La 4ª oleada

La comunidad autónoma donde trabajo fue bastante respetada por la 3ª oleada, que siguió a la Navidad. No ha sido así en la 4ª: en las últimas semanas han aumentado los ingresos, además de personas más jóvenes, algunos muy graves. Con la mayoría de la población mayor de 80 años ya vacunada, el peso de los contagios recae en el grupo de edad 50-79 años. Los porcentajes de contagiados que requieren asistencia hospitalaria se mantienen bastante estables desde el inicio de la pandemia, así como el número que necesita cuidados intensivos: alrededor de 15% para los primeros, 5% los segundos.

Atendemos a familias enteras, en algunas ocasiones asistimos a situaciones dramáticas, en las que tenemos que utilizar todos nuestros recursos para no venirnos abajo. A veces evito ponerme en el lugar del paciente o los familiares, simplemente porque mis recursos son finitos y no puedo permitirme consumirlos todos.

Visito a un paciente, apunto los resultados de la exploración y los análisis, doy información telefónica a la familia, paso a otro, en una rutina en la que me refugio para no pensar en las consecuencias que la información que facilito puede tener al otro lado del teléfono, en el hijo o la esposa que me escuchan. Prescribo tratamientos sin certeza de su eficacia, caminando en el molesto terreno de la incertidumbre clínica, consciente de que, aunque conocemos más que hace unos meses, nuestro conocimiento es muy imperfecto.

Algunos ensayos clínicos apuntan a la eficacia de un tratamiento, otros los contradicen. Ponemos nuestras expectativas en un nuevo grupo de fármacos, para desecharlos o desconfiar de sus resultados poco después, cuando nuevos datos refutan los resultados que parecían prometedores. Tras más de 30 años ejerciendo la medicina, me encuentro en no pocas ocasiones dando palos de ciego, en espera de datos robustos sobre mejora de la mortalidad, de hecho, el único objetivo consistente en una infección que resulta mortal en no pocos casos. De todos los fármacos que utilizamos hasta ahora, sólo la dexametasona ha demostrado su eficacia en los pacientes graves, la inmensa mayoría de los que atiendo.

Ojalá lleguen pronto tiempos mejores. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos: olvidados hace tiempo los aplausos, quizás es el tiempo de las oraciones.

23 de marzo de 1980, última homilía dominical de monseñor Romero.

Monseñor Romero pronunció su última homilía dominical el 23 de marzo de 1980, quinto domingo de Cuaresma. Estuvieron presentes varias personalidades eclesiásticas y civiles de los Estados Unidos, que visitaban El Salvador en orden a investigar la represión. Tituló la homilía “La Iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente”. Analizó la palabra de Dios a la luz de los hechos eclesiales y nacionales de su país en aquellos días. Cuando comenzó a desgranar los hechos nacionales, dijo:

“Y ahora sí les invito a que veamos desde esta Iglesia que trata de ser el Reino de Dios en la tierra y por tanto tiene que iluminar las realidades de nuestro alrededor. Hemos vivido una semana tremendamente trágica.”

Hacia el final de la homilía exclamó sus frases más recordadas, proféticas, dirigidas al ejército y los militares, pidiendo el cese de la represión. Cuando cesaron los aplausos de la multitud, concluyó con unas frases que no por menos conocidas son menos densas que las anteriores, y que he citado en más de una ocasión:

“La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia, una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo, y la transcendencia que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza. Vamos a proclamar ahora pues nuestro Credo en esa verdad”.

Debo decirles que las palabras de un profeta permanecen vivas y actuantes en la historia, y pueden iluminar las realidades que nos toca vivir. Desde ellas, podemos formularnos algunas preguntas aquí y ahora.

¿Qué respeto por la dignidad de la persona tiene un gobierno que promulga una ley de eutanasia? ¿debe acatarse una ley que es inmoral? (monseñor Romero lo contestó en esta última homilía dominical: “Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla”) ¿qué visión del ser humano tiene un gobierno que legisla en contra de la persona?

¿Qué lugar ocupa el bien común del pueblo cuando un gobierno adjudica 53 millones de € a una compañía aérea que no vuela y cuyo principal valedor es el gobierno venezolano? ¿Puede haber una forma más directa de demostrar que el bien común del pueblo es la menor de sus prioridades, utilizando así los recursos que debieran ayudar a restañar las heridas de su propia ciudadanía? ¿qué pueden esperar ya los miles y miles de trabajadores autónomos que viven en medio de angustias y zozobras?

