Huelga de hambre

Otro tema no fácil ni grato sobre el que escribir, que ha saltado a la palestra en los últimos días tras la muerte del disidente cubano Orlando Zapata. Escribo como médico, aunque el trasfondo de una huelga de hambre es político, ético, sociológico e incluso teológico: se trata de un método de resistencia o presión no violenta en el que se está poniendo en juego la propia vida, porque hay algo que se considera de más valor que la misma y por lo que merece la pena morir.

Sin embargo, posiblemente nada tienen que ver las huelgas de hambre de personas justas (Gandhi lo fue) con el uso de este método por parte de sujetos que pertenecen a bandas terroristas y violentas y lo utilizan como complemento a la presión criminal en otros frentes: no encuentro relación alguna entre De Juana Chaos y Orlando Zapata.

Además, conviene no perder de vista que este gesto de alto valor simbólico tiene sus raíces muy antiguas: se describe en los códigos civiles de la Irlanda precristiana y en los textos sagrados indios: el que ayunaba se sentaba en la puerta de su opresor, con lo que no sólo protestaba contra la injusticia cometida, además cuestionaba la hospitalidad, concepto sagrado en la antigüedad (tristemente menos en la modernidad), nada más oprobioso para el opresor que dejar morir –de hambre- a quien estaba a su puerta. Hasta 1861 estuvo legalmente autorizada en India, lo cual da idea de su prevalencia y arraigo en ese país.

En la historia tal vez las huelgas de hambre más publicitadas fueron las de Mohandas Gandhi, que protestó así contra el dominio británico de la India (el llamado raj), durante sus encarcelamientos por los británicos en 1922, 1930, 1933 y 1942. La reputación de Inglaterra hubiese sufrido mucho si hubiesen dejado morir al Bapu (padre en indio) en sus prisiones.

Del mismo modo, las sufragistas británicas y norteamericanas realizaron huelgas de hambre durante sus periodos de cárcel. Aquí entra el primer dato médico de este tema: se les alimentó por la fuerza, lo cual es, en mi opinión y la de otros, una forma de tortura. Basta ver los grabados de libros antiguos de psiquiatría para comprenderlo: el “paciente” se amarra a una silla (preferiblemente, para que no se trague el vómito) o una camilla y se le provoca la asfixia de uno u otro modo hasta que abre la boca, en ese momento se inserta una goma o embudo (en tiempos antiguos no de plástico sino de madera, metal o bambú) en la cavidad bucal y se le alimenta por ella. Los soviéticos no dudaban en romper los dientes de la víctima si hacía falta, como narra Solschenitzin. Tristemente, en Guantánamo se han hecho cosas bastante similares, aunque a menor escala cuantitativa. Lamento dar detalles tan ásperos pero reflejan la realidad.

También es interesante darse cuenta de que el empleo de la huelga de hambre como método de resistencia pasiva no sólo es históricamente antiguo, sino tristemente actual. Ha costado la vida de numerosos presos de conciencia tamiles (Sri Lanka), tibetanos, irlandeses (desde 1917 hasta los casos más conocidos en 1981, en el tristemente célebre bloque H de la prisión de Maze), cubanos, así como de más de cien presos turcos. 

Como médico, me sobrecoge pensar que hay profesionales de la medicina que se prestan a colaborar en la alimentación forzosa. La más prestigiosa revista médica del planeta, el New England Journal of Medicine, revisó el tema en septiembre de 2006, cuestionando los fundamentos éticos y legales de la participación de médicos en la alimentación forzosa, en tanto que viola el principio médico ético de no dañar mediante el conocimiento que se posee, incurriendo en un trato inhumano y degradante para con el “paciente”.

Entiendo asimismo conveniente dar algunas pinceladas desde la medicina sobre la fisiología de la huelga de hambre (que casi nunca es también de sed, porque la persona no sobreviviría más de diez o doce días). Durante los primeros tres días el organismo utiliza la glucosa del hígado y los músculos para obtener energía, y el sujeto experimenta mareos y debilidad. Ulteriormente comienza a consumir la grasa corporal, en un proceso llamado de cetosis, que provoca fuertes vómitos y malestar por irse alterando la composición de los fluidos orgánicos. Ulteriormente el organismo, hacia las tres semanas, entra en una fase de inanición en la que consume los músculos, la médula de los huesos y las estructuras de los órganos, produciendo productos metabólicos cada vez más tóxicos, lo cual puede producir alteraciones irreversibles como consecuencia de infecciones o al acontecer fracaso renal, alteraciones visuales o neurológicas. Todo ello puede dejar secuelas de por vida en caso de que el paciente sobreviva (por lo general el riesgo de muerte aumenta a partir de los cincuenta días).

¿Qué se logra mediante la huelga de hambre? Que la opinión pública –eso que algunas veces temen los estados postotalitarios y que nada importaba a los totalitarios de antaño (que se lo pregunten a los presos del Gulag estaliniano)- conozca una situación de injusticia contra la que merece la pena luchar y sacrificar por ello, si es necesario, la propia vida, y todo ello de forma no violenta, como resistencia pacífica, sin emplear al tiempo bombas ni pistolas.

