Expediente a la Dra. Lalanda: el sufrimiento del justo

El Colegio de Médicos de Segovia ha abierto un expediente disciplinario contra la Dra. Mónica Lalanda, médico del servicio de Urgencias del hospital de esa ciudad hasta que dimitió hace unos meses, harta de unas condiciones laborales lamentables (que de hecho padecen miles de médicos en todo el país). La Dra. Lalanda se formó en el Reino Unido (la emigración de los médicos españoles no es algo nuevo) y volvió a España hace unos años. Es una persona polivalente: ilustradora, bloguera de prestigio, traductora médica, escritora, experta en ética médica (de hecho era miembro de la comisión deontológica del mismo colegio que ahora le expedienta), pionera en el nuevo papel de las redes sociales en medicina, además de médico clínica. En estos años ha dado charlas (entre ellas una en mi hospital, adonde yo la invité), ha acudido a congresos, ha enseñado, ha compartido conocimientos. Se ha ganado un prestigio de buena profesional y buena persona, eso sí, nada conformista: dice lo que piensa y lo que ve (además lo dice con ingenio, sentido común e inteligencia), sin adscripción a partido político alguno ni de forma ideologizada, de una manera libre y desinteresada, consciente y convencida de que sólo una crítica constructiva puede hacer avanzar a la medicina y a la sociedad.

Cuando se cansó de unas condiciones laborales malas -que como digo es un problema de miles de compañeros, sólo que casi todos aguantan porque no les queda otra-, se marchó, y escribió a modo de despedida una entrada en su blog (Medicoacuadros, “Querida exploración laboral: te dejo, no cuentes ya conmigo”), así como un e-mail de despedida a sus compañeros y a su ex-jefe, donde explicaba los motivos de su marcha. Todo ello molestó a su antiguo jefe y a algunos de sus antiguos compañeros, que la denunciaron ante el colegio de médicos. Éste ha decidido abrirle el expediente, que puede costarle un año de inhabilitación profesional, sin la posibilidad de ejercer. Es curioso. No he encontrado en lo escrito (ni en el blog ni en el mail) nada injurioso, ni insultante, ni ofensivo. Pone de manifiesto una realidad laboral adversa que no quiere tolerar más (como ha hecho en su blog en numerosas ocasiones y sobre los temas más variopintos). Si alguien se siente ofendido por lo que escribe, entiendo que existen leyes anti-libelo, y se puede acudir a los tribunales. Pero es taimado dirigirlo a través del colegio de médicos, invocando artículos del Código de Ética y Deontología médica que en ocasiones infinitamente más graves no se utilizan (los conflictos entre profesionales raramente llegan al colegio de médicos, todavía menos son motivo de un expediente). Hay que pensar que existen razones más profundas y torticeras que las argumentadas: tal vez lo que se ve amenazada es la misma existencia y utilidad de los colegios, la organización y estructura del sistema sanitario, la gestión de los servicios y los hospitales …

Como persona creyente y con cierta experiencia en estos asuntos, no puedo sino hacer una lectura cristiana de los hechos. Aunque en un contexto afortunadamente menos dramático y trágico, me acuerdo del libro de Job, que trata del sufrimiento del justo. Me hace pensar en los pecados que se cometen contra el Espíritu: al bien llamarlo mal, y al mal llamarlo bien. Me viene a la memoria el Padrenuestro: “cuando nos llegue la prueba, no nos dejes sucumbir a ella” (es decir, caer en la tentación de dejar de creer en Dios como Padre y en los hombres como hermanos). Es una historia antigua, que los cristianos conocemos bien. Ocurre en todos los lugares en que se irrita a un persona influyente, en que se cuestiona un sistema perverso, en que se denuncia lo que está mal y funciona mal. Cuando se entra en este tipo de conflictos, siempre se paga, en el siglo I y en el siglo XXI. En lugares en guerra o sin libertades, con la vida. En nuestra sociedad, con un expediente. Pero siempre con un costo para la voz disonante. Siempre acaba llegando “la prueba”, la cruz.

Sin embargo, la esperanza cristiana me dice que no hay muerte sin resurrección. Que de los conflictos se sale, aunque con heridas. Que no hay que tenerles miedo (el miedo es uno de los enemigos de la fe). Que somos muchos los que simpatizamos con la Dra. Lalanda y alzamos nuestra voz para apoyarle en momentos amargos para ella. Ojalá el colegio de médicos de Segovia reconsidere su decisión y se dé cuenta de que puede recibir más perjuicio que beneficio si comete una injusticia. Que está creando más problemas que soluciones, y se dedique a velar por unas buenas condiciones laborales de sus colegiados en vez de perseguir a quien no lo merece.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por las personas injustamente perseguidas por sus opiniones, en cualquier lugar, en cualquier tiempo.