¿No supone de facto un desprecio por la trascendencia promulgar una ley de educación que busca debilitar cuando no suprimir cualquier modelo educativo que incluya el respeto y estudio de la faceta trascendente del ser humano?

Como ven, la última homilía de monseñor Romero puede iluminar nuestra realidad nacional, y he compartido con ustedes estas preguntas que su texto me sugiere. Que Dios nos ayude en este momento difícil de la historia de nuestra nación y nuestro mundo.

“El machismo mata más que el coronavirus”

Desde un punto de vista sanitario, las manifestaciones del 8 de marzo del año pasado –una de cuyas pancartas contenía la frase que encabeza esta entrada- resultaron letales para nuestro país. Puede afirmarse sin género de dudas que, junto con la ausencia de controles en los aeropuertos españoles, en especial el de Barajas, son las responsables de que contemos los muertos por Covid-19 por decenas de miles. Esta afirmación sería demostrable con relativa facilidad mediante un estudio epidemiológico, que quizás pueda y deba realizarse algún día. Bastaría analizar cuántas asistentes a la manifestación se contagiaron, y las cadenas de transmisión de esos casos. Hubo otras concentraciones de personas esos días en Madrid, pero con diferencia la manifestación feminista fue la más multitudinaria.

Desde los primeros artículos científicos publicados con los datos generados en hospitales chinos, se sabía que los acúmulos de personas favorecían de forma extraordinaria la propagación viral. De hecho, se cree que la explosión de la pandemia en Wuhan se vio desencadenada por un banquete multitudinario. Por ello, convocar y autorizar la manifestación del 8M del año pasado, fue un hecho criminal. Quizás no de acuerdo a las leyes vigentes, quizás nunca se juzgue en los tribunales de justicia, pero hace falta estar muy ciego o mantener una postura sectaria para no estar de acuerdo con este aserto. Si queremos establecer una ética de la memoria sobre lo que esta pandemia ha supuesto para este país, que nos ayude a explicar lo que ha ocurrido, debe reconocerse el papel que ha desempeñado cada cual. Sólo así haremos justicia a las víctimas, huyendo de explicaciones simplistas o torticeras.

Así, quienes convocaron, autorizaron y asistieron a esa malhadada manifestación, comparten la responsabilidad de lo ocurrido. La concentración de personas supuso un Chernobyl de coronavirus, una explosión de transmisión viral cuyas consecuencias en vidas y haciendas conocemos: hasta la fecha, unos 100.000 muertos directos por la enfermedad, y un número incalculable por consecuencias indirectas, tales como otras enfermedades cuyo diagnóstico se ha visto retrasado por la concentración de recursos materiales y humanos ante la pandemia, sobre todo cánceres. Los médicos somos testigos directos de este hecho. En cuanto a la hacienda, entre parados y personas acogidas a un ERTE, más de 5 millones de compatriotas no tienen trabajo, muchos de ellos nunca volverán a encontrar un empleo.

Esas han sido las repercusiones terribles de unas manifestaciones que nunca debieron tener lugar. Por eso, repugna escuchar que están siendo convocadas y autorizadas de nuevo, incluso si se someten a restricciones y precauciones sanitarias. El mero hecho de pensar en conmemorar una de las causas directas de la tragedia que vivimos desafía al sentido común y a la buena voluntad.

Este mes de marzo es y será en el futuro un mes triste, no sólo porque se solapa con el aniversario del martirio de monseñor Romero. Los españoles nunca podremos olvidar que en los primeros días de este mes se gestó una catástrofe que ha golpeado a nuestro país de forma más cruel que a casi ningún otro; que ha producido, produce y producirá sufrimientos que nos acompañarán durante años. Que nos ha obligado a vivir en el espanto, con miedo al contagio, confinados en nuestros domicilios durante meses, con las libertades civiles suspendidas, mientras asistimos atónitos al sufrimiento y la muerte de personas queridas, que fallecen solos en los hospitales.

Ignorar estas realidades, mirar para otro lado, enrocarse en falsas explicaciones y mentiras, no aceptar los hechos científicos sobre la pandemia y así comprender por qué nuestro país ha sido devastado de forma tan intensa, no nos ayudará a superarla, ni como personas ni mucho menos como sociedad.

