Cataluña enferma: ¿qué debemos hacer?

He vivido en Cataluña durante más de diez años. La parte materna de mi familia es de ahí, mi madre nos cantaba en catalán cuando éramos niños y aprendimos la lengua. Hice mi especialidad en medicina interna en Barcelona, durante los años en que nuestro país invirtió billones de pesetas para que la ciudad acogiese los juegos olímpicos y avanzase en poco tiempo lo que de otro modo le hubiese llevado décadas. La villa olímpica –donde vive gente que ahora nos insulta y menosprecia- está edificada con el sudor y a veces la sangre de obreros de toda España: sería interesante saber cuántos murieron en accidentes laborales en aquellos años, yo atendí más de uno en mis guardias de urgencias.

Durante esos años, casi imperceptiblemente, como un cáncer de crecimiento lento, se fue instaurando una ideología –el catalanismo independentista- excluyente y maniquea. Comenzó poco a poco (“hagamos país”, decían), en los tiempos de Jordi Pujol. En las escuelas se tergiversó la historia y así se enseñó a los niños. Se multaba a los comerciantes que no rotulasen en catalán, si querías progresar social y profesionalmente, tenías que mimetizarte con el medio, a riesgo de quedar marcado y excluido. Por eso me marché en 2004 de allí, cuando llegó al gobierno el PSC, un partido cuya obsesión era “tocar poder” a cualquier precio, aunque para ello hubiese de coligarse con fuerzas claramente anticonstitucionales. En todos esos años, los diferentes gobiernos de la nación, necesitando para mantenerse en el poder los votos de esos partidos, consintieron todos los desmanes y miraron para otro lado.

Ahora vemos los resultados de todo aquello: provincias enfermas de odio y desprecio, cuyo rostro verdadero es el de la destrucción y la revuelta, el incendio y el amedrentamiento de cualquier persona que no participe de esa ideología. Nuestros compatriotas –entre ellos parte de mi familia directa- se sienten abandonados por un gobierno que permite cortar carreteras, agredir y herir gravemente a los servidores públicos que son los policías, impedir la libre circulación y tráfico por parte del territorio de la nación y la destrucción impune de bienes públicos y privados. Si no fuese por lo grave del momento, las declaraciones de los diferentes ministros y el actual presidente del gobierno minimizando los problemas, en lo que supone de facto un claro ejemplo de desinformación ideológica, moverían a risa. Más bien lo hacen al llanto: un policía nacional se debate en estos mismos momentos entre la vida y la muerte en un hospital de Barcelona; incluso si sobrevive, el riesgo de secuelas neurológicas permanentes es sumamente elevado.

Ante esto, me pregunto (y como yo posiblemente numerosos ciudadanos asustados) qué debemos hacer. Además de apoyar afectivamente en todo lo que podamos a nuestros hermanos y amigos que viven allí, y acudir a las concentraciones que se van a convocar al mediodía del domingo 27, me temo que sólo nos queda el voto del próximo día 10. Discerniré mi voto entre los partidos que yo crea que pueden poner remedio y coto a estos desmanes. Con toda seguridad, no al actual partido en el poder, al cual llegó precisamente con el apoyo de todos estos criminales. El diálogo, esa especie de mantra falso y en el fondo cobarde, no ha servido para nada, más bien para humillarnos cada vez más (recuerden las Navidades pasadas …). Las leyes deben aplicarse y deben redactarse nuevas que permitan castigar a los que cometen  las fechorías que vemos y escuchamos estos días en la televisión y las radios. Los culpables deben ser detenidos y consignados a los tribunales. Los medios de comunicación que fomentan este odio deben ser intervenidos y sus responsables depurados. Los directores de los colegios de donde proceden los incendiarios y los libros de texto que han estudiado, examinados y eliminados. Los profesores que expliquen una historia falseada e inoculen el odio en los niños, expedientados y apartados de la docencia.

No veo otro modo de atajar este mal, lo he escrito otras veces: los médicos utilizamos cirugía para muchos tumores malignos. Nadie entendería que un cirujano no amputase un miembro gangrenado que amenazase la vida del paciente por timidez o pusilanimidad, ese profesional sería denunciado y apartado del servicio. Así debe hacerse con los políticos que no se atrevan –por cobardía, por cálculos electorales e incluso por convicción- a aplicar los remedios de los que disponen. No se entiende que a un médico no le tiemble la mano al canalizar con una aguja gruesa una vena o una arteria del cuello si así lo exige el procedimiento diagnóstico o terapéutico a realizar; por eso es inaceptable y no se puede votar a un político que carezca de competencia o coraje para aplicar una ley.

