Ante el cáncer: Michael Douglas y Laurent Fignon

En la página web de la BBC (www.bbc.co.uk) se emite una breve entrevista con el actor Michael Douglas, el hijo de Kirk Douglas. En tan sólo 58 segundos el actor, con un excelente aspecto físico, le comenta al entrevistador que tiene cáncer de garganta (no especifica su localización) y que ya ha comenzado radioterapia y quimioterapia, en un tratamiento que se prolongará durante ocho semanas. En unas breves líneas acompañantes se menciona que las posibilidades de curación que le han dado son del 80%.

Entiendo que es un excelente ejemplo de la actitud que ante el cáncer se tiene en los Estados Unidos y el mundo sajón en general, tanto por parte de los médicos como de los pacientes: se habla con claridad y franqueza, explicando con detalle el diagnóstico y las posibilidades de tratamiento si existen, así como su coste: imagino que, dado que cada quien se las paga de su bolsillo (directamente o a través de su seguro), debe pensar si le merece la pena la inversión, que en muchos casos supone la ruina personal y familiar, la hipoteca de la casa …

En mi ya larga experiencia, por lo general en España los médicos evitamos la palabra cáncer y en muchas ocasiones los familiares de los pacientes nos piden en un aparte que no le digamos nada al enfermo: con ello comienza una cruel pantomima que en oncología se denomina “la conspiración del silencio”, especialmente en los casos de enfermos terminales. Consiste en que todos los que rodean al paciente saben la gravedad de la situación salvo el propio afectado, comportándose ante él/ella como si no pasase nada, en una esquizofrenia de la realidad que a nadie beneficia. Además, por lo general a nadie engaña, porque una de las principales cosas que he aprendido en estos años como médico es que nadie es tonto, los pacientes mucho menos y cuando se juega su vida y su muerte nada en absoluto. Es decir, que por más que se quiera ocultar un diagnóstico grave a un paciente hay mil detalles que traicionan e indefectiblemente el interesado o la interesada acaban dándose cuenta. Hay algunas excepciones porque la capacidad de engaño del ser humano es elevada, pero son las menos.

En la práctica clínica cotidiana (nunca nos lo enseñaron en la facultad) los médicos aprendemos a dar malas noticias, acertando a veces y equivocándonos otras, y acabamos sabiendo que debemos ser honestos, realistas y sinceros con el paciente y dar la información de la forma más veraz posible con palabras sencillas, que el enfermo pueda comprender y asimilar, y revelar el diagnóstico en la medida en que la persona quiera conocerlo. Ciertamente dejando siempre puertas abiertas a la esperanza y asegurando nuestro apoyo en el duro camino que espera tras un diagnóstico de gravedad o malignidad. Esto es un arte y es incompatible con muchas de las características de nuestro sistema sanitario, pero eso es otro problema.

En el mundo sajón son más pragmáticos y el paciente suele tener mucha más capacidad de decisión, lo cual es más adulto: se le confronta con un diagnóstico preciso y con opciones terapéuticas para que elija la que más le convenga a la luz de las evidencias científicas existentes. En España esto es raro y más de una vez me he encontrado con que mencionar diversas posibilidades agobia y angustia y el paciente acaba poniéndose en tus manos para que elijas por él: esto es hermoso por lo que de confianza en el médico denota, triste porque a veces pone de manifiesto la incapacidad de comprender y tomar la vida en nuestras propias manos.

En este contexto, comentar que ayer falleció -precisamente de cáncer de páncreas diseminado- Laurent Fignon, ciclista francés y ganador de dos Tours en la década de los 80. Ha muerto a los 50 años, era de la misma quinta que Pedro Delgado y que yo mismo, la del 60. Tal vez algunos de ustedes lo recuerden, con unos lentes redondos (le llamaban “el profesor”), rubio, agresivo y combativo sobre la bici y fuera de ella. Un ciclista de una gran clase. Fue en todo momento conocedor de su diagnóstico y de sus escasas posibilidades de sobrevivir pero peleó bravamente contra la enfermedad, tal como había hecho contra sus rivales en las montañas de los Pirineos y los Alpes. Junto con Hinault, Delgado, Lemond y otros representó un ciclismo más bravo y atacante que el actual, que nos hizo recuperar la afición en este país en la era pre-Induráin. Descanse en paz.

Rueguen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Medicalizar la insatisfacción

Así se titula la columna de opinión que firma la redactora jefe del Diario Médico en su primer día de publicación tras las vacaciones. Me ha parecido muy acertada y he reflexionado sobre ella. Entiendo que forma parte de la creciente medicalización de la sociedad del primer mundo.

Acabadas las vacaciones volvemos a la vida cotidiana y surgen cansancio y debilidad, dolores crónicos o nuevos, astenia, dificultad de concentración, insomnio o su contrario, una somnolencia invencible, mareos, molestias por lo general indefinidas e imprecisables. Esa constelación de síntomas (es decir, “cosas” que nos ocurren o experimentamos pero que no tienen un correlato orgánico, que nadie puede objetivar) componen lo que las mentes pensantes e iluminadas de turno han calificado como “síndrome posvacacional” (en esa ansia de poner nombre a todas las cosas), y los consejos para superarlo son múltiples y variados. 

Tal vez todo es más sencillo: tras un paréntesis por lo general agradable volvemos a realidades que no nos satisfacen: trabajos poco gratificantes y/o poco creativos o con malas condiciones laborales y/o mal remunerados. Y eso en el mejor de los casos: en el peor, veinte de cada cien españoles no sentirán desazón por el trabajo sino por no tenerlo, ya que están en paro. Con ello vuelven a la soledad del domicilio o a la amargura de reanudar la búsqueda de empleo, enviando currícula, revisando los anuncios de los diarios, colocando carteles.

 A todo ello pueden añadirse sentimientos de soledad e inseguridad más o menos profundos o más o menos antiguos; quienes tienen hijos, preocupaciones por la vuelta a la escuela y los gastos que ello conlleva. En otros casos, enfrentar ausencias, pensar en qué hacer y cómo llenar el tiempo en el curso que empieza, qué rutinas establecer que nos ayuden a vivir, qué proyectos concebir para este año. Quién sabe los toros que cada uno tiene que torear en su vida cotidiana.