Que Dios nos ayude esta tesitura tan difícil que vivimos.

De vacunas y pesadillas

Hoy hace un año, el 23 de enero de 2020, se decretó el confinamiento absoluto en Wuhan, la populosa ciudad china donde, desde primeros de diciembre del año anterior, se habían diagnosticado casos de una enfermedad viral emergente que hoy conocemos como Covid-19. Un año después, se han confirmado más de 83 millones de contagios en el planeta (en realidad muchos millones más, dado que los casos no confirmados pueden suponer un 30-50% más), con casi 2 millones de muertes (ídem).

Todavía no hemos despertado de la pesadilla que comenzó hace un año en esa ciudad china, y entramos en el segundo año de este mal sueño con la infección propagándose de forma descontrolada en pueblos y ciudades de España, de norte a sur y de este a oeste, con más de 40.000 contagios al día y más de 400 muertos diarios. Nuestras autoridades sanitarias y no sanitarias parecen incapaces de controlar esta pandemia, esta es la triste realidad. Las causas de este hecho son múltiples y no es el lugar ni el momento de analizarlas, aunque puedo sugerir una pista: el éxito en el control de una enfermedad infecciosa, lo sabemos desde el medioevo, radica en identificar con rapidez a los infectados y proteger a quienes no lo están. Nuestro ministerio de sanidad fracasó en esa tarea al principio de la pandemia, sobre todo por falta de test diagnósticos en los primeros meses, y en ningún momento ha sido capaz de coordinar una respuesta consistente, por lo que nos encontramos asediados de nuevo por los contagios, los ingresos hospitalarios y los muertos.

Triste realidad con la que hemos de convivir día a día los sanitarios como yo y la población general como ustedes. Nos hemos tenido que acostumbrar a vivir con miedo: miedo al contagio, a la enfermedad y la muerte; a la pérdida de seres queridos, de aquellos que nos importan; del empleo, de la empresa, de la capacidad adquisitiva; de los sueños y proyectos, de las ilusiones cotidianas sencillas, como un fin de semana en el campo, unas vacaciones, ver a la familia que vive en otra provincia o en otro país. Además, sin saber qué nos espera, en manos del peor gobierno en el peor momento. Los daños sociales, económicos y políticos que estos gobernantes están produciendo son gravísimos, y perdurarán mucho tiempo después del fin de la pandemia.

En este contexto de malas noticias y peores realidades, ha comenzado de forma lenta y dificultosa la campaña de vacunación. El desarrollo de vacunas a “velocidad pandémica” es uno de los hitos científicos más destacables de estos meses, y aun cuando las incógnitas sobre las mismas son numerosas, son por el momento nuestra única posibilidad de protegernos a nivel individual de esta pesadilla, dado que no hemos encontrado hasta ahora un fármaco eficaz.

Acepté recibir la primera dosis tan pronto como se me ofreció, hace unos pocos días, y ahora los sanitarios cruzamos los dedos en espera de una 2ª dosis, que no sabemos si podrá administrarse en fecha, dada la escasez en el suministro. Eso no disminuirá nuestra preocupación por las personas queridas no vacunadas, tan sólo podrá brindarnos una cierta protección para seguir cuidando a otros. Tampoco nos librará de las duras medidas no farmacológicas que buscan disminuir los contagios: seguiremos mucho tiempo viviendo lejos de los demás, sin poder abrazarlos, ocultos tras las mascarillas.

Soy consciente de que los costes emocionales y físicos del cuidado de los pacientes son cuantiosos y pagaremos su precio durante meses, quizás años. Hemos visto enfermar a compañeros de trabajo, hemos tenido que aceptar la pérdida de numerosos pacientes, y los hemos visto morir solos; hemos tenido que comunicar por teléfono noticias atroces a personas que no conocíamos, sin poder acompañar con una mirada, con un gesto. Todo esto, incluso para personas curtidas en la profesión médica, supone una desolación que nos acompañará toda nuestra vida, al igual que, en mi caso, lo ha hecho la muerte de tantas personas jóvenes en la primera pandemia que viví, el SIDA, y el haber presenciado la muerte por hambre de no pocos niños en Honduras o en África, en sus días.