Así que piénsenlo bien y voten a quien –al menos en teoría- puede al menos intentar sacarnos con dignidad de este atolladero.

Recen por los enfermos, por quienes los cuidamos lo mejor que sabemos y podemos y por España.

El entierro y la boda

Mi familiar enfermo murió hace una semana, apenas unos pocos meses después del diagnóstico. El mismo día que teníamos el funeral y el entierro, se casaba la hija de unos amigos muy queridos. Ambas circunstancias vitales, entierro y boda, convivieron en el tiempo, como dos eventos que son parte de la vida, uno de ellos normalmente triste, el otro alegre. El Evangelio habla de entierros y bodas, la vida va de uno a otro extremo, la fe no puede instalarse en ninguno de ellos, vive en los dos. Así es la vida humana, tiene luces y sombras, hay un tiempo para llorar y otro para regocijarse. No podemos negar ninguno de esos dos hechos, ambos son reales. Y ambos tienen sus ritmos, nacer lleva su tiempo y morir también, hay que respetar las dinámicas de la vida, no podemos acelerarlas sin violentarlas, aunque podamos ayudar en ambos tránsitos, en concreto en el finalizar de la vida disponemos de la sedación paliativa.

Estas últimas semanas, mientras acompañaba a mi familiar moribundo, pensaba en estas cosas y me daba cuenta de lo que nos cuesta aceptar y acoger esos ritmos, en un mundo y una sociedad que no tolera demora alguna.  Han sido unos meses difíciles, las enfermedades graves sin perspectivas ya desde el diagnóstico son un camino difícil de recorrer para el paciente y su familia. En el trayecto hemos encontrado profesionales sanitarios excelentes, y otros no tanto. Cuando la técnica y los avances médicos muestran sus limitaciones, lo que queda es la cercanía y la amabilidad en el trato, los pequeños detalles cobran una gran importancia y son los que hacen la diferencia. Dado que el último mes transcurrió en el hospital, he tenido la oportunidad de darme cuenta de ello una vez más, e intento aprender para mi propia práctica cotidiana. No podemos suprimir por completo el sufrimiento, eso es imposible, pero casi siempre podemos intentar aliviarlo, no sólo con medicamentos, a veces lo que se necesita es una palabra amable o un poco de empatía.

Ahora queda llorar al que marchó y acompañar a los quedan.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

 

Qué dura es la enfermedad

Llevo gran parte de mi vida profesional ayudando a personas enfermas a aceptar y convivir con las limitaciones que la enfermedad les produce. Qué duro se hace encajar el cambio de la imagen corporal: el pelo que se cae, la pérdida de peso y de fuerza, la carencia de energía, quizás las cicatrices y deformaciones después de una cirugía … darse cuenta de que se pierde autonomía y se necesita ayuda casi para cualquier cosa, hasta para levantarse de un sofá. Aceptar que se depende de otros y que se necesita de otros, a veces para tareas elementales como lavarse y vestirse, alimentarse. Salir a la calle, dejar la cama o el sillón, se convierte en una entelequia: simplemente no se tienen fuerzas. Hacerlo en una silla de ruedas, la única opción posible, no es algo fácil de asumir cuando nos preocupa nuestra imagen, en una sociedad que rinde culto al cuerpo, al aspecto. No se pierde dignidad, pero no es sencillo percibir la dignidad propia cuando el organismo y las fuerzas fallan, por más que quienes rodean al paciente (familia, amigos), lo vean como siempre, nada ha cambiado salvo que necesita más ayuda que antes, el cariño es el mismo. Aun cuando teóricamente estemos convencidos de que no se es más o menos digno por estar enfermo, hace falta calidad humana para encajar las pérdidas y aceptar las nuevas necesidades, hay quien sabe hacerlo con amor y con humor, pero no siempre es fácil.