En cierto modo, es el último recurso del individuo frente a una acción injusta del Estado. El médico no debe convertirse en esa cruel dinámica en un agente del poder represor, puesto que el deber deontológico del médico es con el paciente, no con el Estado, de ahí el derecho inalienable a la objeción de conciencia por parte de los facultativos, que tanto parece molestar a algunos en temas bien candentes en nuestra España de hoy.

 Conviene recordar estos conceptos porque el totalitarismo o postotalitarismo carece de ética, conciencia o deontología, por ello ninguna ley que vaya contra la vida humana y la persona humana puede superar la propia conciencia o las dudas que se nos puedan plantear como profesionales o como colectivo. Diferente es atender al huelguista de hambre que solicite asistencia médica para tratamiento sintomático (de dolores musculares, vómitos), de hecho Aminatu Haidar, otro caso reciente, la solicitó, la recibió y en modo alguno ello interfirió con su proceder y su actuación.

 Es decir, la Administración no debe delegar en el médico sus propias responsabilidades, que en nuestro caso son antes que nada con el paciente. Desdichadamente y como enseña el reciente caso del preso cubano fallecido (y otros muchos en numerosos países, incluyendo Estados Unidos de América), hay Estados criminales, aunque se disimulen con melodías caribeñas. Pero el médico no debe serlo ni cooperar en hechos así.

Rueguen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

¿Merece la pena?

“Voz que clama: en el desierto preparad el camino al Señor, allanad sus sendas” (Is, citado en los primeros versos del evangelio de Marcos refiriéndose el profeta Juan).

Me permito “tunear” este versículo del profeta Isaías, que Marcos escribe en el primer capítulo de su Evangelio (discúlpenme los exegetas). Lo habrán notado, realizo un sutil cambio del signo de puntuación. Ubico los dos puntos al principio, con lo que el texto se adapta mejor a mi actual experiencia de fe y de vida: es en el desierto y desde el desierto desde donde se clama. Es en el desierto de la vida y del trabajo donde se prepara el camino al Señor. Es en esta España del 2010, con sus millones de parados y que parece caminar desnortada.

Considero a varios lectores de este blog “cíberamigos”, a los que espero conocer personalmente algún día (”más temprano que tarde”, como dijo mi difunto colega Salvador Allende desde el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973, en su alocución final al pueblo chileno, antes de que lo aplastase una dictadura peor que cualquier terremoto). Es por ello que comparto sentimientos y hechos de mi cotidianidad, tal como se hace con un amigo, y no ideas o conceptos.

Hay médicos entre nosotros (creyentes en algún Dios o no, con o sin blog, conocidos o anónimos) preocupados por la medicina española, pero sobre todo preocupados por los pacientes y por implantar criterios de racionalidad, buena práctica y buena ética en la atención a los enfermos. Eso pasa no sólo por prestar una asistencia científicamente correcta (por ejemplo, tratando bien el dolor en el hospital y fuera de él); también pasa necesariamente por  implantar sentido común y racionalidad en un medio como el sanitario donde en muchas ocasiones impera el absurdo de la burocracia; en unos hospitales donde los técnicos de ordenadores han devenido más importantes que los médicos asistenciales, donde los programas informáticos son más cuidados que una buena guía de prescripción antibiótica o el tiempo que se dedica a un paciente (hay un curioso e inteligente artículo en el British Medical Journal de hace unas semanas: el escritor se pregunta quiénes pensaría un alienígena que eran los pacientes si visitase una sala de hospital. Indudablemente los ordenadores, porque delante de ellos y no a la cabecera del enfermo es donde los médicos pasan la mayor parte del tiempo).

En este medio donde trabajo a veces me pregunto ¿merece la pena? ¿es posible hacer algo para mejorar la sociedad en que vivimos, los hospitales, el ejercicio de la medicina, la vida en suma? Es probable que algunos de ustedes que tienen la gentileza de leer y participar en este blog también se lo pregunten, cada quien en el medio en que viva.

Mientras hoy conducía hacia el hospital iba rezando. No podía evitar repetir una y otra vez frases de Jesús en el Evangelio: “Haz a los demás aquello que quieras que te hagan a ti: eso son la Ley y los Profetas”. “Amarás al Señor con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Prójimo es próximo.

Bogdan, mi vecino de habitación rumano, marchó hace unos días, sin encontrar trabajo. No se despidió de su compatriota que le acogía y se llevó mi mejor mochila, regalo de un amigo en mi último cumpleaños. Esto no tiene importancia alguna, aunque hubiese preferido que me la pidiese: cuando necesite una mochila, compraré otra. Sé que le hacía más falta que a mí. Resulta triste ver que personas cercanas, próximas, tienen que marcharse y nos preocupamos por países lejanos. Eso también está muy bien y sin duda les hace muchísima falta, pero están lejos y aquí mismo tenemos serios problemas. Estas reflexiones me dan vueltas por la cabeza desde el terremoto de Haití, viendo que nuestro propio país se hace -en muchos sentidos- jirones y nada parece pasar. Sólo resultan relevantes los resultados de la liga de fútbol, luego vendrá el mundial, tal vez Contador gane el Tour …”Panem et circenses”.