Recemos los unos por los otros en este tiempo difícil. Sigamos apoyándonos todo lo que podamos, pidiendo el auxilio de quien puede dárnoslo: “cuando nos llegue la prueba, no nos dejes sucumbir a ella”.

Aunque con retraso, Feliz Navidad

Disculpen por no haberles felicitado la Navidad en su momento, cosa que, con mejor o peor humor, había hecho todos los años precedentes. Me encontraba enfermo y sin ánimos. Unos días antes, un compañero se contagió de Covid-19, un poco después me encontré mal, afortunadamente ha sido una simple amigdalitis y se ha podido curar con amoxicilina y paracetamol. Por desgracia, él no ha tenido tanta suerte y está ingresado en las mismas habitaciones en las que ha atendido a innumerables enfermos. En el contexto actual, en los hospitales y en las calles seguimos esquivando la enfermedad, esperando la tan ansiada vacunación, sobre la que espero escribir otro día.

Mientras tanto, convivimos día a día con dos ingredientes de este año aciago: la incertidumbre y el miedo. Quizás algo atemperados con respecto a los meses más duros de la pandemia, pero siguen estando ahí, porque, a pesar de las precauciones, “al que le toca, le toca”, y sigue siendo una infección potencialmente devastadora.

Por más que lo intentemos vivir de la forma más cristiana posible, son unas Navidades tristes, con las personas queridas en la lejanía, sin poder desplazarse, sin poder abrazarnos, ocultos tras las mascarillas. Echando de menos a personas que ya no volverán, llorando a los ausentes.

Me repito que Jesús viene en las circunstancias que nos toca vivir, pero eso no elimina la desdicha; las perspectivas y las realidades económicas y sociales ruinosas no ayudan precisamente. Es Navidad, pero la fe sigue poniéndose a prueba. Me repito que el miedo es uno de los enemigos de la fe, intento vencerlo y convivir con él lo mejor posible: miedo a enfermar, a que lo haga una persona querida, a la quiebra de las empresas, al desempleo de los familiares, a otras cosas que no menciono, cada quien podrá escribir las suyas.

A pesar de todo, aunque sea con retraso, les deseo Feliz Navidad.

Una madre, un hijo. Una hermana, un hermano.

Ella tenía 80 años y muchas enfermedades previas. Él, no llegaba a los 60. Ignoro quién contagió a quién, quizás un nieto llevó la enfermedad a la casa, no lo sé. No pude hacer mucho por ella, no respondió a los tratamientos que a día de hoy utilizamos, tan sólo proporcionarle una muerte confortable. Nunca supo que su hijo agonizaba en la UCI, unos pisos más abajo. La sobrevivió unos pocos días.

Mi deber fue informar de la muerte de la madre a un hijo no infectado, en aislamiento domiciliario por haber sido contacto. Me preguntó cómo podía asimilar tantas pérdidas, su madre y su hermano a la vez. No supe qué responder, sólo expresarle mi pesar y mi simpatía.

La hermana tenía casi 90 años, pero muy buena calidad de vida. El hermano, algunos menos, pero peor salud. No ingresaron en la misma habitación, aunque sí en la misma planta. Cuando él murió, esperaron que fuese yo quien, unas horas más tarde, durante el pase de visita, le diese la noticia a la mujer. No fue fácil, pero ella lo tomó con la entereza de una mujer creyente y adulta: había rezado para que fuese así, para que él muriese antes, no quería dejarlo solo, pensaba que no se arreglaría sin ella, siempre habían vivido juntos. La vi llorar a través de la pantalla protectora, con el respeto profundo que produce asistir al dolor humano, sobre todo cuando está cuajado de dignidad.

No busco impresionar, quizás sí conmover, como me conmueve a mí el simple recuerdo de lo vivido estas semanas. Esta es la dura realidad de una sala Covid-19 en un hospital cualquiera, estoy convencido de que colegas míos habrán vivido casos similares a lo largo y ancho del país, ante una enfermedad que penetra en los hogares y puede devastarlos, como en los casos que narro.