 Y la gente desfila por la consulta del médico para contarle mil síntomas a cual más inespecífico (al fin y al cabo es gratuita, la paga la seguridad social). Las consultas de asistencia primaria y especializada se pueblan de mujeres y hombres que dicen “me duele aquí o me duele allá, me canso mucho, no tengo ganas de hacer nada, no tendré anemia, hágame unos análisis, tal vez tenga algo malo, recéteme alguna cosa”. En tiempos de bonanza acudíamos a la consulta del psicólogo, en tiempos de crisis como éstos simplemente se lee un libro de autoayuda o no se hace nada, se espera sabiamente a que estos sentimientos y sensaciones negativas pasen. Antes se acudía al párroco o al confesor.

Desde el punto de vista médico no suele haber nada grave en todos estos síntomas. Además pueden ayudarnos a reflexionar sobre por qué nuestra vida cotidiana es a veces insatisfactoria y podemos poner manos a la obra para revertir esta situación en la medida de nuestras posibilidades. Tal vez nuestra vida no es la que soñábamos, esperábamos, imaginábamos o nos habían hecho concebir, habíamos pensado mayores realizaciones o satisfacciones, creemos que merecemos algo mejor. En ese caso pensemos qué podemos hacer y volvamos a los amores primeros: sólo en el encuentro con Dios, la madre Tierra y con nuestros semejantes y en una relación fructífera y solidaria con esas dos caras de la misma moneda podremos alcanzar una satisfacción profunda y duradera. Abiertos a esa teórica dualidad (en realidad unidad) podremos llenarnos y llenar a otros.

 Reflexiono y rezo mucho con la frase de San Ireneo, citada a menudo por monseñor Romero y reformulada por él mismo: “la gloria de Dios es el hombre que vive” (podemos añadir: y que con su vida da vida a otros; monseñor la reformuló como “la gloria de Dios es el pobre que vive); la continuación de esa frase, citada por Jon Sobrino en su libro sobre monseñor es “y la gloria del hombre es la visión de Dios”. Me pregunto qué hacer para vivir de veras y así dar gloria a Dios y a otros hombres. Y me contesto que hacer bien lo que debo hacer y sé hacer: cuidar a mis pacientes lo mejor posible, velar por mis semejantes y cuidarme yo mismo. No parece muy difícil pero a veces sí lo es.

Pronto la naturaleza se preparará para su descanso invernal: los días se acortan, hay menos sol y comenzará a llover. Todo ello invita a estar en casa, ordenar recuerdos, leer, rezar, quedar con personas queridas, retomar relaciones, conversar sobre lo que nos ha dejado el verano y sobre los dolores antiguos y nuevos. Profundizar en suma en el contacto con nosotros mismos, con los otros y con Dios. Estoy convencido de que en la asunción profunda y honesta de nuestra realidad –grata o áspera-, en la acción y la esperanza de intentar mejorarla si ello es preciso y en la entrega a Dios en nuestros próximos radica el mejor y más efectivo tratamiento de este síndrome del que hablan en los diarios y las noticias de la tele. 

Rueguen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Identidades

Siempre que leo el libro del Génesis con la narración poética del jardín del Edén, entiendo que el “pecado” de Adán y Eva es querer ser quienes no eran: la criatura quiere hacerse creador, y eso es peligrosísimo y les cuesta muy caro. En realidad, es un problema de no ser fiel a la propia identidad.

No puedo evitar escribir sobre ello tras este fin de semana y sus efemérides: hubiese tenido 52 años Michael Jackson, el así llamado “rey del pop”, ese hombre que se desnaturalizó hasta no parecer no ya negro (que era su color natural de piel), casi ni siquiera humano. Me resulta triste que una persona quiera cambiar de raza, aunque es sintomático que el viraje sea de negro a blanco. No conozco ningún caso a la inversa.

En el otro extremo de la balanza, fue el 47 aniversario del discurso de Martin Luther King en Washington, tras la marcha por los derechos civiles de los negros, pronunciado a la sombra de la estatua sedente de Abraham Lincoln. Por ser fiel a su identidad de negro y de profeta y haciendo honor a esta última palabra, MLK pagó esa fidelidad con su vida, tal como había hecho antes que él el mismo Lincoln. Triste que ayer la multitud en cierto modo profanase ese lugar carismático, precisamente para pronunciarse en contra del sueño de King, que ha permitido a un afroamericano llegar a la presidencia del país más poderoso del planeta (cómo desarrolla esa presidencia es un asunto diferente).

Del mismo modo, aniversario de la muerte de Manolete a manos de Islero. No soy aficionado a los toros ni me gustan (sin embargo mi padre y mi maestro Florencio Segura SJ, ambas personas de exquisita sensibilidad, sí lo fueron), de hecho me parecen un espectáculo sangriento y cruel, pero me temo que poseen una simbólica profundamente enraizada en la identidad de nuestro país. Como pienso que es muy malo renegar de la propia identidad, creo que es un craso error prohibirlos, además de forma espuria y torticera, aduciendo unos derechos de los animales en los que todos estaríamos de acuerdo (por cierto a veces mayores que los de las mismas personas), pero entonces tal vez deberíamos ser estrictos vegetarianos.

En realidad todos estos comentarios nacen de una observación desdichada: en la comunidad en la que vivo, la principal productora de vino de nuestro país y una de las primeras del mundo, se han arrancado cientos y miles de viñas para cobrar las subvenciones de la CEE. Con ello no sólo se destruyen miles de empleos, es que la tierra pierde una identidad milenaria que ha modelado esta sociedad desde antiguo, sin además reemplazarla por ninguna otra. Nuestro país ha sido eminentemente agrícola y ganadero, sólo a partir del desarrollismo de los 60 se toma la opción de convertirlo en un parque turístico. Con ello renunciamos a nuestra identidad y sustituimos un país de agricultores (con más o menos tierras) por otro –en palabras de Arturo Pérez Reverte- “de camareros y putas”. Se arrancan las cepas en Valdepeñas y por la sierra norte de Palencia vagan miles de cabezas de ganado sin pastor ni rumbo, en ambos casos para cobrar las subvenciones de la CEE, en un extremo para no producir y en el otro simplemente para que consten, aunque tampoco produzcan nada ni beneficien a casi nadie. Yo no puedo entenderlo.

 Finalmente, comentarles que me ha surgido la oportunidad de dar unas clases de medicina en la Njala University de Sierra Leona, en su campus de Bo. Emplearé en ello mi segundo periodo vacacional. Quiero explorar esa vía por si puedo resultar ahí de alguna utilidad. Por cierto, si en esta colaboración a alguien se le ocurre secuestrarme, ruego a nuestro gobierno que no pague rescate alguno. Es improbable porque voy con una ONG que trabaja permanentemente en la zona y es bien aceptada, sin problema alguno hasta ahora, además tras su terrible guerra civil Sierra Leona goza de cierta estabilidad (toda la que puede tener un paupérrimo país del tercer mundo donde comer cada día resulta un milagro y una odisea para las mayorías) desde el 2003. Pero bueno, es conveniente advertirlo por el (mal) ambiente en el que estamos, con una cooperación económicamente restringida por los planes del gobierno y convertida en algunos casos en una tarea de francotiradores. Pero espero que esos temas sean motivo de otra entrada.