Feliz Navidad desde el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo

Lo he expresado así otras veces: la lesión medular es posiblemente, tras la muerte, la situación de enfermedad que puede resultar más difícil de habitar para un ser humano, especialmente las de niveles altos, que resultan en tetraplejia y, en algunas ocasiones, en la imposibilidad de respirar y la dependencia de ventilación mecánica. Otras enfermedades neurológicas también son crueles y comportan pérdidas similares, pero la lesión medular supone una catástrofe en décimas de segundo, colocando al paciente en una situación de dependencia absoluta mientras mantiene intactas sus funciones cerebrales y su inteligencia. Esto es muy penoso, y está ampliamente demostrado desde la mitad del siglo pasado que los hospitales dedicados específicamente a este tipo de patología son útiles en el intento de que la persona recupere lo que pueda o, en el peor de los casos, se ubique en la nueva realidad de lesión medular. Además, muchas veces las personas son jóvenes, en la flor de la vida, y no sólo queda afectado el paciente, también su familia entera, su medio social … toda enfermedad grave es un reto y un descalabro para una familia, pero la lesión medular, con las secuelas casi siempre irreversibles que provoca, tal vez lo sea de forma superlativa.

Por eso es difícilmente comprensible la situación actual del hospital nacional de parapléjicos de Toledo, un centro desnortado e infrautilizado, en el que los pacientes para ingresar han de aguardar demoras administrativas insoportables y que en ocasiones jamás regresan a una revisión, aun deseándola, porque no son autorizados desde sus comunidades autónomas; con unos equipos de investigación descoordinados, sin que haya visos de que ni a medio ni a largo plazo se vaya a proponer tratamiento experimental alguno que pueda resultar de utilidad a los pacientes (que en realidad sería el objetivo de cualquier actividad de investigación que se haga o pueda hacerse en este hospital); un centro cada vez más utilizado como drenaje del hospital general de la ciudad y menos para cumplir su misión monográfica de atención puntera al lesionado medular y algunas otras enfermedades neurológicas igualmente devastadoras; que no dispone de TAC y cuya política de personal es a todas luces inadecuada para un centro de referencia … podría ahondar más en cada uno de estos aspectos, y citar muchos otros, pero no es el momento ni el lugar de hacerlo. Este es un hospital con alma, muy diferente a cualquier otro que yo haya conocido, y entristece que los actuales dirigentes y gestores sanitarios desconozcan, ignoren y olviden a esa alma.

Es desde este contexto, lleno de problemas e incertidumbres pero también de pasado (al fin y al cabo ha atendido a más de 13.000 pacientes desde su fundación) y de potencialidad (no en vano dispone de personal especializado y motivado en casi todos los estamentos, que a pesar de las dificultades mantiene una alta calidad humana y profesional), desde el que les felicito la Navidad. Hubiese querido no traer a colación problemas, sólo alegría e ilusión -al fin y al cabo esos son ingredientes básicos de estas fechas-, pero miro a mi alrededor y decido ofrecer, junto a todos los buenos deseos, realismo: el nacimiento de Jesús -porque no es otra cosa lo que celebramos estos días- ocurre en un contexto concreto, real, según la composición que dibuja Lucas: en un país pobre y ocupado, en el lugar donde viven los animales, sin asistencia ni acompañamiento alguno, y sólo los marginados son conscientes de lo que ha ocurrido. Nada halagüeño, como tampoco lo es nuestra situación aquí y ahora.

Por eso mi Feliz Navidad para todos ustedes se pronuncia desde un hospital con un pasado ilustre, un presente gris y un futuro incierto; pero no por ello lleva menos deseos de paz y felicidad para todos. Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos. Que Dios los bendiga.

Al morir mi madre

El lunes murió mi madre, Mercedes. A pesar de que era algo esperado, dado que llevaba dos años de demencia avanzada y cada día su situación era más precaria, resulta doloroso, aunque más allá de la pérdida haya sentimientos de agradecimiento por todo lo vivido, por la gran familia que deja, por el cariño de mil formas expresado a lo largo de estos últimos tiempos y desde su muerte.

He decidido compartir con ustedes lo que leí en su despedida, y que resume mi percepción de su vida. Y desde estas líneas les pido que rueguen por los que quedamos: teniendo en cuenta que ella está ya en la cercanía de Dios Padre, ojalá los de aquí podamos llorarla con paz, acompañarnos y aprender de su vida.

“Aquí estamos, como tantas otras veces, para celebrar la vida. Aunque en este momento sea, dolorosamente, desde la muerte.