El gobierno de la nación, cuyo primer deber es proteger a los ciudadanos, ha vuelto a fracasar. La segunda oleada barre el país de norte a sur y de este a oeste. Los especialistas en epidemiología y salud pública de las distintas administraciones, han fracasado, así como la asistencia primaria. Covid-19, entre otras muchas consecuencias, ha puesto de relieve las debilidades de nuestro sistema sanitario público, que creíamos omnipotente, siempre jactándonos del número de trasplantes, de los medios de que disponíamos. Se ha roto por su eslabón más débil, la asistencia primaria: los médicos de familia, aunque entrenados en salud pública, han carecido de los instrumentos necesarios, abrumados desde hace décadas por tareas administrativas; mal pagados, desmoralizados, sometidos de forma cotidiana a agresiones psicológicas e incluso físicas: el Salud  se negó a que hubiese personal de seguridad en los centros de asistencia primaria, de eso tan sólo hace unos meses, después de la última y grave agresión a un sanitario. No puede improvisarse en unas semanas un sistema capaz de realizar las 3T claves en el control de una pandemia: “Test, trace and treat” (diagnosticar mediante pruebas, rastrear y tratar, decidir qué hacer con el paciente: aislarlo u hospitalizarlo).

Menos aún si, en vez de sacar adelante leyes y normas útiles a la ciudadanía, el gobierno insiste en gobernar persiguiendo un objetivo que se va dibujando de forma cada vez más clara: la destrucción sistemática del modelo democrático que nos dimos con la Constitución de 1978. Para ello, ha dinamitado el principio básico de una democracia, que es la independencia del poder judicial. Ignorando el sufrimiento de cientos de miles de trabajadores que no han cobrado sus ERTE, aumentando día a día la brecha entre quienes tienen un trabajo por ahora seguro y quienes lo han perdido o viven con el medio a perderlo, ha decidido laminar el tejido empresarial, posiblemente con el interés puesto en crear un país de subsidiados. Un gobierno que se sostiene con el apoyo de quienes reventaron nuestra convivencia, y con los herederos de aquellos que, durante décadas, sembraron calles y plazas de sangre y de dolor. Como indiqué en alguna entrada previa, el peor gobierno en el peor momento.

Sólo con estas claves de lectura puede entenderse la estrategia ante esta segunda oleada. La población muere en medio de un vacío de liderazgo, en medio de normas contradictorias y cambiantes, que constituyen, en palabras del expresidente González, “una puñetera locura”. La falta de credibilidad en las instituciones es progresiva y preocupante, y cabe la posibilidad de un estallido popular. La única estrategia ante la pandemia, tal como ocurrió en primavera, es mediante el cercenamiento de las libertades públicas a través de confinamientos cada vez más abrumadores, condenando al país al desánimo y a la pobreza. Ante una gestión así, no son pocos quienes consideran roto el contrato social, por el que los ciudadanos sostienen a las instituciones a cambio de que éstas les protejan y velen por su bienestar. Qué consecuencias pueda tener esta fractura, es difícil de prever.

Soy consciente de haber dibujado una pintura negra, quizás condicionado por mis vivencias de estos meses en la sala Covid-19. Sin embargo, no creo que mi lectura se aleje mucho de la realidad nacional, una realidad que la mayoría de políticos pretenden ignorar. A pesar de todo, debo decirles que mis convicciones profundas siguen intactas: Dios es padre y no nos abandona, y los hombres somos hermanos. Esta segunda cuesta más de creer, pero eso es la fe, creer lo que no se ve. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Covid-19 en España: una pesadilla predecible

Para título de mi entrada de hoy, reformulo una reciente editorial que nos dedica la prestigiosa revista médica británica The Lancet, el 16 de este mes (Covid-19 in Spain: a predictable storm?). Estamos viviendo de nuevo un mal sueño, del que nos llevará mucho tiempo despertar. Otra vez prohibiciones y limitaciones, ahora ampliadas con un toque de queda. Otra vez la angustia por el posible contagio, propio o de una persona cercana. La zozobra de quienes como consecuencia de la pandemia han perdido su empleo o están en riesgo de perderlo. La preocupación de pueblos y ciudades, sometidos a controles de entrada y salida, al cierre de bares y restaurantes, a repetidos confinamientos.

Y lo que es todavía peor, sin visos de mejora, al ser conscientes de hallarnos en manos de incompetentes reconocidos, cuya gestión es cuestionada incluso desde revistas médicas internacionales, que ante la crudeza de la segunda oleada reflejan en sus comentarios las debilidades de nuestro sistema sanitario y las incongruencias de los políticos que nos gobiernan; la pobre coordinación entre las autoridades centrales y regionales; la falta de preparación, la debilidad del sistema de rastreo y seguimiento, incluso el hecho de que los datos que se publican son tan insuficientes que impiden comprender la dinámica de la epidemia.