 Rueguen por los enfermos y por quienes les cuidamos, que Dios nos ayude a todos en este inicio del curso escolar.

Honduras 1986

carpeta30003Nunca he escrito aquí sobre uno de los momentos más importantes e intensos de mi vida, los meses que pasé en Centroamérica durante el verano de 1986. En ellos trabajé como médico en Honduras, visité brevemente El Salvador y recorrí un camino “entre la resurrección y la muerte”, como se titula un libro sobre aquellas tierras.

Muchos de ustedes recordarán Centroamérica en la década de los 80: en Nicaragua había triunfado la revolución sandinista unos años antes y había guerra con la “contra”, en El Salvador se libraba una “guerra de baja intensidad” (término que acuñó la administración Carter) y existía una atroz represión en Guatemala. Honduras era la única que conservaba una paz relativa, también con represión pero sin guerra abierta, llena de asesores militares norteamericanos, con los campamentos de la “contra” en el sur y los campos de refugiados salvadoreños hacia el oeste (Colomoncagua y Mesa Grande). Tras concluir el curso volé vía Miami a San Pedro Sula, donde me recogió una gran persona, ya fallecida, Faustino Boado, a la sazón superior de la zona en aquellos días. Yo era un joven médico con buenas bases teóricas pero casi nada prácticas, que se espabiló de golpe atendiendo campesinos en una zona rural, Morazán, en el departamento de Yoro. Allí había una pequeña comunidad de jesuitas, uno de ellos médico, y una pequeña posta sanitaria mantenida por una ONG británica.

Sería imposible relatar brevemente todo lo vivido y acontecido en aquellos meses. Baste decir que me alimentó humana y espiritualmente durante varios años. Aunque siempre quise volver, tardé veinte años, no fue hasta el 2006 en que regresé a visitar aquellos lugares y aquellas personas que tanto me impactaron: Centroamérica había cambiado, Honduras también y yo no había sido excepción, así que volví a España sabiendo que difícilmente volvería a trabajar como médico en Honduras, que ya no necesitaba personal sanitario sino una adecuada distribución del que ya tenía.

Como siempre, lo más impactante de un país son las personas. Juan Donahue era entonces un joven párroco jesuita a quien mucho aprecio. Fue él quien me dijo que Honduras había sido “mi amor de juventud”. Posiblemente es cierto y por ello, de alguna manera, su recuerdo no se marchita ni envejece. Hubo mucha otra gente con la que conviví: campesinos, delegados de la palabra, personal sanitario local y expatriado, todos me dejaron una impronta. Vivíamos un momento de la historia en que la justicia y la esperanza parecían posibles en aquella región que se denominó “tierra de liberación, lugar de encuentro con Dios”. Muchas de aquellas personas han muerto ya tras una vida de entrega y servicio a los más pobres. Temo que aquella suerte de ilusión compartida no existe hoy, al menos yo no la percibí en mi visita más reciente.

Mis vivencias de entonces han iluminado mi vida personal, espiritual y profesional durante todos estos años. Ahí nació la devoción por monseñor Romero, visitando Catedral, la capillita donde fue asesinado, escuchando a gente que había convivido con él. En la UCA compré libros que me han acompañado hasta hoy, subrayados una y otra vez y desgastados por tanta lectura. Vi enfermedades y cuadros clínicos que sólo conocía de oídas, inexistentes ya en las sociedades occidentales. Ausculté soplos cardiacos que se describen en libros antiguos, atendí complicaciones de partos, personas mordidas por serpientes venenosas, terribles heridas de machete, niños recién nacidos en estado crítico por infecciones respiratorias y diarreas.

Y también vi morir niños de hambre, una experiencia difícilmente asimilable aun hoy, muchos años después. No había en Honduras la hambruna africana sino que era un goteo de malnutrición y muerte lenta que me golpeó enormemente. Me entregué de lleno a la atención de todas aquellas gentes que percibía tan necesitadas, perdí mucho peso yendo en bicicleta o a pie de aldea en aldea, pero a los 26 años se tiene una gran generosidad y uno quisiera “salvar” un continente. Hoy trabajaría con más moderación y sentido común.

Allí comprendí, como formula María López Vigil, que la pregunta teológica fundamental no es “¿Habrá vida después de la muerte? ni ¿Dios existe?”, sino “¿Habrá vida para nosotros antes de la muerte? ¿Está Dios de nuestro lado?”. Yo la he reformulado años después desde el primer mundo (porque desde dónde se escribe y se teoriza modela los contenidos) como “¿habré vivido de veras antes de la muerte, habré intentado dar vida a otros en la medida de mis posibilidades?”.

El pueblo de Honduras me dio mucho más de lo que yo pude darle con mis escasos conocimientos prácticos y pequeña reserva de medicamentos: percibí que mi vocación era más la medicina que el sacerdocio y que sería más feliz y más útil ejerciendo de médico. Y así lo hago hasta hoy, pero son frecuentes los días en que recuerdo aquellos caminos, poblados y aldeas, con las pequeñas chozas construidas con adobe y sus suelos de tierra, donde las gallinas temblaban cuando llegaba el “hermano Ángel” (así me llamaban, lo más bonito que me han dicho nunca, mucho más que Dr. García) porque a alguna le iban a cortar el pescuezo para la comida (como guasonamente decía Frank, un jesuita norteamericano, buenísima persona, a quien acompañé a menudo en sus ministerios). Recuerdo las tortillas de maíz, los frijolitos y el arroz compartidos, aquellas gentes dándome todo lo que tenían en la más intensa y veraz plasmación del Reino de Dios en acción que yo haya visto nunca y posiblemente vea en mi periodo vital.

La visita a El Salvador, aun siendo mucho más breve, también me impactó enormemente: conocer de primera mano el color y olor de la guerra, percibir el miedo de tantas buenas gentes, peregrinar por lugares santificados por la sangre de los mártires (monseñor Romero, Rutilio Grande), podría narrar mil anécdotas de aquellos días. Tan sólo les diré que hay fotos de entonces que apenas me atrevo a mirar sin que se me escape un sollozo. Vi el Reino de Dios pero también el reino del demonio.