Así comenzó Javier la eucaristía-funeral por nuestro padre, hace ya más de veinte años. Y ahora nos reunimos, también en fe y desde la fe cristiana, para despedir a nuestra madre. A mamá, a Mercedes, a doña Mercedes. A esa mujer tan importante para todos nosotros, a la que hemos cuidado lo mejor que hemos podido en estos últimos años de ancianidad, que ya le pesaban demasiado y quizás nos pesaban a todos, porque no es fácil ver envejecer a una persona tan capaz, con tantas capacidades y carismas.

Porque nuestra madre ha sido una persona fuera de lo común. Como todas las personas, hija de su historia, que en su caso fue dura y rica. Su historia explicará su fuerte personalidad, su fuerza de voluntad (muchos recordaréis sus frases “querer es poder” y otras semejantes) … todo ello sólo puede entenderse conociendo que fue la mayor de muchos hermanos y que tuvo que crecer aceleradamente, su adolescencia en medio de una guerra civil, haciendo de madre y de padre porque l´avia se ocupaba de la subsistencia cuando l´avi estaba detenido. Mucho más tarde, cuando llegó la democracia, había cosas que le evocaban momentos dolorosos: perdieron todo, hubieron de huir y su padre estuvo preso, fue maltratado y sentenciado a muerte, de la que se libró gracias al cónsul argentino. Sin embargo, como tantos otros de ambos bandos, supo comprender que el país necesitaba otra oportunidad y la posibilidad de convivir, y nunca hizo de la política un problema, no recuerdo que nunca le separase de nadie ni le enemistase con nadie.

No podía ser de otra manera: si algo ha distinguido en vida a nuestra madre ha sido una fe cristiana profunda y total, e intentó vivir en fidelidad al padrenuestro; al fin y al cabo el perdón es algo fontal en nuestra fe. Con los años, su fe también se fue adaptando a los tiempos nuevos, del Vaticano II, de Arrupe, de la expresión más abierta en la Compañía de Jesús, que tanta importancia tuvo en su vida y ha tenido en la de tantos de nosotros.

Su caminar dentro de la Iglesia ha sido denso, en la medida en que sus obligaciones familiares –un marido, nueve hijos, nueras y yernos, veintidós nietos, 37 bisnietos …- le dejaron. Primero en la acción católica de San Gil, en la plaza de la Seo, en el centro Pignatelli, en su misa diaria, en sus devociones, en una vida de fe que tanta importancia tuvo para ella y para los que le rodeábamos. Hacia el final de su vida, muchos lo recordaréis, sus paseos al Pilar, primero a pie, luego ya en la silla, a rezarle a la Virgen, siempre unos minutos delante suyo, luego la visita al Pilar. Esa ha sido la última etapa de su vida, en continuidad con lo que habían sido las previas.

Nuestro padre y nuestra madre fueron personas muy diferentes, casi opuestas, un matrimonio que duró 54 años, hasta que murió nuestro padre. Gracias a ese matrimonio estamos muchos de los asistentes aquí, nos nutrimos física y espiritualmente en el hogar que ellos fundaron, primero en el Coso 51, al lado de la antigua tienda, luego en el paseo de la Constitución, antes Marina Moreno, en Fuenterrabía en los veranos, más tarde en Jaca … en esas casas siempre hubo un lugar para mucha otra gente: sus amigos y los amigos de los hijos y los nietos. No creo que nunca faltase un plato en la mesa y a veces una cama donde dormir, en una hospitalidad sincera y cordial de la que creo muchos aprendimos y agradecimos. Unas personas compasivas, que ayudaban en lo que podían a los demás, de la familia o de fuera, cada uno a su estilo, somos testigos.

Una familia que evolucionó al tiempo que el país, que disfrutó en muchas ocasiones y sufrió cuando tocó, como todas. Y que hoy se junta aquí, en esta Iglesia, donde nuestra madre, en ese banco primero, escuchaba la misa día a día en los últimos años, mientras su situación lo permitió. Quién sabe lo mucho que rezó por todos aquí, tal vez también por nuestro país, una mujer catalana y española, nunca tuvo problema alguno en vivir ambas realidades, quizás tomar lo mejor de cada una de ellas.

Nuestra madre, abuela, bisabuela, amiga, está ya donde quería estar: en presencia y cercanía de Dios Padre. Descansa en paz, mamá, Mercedes, doña Mercedes, danos el don de llorarte con paz, te queremos mucho.”