No sé si muchos de ustedes se sienten también así: clamando en y desde el desierto, y precisamente en una tierra inhóspita preparamos el camino del Señor e intentamos enderezar sus senderos. Porque ¿qué otra cosa pretendemos? Formulándolo de forma sencilla, muchos de nosotros -con nuestra profesión, con nuestra vida diaria- intentamos proseguir el camino de Jesús, instaurar lo que él llamó “el Reino”, ese mundo de relaciones humanas fraternas donde nadie pase necesidad y pueda afrontar la vida en la mejor de las situaciones, como hijos de un mismo padre.

Puede sonar simple, utópico o infantil, pero cuando me pregunto por qué hago las cosas y por qué creo y por qué mi vida ha sido así y no de otro modo desde que acabé mis estudios de medicina, la única respuesta que encuentro es que torpemente, con avances y retrocesos, con risas y con lágrimas, con amor y desamor, con alegría y tristeza, en soledad o en compañía, no he pretendido otra cosa que “hacer Reino”, acercar el Reino.

Hace unos días en otro blog se hablaba de la esperanza. Mi esperanza es que llegue un día en que se haga realidad lo que proclamamos en el Credo de nuestra fe cristiana: “Y su Reino no tendrá fin”. Soy consciente de que no veré un mundo así en mi periodo vital. Pero es mi objetivo y mi horizonte, es la Íthaca hacia la que navego. Y estoy convencido de que llegaré a ella. Aunque no sé cuántos naufragios más me esperan y si tendré fuerzas para sobreponerme a ellos.

Cuídense mucho. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Suicidas

Una compañera de blog compartió hace un par de días una experiencia en la que aparece un suicida. No me es este un tema grato, pero hace mucho tiempo que quería escribir algo sobre el suicidio.

Como médico, he vivido varios suicidios de pacientes míos. No cabe mayor sensación de derrota, pero también de respeto: el que se quiere matar se mata, a menos que se le encierre en un psiquiátrico y se le ponga una camisa de fuerza. He lamentado mucho el suicidio de algunos de mis pacientes (afortunadamente han sido muy pocos), pero he sido consciente de que su sufrimiento era grande. Estoy convencido de que eligieron morir porque les resultaba menos doloroso que vivir. Máxime teniendo en cuenta que un suicidio es generalmente algo nada agradable (ninguna forma de morir lo es, pero el suicidio ciertamente no): un intento decidido puede consistir en cortarse los grandes vasos, precipitarse desde una altura (lo cual provoca terribles lesiones), lanzarse delante de un vehículo a gran velocidad (tren, metro, lo cual también produce un patrón lesional particularmente atroz) o ingerir substancias tóxicas que ocasionan una muerte nada plácida (ácidos o álcalis, venenos variados).

 En la mayor parte de los casos se trató de personas con patología psiquiátrica grave, ingresados en salas de medicina interna por problemas médicos. En otros casos pacientes que habían sido atendidos en el servicio de urgencias. También he vivido algún caso de familiares de amigos, tanto suicidios consumados como intentos graves (por lo general tomarse unas pastillas para dormir no se considera un intento grave, más bien la persona está solicitando ayuda y diciendo que no soporta más la situación en la que vive, o es un intento de llamar la atención, como en ocasiones ocurre en adolescentes).

Además del dolor por la pérdida, me queda el respeto: hacia la voluntad individual y el libre albedrío,  en la comprensión de que el dolor que les llevó a quitarse la vida habrá tenido su final en Dios: estoy firmemente convencido de que el Padre de Jesús ama al suicida con un amor que supera toda comprensión, porque sabe cuánto dolor tiene que pasar una persona para elegir una opción así. Nada que ver mi vivencia de fe con las antiguas opiniones de la Iglesia, que negaba la misa-funeral a los suicidas. Todo lo contrario.

Además, yo mismo me planteé una vez el suicidio: en una época personal sumamente difícil, de soledad absoluta y vivencia de abandono y fracaso, pensé que no tenía ánimos para vivir una vida así. Una noche especialmente dura me planteé sacar mi pequeño equipo quirúrgico, que siempre va conmigo, y poner fin a una existencia que me resultaba desdichada. Coincidían la falta de amor humano y la ausencia absoluta de vivencia o cercanía de Dios, así como la pérdida de sentido vital: sin amor no se puede vivir. 

Me asusté de mi propio pensamiento, posiblemente eso me salvó y puedo hoy escribir estas líneas. Me di cuenta, afortunadamente, de que el problema no era “vivir”, sino “vivir así”, es decir, el tipo de vida que llevaba, no el deseo de vivir en sí mismo.

 Hace ya años de eso, ha habido otros dolores, pero vividos de forma diferente, con un trasfondo de esperanza y ciertamente con una mayor cercanía de Dios.

Haber experimentado eso me permite comprender o al menos intuir expresiones de mis actuales pacientes cuando se hacen conscientes de su lesión medular y las consecuencias de la misma, especialmente en el caso de los tetrapléjicos que dependen de respiración asistida para seguir viviendo. No vi “Mar adentro”, aquella película sobre Sampedro, el gallego que consiguió que le ayudasen a poner fin a su vida, pero en este tiempo he escuchado en algunas ocasiones “así no quiero vivir” en casos similares al de aquel hombre. Intento entonces expresar comprensión y simpatía, dentro del respeto que siento por el sentimiento del paciente.