No son opiniones que me invento, acuñadas por mi propio razonamiento, sino formuladas con claridad en la editorial de una revista científica de garantía, que explica que la excesiva celeridad en la reapertura y la excesiva lentitud en la implementación de un sistema de diagnóstico y seguimiento conduce a confinamientos forzosos como única medida capaz de detener el avance del virus, aun cuando la segunda oleada era completamente predecible. Pagamos las consecuencias de estar en manos de un gobierno polarizado y sectario, que en vez de dedicar sus abundantes medios técnicos y humanos a preparar a la sociedad para este segundo ataque, se ha dedicado a pergeñar leyes divisivas, cuando no abiertamente ofensivas para millones de españoles, en vez de redactar aquellas que ayudasen a combatir la pandemia.

Podemos asimismo aplicar a nuestro país el título de la editorial de otra revista médica, la norteamericana New England Journal of Medicine, del 8 de este mes: “Muriendo en un vacío de liderazgo”. Cuestiona la gestión de la actual administración norteamericana, al igual que muchos cuestionamos la del actual gobierno de España, cuya praxis nos ha llevado de nuevo a despertarnos con el sobresalto de las cifras abrumadoras de ingresos en unidades de cuidados intensivos, de muertos.

Sé de lo que hablo: desde el 1 de septiembre trabajo en el pabellón Covid-19 de un hospital del Noreste, día tras día atiendo personas de todas las edades con fiebre y falta de oxígeno, aplicando los pocos tratamientos que sabemos que funcionan y algunos cuya eficacia no se ha demostrado, pero que hemos reconvertido de otras esferas de la medicina con la esperanza de que ayuden a nuestros pacientes. Muchos sobreviven y vuelven a sus casas, aunque en numerosos casos necesitando aporte de oxígeno después del alta. Pero otros acaban en cuidados intensivos, y no pocos mueren, sobre todo los más ancianos. Covid-19 es una enfermedad llena de incógnitas y campos oscuros. Conocemos mejor algunas de sus manifestaciones, pero se reproduce fielmente el espectro de la primera oleada: entre el 15-20% de los infectados necesitan ingresar en el hospital para recibir oxígeno y medicamentos intravenosos; aproximadamente el 5% de los que ingresan necesitan cuidados críticos, y en ellos la mortalidad supera el 50%; y hay grupos etarios (por ejemplo los mayores de 80), cuya mortalidad en el hospital puede superar el 60%. Son los fríos guarismos de esta pandemia.

Para mí, sin embargo, la realidad va más allá de las cifras: la componen rostros concretos, personas que veo empeorar día a día; familiares que esperan una llamada telefónica que alivie (o quizás incremente) su angustia; está hecha de malas noticias comunicadas a través de la distancia, de padres o hijos cuya voz se quiebra al oír frases que nadie quiere escuchar y que ningún médico querría decir.

Ahora ya no hay aplausos en los balcones, y las declaraciones rimbombantes y llenas de soberbia del presidente del gobierno las escucha cada vez menos gente. Cualquier persona que utilizase de forma tan estéril el esfuerzo de sus profesionales sanitarios, que gestionase de forma tan ineficaz una crisis que está arrasando nuestro país y ha costado la vida de más de 60.000 compatriotas, afrontaría en casi cualquier lugar del mundo consecuencias legales. Sin embargo, aquí se arroga inmunidad por sus acciones y omisiones. Me pregunto si algún día le llegará el momento de rendir cuentas.

Disculpen estas reflexiones poco halagüeñas, pero son consecuencia de la realidad que me toca vivir. A pesar de todo, no sucumbamos a la desesperación y al miedo. Tal como hicimos en la primera oleada, cuidemos los unos de los otros, hagamos lo que podamos por los demás, cada uno en el lugar en el que le toca estar. Acojamos la incertidumbre con el espíritu abierto de “quien mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza”. No nos queda mucho más.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, y recemos los unos por los otros en este momento difícil de nuestra nación.