Que Dios nos ayude en circunstancias difíciles de enfermedad, propia o de personas queridas. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Marzo, el mes de monseñor Romero-I

Un año más estamos en marzo, mes en el que conmemoramos la vida y muerte martirial de monseñor Romero. De las diversas facetas de su persona –salvadoreño, amante de su país, sacerdote, eclesiástico, pastor- resaltaré hoy dos: la persona caritativa que siempre fue y el profeta que Dios le hizo.

Óscar Romero fue desde su infancia un hombre caritativo: atendió a las necesidades básicas de sus compatriotas, sobre todo de los pobres concretos con los que se cruzaba; dio alimento, cobijo y vestido a quien se lo pidió, a quien encontró necesitado de ello. En sus primeros tiempos no cuestionó qué motivaba la pobreza, pero siempre fue sensible a la misma, ejercitó la caridad cristiana –hay quien se avergüenza de ese término ahora, aun cuando es una virtud cristiana fundamental-, y eso le legitimó para, más adelante en el transcurso de su vida, denunciar las raíces últimas de la pobreza en El Salvador. Sería interesante preguntarse si quienes claman por la justicia social están en absoluto legitimados para ello, cuando nunca han dado nada de lo suyo, a diferencia de monseñor Romero, que compartía su dinero, su techo y  su comida. Fue consciente de que había estructuras sociales y políticas que debían modificarse, pero conocía demasiado bien el alma humana como para no darse cuenta de que, sin una transformación interior, sin una conversión del corazón, a unas estructuras injustas sucederían otras igualmente injustas, aunque de signo contrario. Además, me resulta diáfano que era la compasión lo que motivaba a Romero, no puramente la búsqueda de la justicia humana. Siempre trascendió a eso. Desde la compasión acompañó a su feligresía y compartió su suerte. No abandonó al pobre ni puso la responsabilidad en el estado o en el gobierno, sino que dio de lo suyo e hizo lo que pudo con los medios de los que disponía, actuando como el buen samaritano que siempre fue.

La otra faceta que hoy quiero destacar es la de profeta. Este es un carisma que Dios le concedió y que finalmente le costó la vida: su muerte violenta confirmó precisamente que hablaba en nombre de Dios, y así tuvo el mismo destino que los profetas auténticos que le habían precedido en la historia. En monseñor se hizo carne la verdad de nuestra fe que, sobre el Espíritu Santo, rezamos en el Credo: “habló por los profetas”. El Espíritu nos dice lo que Dios propone en cada momento de la historia humana, de acuerdo a circunstancias cambiantes. En aquel contexto terrible de Centroamérica en 1980, monseñor buscó una salida pacífica y defendió a ultranza la vida humana, a las personas concretas, violentadas de tantas formas en El Salvador. Para ello se basó en los tres pilares que enunció en su penúltima y más famosa homilía de 23 de marzo de 1980: “el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo y la trascendencia, que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza”.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por nuestro país y por nuestro mundo.

Felices días, ¿días felices?

En mi nuevo trabajo, en una unidad de neurorrehabilitación, atiendo a personas con daño cerebral. Es un campo relativamente cercano a la lesión medular, a la que me dediqué durante los últimos nueve años. En este caso el cerebro ha quedado dañado por un ictus, un tumor, un traumatismo, una infección … también aquí hay que acompañar al paciente en el camino de recuperación o adaptación a una situación nueva, explorar cómo arreglarse lo mejor posible con la pérdida que ha sobrevenido. Desdichadamente, tampoco aquí tenemos solución para el daño, en la mayoría de los casos se intenta aprovechar la función que pueda haber quedado preservada y potenciar otras que compensen la que se ha perdido. No es fácil, a veces se pierde la capacidad de caminar, a veces la de hablar o entender lo que se escucha, el campo del daño cerebral es muy amplio y más complejo que la lesión medular.

He querido desde aquí felicitarles las Navidades pero no puedo evitar pensar –porque así me lo dicen- que para muchos de mis pacientes estos días no serán felices, porque cuesta adaptarse a la pérdida de una función, no solamente a los pacientes, también a sus familiares: a veces el daño es tan grave que la persona que se ha conocido parece no existir ya, sustituida por otra dependiente e incapaz de comunicarse.