 Algunos afrontan y superan esa fase y escriben los bellos testimonios que compartí en su momento y que me son de gran ayuda para afrontar mi propia vida y mis propias pérdidas, otros fracasan y viven vidas desdichadas, tanto ellos como quienes les rodean.

Finalmente, les diré que recito un Credo reformulado a la luz de lo que he vivido, de lo que veo en mis pacientes y en nuestro mundo, en muchas ocasiones tan feo: cuando llego a las verdades de nuestra fe sobre Jesús, musito “descendió a los infiernos y habitó entre los muertos”. Sinceramente, creo que Jesús en su pasión y muerte descendió a los infiernos de la tortura, la ignominia, el abandono y el olvido, como tantos y tantos hombres antes y después que él, como el infierno en vida que tal vez resulte la existencia de quien elige suicidarse.

Desde ese conocimiento creo que Jesús mismo debe recibir al suicida y decirle “ven, hermano mío, déjame que te consuele porque sé lo mucho que has debido sufrir hasta llegar aquí”. 

Prometo una entrada más “animada y animosa” para la próxima vez, pero no he querido dejar de reflejar un lado oscuro de la medicina y de la misma vida, al hilo de otra entrada en estos blogs. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos. Se lo ruego desde este hospital donde caminamos entre la resurrección y la muerte.

Londres

Durante siete días he permanecido en esa ciudad, cuatro de ellos haciendo un interesante curso de avances en medicina organizado por el real colegio de médicos, el resto “turisteando”. Es una ciudad a la que siempre me gusta retornar: la visité mucho en mis tiempos de estudiante de medicina, luego tardé casi 30 años en volver. Yo había cambiado mucho, la ciudad, el país y el mundo también. Pero siempre descubro cosas nuevas y aprendo algo.

Por ejemplo, la multirracialidad, mucho mayor que por estos pagos. Caminar por Londres es encontrarse con un crisol de razas que se mezclan, normalmente sin problemas. Más del 50% de los más de cien médicos asistentes al curso pertenecían a la 2ª o 3ª generación de inmigrantes indios, paquistaníes, jamaicanos, kenianos … Es una riqueza difícil de igualar.

 Uno de los días coincidí en la comida con un médico musulmán llamado Jalil, de las islas Mauricio, que actualmente trabaja en Londres. Compartimos mesa con una alemana, Inga, quien a su vez trabaja en Texas. Mantuvimos una amena charla en la que acabamos hablando sobre las expectativas que cada uno tenía y nuestra visión de Dios. Me sentí cerca de aquel hombre con aspecto de santón hindú y comprendí que éramos dos creyentes adorando al mismo Dios, él lo llamaba Allah y yo Dios, pero en el fondo, como seres humanos, estábamos muy próximos y perseguíamos lo mismo: aliviar el sufrimiento de los demás y crecer como personas en ese proceso.

También aprecié las dificultades de la gente sencilla en esta coyuntura económica: los mendigos a la puerta de los supermercados (intenté dar al menos unos peniques a todos los que me pidieron, intentando ayudarles y así honrar la memoria de mi padre, a quien nunca vi negar la limosna a un pobre); obreros en paro vendiendo revistas bajo la lluvia y el frío intenso, con sus chalecos amarillos y cascos de la construcción;  las colas en las oficinas de empleo. No muy diferente a nuestra realidad española, tan dura para tantos.

 Algo significativo fue visitar el laboratorio del Dr. Alexander Fleming, en el St. Mary´s hospital de Praed Street, conservado tal cual se hallaba en el momento en que Fleming descubre en una placa de Petri el crecimiento de un hongo que ha inhibido el cultivo bacteriano: llamó a la sustancia producida por este hongo y con actividad antibacteriana “penicilina”. Gracias a ella se han salvado millones de vidas y muchos de nosotros estamos hoy aquí: sin ella hubiésemos sucumbido a meningitis, fiebre reumática, neumonías, infecciones cutáneas y otras muchas enfermedades bacterianas, mortales hasta el descubrimiento de Fleming. Otro día se lo comentaré más en detalle, es uno de mis temas favoritos en la historia de la medicina.

Callejear por Londres no sólo es apasionante desde un punto de vista humano, también histórico: es la última ciudad imperial, el imperio británico estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XX, momento en que los norteamericanos se hacen con la batuta del mundo. Sus edificios son ciertamente imperiales e impresiona visitar los lugares donde se confeccionaron los mapas del planeta tal como hoy lo conocemos y se decidía el futuro de millones de seres humanos, por ejemplo fijando el precio del café o el azúcar.

Del mismo modo da que pensar fijarse en las estatuas ecuestres que se van encontrando por las calles principales, conmemorando generales, mariscales y sus grandes victorias. No puedo evitar pensar en los miles de desdichados que esos militares llevaron a la batalla y a la muerte y preguntarme qué pretendían exactamente además de extender los dominios del imperio y tal vez enriquecerse

 Los imperios se edifican a fuerza de sangre y de dolor, generalmente de los soldados, no de los mandos. Así ha sido con los soldados de todos los tiempos, personas anónimas que tan bien describe Bertolt Brecht, el dramaturgo comunista, en su obra. Recuerdo una de sus poesías, en que va desgranando los prohombres de la humanidad, lo que hicieron y preguntándose quién hubo detrás. Cito de memoria:

“César conquistó las Galias. ¿No llevaba ni siquiera un cocinero?