Es una parte de mi historia cuyo recuerdo acuno y quería compartirla con ustedes.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Ciclistas muertos

Como médico he atendido en los servicios de urgencias a unos cuantos ciclistas atropellados; ahora, en mi actual hospital, veo las consecuencias terribles de los atropellos: lesiones medulares con secuelas irreversibles, personas en silla de ruedas con parálisis de las piernas o de todo el cuerpo, algunos con dependencia de un aparato para respirar. Esto es mucho peor porque además de médico, monto en bicicleta desde los doce años y cada temporada pedaleo unos 7.000kms: la bici es mi deporte, mi pasión y mi medio habitual de locomoción para ir al trabajo y no tengo intención alguna de dejarla, aun siendo consciente de lo que puede pasarme: cualquier día de los que salgo a rodar un rato puedo no volver o acabar de usuario del hospital de parapléjicos en vez de ser médico del mismo.  

Es decir, hay posibilidades de que algún día me pase un coche por encima y me deje hecho una pegatina, además impunemente (casi nunca se condena a nadie por aplastar a un ciclista, siempre hay eximentes o apaños o la legislación es suave, que se lo pregunten a los hermanos Ochoa, aquellos ciclistas profesionales arrollados por un conductor: Ricardo murió y Javier quedó con secuelas irreversibles). Puede sonar muy dramático, pero es algo que ocurre casi todos los días y ciertamente los fines de semana.

¿Por qué escribo esto hoy? Ayer me impactó especialmente una noticia del telediario, dos ciclistas atropellados en Menorca, las imágenes reflejaron las ruedas de las bicis destrozadas, las zapatillas por el suelo: yo podía perfectamente ser uno de esos ciclistas.  Según parece se debió a una imprudencia o distracción del conductor del coche, que invadió el carril por el que circulaban los ciclistas.

Y no quiero dejar de expresar en este blog mi indignación por la inoperancia de las autoridades y el irrespeto absoluto que muestran hacia los miles de ciclistas que disfrutamos de la bici y además no contaminamos: el director general de tráfico, un tal Pere Navarro, ha despreciado continuamente los consejos de expertos en ciclismo que sólo querían mejorar nuestras posibilidades, ello llevó a la dimisión de Perico Delgado, antiguo ganador del Tour de Francia y de Alfonso Triviño, abogado y experto reconocido, de la comisión que existía en esa dirección general, por los desprecios repetidos de este señor hacia el colectivo que representaban.

Porque esta sociedad está basada en el automóvil, que acabará destruyéndonos, y todo lo que vaya con dos ruedas molesta y hay que segregarlo, como hacían con los negros: los carriles bici son una soberana estupidez, porque la bici es un vehículo y debe ir por la calzada y no por la acera. Y porque esos malditos cascos que nos obligan a llevar no sirven para casi nada, porque a los ciclistas que mueren atropellados –que son la inmensa mayoría- el casco no les sirve para nada, mueren por traumatismos torácicos y abdominales y pérdida de sangre, no por un golpe en la cabeza. El casco sólo protege en caídas de uno solo y por ésas pocos ciclistas mueren. En todo caso debiera ser algo voluntario.

Y el automóvil acabará destruyéndonos porque es el principal responsable de emisiones de dióxido de carbono del planeta, más allá de las industrias. Pero no estamos dispuestos a cambiar nuestro modo de vida ni nuestras economías basadas en la automoción, y cuando las grandes empresas del automóvil tosen los gobiernos tiemblan porque de ellas dependen miles de puestos de trabajo.

 Así que el ciclismo es algo anecdótico, confinado a la televisión de las siestas de julio, con Induráin y Contador en el Tour, pero en realidad los ciclistas son un estorbo en ciudades y carreteras. Hay que fastidiarse.

 Se lo he dicho muchas veces a personas que me quieren: si no vuelvo tras un entreno o tras ir en bici al trabajo no se entristezcan demasiado porque habré muerto haciendo lo que me gusta. Lo he escrito otras veces: las personas que han vivido plenamente –y yo he intentado hacerlo- no le tienen miedo a la muerte, al fin y al cabo es la forma natural de terminar la vida. La única cuestión es el cómo y el cuándo, no el qué.

 Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Medicamentos para la obesidad

Que la obesidad es hoy un grave problema en el primer mundo nadie lo discute. Y en realidad es un asunto aparentemente muy sencillo: en más del 95% de casos la ecuación es muy simple y directa, la persona –niño o adulto- pesa más de lo que debe porque consume más de lo que gasta. Las causas de ello son fáciles de adivinar: una enorme accesibilidad a comida no saludable y el escaso gasto energético en una sociedad sedentaria. Sólo en un pequeño porcentaje de casos hay enfermedades de las glándulas internas (endocrinas) que justifican un peso desproporcionado a lo que se ingiere.

 Hagan un día una prueba: pesen los alimentos que consumen y calculen cuántas calorías entran en su cuerpo. Teniendo en cuenta que el gasto calórico de una persona con actividad sedentaria está entre 1.500 y 2.000 kcal, se darán cuenta de que las porciones a consumir para mantener el equilibrio son pequeñísimas. Es decir, que no podemos comer todo lo que nos apetece y que el contenido calórico de los alimentos es muy grande, especialmente en el caso de la “comida basura” (bollería, bebidas azucaradas, embutidos y quesos grasos, chuches).

Sin embargo, la ecuación aparentemente sencilla se vuelve algo más compleja si nos preguntamos por qué comemos mucho más de lo que necesitamos. Es indudable que hay un componente freudiano: el estadío oral es uno de los más precoces en la evolución del ser humano; comer cosas que nos gustan –aunque sean insanas- nos compensa de sinsabores de la vida y calma nuestra angustia, a falta de mejores realizaciones y satisfacciones.

 Y de ahí se sigue la obesidad con todas sus secuelas y complicaciones: enfermedades cardiacas y vasculares, sobrepeso que afecta las articulaciones de las piernas, diabetes, cansancio y dificultad respiratoria a la mínima cuesta o escalera y cuando caminamos rápido … y en muchos casos disgusto por el propio cuerpo, incapaces de cohonestar nuestro aspecto con el modelo de belleza de nuestra sociedad, recordado a diario en los anuncios de la televisión, llenos de gente joven y guapa, delgada y morena. Nuestra sociedad nos facilita el sobrepeso y luego nos dice que no debemos engordar y que estamos feos si estamos gordos. No es raro pues que las consultas médicas estén llenas de personas insatisfechas con su aspecto.