Sin embargo, mi vivencia es que en estas circunstancias a veces tan adversas también nace el Señor. Lo hace de mil maneras: en la compañía y el apoyo que se da y se recibe, en la visita a un enfermo, en el llanto derramado, en la esperanza de un futuro mejor, en la conciencia de la pérdida y la aceptación serena de la nueva realidad. En las circunstancias concretas de la vida, a veces halagüeñas, a veces dolorosas, viene Jesús a acompañarnos, como el Dios que, en palabras de monseñor Romero, “está en la historia, camina con la historia”. En nuestra historia personal y en la de nuestros seres queridos, en la de los países, en un momento convulso del nuestro, con tantos frentes abiertos.

Que Dios nos guíe y nos bendiga en este camino, como personas y ciudadanos, como nación.

Una despedida. Un aniversario.

Mis compañeros del Hospital Nacional de Parapléjicos me despidieron con una comida que creo a todos nos resultó entrañable. Hubo sinceros buenos deseos de unos para con otros, una preciosa pluma de regalo con la que escribo orgullosamente en mi nuevo hospital (San Juan de Dios de Zaragoza), y algunos parlamentos. Comparto con ustedes unas líneas que leí ese día.

“Os agradezco a todos y cada uno de todo corazón que hayáis venido hoy a acompañarme. Sinceramente, este no es un momento fácil para mí, porque las despedidas no suelen serlo. Han sido nueve años en el HNP y aquí he aprendido muchas cosas, en un campo de la medicina que para mí era completamente desconocido. Me tomé mi tiempo para estudiar esta nueva faceta de la medicina, muy específica. Varios de mis compañeros me ayudaron mucho, cosa que siempre agradeceré. Creo que comprendí con rapidez que se trataba de una patología muy compleja que transformaba radicalmente la vida no sólo de los pacientes, también de todo su entorno. La lesión medular colocaba al paciente en una situación de vulnerabilidad y dependencia extremas, mucho mayor que cualquier otra enfermedad que aflige al ser humano. Se necesita ayuda absolutamente para todo, a veces incluso para seguir respirando.

Encontré grandes personas y grandes profesionales en todos los estamentos: camareros, señoras de la limpieza, celadores, auxiliares, administrativos, enfermería, staff facultativo. Aprendí de ellos todo lo que pude. De algunos me sentí muy cercano: al fin y al cabo compartíamos anhelos pasados y presentes, cada uno a su modo habíamos aspirado e intentado una sociedad diferente.

Han sido unos años interesantes y en algunos aspectos fecundos. Sin embargo, por motivos que no hacen al caso, he decidido buscar otras posibilidades, más cerca de mi familia, en la ciudad donde nací y en la que apenas he vivido desde que marché en 1983, tras terminar medicina.

Marcho de aquí dejando amigos y compañeros muy queridos. Este es un hospital muy particular, único en su género en España, con 40 años de historia, una casuística mayor que la inmensa mayoría de centros del planeta que se dedican a la lesión medular y una plantilla excelentemente preparada. Ojalá recuperase el lugar que su potencial merece. No puedo sino desearle cosas buenas: me ha dado mucho en lo personal y lo profesional, en él he intentado aportar y he recibido mucho. Llevaré conmigo los rostros de compañeros de trabajo, de pacientes y familiares, de todas las situaciones vividas aquí. En este hospital he visto hechas carne y sangre palabras como entrega, sacrifico y abnegación, que escuché a menudo durante mi estancia en el Seminario pero cuyo significado real he comprendido aquí, en contacto con los lesionados medulares y sus familiares.

 Termino compartiendo con ustedes algunas reflexiones sobre nuestros actuales pacientes que no quier dejar de mencionar.

Sé que los pacientes son actualmente mayores y más frágiles, su atención es quizás menos gratificante y se halla privada del glamour de la juventud, pero merecen que se les siga atendiendo con compasión y ecuanimidad: están limitados y nos necesitan, son seres humanos que han tenido mala suerte. Piensen cómo harían si fuesen su padre o su madre, un hermano, una hija … no olvidemos nunca que los médicos y enfermeras somos el corazón de una sociedad, así como los sacerdotes y religiosas son su alma. Sin corazón o sin alma, una sociedad acaba pereciendo.

Cuidemos los términos con los que nos referimos a los pacientes: no hace falta ser un experto en filosofía del lenguaje para comprender que aquello que hablamos modela la realidad que vivimos. Recuperemos el deseo de hacer el trabajo lo mejor posible, sin fijarnos en la edad o la situación del paciente, con la mayor calidad profesional y con el mayor cariño. Eso está por encima de malos directivos y peores gerentes, está en la raíz de nuestra vocación sanitaria, nos confiere identidad como sanitarios y nos otorga valía como personas.

