidad de afirmación continua; cuando se dice “somos diferentes”, en realidad lo que se está diciendo es “somos mejores, somos superiores”. Hay además un fuerte componente paranoico (esquizofrenia paranoide): “España nos roba, nos tienen manía” … Hay mucho de narcisismo y búsqueda de protagonismo (algo también común en las personalidades patológicas, individuales o sociales), cuando, en realidad, la gente normal por lo general no se preocupa en absoluto de los catalanes, tiene cosas más concretas y reales en que pensar: la lucha diaria por la vida, por el trabajo, por la dignidad en la sociedad en la que vive.

Hace años que la urgencia de los políticos catalanistas no es construir una sociedad mejor, sino el intento de buscar un desgarro. Si para ello hay que falsear la historia, se falsea: no por qué ocurrieron los hechos, lo cual indudablemente está sujeto a interpretación, sino los hechos en sí. Este movimiento produce y producirá sufrimiento a todos. Desprecia el resultado de las urnas y llama a ignorar la voluntad del resto del país. Da voz y voto a quien quiere destruir todo lo conseguido desde la transición para imponer una sociedad monocolor. Y muy posiblemente, todo ello para no afrontar los problemas reales de esa comunidad autónoma: el paro, la corrupción, las listas de espera sanitarias, las carencias sociales … en suma, las de cualquier otra parte de España, nada diferente, nada especial ni excepcional, por más que quieran desde hace décadas (incluidos muchos eclesiásticos) calificarse como diferentes o con problemas originales. Qué va, en el fondo comunes y corrientes, como todo el mundo, como todo el resto del país. Eso, sí, se logra correr una niebla densa sobre décadas de nepotismo, mala gestión y enriquecimiento sectario y fraudulento.

Estos párrafos son reflexiones sobre la región de la que procede una parte de mi familia, y donde hoy viven algunos de los miembros más queridos de la misma. Agravada la situación porque el Estado ha hecho dejación de sus deberes desde hace demasiado tiempo: al no salir al paso de las mentiras y falsedades, al no defender los símbolos (la bandera, la tauromaquia), al permitir el atropello sistemático de los derechos lingüísticos y educativos … Ahora, en una posición de debilidad política, es difícil que enmiende esa dejación de funciones.

Mi diagnóstico es que el movimiento separatista catalán sufre de esquizofrenia paranoide y está afectando como un cáncer a la sociedad española (tal como lo fue el terrorismo vasco). Pues bien, salvo en el caso de algunos tumores hematológicos, la más efectiva solución al cáncer suele ser quirúrgica, por penosa que pueda resultar. En situaciones de “life or limb” hay que recurrir al bisturí. Aun siendo conscientes de que la cirugía supone siempre una agresión al organismo, pero sin olvidar que se ejecuta para prevenir un mal mayor. No me toca a mí fijar el procedimiento quirúrgico, pero ciertamente lo que llamamos criterio quirúrgico hace tiempo que existe. En esto estamos de acuerdo muchos españoles de buena voluntad, aunque ciertamente no todos: hay quien pone los propios privilegios –políticos o de otra índole- por encima del bien común, pero eso no es digno, ni es cristiano.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.