Covid-19: armémonos de paciencia, porque …

Desdichadamente, las predicciones del Dr. Horton, que reflejaba en mi entrada anterior, se han cumplido: nos hallamos en el centro de una segunda oleada de Covid-19, o simplemente nunca desapareció la primera. De nuevo convivimos con cifras elevadas de contagios, de ingresos hospitalarios, no pocos de ellos en cuidados críticos y, tristemente, muertos. No en los números terribles de marzo y abril, pero tenemos que llorar de nuevo a numerosos compatriotas.

Muy probablemente no ha habido una sola razón para que nos encontremos así, es un fenómeno multifactorial. Afrontar una epidemia requiere una coordinación nacional y un liderazgo del que nuestro país carece, no las respuestas individuales de 17 autonomías tirando en diferentes direcciones, al albur de políticas partidistas. Requiere una pedagogía de la ciudadanía que no ha existido. Exige aprender de errores pasados, admitir los fracasos y aceptar una evaluación independiente de la respuesta que nuestro país ha dado y está dando a Covid-19, tal como solicitaron en carta publicada el 6 de Agosto en Lancet un grupo de 20 investigadores españoles que trabajan tanto en España como en instituciones extranjeras prestigiosas. De esta carta, que algún día comentaré con más detalle, se hizo eco la prensa, pero enseguida ha caído en el olvido. Exige buscar las explicaciones de por qué otra vez nuestro país se coloca el primero en la trágica clasificación de contagiados y muertos de nuestro continente. Sólo así aprenderíamos del pasado y nos prepararíamos para el futuro.

Todo ello es imposible con el actual gobierno de la nación, el peor gobierno para uno de los peores momentos de nuestra historia reciente. Por esta razón, estamos condenados a armarnos de paciencia y convivir con la epidemia hasta que dispongamos de una vacuna efectiva, esquivando los contagios de la mejor manera posible, extremando las medidas de precaución individuales y en nuestro círculo inmediato, sobreviviendo como personas y como familias a una crisis económica sin precedentes en nuestro periodo vital, y rezando para que la situación no empeore todavía más con el reinicio del curso escolar y la llegada de los virus gripales al hemisferio norte. Nos esperan meses muy duros, que nos pondrán a prueba como personas y como sociedad. Apoyémonos unos a otros, ayudémonos en lo que podamos, porque no tenemos más remedio que seguir conviviendo con esta pesadilla. Con esta historia cruel de pacientes y contagiados aislados, poblaciones confinadas, y familiares que no pueden visitar a sus ancianos queridos en las residencias, convertidas por exigencia de la situación epidemiológica en recintos de aislamiento. Todo ello resulta muy doloroso.

En otro orden de cosas, comentarles que en unos pocos días comenzaré a trabajar en el Hospital Reina Sofía de Tudela, pero eso es otra historia.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, y por este país.

No querría ser aguafiestas, pero …

Es posible que esta pesadilla no haya concluido.

Llevamos unas semanas disfrutando de todo aquello que nos fue arrebatado. Hemos vuelto a hacer deporte al aire libre, a salir a tomar una cerveza, nos hemos reencontrado con familiares, incluso pueden hacerse breves visitas en algunas residencias de ancianos. Sí, hay rebrotes, pero parece que se controlan.

Sin embargo, no puede descartarse una segunda oleada que sea más letal que la primera, tal como ocurrió en la gripe de 1918. Lo analiza hoy con su agudeza habitual Richard Horton en Lancet (“Fuera de línea: la segunda oleada”). Todavía hay diseminación viral, el virus todavía es letal, y la inmensa mayoría de la población es todavía susceptible.

¿Tolerarían ustedes un nuevo confinamiento? ¿Sería sostenible un cierre mantenido de los colegios? ¿Qué ocurriría si hubiese que congelar de nuevo la economía, cuando están apenas comenzando a llegar las consecuencias del cierre anterior?

Hay una lección que aprendimos con el SIDA: ninguna medida aislada es adecuada para controlar la transmisión viral. La prevención debe ser combinada, en el caso del coronavirus, una mezcla de medidas que incluye el lavado de manos, la higiene respiratoria, el uso de mascarillas, el distanciamiento social, y la evitación de las concentraciones de masas. Todo esto debe observarse a nivel individual, de cada ciudadano, pero las autoridades deben velar por su cumplimiento en cada calle y en cada plaza de cada ciudad y cada pueblo de España.