Gracias por todo, hasta siempre o hasta otro momento, Dios dirá. Por ahora, me tenéis a vuestra disposición en Zaragoza. Un abrazo a todos.” (Toledo, 19.09.2018

Así que desde el 24 de Septiembre me tienen en el hospital de los hermanos en Zaragoza, en un campo próximo a la lesión medular, dado que estoy en la unidad de daño cerebral: me he movido de una parte del sistema nervioso central a otra, con lo que las diferencias no son excesivas, además los pacientes y los problemas derivados de la enfermedad no son demasiado diferentes, independientemente de dónde se atiendan.

En otro orden de cosas bien diferente, ayer fue el aniversario del fallido referéndum de secesión en Cataluña, aquel día funesto en que el gobierno de una comunidad autónoma desafió al país entero y con ello dinamitó nuestras normas básicas de convivencia. No quiero dejar de expresar un año después mi repudio a lo que hicieron algunos entonces y a lo que hicieron algunos ayer, con hechos violentos de vandalismo que a nada conducen, y que no hacen sino exasperar el rechazo que una buena parte de la ciudadanía experimentamos hacia algunos habitantes de esa región. Mientras un gobierno central fuerte no se decida a abordar el problema de veras y se promulguen leyes que impidan que estos hechos se repitan, tendremos que seguir aguantando el desprecio de esas gentes hacia nuestro país. Creo que eso es algo que la inmensa mayoría de españoles de buena voluntad no merecemos.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por nuestro país.

Desde Entebbe (Uganda)

Escribo desde un hotel en Entebbe, Uganda, desde donde manyana espero volar hacia Espanya. Este anyo no me ha sido posible hacer ninguna entrada desde el Kitovu Hospital, donde he permanecido las dos ultimas semanas, no hubo manera de conectar con internet para poder escribir. Vuelvo con sentimientos agridulces: he sido testigo de las actuales dificultades del hospital, que intenta sobrevivir con recursos escasos, y recibe menos pacientes al tener que cobrarles (modelo “not for profit”, se cobra poco pero hay que subsistir, dado que el gobierno no ayuda en modo alguno). Eso condiciona que la gente pida el alta en cuanto sale del peligro vital, o no puedan realizarse analisis o radiografias, aun cuando el hospital posee ese recurso.

He sido tambien testigo del sufrimiento que la enfermedad provoca aqui, especialmente el SIDA: personas jovenes que mueren de enfermedades tratables, solo porque acuden al hospital en situacion tan avanzada que no puede rescatarseles de la muerte; no existiendo cuidados intensivos como los conocemos, no siempre comenzar un tratamiento es eficaz, en ocasiones ya es demasiado tarde. O no puede realizarse un diagnostico preciso por no haber soporte de microbiologia o hematologia. Eso resulta muy penoso, aunque en otros casos hay mas exito y  ves que la gente mejora.

En cuanto a lo dulce, he conocido medicos en formacion prometedores, que seran buenos clinicos en el futuro, y he sido tratado con la gentileza y el agradecimiento que parecen innatos en muchas personas aqui. Igualmente, es indudable que el pais progresa en la economia, aunque las diferencias sociales y la pobreza sean todavia enormes. Pero hay mas y mejores carreteras, comercios, negocios, y todo ello no solo en la capital, tambien en una ciudad pequenya como Masaka se nota. Este es un pais con enormes retos y enormes potencialidades, que aguarda expectante las proximas elecciones (en un par de anyos). Mi impresion es que el clima politico se halla enrarecido, por ejemplo ha habido algunos recientes episodios de violencia en varias capitales. Esto produce vertigo dada su historia reciente.

Como final, comentarles que me resulta triste no poder responder a las expectativas de trabajadores del hospital que, en ausencia de la Dra. Maura Lynch, la ultima misionera de Maria (fallecida en Noviembre), han quedado sin poder pagar los estudios del hijo, o el proyecto de una granja de pollos que tenian, y se dirigen a mi pensando que podre ayudarles. No siempre me es posible.  Desde aqui les invito a que recemos por ellos y por Espanya, a la que espero llegar el domingo, tras una larga escala en Dubai.