Porque eso es importante: ¿qué pensamos de nosotros mismos cuando nos miramos al espejo? ¿Nos gustamos? ¿Nos vemos con cariño? ¿Nos cuidamos? ¿O antes bien nos juzgamos poco atractivos y en muchos casos sentimos disgusto por lo que vemos? Y de ahí se siguen regímenes espartanos o buscar medicamentos milagrosos que nos hagan adelgazar, con el grave problema de que la mayor parte de ellos no sólo son poco eficaces (pueden perderse dos kilos a largo plazo en el mejor de los casos), además son inseguros o cuajados de efectos secundarios, algunos de ellos potencialmente letales. 

La historia del tratamiento de la obesidad mediante fármacos se caracteriza por la repetición, como nos recuerda un reciente editorial del New England Journal of Medicine, la más prestigiosa revista de medicina del planeta: la mayor parte de medicamentos que se han comercializado han tenido que retirarse más tarde debido a efectos adversos graves. En el caso del último de ellos, el rimonabant, por el alto riesgo de depresión, ansiedad e ideas de suicidio que inducía. Unos meses antes había ocurrido lo mismo con otro similar, la sibutramina (el grupo tratado tenía más embolias cerebrales y ataques cardiacos). Recuerdo bien el caso de la fenfluramina, otro de ellos, retirado en 1997 por causar la degeneración de las válvulas cardiacas. Ahora hay expectativas en un fármaco llamado lorcaserina, aparentemente más seguro y que se halla en fase de ensayos clínicos, pero vistos los antecedentes no sería extraño que fracasara como todos los anteriores.

 Porque el problema subyacente al uso de fármacos para resolver una ecuación tan sencilla es precisamente ése: la gente quiere una bala mágica para perder peso sin esfuerzo, y eso no es posible: los atletas no están delgados por consumir fármacos, sino por comer como pajaritos y pasar un montón de horas en el gimnasio, en la pista o en la carretera (no he visto ningún ciclista del Tour gordo). Y además no se pierde peso en un abrir y cerrar de ojos, los kilos de más que hemos acumulado durante meses y años no pueden eliminarse en unos días o semanas, es un proyecto a largo plazo del que hemos de estar convencidos y que se relaciona a cambios en los hábitos de vida, comer menos y gastar más, no es un problema de tomar pastillas.

Y si no podemos prescindir de alimentos que nos gustan o no podemos hacer más ejercicio por la razón que sea, tal vez sea el momento de aceptarnos y querernos como somos y no como quisiéramos ser o como fuimos en otras épocas. Considero esto muy importante porque estoy convencido de que tal como nos vemos a nosotros mismos vemos el mundo y vemos a los demás: si no nos gustamos y nos juzgamos con dureza posiblemente hagamos lo mismo con nuestros semejantes. 

Todo lo dicho es válido también para mis actuales pacientes, en silla de ruedas y en algunos casos incapaces de respirar por sí mismos: ojalá no se vean como un estorbo o sin atractivo, yo los percibo preciosos y capaces todavía de aprender y de darnos lecciones, de explicarnos qué es importante en la vida y qué secundario, de hacernos comprender que en el cariño, la paciencia y la colaboración entre todos está la salvación del mundo.

 Soy consciente de que esto debe de ser extremadamente difícil: la mayoría han perdido peso, muchísimo en algunos casos, han quedado sin masa muscular, su aspecto externo ha cambiado por completo, pero conservan los gestos, la mirada, la palabra, la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y enseñarle qué es la vida y qué es el mundo. Algunos de ellos lo hacen en sus colaboraciones en la revista del centro, todas ellas con el sabor y el saber de personas que han sobrevivido a un terrible naufragio, lo han habitado y en muchos casos ayudan a otros a hacer lo mismo.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

 

Impresiones de un hospital

En mi hospital se publica una revista llamada INFOMEDULA. Me solicitaron una colaboración y escribí en el mes de marzo este breve artículo con mis primeras impresiones.  Aunque hay muchas ideas y sentimientos que he reflejado en entradas previas he decidido transcribirlo como entrada porque creo que resume con precisión lo que hasta ahora más me ha impactado de este lugar tan peculiar en que trabajo. 

“El uno de diciembre de 2009 me incorporé al equipo de Medicina Interna-UCI del HNP. Tras trabajar en varios hospitales de diverso tipo y perfil, decidí aceptar el reto profesional y humano que suponía atender a personas con lesión medular, un terreno para mí desconocido. Cuando llegué aquí me preocupó, además de estudiar la lesión medular desde el punto de vista médico, saber cómo  acercarme a un tipo de paciente que desconocía. Por ello escribí a un colaborador habitual de esta revista, a quien le pregunté qué esperaba de un médico. Me respondió que “cercanía, igualdad y flexibilidad en el trato, respeto y apertura a aprender …”. Esto no es nada diferente a lo que cualquier otra persona que reciba asistencia médica pueda expresar, pero fue un dato de primera mano expresado de forma certera.

También fue importante coincidir en el tiempo con la edición del libro  “Afrontando la lesión medular”. Este libro me ha sido de gran utilidad para acercarme a las vivencias de un grupo de personas que han estado aquí y pueden ser representativas de muchos otros, aun siendo consciente de que hay también quien no está: personas que no pueden afrontar o superar su situación y se recluyen en su domicilio, viviendo y tal vez haciendo vivir a otros vidas desdichadas. 

Puedo decir que en estos pocos meses que llevo aquí he aprendido sobre la lesión medular y sobre mí mismo: con cincuenta años –mi edad- por lo general una persona ha sobrevivido posiblemente a diversos naufragios y ha tenido que elaborar pérdidas. Ver personas (pacientes y familiares) que día a día siguen adelante en medio de grandes dificultades y tribulaciones me anima en mi propia vida y me estimula a intentar ser primero una buena persona, segundo un buen profesional de la medicina. 

Este es un hospital sumamente peculiar, distinto a cualquier otro (y han sido numerosos) en que yo haya ejercido antes: las personas y sus familiares (especialmente las mujeres, como aparecía en un bello artículo de esta misma revista) pasan muchos meses aquí, el personal sanitario está por lo general motivado, creándose entre todos un ambiente de colaboración que me sorprendió nada más llegar. Posiblemente no sea oro todo lo que reluce y existan muchas cosas mejorables, pero no puede negarse que en el camino de la recuperación del lesionado medular caminamos todos a una. 