Mientras no haya una vacuna que nos proteja de esta pesadilla, no puede bajarse la guardia de ninguna manera. Hemos visto y hemos escuchado demasiado sufrimiento como para olvidar y seguir adelante como si esto fuese un simple paréntesis en nuestra vida. Me temo que puede pasar mucho tiempo hasta que hablemos de Covid-19 en pasado. Y ojalá me equivoque.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Covid-19 en España: Pan y circo; no ha sido en absoluto “una tormenta perfecta”

El hecho de que se realicen test diagnósticos de Covid-19 a los futbolistas y no al resto de la población o a todos los sanitarios que lo requieran, es una vergüenza nacional, impropia de un país civilizado. Es expresar de hecho que unos ciudadanos son más importantes que otros, y hacer buena la costumbre romana de proporcionar entretenimiento a los gobernados, expresada en el dicho “Panem et circenses”.  A fecha de hoy, meses después de que la OMS declarara la infección por SARS-Cov2 una pandemia y tras varios meses de confinamiento, el gobierno de la nación sigue siendo incapaz de proporcionar herramientas diagnósticas que permitan conocer la dinámica de la epidemia, y es asimismo incapaz de aportar datos reales que permitan conocer con veracidad el número de muertos, algo chocante en un país en que por ley el médico rellena un certificado oficial en todas y cada una de las defunciones. Tras décadas de intentar ejercer una medicina basada en la evidencia, pasamos a una medicina basada en las existencias: si tengo medios, intento hacer diagnósticos; si no, no pasa nada; si hay respiradores libres, intubo y ventilo al paciente y le doy la posibilidad de sobrevivir (aun sabiendo que más de la mitad de los pacientes que ingresan en UCI por Covid-19, fallecen), pero si no lo hago, la probabilidad de morir es prácticamente del 100%. Este ha sido el ejercicio de la medicina en nuestro país durante estos meses, un desafío al sentido común y a la praxis científica tal como la conocíamos. Un país que ocupa los primeros lugares en la escala infausta de número de muertos por millón de habitantes, y posiblemente el primero en sanitarios infectados. Tristes logros.

Porque otro manejo de la epidemia era posible y viable, tal como han demostrado otros países (Alemania, Corea del Sur, Singapur). Esta no es la primera epidemia que hemos conocido, ni posiblemente será la última (salvo para los muertos y las numerosas víctimas colaterales, para ellos sí ha sido la última), y el conocimiento científico indicaba con claridad cómo debía manejarse. Esta no ha sido ninguna “tormenta perfecta” (acontecimiento meteorológico imprevisible e inmodificable), sino la gestión más imperfecta que podía haberse realizado, conviene utilizar con propiedad el lenguaje y no mancillarlo por más tiempo. Otra cosa es que, desde el punto de vista virológico, este virus se comporte como un agente infeccioso perfecto, con alta transmisibilidad en periodos asintomáticos o presintomáticos, lo cual, sin test masivos, lo convierte en prácticamente incontrolable. Pero eso es virología, no gestión sanitaria, política y de recursos. Son problemas diferentes.

Hay hechos de este virus que escapaban al control humano, pero había una miríada de fuerzas biológicas, medio ambientales, sociales y políticas, que han influido en su diseminación, y cómo conceptualizamos esas fuerzas tiene gran importancia tanto para el presente como para el futuro (médicos bostonianos NEJM 16.04: “No una tormenta perfecta-Covid-19 y la importancia del lenguaje). Cómo utilizamos las metáforas para describir una enfermedad afecta de forma profunda a nuestra experiencia de la misma, y la manida metáfora de la tormenta crea un discurso de salud pública reactivo en vez de proactivo, reductivo, que priva de capacidad de maniobra y dota de una coartada a los responsables de la gestión. Que erosiona el sentido de rendición de cuentas (el accountability de los sajones) en el desarrollo de cómo las crisis de salud pública ocurren y evolucionan. Las epidemias no son simplemente eventos naturales, biológicos: son también el resultado de acciones humanas, por acción y omisión, tanto en su emerger como en su contención y desarrollo ulterior. Covid-19 puede ser un virus nuevo, pero brotes como el que hemos conocido podían y debían anticiparse, y disponíamos de la información científica que lo permitía. Negar esa realidad no va a ayudarnos a salir de este atolladero, todo lo contrario.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por el país y por este mundo que se halla en la prueba.