Dicen que Felipe II lloró la suerte de su Armada. ¿No lloró nadie más?”

 Finalmente, una reflexión al hilo de las estatuas de la capilla noreste de la Abadía de Westminster. En ella se encuentran los llamados “mártires del siglo XX”, entre ellos Martín Luther King, monseñor Romero y Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano y teólogo que fue ahorcado por los nazis en el campo de Flossenbürg en 1945. Ver las estatuas de estos hombres, y aún más su reconocimiento por los cristianos protestantes (también de monseñor Romero, católico), me conmovió hasta las lágrimas. Me dolió mucho que los católicos no hayamos hecho lo mismo.

En fin, les he transmitido algunas impresiones de estos días en Londres, una vez me hallo de nuevo en mi realidad cotidiana, laboral y personal. Las he querido compartir con ustedes, como llevo haciendo algunos meses con muchas de las cosas que vivo. Cuídense mucho y recen los por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Realidades cercanas

Inmigrantes y tetrapléjicos conforman mis dos realidades principales de estos días (hay otras importantes, pero no son el tema de esta entrada). He convivido con inmigrantes ecuatorianos y rumanos desde que llegué a esta nueva ciudad, lo cual me ha permitido asomarme a situaciones difíciles, básicamente relacionadas con la actual catástrofe económica y su principal secuela: el paro.

Mi vecino de cuarto, el tosedor (además el hombre ronca, pero yo también roncaría si tuviese que pasarme el día recogiendo aceituna), tiene trabajo por unos días en la poca aceituna que se ha salvado de las lluvias y las nieves. Cuando finalicen los días que está echando, posiblemente tendrá que volverse de nuevo a Rumanía, como ya hizo antes de navidad. Yo le pregunto cuando le veo si tiene para comer, porque con el esfuerzo físico está cada vez más flaco, ahora ya esquelético. Sabe que puede comerse el queso que está en mi anaquel del frigorífico, pero nunca lo ha hecho.

Y respecto a la pareja, ella no encuentra trabajo y el paro se le acaba el 11 de este mes, lo cual le produce una intensa angustia. Él acaba de perder su empleo, lo despidieron de su trabajo de camarero. Es obvio que no podrán mantener el piso, por lo que deberé buscar otro lugar para vivir. Es ella quien más se angustia, algunas veces me siento a su lado y la escucho. Lamento su situación y no poder ayudarla de forma más sostenible, solamente con ayuda económica y mi escucha ocasional.

Ella me contó que su relación de pareja murió hace tiempo (aun cuando convivan todavía, básicamente por motivos prácticos y de supervivencia): no pudo sobrevivir a las diferencias transculturales y la amarga experiencia del paro y las dificultades económicas. Su intención es volver a su país, con su familia, al menos tendrá mas apoyo afectivo y una seguridad (vivienda, alimentos) que aquí es mucho más precaria.

Entiendo que el paro es duro para todos, para los españoles también, pero tal vez peor para los inmigrantes: un ciudadano de aquí tiene por lo general apoyos afectivos y muchas veces una red familiar y social que le apoya, no así los inmigrantes, al menos no aquellos con quienes he convivido estos dos meses.

 Por otra parte, es obvio que mi realidad más cercana son los pacientes. Hoy me ha saludado la primera enferma que atendí en la UCI de este hospital, una bella mujer (aun con tubos y cánula de traqueostomía lo era) que sufrió una caída y quedó tetrapléjica. No pensé que me recordase (la mayoría de pacientes no recuerdan sus días en la UCI, sólo algunos lo hacen) y ha resultado sorprendente su saludo por el pasillo y escuchar “¿no me conoce?”. He mantenido con ella y su familiar una conversación en inglés (lo habla con más fluidez que el español), no muy larga porque todavía tiene muchos problemas respiratorios. Ojalá vaya “habitando” su nueva situación y recuperándose en lo que pueda. Es una mujer inteligente y es consciente de hallarse en fase depresiva, ahora sin recursos, pero espero que los recupere y asimismo las psicólogas del hospital la ayuden en ese proceso. Nadie puede hacerlo por ella pero contará con muchas ayudas.

Estas vivencias sencillas son mi vida hoy, la que comparto con ustedes. Hay otras vivencias y experiencias, otros momentos, pero forman un todo con éstas que narro. Van reafirmando las “verdades” fundamentales en las que creo, bellamente formuladas en su día por EKR: todos somos hermanos y estamos en el mismo barco. Todos venimos de la misma fuente y volvemos a la misma fuente. Nada de lo humano nos es ajeno, nadie es forastero (qué palabra tan fea y necia¡). En todo caso, me remito al libro del Éxodo: Yahveh está continuamente recordando a su pueblo en búsqueda que trate como igual a quien no ha nacido en el seno de ese pueblo, “porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto”.

En último caso, es Jesús quien tiene la última palabra: “Haced a los demás aquello que queráis que os hagan a vosotros: eso son la Ley los Profetas”. ¿Cómo querríamos que nos tratasen si estuviésemos en otro país, con otra cultura, sin familia, casi sin amigos, sin trabajo, desesperanzados? ¿cómo querría que me tratasen si fuese dependiente para todo, incluso para respirar? La respuesta a esa pregunta no es difícil, sí lo es ponerla en práctica.