Dra. Teresa Arzoz, in memoriam

Hace unos pocos días murió la doctora Teresa Arzoz, mi compañera en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Tenía una edad parecida a la mía, más cerca ya de los 60 que de los 50, e hizo la especialidad de rehabilitación en el Ramón y Cajal de Madrid (el “piramidón”); prácticamente todo su ejercicio profesional fue en el HNP, donde yo la encontré a mi llegada, en el 2009. Teresa era una buena persona que mereció mejor suerte en su vida. Afable y cortés, siempre fue cordial conmigo, cosa que le agradezco. Era muy navarra, quizás algo tímida; cuando hablabas con ella no siempre era fácil saber lo que pensaba, pero resultaba una conversadora jovial y agradable.

Sus últimos tiempos en el hospital no fueron sencillos: fue desplazada de su trabajo en la sala de hospitalización por personas con menos experiencia y recorrido, y circunscrita a consultas externas, donde tenía una ingente cantidad de trabajo administrativo. Entiendo que esta situación se debió a diferencias con su entonces jefe de servicio y le ocasionó no pocos problemas y sufrimientos, tampoco recibió apoyos de personas que debieron ayudarla, o por lo menos haber abogado en su favor.

En este contexto, comenzó a encontrarse mal y le diagnosticaron un cáncer diseminado, con el que ha convivido al menos dos años. Tratándose de una persona joven, entiendo que se intentó hacer todo lo que se pudo: fue operada varias veces y la quimioterapia se convirtió para ella en una rutina, que siempre sobrellevó con dignidad y valor. Creo que se sintió apoyada por la oncóloga del hospital donde la trataron, Puerta de Hierro, a la que estaba agradecida. En todas las veces que la visité, mantenía una buena presencia de ánimo, aunque el avance de la enfermedad era evidente en cada visita. Vino un par de veces a comer con sus antiguos compañeros a Toledo, y se le hizo una comida de jubilación en Madrid, donde estuvo acompañada por gente del Ramón y Cajal y del HNP, y que resultó muy bonita.

Teresa tuvo una hija que es ahora una joven universitaria, a la que quería con locura y que ocupaba gran parte de sus conversaciones. De su buen hacer en el HNP es muestra la simpatía y el recuerdo que numeroso personal le tiene, tanto de enfermería y auxiliar como médico, lo cual habla de una profesional honesta y competente, el recuerdo que de ella guardo.

Finalmente, dado que casi toda su familia vivía en Pamplona, fue allí a pasar su última época. Tuvo una primera descompensación y le pidió a su hija que nos telefoneara a algunos de nosotros para comunicárnoslo. Ya no había contestado a un mensaje mío del 10 de septiembre, lo que me llevó a pensar que algo iba mal. El 24 del mes pasado, mientras yo ingresaba para una intervención de próstata, mi compañera me comunicó que Teresa había muerto.

Que descanse en paz una buena médico y una buena persona, una navarra cabal.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Reflexiones, desde la medicina y la fe, sobre Cataluña

No suelo en este blog deslizar comentarios claramente políticos (aunque, por acción u omisión todo acaba siendo político), pero hoy, al hilo de las manifestaciones de ayer, publico estos párrafos, que en realidad escribí hace varios meses, porque estos problemas no son de ahora.

Nací en Zaragoza, de padre aragonés y madre catalana, de Barcelona, cerca de plaza Tetuán. He vivido al menos en siete ciudades de España (entre ellas, varios años en Barcelona y Gerona). Y varios meses en otros países del primer y del tercer mundo. Me enorgullezco de ser español, con virtudes y defectos, pero no me considero mejor que cualquier otra nacionalidad: he vivido lo suficiente para conocer que es el corazón del hombre lo que cuenta, no su origen ni la lengua que hable. Y no me avergüenza la historia de mi país: como la de todos, tiene luces y sombras, y de cualquier modo no puedo cambiarla, sólo intentar aprender de sus errores. Nací católico y así moriré. En la medicina encontré la vocación buscada, además de un medio de ganarme honestamente la vida, cohonestando interés científico y humano, trabajo y servicio. A grandes rasgos, esos son los fundamentos de mi persona: un médico cristiano.

Desde esas coordenadas, afirmo que la dinámica separatista establecida en Cataluña es maligna y no hace bien a nadie. No soy psicólogo ni psiquiatra, pero he estudiado mucho esas subespecialidades de mi profesión para pensar que, posiblemente, sólo desde la psicología profunda pueda explicarse lo que ocurre hoy en Cataluña (y en otros puntos de España). Parece existir una huida y una negación de la propia historia, una escisión esquizofrénica con ella. El intento es destruir lo que hemos sido y nuestras raíces, apartarse de ellas, ridiculizarlas y falsearlas. Nuestra historia -y la de Europa- hunde sus raíces en el cristianismo y en su más importante aportación antropológica, el hombre como imago Dei. Y nuestro país -desdichadamente a través de guerras, como casi todos-, está unido desde los Reyes Católicos. Todo lo que sea negar eso no será sano, porque no podemos alienarnos de una historia de siglos.