Soy consciente de que el tipo de persona que ingresa aquí se encuentra en una situación difícil, debiendo afrontar la pérdida de algo muy preciado para el ser humano, en mayor o menor grado su autonomía. Sin embargo, en este tiempo he visto personas que habitan esta nueva y hostil realidad e incluso la reconvierten en una posibilidad de crecimiento personal. No creo haya otro camino en el devenir de la vida: no seguir adelante y concentrarse en lo que se perdió sólo es fuente de mayores sufrimientos para uno mismo y sus seres queridos.

Colaboraré cuanto pueda en la misión del hospital desde mi rol de internista. Pero mi trabajo no servirá de nada sin formar un equipo con el resto de personal, sanitario y no sanitario. Al fin y al cabo, el médico pasa un rato al día con cada paciente, el resto del tiempo la tarea es de otros profesionales y de los familiares. Y en último término es cada uno quien se encuentra a solas consigo mismo y decide cómo afrontar la condición de lesionado medular y vivir en adelante de la forma más positiva posible o claudicar. 

En mis más de 25 años ejerciendo he atendido miles de pacientes en tres continentes, algunos de ellos en situación de pobreza extrema, viviendo en condiciones cuya miseria supera toda imaginación. También enfrenté los inicios de la epidemia de SIDA, una enfermedad devastadora que exterminó hombres y mujeres jóvenes, sin que durante años tuviésemos mucho que ofrecerles. He atendido pacientes oncológicos y me he responsabilizado de los cuidados paliativos en varios centros. Creo, pues, haberme acercado al sufrimiento humano. Como adulto, tampoco he podido mantenerme al margen de esa historia humana en que caminamos entre la muerte y el anhelo de resurrección.

El HNP es una nueva etapa de mi caminar como persona y como médico. Hasta ahora no he hecho sino aprender de ustedes. Tal vez llegue el día en que pueda aportar algo. Si lo consigo, les aseguro que mi objetivo se habrá cumplido con creces” (infomédula junio de 2010, número 16, publicación de la Fundación del HNP para la investigación y la integración, FUHNPAIN).

 

¿Y si hubiesen perdido?

Todo el mundo parece contento con la victoria de la selección, de lo cual me alegro enormemente: por todos los buenos aficionados (mis tres hermanos varones entre ellos) y por un país tan necesitado de alegrías que alivien en parte este momento amargo que vivimos (abundan sobre ello en estos blogs otros colegas más ilustres).

Pero desde ayer me pregunto ¿qué hubiese pasado si pierden el partido? Bueno, no hubiese pasado nada, la vida hubiese seguido su cotidianidad, los que tenemos la suerte de mantener nuestro empleo hubiésemos ido hoy a él tal como hemos hecho, mis pacientes hubiesen continuado con su rehabilitación … aunque tal vez alguna gente estuviese entristecida o amargada, tal vez por haber puesto su esperanza en algo tan efímero como una victoria deportiva.

Mi reflexión conduce al hecho de perder. Está muy bien alegrarse por ganar, pero en la vida perdemos más veces que ganamos, y cuanto antes aprendamos esta realidad tal vez sea mejor para nosotros. Comprender esto me lo ha dado la edad y mi profesión de médico.

 He aprendido que podemos perder el trabajo y la salud, lo vemos a diario en nuestra sociedad y lo veo a diario en mi práctica clínica. Podemos perder amores que hemos considerado “eternos” y seguros. Y perdemos condición física y potencia intelectual. Elaborar todas estas pérdidas lleva tiempo, ese periodo lo llamamos duelo. De hecho hay una parte de la vida que empleamos en realizar –lo más sanamente posible- los diversos duelos por los que atravesamos. 

No hay nada malo en perder: es inherente a nuestra condición humana, es sano aceptar con honestidad y realismo nuestras limitaciones de toda índole, de hecho eso nos humaniza y nos hace por lo general más comprensivos con las limitaciones de los demás.

 Finalmente, perdemos tal vez lo más querido, la vida, pero no hay tampoco nada malo en ello: al fin ya al cabo la muerte es la forma natural de terminar la vida, las personas que han vivido plenamente por lo general no le tienen miedo a la muerte.

Es por ello que me asustan los mensajes publicitarios de las grandes marcas deportivas, seguro que ustedes los han visto estos días: “Impossible is nothing” (no hay nada imposible), “I want, I can” (quiero, puedo). Creer que querer es poder nos ha llevado a muchos de nosotros a malentendidos dolorosos: nos educamos de una forma voluntarista y exigente, con un súper-yo marcado y potenciado desde la ideología y espiritualidad de aquellos años. Hemos sufrido deshaciendo el entuerto que querer no equivalía a poder, que nuestros medios humanos y nuestra misma naturaleza eran limitadas y que era mejor comprendernos y comprender que exigirnos continuamente a nosotros mismos y a los demás.

A pesar de todo, me alegro mucho del triunfo de la selección, otros blogueros y yo mismo hemos enumerado valores de este equipo y del fenómeno social que se ha puesto en marcha con este mundial. Y me quedo con las declaraciones del autor del gol, dedicado a su amigo que murió, al acabar el partido: cuando el locutor le preguntó a quién recordaba se quebró su voz al encontrarse con el recuerdo, con esa “ausencia presente” de la que nos hablan los místicos. Tal vez muchos de nosotros recordamos también a personas queridas con quienes nos hubiese gustado estar y celebrar el triunfo.

Sin embargo, tal vez hoy sea bueno decir y decirnos que las derrotas son por lo general más frecuentes y que de ellas pueden extraerse muchas enseñanzas, aunque resulten dolorosas. Ahora que estamos en el “high”, preparémonos para el “low” que acontecerá cuando la realidad mostrenca nos devuelva a un momento económico y social duro: lo dice San Ignacio, “en tiempos de consolación tómense fuerzas para la desolación venidera” (o algo así, cito de memoria).

Alegrémonos sanamente por las realizaciones de unos jugadores que representan a un país y nos recuerdan que España es capaz de muchas y grandes cosas. Pero pongamos nuestra esperanza y nuestra fuerza en otros valores más sencillos, trascendentes y permanentes:  “En El solo la esperanza”, como se titula uno de los libros de Pedro Arrupe SJ.

 Cuídense mucho y recen por los enfermos y quienes los cuidamos.

¿Héroes? ¿Gloria? ¿Historia?

Es casi imposible sustraerse al mundial de fútbol y a la especie de delirio colectivo que está aconteciendo y que puede ser todavía mayor si España gana el mundial. Compartiré con ustedes reflexiones que me han ido acudiendo en el curso de estos días.