También me ayuda enunciar las obras de misericordia, tan sencillas y tan cabales, que se han hecho tristemente de nuevo necesidad acuciante en nuestro mundo en el siglo XXI, y cada día más: hay entre nosotros (muchísimo más en el tercer mundo, pero también aquí) quien pasa hambre, quien está enfermo, quien no tiene ropa y viste con andrajos … dar de comer, vestir con ropa digna, ir a visitar al hospital, son actos sencillos, debieran parecernos normales y habituales, pero no sé si los hacemos tanto como sería necesario y debiéramos (ojalá también quisiéramos: no hay mayor felicidad que dar, lo dice preciosamente Tagore: “da las gracias a quien te permite dar”).

Recen por los enfermos, los parados de cualquier nacionalidad, los inmigrantes a quienes les va mal … también por quienes intentamos echar una mano lo mejor que podemos y sabemos (aunque no siempre acertamos). No me cansaré de pedírselo desde este blog.

La lepra

“La lepra es una enfermedad crónica que puede afectar a cualquier órgano del cuerpo menos el sistema nervioso central, pero que sobre todo afecta a la piel, las mucosas del tracto respiratorio superior y al sistema nervioso periférico. Si no se trata es progresiva y puede producir un daño permanente a la piel y las mucosas, nervios, miembros y ojos”. Han pasado 22 años, pero recuerdo de memoria esta definición tal como nos la dio unos de los mejores leprólogos de nuestro país, el Dr. Benicio Sanz, en el curso de medicina tropical de Barcelona en 1987. Benicio había sido hermano de San Juan de Dios y había trabajado muchos años en Sierra Leona tratando a pacientes leprosos. Era un excelente profesor y un excelente clínico.

La lepra también se conoce como enfermedad de Hansen, en honor del médico que descubrió el microbio (Noruega, 1873). La produce el bacilo de Hansen o Mycobacterium leprae, de la misma familia que el bacilo de Koch (Mycobacterium tuberculosis). Ha sido durante siglos una enfermedad maldita, que estigmatizaba a quienes la padecían y los condenaba al aislamiento personal y social, confinados en leproserías o lazaretos. En España sobrevive el de Fontilles, aunque tal vez el más conocido es el de Molokai, en el archipiélago de las Hawai, donde el Padre Damián trabajó cuidando a los leprosos y contrajo la enfermedad. Allí murió sirviendo a quienes había elegido como amigos y compañeros de vida y de muerte.

 Curiosamente, hoy sabemos que es una enfermedad relativamente poco contagiosa: requiere un trato cercano y mantenido para que se produzca el contagio. Además el 95% de la población es inmune, no la contrae aunque tenga contacto con el germen. Asimismo, es fácilmente diagnosticable y tratable con medicamentos (que deben tomarse durante varios meses). Incluso los países que todavía tienen casos nuevos (Angola, Brasil, República Centroafricana, República del Congo, India, Madagascar, Mozambique, Nepal y Tanzania) intentan integrar el cuidado del leproso en los sistemas generales de salud. El tratamiento con varios fármacos o MDT lo proporciona gratuitamente la OMS desde 1995, y es curativo para todos los tipos de lepra si se hace correctamente. A los quince días de tratamiento el paciente ya no es infectante, a pesar de lo cual siguen existiendo colonias de leprosos en numerosos países (en India más de 1.000). Todavía hay países donde la palabra lepra es tabú, de modo que muchos pacientes no buscan asistencia médica para esconder su condición y evitar así la discriminación.

Sin embargo, la lepra no tuvo siempre un tratamiento eficaz: durante siglos fue incurable y una suerte de maldición para quien la contraía. Sabemos por descripciones funerarias (China, el antiguo Egipto, India) que la especie humana ha sufrido de lepra desde hace unos 4.000 años, aunque es difícil saber si se trataba de lepra, otras afecciones dermatológicas o sífilis, que puede producir algunas deformidades parecidas. 

Es interesante analizar la etimología de la palabra: procede del griego, significa “enfermedad que hace la piel escamosa”. En hebreo bíblico, el término Tzaraath posiblemente comprende muchas enfermedades además de la lepra: tiña, psoriasis, micosis cutáneas variadas … Aparece en los capítulos 13 y 14 del Levítico (así como en diversos capítulos del libro del Éxodo) como una enfermedad que desfigura a quien la padece. Es en la Vulgata, en el siglo V, donde se traduce el término hebreo como lepra, posiblemente de forma equivocada, puesto que en la Biblia se afirma que puede afectar a los animales, a los vestidos y a las paredes de las viviendas (por lo que hay que pensar que se referían a un tipo de moho). Es un término muy complejo, así como complejo también es el diagnóstico y manejo de la condición, que implica un alto grado de impureza y un sentido de castigo divino.