Todo el movimiento secesionista de Cataluña es patológico porque se basa en falsedades y mentiras, en la búsqueda adolescente de una identidad que no existe, negando la auténtica: ser y haber sido -y poder ser- parte significativa de un país que es España. Eso conduce a la esquizofrenia, a no saber en realidad quién uno es, la más grave patología psiquiátrica que conocemos. En último término, puede ser también un pecado de soberbia, similar al que se refleja en el mito de Adán y Eva: querer ser quien uno no es (apunta de nuevo a una esquizofrenia). Y todo ello posiblemente producido por un complejo de inferioridad, no puede entenderse de otra manera la necesidad de afirmación continua; cuando se dice “somos diferentes”, en realidad lo que se está diciendo es “somos mejores, somos superiores”. Hay además un fuerte componente paranoico (esquizofrenia paranoide): “España nos roba, nos tienen manía” … Hay mucho de narcisismo y búsqueda de protagonismo (algo también común en las personalidades patológicas, individuales o sociales), cuando, en realidad, la gente normal por lo general no se preocupa en absoluto de los catalanes, tiene cosas más concretas y reales en que pensar: la lucha diaria por la vida, por el trabajo, por la dignidad en la sociedad en la que vive.

Hace años que la urgencia de los políticos catalanistas no es construir una sociedad mejor, sino el intento de buscar un desgarro. Si para ello hay que falsear la historia, se falsea: no por qué ocurrieron los hechos, lo cual indudablemente está sujeto a interpretación, sino los hechos en sí. Este movimiento produce y producirá sufrimiento a todos. Desprecia el resultado de las urnas y llama a ignorar la voluntad del resto del país. Da voz y voto a quien quiere destruir todo lo conseguido desde la transición para imponer una sociedad monocolor. Y muy posiblemente, todo ello para no afrontar los problemas reales de esa comunidad autónoma: el paro, la corrupción, las listas de espera sanitarias, las carencias sociales … en suma, las de cualquier otra parte de España, nada diferente, nada especial ni excepcional, por más que quieran desde hace décadas (incluidos muchos eclesiásticos) calificarse como diferentes o con problemas originales. Qué va, en el fondo comunes y corrientes, como todo el mundo, como todo el resto del país. Eso, sí, se logra correr una niebla densa sobre décadas de nepotismo, mala gestión y enriquecimiento sectario y fraudulento.

Estos párrafos son reflexiones sobre la región de la que procede una parte de mi familia, y donde hoy viven algunos de los miembros más queridos de la misma. Agravada la situación porque el Estado ha hecho dejación de sus deberes desde hace demasiado tiempo: al no salir al paso de las mentiras y falsedades, al no defender los símbolos (la bandera, la tauromaquia), al permitir el atropello sistemático de los derechos lingüísticos y educativos … Ahora, en una posición de debilidad política, es difícil que enmiende esa dejación de funciones.

Mi diagnóstico es que el movimiento separatista catalán sufre de esquizofrenia paranoide y está afectando como un cáncer a la sociedad española (tal como lo fue el terrorismo vasco). Pues bien, salvo en el caso de algunos tumores hematológicos, la más efectiva solución al cáncer suele ser quirúrgica, por penosa que pueda resultar. En situaciones de “life or limb” hay que recurrir al bisturí. Aun siendo conscientes de que la cirugía supone siempre una agresión al organismo, pero sin olvidar que se ejecuta para prevenir un mal mayor. No me toca a mí fijar el procedimiento quirúrgico, pero ciertamente lo que llamamos criterio quirúrgico hace tiempo que existe. En esto estamos de acuerdo muchos españoles de buena voluntad, aunque ciertamente no todos: hay quien pone los propios privilegios –políticos o de otra índole- por encima del bien común, pero eso no es digno, ni es cristiano.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Ejercer la medicina: compasión, solidaridad y profesionalidad

Tras más de treinta años como médico, he experimentado en incontables ocasiones que el ejercicio de la medicina se basa en tres componentes: compasión, solidaridad y profesionalidad. Sin ellos, no entiendo esta profesión/vocación. Y hay que intentar que los tres se complementen y compensen, a riesgo de no ser un buen médico.