Que Dios nos guie y nos bendiga.

Uganda 2018. Adiós al Hospital Nacional de Parapléjicos

El día 31, Dios mediante, viajaré de nuevo al Kitovu Hospital de Uganda, donde espero permanecer dos semanas. Como otros años, visitaré pacientes, ayudaré en lo que pueda, aprenderé lo que pueda, quizás dé alguna charla dentro del programa de formación continuada … saludaré a amigos y conocidos y echaré de menos a quienes ya no están, bien porque dejaron el hospital buscando mejores posibilidades y mejor salario, o porque han muerto (Sr. Maura Lynch, la última monja irlandesa que quedaba, tras 40 años de servicio en África). Siempre me gusta volver, redescubrir una medicina diferente a la que ejercemos aquí (con los mismos fundamentos pero con menos medios técnicos), aunque este año viajo con la incertidumbre de qué hospital encontraré tras el fin de la presencia occidental y la marcha del antiguo director, internista como yo y buen amigo. En la medida de lo posible (ya saben de otras veces que la conexión a internet no siempre existe), les informaré de lo que me vaya aconteciendo.

En otro orden de cosas, en unas semanas, al poco de regresar de Uganda, comenzaré a trabajar en el Hospital de San Juan de Dios de Zaragoza, curiosamente el mismo hospital en que nací hace 58 años. La actual situación del Hospital Nacional de Parapléjicos (un centro con un pasado ilustre, un presente gris y un futuro incierto) me ha llevado a buscar mejores posibilidades, he solicitado una excedencia en Toledo y he aceptado un contrato en mi ciudad natal. Como todo cambio, viene cuajado de expectativas, ilusiones, también algo de zozobra e incertidumbre … espero en mi nuevo trabajo aprender y aportar, como he intentado hacer en todos los hospitales donde he trabajado. Mi marcha de Toledo no está exenta de tristeza: es un hospital con carisma y con potencialidades (estos dos adjetivos definen también al tercer mundo, y la mayor parte de esos países apenas mejoran), pero que hace mucho tiempo que perdió el norte y no parece capaz de recuperarlo; un centro que funciona por inercia pero sin un proyecto ni asistencial, ni docente ni investigador (las tres patas de cualquier hospital) consistente, y yo no quiero dedicar los años que me quedan hasta la jubilación en un sitio así, por más que profesional y humanamente merezca la pena. Nunca he sido de quedarme en un lugar a disgusto o refunfuñando, de modo que hace unos meses me puse a buscar y el actual trabajo en el hospital de los hermanos en Zaragoza es fruto de esa búsqueda. Espero contarles lo que allí encuentre, y aguarden todavía alguna entrada sobre el HNP.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por España.

¿Qué es la abnegación?

Abnegación es que tu esposa se rompa el cuello a los 39 años y cuidarla desde entonces, ahora que tienes más de 70. Día tras día, mes tras mes, año tras año, cambiarle de postura cada 3 horas, limpiarla cuando se ensucia, cambiar la sonda urinaria cuando se obstruye, sacar las cacas del recto cuando se atasca, dedicarle 21 horas al día y tener 3 para ti. Y cuando envejece y enferma y queda conectada a un respirador, darte cuenta de que tendrás que dedicarle 23 horas y media y tendrás media hora para ti, para salir a tomar un café y leer un periódico sin estar pendiente de una alarma que se dispara o un timbre que suena porque te necesita.

Abnegación es que tu pareja tenga una enfermedad en la que se generan tumores dentro del cráneo y hayan tenido que operarla ya 8 veces, y cada vez quede peor que la anterior, y vaya perdiendo la capacidad de deambular, de fonar adecuadamente, de comer por la boca … y seguir a su lado a pesar de todo lo pasado y de lo que os espera.