En el 2008 el número de casos en el mundo era de casi 213.000, aunque el año anterior se habían diagnosticado casi un cuarto de millón de nuevos casos (muy pocos en Europa), la mayoría tratados exitosamente. Afortunadamente ya no vemos las graves mutilaciones que tenían lugar antes, consecuencia de la falta de sensibilidad en manos y pies, por lo que ocurrían infecciones y quemaduras, así como las deformaciones faciales (la llamada facies leonina, con pérdida de cejas, pestañas y deformidad de la nariz, que hacía que el paciente se asemejase a un león). En la película Braveheart de Mel Gibson se ve perfectamente la progresión de la lepra –no sólo en el aspecto, también en el alma- en el padre de Bruce, el líder de los escoceses, que intenta inyectar el odio en el corazón de su hijo.

Porque esa es la razón de ser de esta entrada: hoy la lepra física ya no es mortal ni muy peligrosa, pero la lepra del alma es sumamente frecuente y en muchas ocasiones incurable. En nuestro primer mundo tal vez todos estamos infectados. La lepra del alma insensibiliza al sufrimiento del otro, del prójimo o del distante. Sólo muy de vez en cuando se recupera la conciencia, por ejemplo cuando hay una gran catástrofe, y además de modo temporal, luego se cae de nuevo en la anestesia. Sin embargo, de golpe puede volver la sensibilidad, cuando algo se nos tuerce en la vida, como un accidente que nos trae una lesión medular, o al perder el trabajo y el estatus, o al sobrevenir una enfermedad grave: ay, entonces nos damos cuenta de lo que hemos perdido y de lo que sufrían los demás, aunque no prestásemos atención ni atendiésemos a sus padecimientos y necesidades.

Rueguen por los enfermos (tanto físicos como “leprosos de alma”) y por quienes intentamos cuidarles.

Haití: pasado y presente

No teniendo televisión ni leyendo los periódicos, no he tenido que observar el espanto de las imágenes de Haití que los noticiarios deben servir con el postre, justo momentos antes de comentar el último triunfo de Nadal con la raqueta o el fichaje de tal o cual club de fútbol. Pero las puedo imaginar perfectamente: cientos, miles de cadáveres negros en posiciones aberrantes y comidos por las moscas. ¿Me equivoco?.

Por si no fuera poco, como la gente desesperada no tiene nada que perder, los supervivientes se habrán dedicado a intentar conseguir cualquier cosa que llevarse a la boca, con la consiguiente represión por parte de algo parecido a un ejército, suponiendo que en Haití quede alguno. Es decir, el espanto de la violencia añadido al de la catástrofe, la enfermedad y la muerte.

¿Qué sabía yo de Haití antes de esta catástrofe? Me temo que bastante, y todo malo. Por ejemplo, que sufrió la dictadura más brutal y cruel por parte de un protegido de los franceses, “Papá” Duvalier, quien imponía el terror gracias a unos pretorianos llamados “ton-ton macoutes”, uno de los más violentos y despiadados cuerpos de seguridad personal de toda la América Latina.

Por ejemplo, en Haití empleaban –no sé si todavía- una forma atroz de suplicio, consistente en introducir al condenado en una rueda de camión y prenderle fuego desde fuera: es mejor no pensar en ello. 

Del mismo modo, he leído artículos médicos sobre el fenómeno de la “zombificación”, absurdamente frecuente en Haití junto con el vudú. Se cree que hay personas que no mueren del todo, sino que sufren ese proceso y se convierten en “muertos vivientes”. Les aseguro que hay múltiples artículos médicos en revistas de prestigio sobre tal hecho en ese desdichado país.

También sé que ahí estuvo Jean Bertrand Aristide, un antiguo sacerdote que posiblemente devino un nuevo dictador, durante un tiempo exiliado en los Estados Unidos, como otros muchos dictadores suramericanos. Ignoro su situación política a día de hoy. Finalmente, desde un punto de vista sanitario sabía y sé que es el país más pobre de la América al sur del Río Grande, con unos indicadores sanitarios que inspiran pena y vergüenza. He revisado los datos que existen en la página web de la OMS sobre el país caribeño, y he entresacado los siguientes:

Haití tiene unos nueve millones y medio de población. Un haitiano varón tiene una esperanza de vida de 59 años, 63 las mujeres (20 menos que en España), pero sólo 43 y 44 respectivamente de lo que llamamos “vida con salud”. La probabilidad de morir con menos de cinco años es de 80 por 1000 nacidos vivos (en España, 4/1000). En el 2006 (últimos datos disponibles) el gasto per capita en salud era de 96$ (en España 2.388$), y el porcentaje del PIB gastado en salud, un 8%.

Hay datos más específicos que todavía (me) golpean más, tal vez porque son menos fríos: hay/había menos de un dentista por 10.000 habitantes, en total el año 1.998 (últimas estadísticas disponibles), 94 dentistas en todo el país; del mismo modo, hay 1.949 médicos en total (unos 3/10.000) y todavía menos enfermeras y matronas, 834 en total (menos de 1/10.000). Sólo uno de cada cuatro partos es atendidos por personal sanitario cualificado. Se declaran casi 300 nuevos casos de tuberculosis al año por 100.000 habitantes. La prevalencia de SIDA en mayores de 15 años es de 3.337/100.000 (3 de cada 100 haitianos padecen la enfermedad, de hecho cuando se declararon en Estados Unidos los primeros casos (1981), como factores de riesgo se describía el uso de drogas por vía parenteral, ser homosexual y proceder de Haití). El 60% de las mujeres (es decir, más de una de cada dos) tienen anemia (una hemoglobina de menos de 11g/dL). No es fácil vivir, engendrar y parir así.