Es muy posible que en este fenómeno haya cosas positivas: indudablemente hay a quien le ayuda e ilusionan los triunfos deportivos, paliando en parte tanta amargura –también colectiva- de los últimos meses, en el contexto de una crisis económica diagnosticada mal y tarde y tal vez peor tratada. También parece surgir alrededor de la selección una suerte de sentimiento nacional, de españolidad y unidad, posiblemente en reacción a la atomización del país en autonomías y de todos los disparates que han ocurrido y ocurren al hilo de este hecho. Al fin y al cabo, el deporte siempre ha tenido una simbólica profunda y ha encarnado valores humanos importantes como la superación, el coraje, el espíritu de equipo, la entrega y dedicación en los largos entrenamientos.

 Además, los triunfos en fútbol se acompañan de la brillantez de nuestros deportistas en casi todas las disciplinas: Contador es un firme candidato al Tour, Nadal es el tenista número uno, los jugadores de baloncesto forman una selección temida, los pilotos de moto y de coche cosechan asimismo éxito tras éxito. Nuestro país tiene una solvencia deportiva fuera de toda duda, mucho mayor que la económica y la política, habiendo perdido ambas casi toda credibilidad. Desde esa óptica es explicable que la ciudadanía se enorgullezca de unos logros que se perciben como colectivos, por encima de ideologías políticas, partidos, autonomías, creencias religiosas, todos esos rasgos que se utilizan comúnmente para acentuar las diferencias entre españoles.

 Sin embargo, hay otras cosas nada positivas. La primera mereció un interesante editorial en un influyente periódico norteamericano, además es tan vieja como la historia: el “panem et circensesde los emperadores romanos, sólo que ahora en vez de gladiadores ponemos atletas. Ya no hay problema alguno en nuestro país en tanto la selección gane partidos. Y el segundo aspecto ciertamente negativo y a mi juicio de mucho mayor calado es el absoluto desenfoque y mal uso de conceptos y palabras importantes, como las que encabezan este artículo y que se prodigan estos días en los titulares de noticiarios y periódicos. Esto merece también reflexión.

 Tras superar la semifinal, los jugadores son “héroes”, tenemos una “cita con la gloria” y “hacemos Historia” (con mayúsculas). 

Lo siento pero no. Primeramente, no puedo dejar de pensar en Bertolt Brecht, el dramaturgo comunista alemán, que pone en boca de Galileo Galilei la frase “desdichado el país que necesita héroes”. Además de eso, pobres de nosotros si los futbolistas son los héroes que necesitamos. 

Y la gloria es otra cosa: “la gloria de Dios es el hombre que vive”, como dijo San Ireneo y con frecuencia enunció monseñor Romero. Y la continuación de esa frase: “y la gloria del hombre es la visión de Dios”. Nada que ver con ganar una competición deportiva, ni con hacerse rico, ni con tener éxito con las mujeres, ni con todas esas cosas que suelen envidiarse en los futbolistas (y en quienes no lo son).

 ¿Y la Historia? Consiste en recoger y narrar hechos trascendentes, significativos, desde diversas perspectivas, e intentar aprender de ellos. Todos tenemos nuestra historia personal, las sociedades tienen la suya, los países, incluso la humanidad entera.

 Sinceramente, no creo que nuestra realidad nacional se modifique para mejor o aprendamos algo de ganar este mundial. Nos sentiremos fuertes por unos días, tal vez orgullosos, después volveremos a la vida real y cotidiana, cuajada de problemas. Del mismo modo Sudáfrica, el país organizador y uno de los países africanos con mayor índice de casos de SIDA por habitante volverá a sus rutinas y tal vez se haya desaprovechado una buena oportunidad para llamar la atención sobre los graves problemas que le acosan.

 La gloria, pues, es otra cosa. La Historia también, y los héroes son otros: la gente cotidiana, los hombres y mujeres corrientes que sobreviven el día a día con sueldos magros, tal vez sin trabajo, esforzándose en llevar el pan a la casa y en educar a sus hijos, intentando mejorar su pequeña parcela de mundo y hacer la vida algo más feliz a quienes les rodean. Las personas que afrontan la adversidad –falta de salud, de medios, de cariño- con entereza y sin echarle la culpa a nadie. Esos son los auténticos héroes y cuando estos muchachos con pies de barro –ninguno de los cuales parece además tener ideas propias ni hablar de algo que no sea el fútbol- desaparezcan de los focos, ellos seguirán tejiendo la urdimbre sin la cual un país no puede sobrevivir.

Todo esto se lo dice una persona sumamente deportista desde niño, tanto como practicante de deportes de fondo como espectador. Quienes me conocen de cerca saben que me sería difícil concebir mi vida sin hacer deporte. He vibrado mucho con nuestros atletas: ciclistas, tenistas, futbolistas, fondistas. Pero no se me ocurre pensar en ellos como personas a admirar salvo por su rendimiento deportivo: ninguno de ellos se ha hecho acreedor a mi admiración más allá del respeto personal que merecen. Sin embargo, admiré a profesores y maestros, escritores, teólogos, médicos, personas de espiritualidad profunda y sobre todo a las buenas personas que Dios ha ido poniendo en mi camino. Todos ellos sí me han enseñado de veras y han contribuido a mi historia.

 A pesar de todo, deseo que nuestra selección gane el partido final si ello va hacer felices –aunque sea por un rato- a mis compatriotas. Pero desearía mucho más que recuperásemos el sentido de país uniéndonos por algo que no sea el deporte, así como que reflexionásemos sobre el significado profundo de palabras trascendentales y malempleadas hoy. 

Estas son las reflexiones que quería compartir con ustedes. No están expresadas con la finura ni la agudeza de un columnista, pero pertenecen a un médico y a un cristiano. Tal vez a alguien le resulten de utilidad.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Cotidianidades

Tras un paréntesis vacacional vuelvo a relatarles hechos de mi vida cotidiana, una de las piedras angulares de este blog.

 Por ejemplo, constatar que hacía muchos años que el pirineo aragonés no estaba tan lleno de agua, flores, insectos y olores. Todos ellos forman el acervo de mi memoria, desde los días de adolescente en aquel lento y bello tren que se llamaba “canfranero” y que nos acercaba a las montañas, hasta una estación enorme, preciosa y abandonada (tal como sigue hoy en día, más de treinta años después), donde nos apeábamos para desde allí hacer “dedo” o caminar hasta el lugar donde poníamos la tienda. Jaca, Hecho, Ansó, Benasque, Aragüés, del Puerto son hitos de mi vida a los que siempre me gusta volver, cada vez descubriendo en ellos nuevos aspectos.