Abnegación es que a tu hijo lo voltee una vaquilla y sufra una lesión medular tan alta que quede dependiente a tiempo completo de ventilación mecánica, y de eso hace ya 8 años, y ni un solo día hayas fallado a su lado, tú que casi no tenías estudios y que tuviste que aprender a manejar un aspirador de secreciones, un concentrador de oxígeno, un respirador portátil …

Y vivir todo eso sin echar la culpa a nadie ni maldecir a la vida, incluso sonriendo a veces e intentando disfrutar de los motivos que quedan: la visita de un familiar, un buen día en el fisioterapeuta, un programa de televisión, una conversación con un amigo …

Todos estos son casos reales de este hospital, personas cuya vida quedó radicalmente modificada por una lesión medular o cerebral, en una situación sumamente adversa que han tenido que habitar, y que además es irrevesible: no cabe espera mejoría, solamente puede aspirarse a que no empeore todavía más. He podido ver en primera persona lo que es la abnegación verdadera, algo que no había entendido nunca y que ahora me resulta claro como el cristal: renunciar a una vida propia para dedicarla a otro, para hacer que un ser querido pueda sobrevivir. Nada tiene que ver con las privaciones voluntarias ni con los sacrificios mal entendidos que a nadie ayudan. Tiene que ver con lo prosaico de dar de comer por una sonda,  limpiar cacas y retirar bolsas de orina,  ajustar los parámetros de un respirador cuando se dispara una alarma, acompañar cuando ya no quedan fuerzas.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por España.

¡Bienvenido SIMECAT!

Un grupo de médicos catalanes, hartos de que el sindicato médico tradicional de esa comunidad autónoma tomase una actitud beligerante prosecesionista, han decidido constituir un sindicato alternativo, donde puedan defender sus intereses profesionales de forma libre y autónoma, lejos de posiciones que nada tienen que ver con el papel legítimo de una organización sindical. El acto de constitución del Sindicato de Médicos Catalanes (miembro desde ese momento de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos) tuvo lugar en el Hospital Clínico de Barcelona el martes por la tarde. Comparto con Vds. las breves palabras que dijo el presidente del nuevo sindicato, a la sazón mi hermano gemelo, donde explica sus motivos para estar ese día ahí presente.

“¿Qué hace un médico aragonés, formado como traumatólogo en Cataluña y que ha desarrollado la gran mayoría de su carrera profesional en Tarragona de presidente del Sindicato Médico Catalán?. Os explicaré por qué estoy aquí esta tarde:

Estoy aquí porque una persona no puede elegir las circunstancias históricas que le toca vivir, pero puede intentar vivirlas dignamente.

Estoy aquí porque un octubre terrible del 2017 me quedé sin el sindicato al que había estado afiliado muchos años.

Estoy aquí porque ese mismo mes un grupo de médicos a los que no conocía de nada y yo mismo elaboramos un manifiesto al que se adhirieron más de 1.500 médicos catalanes en contra de pronunciamientos políticos del Colegio de Barcelona y del Consell de Col.legis de Metges de Catalunya, que habían hecho lo que no debían: hablar en nombre de todos sobre temas que nada tienen de profesional. Así nació Neutralitat Colegis Metges y aprovecho para reconocer la labor discreta pero constante de sus miembros.

Estoy aquí porque muchos otros no firmaron por miedo a represalias en sus centros de trabajo y me lo dijeron con pesar. Y que eso ocurra me parece un escándalo.

Estoy aquí porque creo necesitamos un sindicato para todos y no para unos pocos, que se ocupe de defender nuestros intereses profesionales y no los criterios políticos de sus dirigentes.

Estoy aquí porque un Sindicato no puede ser servil con el poder. ¿Cómo podrá luego exigir nada?.

Estoy aquí porque cuando más bajo tenía el ánimo me acordaba de los miles de vascos que aguantaron en situaciones cien veces más difíciles que las nuestras.

Estoy aquí porque entre todos hemos conseguido que la Sanidad Catalana sea puntera en nuestro país, y en esa tarea tanto hemos colaborado los nacidos aquí como los que vinimos de fuera y fuimos acogidos con los brazos abiertos. Puedo afirmar que yo he aportado mucho a Cataluña y como yo miles de médicos de todas partes de España, y Cataluña nos ha dado unas oportunidades profesionales excelentes.

Estoy aquí porque no quiero romper mis lazos con el resto de médicos españoles como yo.

Estoy aquí porque en este Sindicato que hoy nace cristalizan los anhelos de muchos que nos hemos sentido huérfanos todos estos meses.

Estoy aquí porque no puede ser de otra manera, y aquí seguiré mientras pueda seguir siendo útil, si hace falta ser presidente lo seré y si lo que se me pide es hacer sobres y pegar sellos igualmente lo haré.”

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país, que merece una mejor suerte que la que propician nuestros políticos actuales.