Compasión y solidaridad tienen una fuerte relación con eso que llamamos empatía, aunque no son lo mismo: manejan más variables y exigen una mayor profundidad personal, que no entiendo sin una relación con la fe (o al menos una visión trascendente de la vida). En el fondo son elementos bastante sencillos, se condensan en la premisa evangélica “Haz a los demás aquello que quisieras que te hicieran a ti: eso son la Ley y los Profetas”. El médico debe preguntarse ¿cómo me gustaría que me tratasen a mí si me ocurriese esta enfermedad, si me encontrase en la situación de mi(s) paciente(s)? ¿cómo me gustaría que tratasen a mi padre, a mi madre, a mi hijo, si estuviese en la cama en vez de este paciente? ¿qué haría yo entonces? Sin compasión y solidaridad no hay buen ejercicio de la medicina. Cuando se ponen en juego esas dos cualidades, entonces dejamos de ver y de referirnos a los pacientes (sobre todo si son ancianos) como “puros” o “clavos remachados”. Los de ustedes cuyo trabajo se halle en el mundo sanitario estarán cansados de escuchar esas expresiones en los servicios de urgencias, en las salas de hospitalización; es una triste manera de referirse a los pacientes, sobre todo si son ancianos y no cabe esperar mejoría. Entonces parece que molestan, que ojalá no estuviesen allí, que no importa lo que se haga porque no se puede hacer nada con ellos. Olvidando así que detrás hay un ser humano cuyo sufrimiento hay que aliviar y que, cuando no se puede curar (que es la inmensa mayoría de las veces), siempre se puede cuidar. El sanitario que habla así, que se refiere a los pacientes como “puros”, debe preguntarse si le gustaría que se tratase así a su madre, a su padre, a su hijo.

En último extremo, si se ejerce sin compasión ni solidaridad, se acaban utilizando fármacos para acortar la vida, se dice que para acortar el sufrimiento, pero muchas veces eso es una gran mentira: simplemente no se quiere que esa persona esté allí, y punto.

Soy consciente de que la medicina se ejerce muchas veces en situaciones sumamente difíciles, sobre todo en los servicios de urgencias y en las consultas de atención primaria; sin embargo, eso no justifica la falta de compasión y de solidaridad, más bien aumentarlas suele ayudar a sobrellevar el trabajo y evitar el burnout profesional.

Después de las dos cualidades humanas, viene la profesionalidad. Supone cumplir los horarios laborales. Mantenerse al día de los avances científicos y técnicos. Manejar correctamente los fármacos y las pruebas diagnósticas, de una forma juiciosa y razonable/razonada. Ejercer de acuerdo a la evidencia científica existente, sin malgastar los recursos que existen (limitados, aunque gestores, sanitarios y usuarios se empeñen en ignorar esa realidad). Sin una buena profesionalidad (que muchas veces se supone pero que sin embargo no aguantaría una escrutinio imparcial), tampoco hay ejercicio posible de la medicina.

He querido compartir estas sencillas reflexiones con ustedes porque echo de menos compasión, solidaridad y profesionalidad en el hospital donde trabajo, donde recibimos pacientes cada vez más mayores y deteriorados, como no puede ser de otra manera (ejercemos en una sociedad que envejece). Como he dicho en otras ocasiones, tras los diversos naufragios de mi vida, han sobrevivido el cristiano y el médico, y la medicina tiene para mí una importancia capital. En África comprendí que no era lo mismo una medicina pobre que una “pobre medicina”, y en este primer mundo he encontrado en muchas ocasiones una pobre medicina aun contando con medios técnicos innumerables. Triste paradoja.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Reflexiones “desde el otro lado”

El ejercicio de la medicina no siempre es sencillo: tratamos enfermedades a veces incurables, hay que dar malas noticias, afrontamos una demanda ilimitada con medios limitados y no pocas dificultades … Sin embargo, todo cambia cuando nos ponemos en el lugar del otro, cuando cambiamos el papel, cuando el sanitario pasa de ser cuidador a cuidado, de médico a paciente. Entonces se comprenden muchas cosas, por ejemplo la importancia de la calidad en el trato humano, de la amabilidad, de la disponibilidad … y que la medicina sólo puede entenderse desde la compasión y la solidaridad. Si despojamos la praxis médica de todo aquello que la enturbia (dificultades institucionales, profesionales y humanas, contextos sociales y económicos), volveremos al amor primero, a lo que nos llevó a desear ser médicos, en los tiempos de estudiante, cuando todo parecía posible: ayudar a los demás con nuestro trabajo, la medicina entendida como servicio, el conjugar vocación y profesión. Aunque más tarde, tras reveses profesionales y personales, aquel amor se difuminase.

Quizás haya quien piense que esto no es posible, que estoy hablando de una medicina irreal, en tanto que todo ocurre en un contexto social, político e histórico determinado, y que esa medicina vocacional no es viable hoy en día. Sin embargo, a veces algo pasa en la vida que nos zarandea y nos hace replantearnos cómo vivimos y lo que hacemos, en los sanitarios esto suele ser el enfermar, bien uno mismo o una persona querida. En ese momento dejamos la barrera y bajamos a la plaza, ya no somos nosotros quienes damos las malas noticias, sino que nos las dan; ya no es a nosotros a quienes necesitan, sino que somos los necesitados; no quienes intentamos calmar los dolores, sino quienes tienen dolor.