 Es hermoso constatar que los valles siempre están esperándonos, la naturaleza habitualmente acogedora (menos cuando se “enfada”), por más que pasemos –como en este caso- diez años sin visitarla. Además, gracias a la repoblación pueden verse ahora marmotas en el pirineo aragonés, con la impresión de vitalidad que transmiten. También hay algún oso, pero su convivencia es difícil con los rebaños. Por cierto, es curioso que casi ninguno va ya acompañado por pastores: según creo algunas ovejas llevan un GPS y las controlan así. Tal vez con ello desaparecerá una de las profesiones más antiguas de la humanidad, con hondas raíces bíblicas.

 Pero las vacaciones no duran mucho, así que hay que volver a la realidad, hecha en mi caso de pacientes, y constatar que para algunos de ellos hay mejoría y para otros no, que la vida sigue en el hospital y con ella la lucha por rehabilitar todo lo posible los organismos lesionados, pero no sólo los cuerpos: también los espíritus maltrechos por las lesiones, tanto de pacientes como de acompañantes.

 Es mucho lo que se aprende aquí: por ejemplo, lo delicado de los equilibrios familiares, puestos a prueba por la adversidad, la distancia al domicilio, a veces lo precario de las situaciones. No dejo de admirarme de la fidelidad de madres, esposas, hermanos y hermanas, que acuden día tras día y semana tras semana, recorriendo centenares de kilómetros, intentando aportar esperanza y ánimo a su familiar enfermo. Creo ser muy consciente de lo dura que es la vida para ellos y los apoyo en lo que puedo.

No quiero dejar de mencionar el hecho de recibir mis primeros pacientes pediátricos: con la reorganización del hospital inherente al periodo vacacional algunos han venido a mi sala. Tengo que reconocer que su visión me conmueve: tras veinticinco años ejerciendo la medicina y cuando se han pasado y vivido casi todo tipo de situaciones, algunas extremadamente duras, no pensé que fuese a costarme tanto. Temo que se despierta el niño desvalido que todos llevamos dentro. Lo he expresado en alguna otra entrada: cuando algo impacta a un sanitario lo hace porque despierta un dolor profundo y añejo, no sólo es compasión por el paciente, suele ser compasión por uno mismo, por heridas antiguas.

Mi recurso es acudir a la espiritualidad, esa dimensión de la persona más profunda y no necesariamente religiosa sino antropológica (tal como lo son la voluntad y la libido), por más que en nuestra sociedad se pretenda ignorar, obviar, negar o ridiculizar. Cuando algo nos conmueve, sea la imagen de unos picos nevados conquistados con nuestro esfuerzo, un amor o un dolor, podemos entonces conectar con esa porción profunda del ser humano y abrirnos al trascendente, a esa parte que está más allá de nuestra conciencia, más profunda que nuestra corteza cerebral, oculta en las profundidades de nuestro cerebro, en las estructuras donde radican las emociones, en el llamado sistema límbico.

Accedemos ahí a sentimientos, emociones y sensaciones que, como dijo Don Ernesto Sábato, “sólo podemos expresar desde la poesía o desde el llanto”. No siendo un poeta, me temo que en esta fase de mi vida recurro con más frecuencia al llanto al pronunciar la palabra que resume mi espiritualidad, eso que como cristiano llamo Dios, el Dios de Jesús. En algunas ocasiones dejo de sentirme solo y me abro a un sentido mayor, adentrándome en el misterio, confiando en que mi vida y la de mis pacientes y seres queridos se halle en manos de ese Dios que impregna el universo, aunque a veces no lo sintamos o nos hallemos en un aparente sin sentido o una aparente sin salida.

Leí recientemente un bello y breve texto de Leonardo Boff, el teólogo brasileño, que les recomiendo vivamente, pueden encontrarlo en la página web www.servicioskoinonia.org, publicado el 11.06.2010: “la espiritualidad en la construcción de la paz”. Me ha ayudado mucho y de él he tomado algunas de las ideas que les transmito.

 Concluiré contándoles una anécdota que me viene a la memoria. En Valladolid, en los años ochenta, había un barrio llamado “La Pilarica”. En él trabajaba una comunidad de jesuitas donde se encontraba Ventura, un sacerdote que ya era mayor entonces (les hablo de 1984, imagínense). Era una excelente persona y un excelente sacerdote, con una luenga barba gris, uno de los hombres de Dios que he conocido. Con él y otros miembros de la parroquia recorrí más de doscientos kilómetros a pie siguiendo el río Duero desde su nacimiento en el pico Urbión hasta más allá de San Esteban de Gormaz.

Eran años de manifestaciones contra la entrada de España en la OTAN y allí que fue Ventura con una pancarta que decía “SI VIS PACEM PARA PACEM” ( “Si quieres la paz, prepara la paz”). Siendo profesor de latín y griego en un colegio, expresaba así su oposición directa a la leyenda que colgaba en las guarniciones romanas “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra) y que ha dado el nombre a la siniestra munición que los terroristas han empleado para matar a cientos de personas. Yo creo que nadie salvo él y algún otro entendía el mensaje que quería transmitir, pero Ventura había preparado con mimo su cartel, que además tenía una simbólica profunda. Para él, entrar en una estructura militar con armas nucleares equivalía a preparar la guerra, como hacían las legiones romanas.

 Cuando la policía (entonces de marrón) cargó para disolver a los manifestantes y comenzó a repartir porrazos y llevarse gente a rastras, viendo en Ventura a un anciano, no le pegaron y le dieron unos empujoncitos para que se fuese a casa, lo cual le enfadó mucho porque él era un manifestante como los demás y exigía el mismo trato. Salió indemne de aquello y pudo luego explicar a sus colegas y amigos qué quería decir su cartel.

Ventura fue un hombre de espiritualidad profunda, pacificado y pacificador, y desde esa espiritualidad nos hizo bien, ejerció su profesorado y su sacerdocio, y se manifestó contra la OTAN porque pensó que debía hacerlo. Además, al final de aquella larga marcha por tierras castellanas esculpió para mí una preciosa cruz en madera de enebro y me la entregó como regalo y recuerdo; esa cruz me acompañó durante muchos años, la miré y acaricié muchas veces en momentos de dificultad. Sé que falleció pero le recuerdo con mucho cariño y quería compartir con ustedes este recuerdo, evocado leyendo el artículo de Boff.

 Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos. Y si salen de vacaciones, diviértanse, descansen y tengan cuidado en la carretera.