Suele ser muy instructivo convertirse en paciente de tanto en tanto para recuperar esa visión idealista de la medicina, o al menos para bucear en el interior y preguntarse dónde queda la empatía: esa capacidad de ponerse en lugar del otro y ver la realidad “desde el otro lado”. Entonces la medicina vuelve a verse no ya como una rutina, un simple oficio, sino una manera de acompañar a nuestros semejantes en el camino duro y real de las pérdidas que acontecen a lo largo de la vida: de capacidades, de funciones, de recursos … hasta la última pérdida, la de la vida. E intentar que sean vividas de la forma más sana posible, sin dramatismos, con la aceptación serena de quien agradece lo que tuvo, aunque ahora ya no exista. En el fondo, esa es mi tarea como sanitario, y me hago estas reflexiones cada vez que soy yo mismo quien ha de esperar a que le reciban en la puerta de una consulta, engrosar una lista de espera quirúrgica o tragar saliva antes de entrar en un quirófano, desnudo bajo una sabanilla, preocupado y vulnerable.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Dr. Manuel Bueno, in memoriam

Este fin de semana, durante la visita a mi madre, me entero por la prensa de que ha muerto el Dr. Manuel Bueno, catedrático de Pediatría en la Universidad de Zaragoza. Había sido mi profesor y era decano de la Facultad durante varios de mis años universitarios. Le recuerdo como un excelente profesor, que supo hacernos amena la asignatura; además, tenía muy buenos colaboradores, asimismo buenos docentes. También le recuerdo como un hombre educado y dialogante, que tuvo con mi hermano gemelo y conmigo una relación cordial, más cercana de lo que entonces era habitual entre catedráticos y alumnos: incluso algunas veces jugamos al tenis, afición que ambos compartíamos. En aquellos tiempos que no eran fáciles para la docencia y el aprendizaje de la medicina (antes de que se aplicasen criterios más exigentes de acceso, los Numerus clausus), el Dr. Bueno era una persona abierta a mejorar la situación, y como decano tuvimos numerosas reuniones con él, donde le exponíamos nuestras quejas y necesidades. Muchas veces no era mucho lo que podía hacer, pero al menos su puerta siempre estuvo abierta para los estudiantes. Quizás en algunas ocasiones nos encontrase demasiado insistentes, pero éramos conscientes de las carencias formativas que teníamos, e intentábamos -bien es verdad que por lo general con poco éxito- enmendarlas.

Unos años más tarde, ya como médico, le facilité algunas diapositivas de los casos de malnutrición infantil que había visto en Honduras, aunque no sé si alguna vez las utilizó en sus clases. Yo sabía que los problemas nutricionales eran uno de sus campos de interés, aunque posiblemente más en el extremo opuesto, la obesidad infantil en la sociedades occidentales.

Tras finalizar la residencia, acudí a él para que me echase una mano a raíz de una plaza que salió en mi ciudad, Zaragoza, en el hospital donde él trabajaba. Aunque era de otra especialidad, me aseguró que haría lo que pudiese por ayudarme. Aquella plaza interina no fue para mí, pero recuerdo la cortesía con que me recibió, cosa que yo agradecí mucho, en unos tiempos difíciles desde el punto de vista laboral.

Mi recuerdo, pues, para un buen profesor universitario y una buena persona, un ser humano cabal.

Marzo, el mes de monseñor Romero

De nuevo, un año más, marzo nos trae el recuerdo vivo de monseñor Romero. ¿Qué análisis podemos hacer, inspirados por sus palabras, de nuestro mundo y nuestro país? Pueden iluminarnos las últimas palabras de su homilía profética de 23 de marzo de 1980, las últimas dominicales que pronunció (dado que 24 horas más tarde era asesinado):

La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia, una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo y la trascendencia, que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza.

Vamos ahora pues a proclamar nuestro Credo en esa verdad.”

Podemos preguntarnos, por ejemplo, ¿dónde queda “el bien común del pueblo” hoy en España? ¿lo tienen en cuenta -en la realidad, no en lo que dicen- nuestros políticos, nuestros gobernantes? ¿pensamos en ese bien común en nuestro día a día, en el ejercicio de nuestra profesión? ¿se respeta la dignidad de la persona en un ejercicio sectario de la política? Y eso por fijarnos en un solo ámbito de nuestra sociedad española, pero hay otros muchos: de organización social, de utilización de recursos, del desempeño de la administración y sus responsabilidades, de los campos de acción de cada cual (no sea que pongamos toda la responsabilidad en los políticos “profesionales” y olvidemos el papel de cada cual en nuestro medio). Asimismo, ¿dónde queda la trascendencia en una sociedad que por acción o por omisión la oculta o la denigra? ¿Dónde queda lo que él mismo denominó “la eterna verdad del Evangelio” -en su discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina- en el análisis de la realidad en nuestras coordenadas históricas (posiblemente diferentes a las salvadoreñas de 1980)?.

Sobre monseñor Romero se ha escrito mucho y posiblemente cada uno tiene su percepción de lo que dijo y lo que hizo. Pero de las cosas que quedan claras de su vida y su obra es que fue una persona de diálogo: nadie quedaba fuera de ese diálogo salvo los que ejercían la violencia en la defensa de sus posiciones políticas; el uso de la violencia era posiblemente la única condición infranqueable para monseñor. Entiendo que en eso hay un mensaje relevante para nosotros y nuestro país hoy.

Que el Dios de monseñor Romero -que era el de Jesús-nos acompañe y nos bendiga. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Tras volver de Uganda

Regresé de Uganda el sábado 3 de octubre, en el último vuelo nocturno de British Airways, vía Londres. Imagino que la línea no resulta muy rentable, de modo que la han suprimido. Los bomberos del aeropuerto de Entebbe nos despidieron con fuegos artificiales y rociando el avión con sus mangueras. En unas horas estaba en Heathrow, y de allí a Madrid. Como ha sido menos tiempo, no se nota tan agudamente el contraste entre lo que llamamos tercer mundo y el primero.

Mi último día allí fue interesante: asistí a la ceremonia de graduación de una enfermera amiga, en la capital, Kampala. Todo el mundo muy elegante, con sus mejores galas, misa (es un hospital católico), muchos discursos, gritos de las familias cuando nombraban a su hija o hijo … En suma, con diferente contexto y diferentes medios, pero como cualquier ceremonia de graduación en cualquier lugar. Luego, viaje en coche alquilado hasta la casa de una hermana, para celebración con comida familiar, en un barrio de Kampala, allí donde no llega el asfalto. Todo ello me lleva a experimentar y afirmar, como muchas otras veces, que las personas somos las mismas en Toledo que en Uganda, en Barcelona que en Masaka. Los sentimientos e incluso su expresión son muy similares, esta experiencia tantas veces repetida en mis viajes es profunda y enriquecedora, me separa del nacionalismo y el exclusivismo, situaciones que contaminan e infectan nuestra actual realidad y que encuentro en los noticiarios a mi vuelta.

Tras la comida de platillos típicos ugandeses, largas horas de taxi hasta el aeropuerto, quizás el rato menos agradable de mi estancia en Uganda, porque atravesar Kampala de noche no es una experiencia grata: el tráfico es caótico, la luz es escasa, la contaminación intensa, los embotellamientos habituales … De modo que un recorrido de apenas 50kms nos llevó varias horas, suerte que tenía tiempo hasta mi vuelo. Me despedí de mis acompañantes (la enfermera recién graduada y una hermana suya, así como sus niños respectivos insisitieron en acompañarme hasta Entebbe y volver en el taxi alquilado), atravesé los exhaustivos y premiosos controles policiales (hasta 3 antes de embarcar) y abandoné Uganda, como cada año con el deseo de volver. Los médicos del hospital me agradecieron mucho la estancia, creo que es mutuamente enriquecedor, yo aprendo muchas cosas de ellos y quizás ellos aprendan de mí una forma de afrontar las patologías algo diferente, o el intento de ampliar los diagnósticos diferenciales. Por cierto este año he tenido por primera vez la oportunidad de atender lesionados medulares, el campo en que yo trabajo en España, y constatar algo sospechado, que la atención a esta patología se halla en Uganda (e imagino que en cualquier país con recursos escasos), en una situación previa a 1944, la fecha en que se abrió el primer hospital especializado en el mundo, el de Stoke Mandeville (otro día escribo del Dr. Ludwig Guttmann, el creador de la atención a la lesión medular tal como la conocemos y ejercemos hoy en día). En Uganda todavía la lesión medular alta es una sentencia de muerte a corto plazo, y las más bajas imagino que a medio y largo.

De cualquier modo me encuentro de nuevo ya en la rutina diaria de mi hospital y mi vida y hoy iré a visitar a mi anciana madre (que cumplió hace menos de una semana 95 años). Conforme vaya recordando cosas de mis dos semanas en el Kitovu Hospital, se las iré comentando. Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.