Podría verter datos similares hasta la náusea, pero el último será que más del 50% de los niños están malnutridos y que todavía se siguen muriendo de tétanos neonatal como consecuencia de las condiciones sanitarias en que nacen y de los instrumentos con que se corta el cordón umbilical. Imagino que se debe al hecho de que el acceso al agua potable en las zonas rurales es mínimo, por no mencionar facilidades sanitarias como letrinas: del 12% en la zona rural. Es decir, que el 88% de los haitianos que viven en las zonas no urbanas (la inmensa mayoría) defecan donde pueden y sus excrementos pueden perfectamente mezclarse con el agua de bebida.

El panorama no es muy diferente al que yo vi en los barrios pobres de las ciudades hondureñas como El Progreso y San Pedro Sula, en las zonas rurales y en las barriadas de San Salvador, lo que monseñor Romero describe como “tugurios cuya miseria supera toda imaginación sufriendo el insulto permanente de las mansiones cercanas” (febrero 1980). Recuerdo perfectamente a una preciosa niña lavándose el cabello en aguas sucias, los zopilotes escarbando entre la basura –donde encontraban muchas veces cadáveres- y los niños que vi morir de hambre. No son cosas fáciles de olvidar.

¿Y ahora? ¿qué debemos hacer ahora? ¿cómo fue que no lo hicimos antes, si ya sabíamos todas estas cosas? ¿por qué los gobiernos, la comunidad internacional, la ONU, la OMS, no hicieron nada antes? ¿por qué yo no hice nada antes? ¿por qué corremos y nos horrorizamos todos ahora, si ya era feo antes? Desde hace unos días resuenan en mi interior las palabras de Caín en el Génesis: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Y escucho la respuesta de Yavheh: “la sangre de tus hermanos está clamando a mí desde la Tierra”.

También releo el cántico de Isaías, y me doy cuenta de que encaja perfectamente con lo que yo mismo vi en Honduras –aunque a menor escala- y posiblemente ven ahora vds en la tele: están tan desfigurados que no se les reconoce, tanto que no parecen humanos, ante ellos se vuelve el rostro. El pueblo haitiano, sus muertos y heridos, son la imagen actual del siervo sufriente de Yavheh, que también mencionaba monseñor Romero.

Miren, de poco sirve ahora lamentarse y echarse las manos a la cabeza viendo los cadáveres en descomposición cubiertos de moscas y arrojados a las fosas comunes. Por mi parte, daré el dinero que pueda a una ONG católica, convencido de que en este momento es lo mejor que puede hacerse: cuando se marchen los figurantes, los que aparecen en las emergencias entre fogonazos de las cámaras, cuando se vayan Bill Clinton y los soldados norteamericanos que según he oído se han desplazado a la zona, entonces quedarán los misioneros, que además ya estaban antes, cuando nadie nos acordábamos de Haití y de los haitianos. Compartían la vida de “los pobres de Yavheh”, como se mencionaba en otro blog. Y la seguirán compartiendo, algunos de ellos hasta que mueran en la tierra a la que eligieron servir. 

Y seguiré con mi trabajo de médico en este hospital, intentando hacerlo lo mejor posible y ayudar a pacientes y familiares en lo que pueda. También intentaré compartir las vicisitudes de los inmigrantes con los que vivo (ahora ha vuelto Bogdan, el hombre famélico que tosía; tampoco esta vez encuentra trabajo, le dijeron que para la cosecha de la aceituna, pero con la lluvia y las nieves no hay casi aceituna que cosechar). Los ayudaré en lo que pueda. Todos ellos son mis haitianos particulares. Nos equivocamos si el espanto de la tele nos conmueve pero no lo hace el de nuestro próximo necesitado, aquí también hay gente que sufre y se desepera. Aunque no estén muertos (por ahora) ni cubiertos de moscas.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Afrontar las pérdidas

En mi última entrada les mencionaba el libro de la Dra. Pozuelo, psicóloga de mi actual hospital, “Afrontando la lesión medular”. Es un mosaico construido con los testimonios de pacientes y familiares, lo cual le confiere la veracidad de quien habla sobre lo que ha sufrido: impresiona qué dicen, pero mucho más quiénes lo dicen y desde dónde lo dicen, dado que la mayoría de los que escriben son para o tetrapléjicos, con muy alto grado de discapacidad por lesiones de columna cervical altas. Está pues preñado de la autenticidad que proviene de la dificultad sentida y padecida.

Una lesión medular es un acontecimiento extremadamente brusco y abrupto que condiciona en un segundo la pérdida de la facultad más importante que un ser humano tiene después de la propia vida y la de su persona más querida, como es la autonomía: el lesionado medular se convierte en un abrir y cerrar de ojos en una persona que requiere una asistencia continuada para sobrevivir, en tanto que muchos de ellos necesitarán ayuda de por vida para las tareas cotidianas como acostarse y levantarse, alimentarse, vestirse, lavarse, controlar su vejiga e intestino … Van a depender de asistentes o cuidadores (llamamos así a sus familiares), aunque de hecho muchos de ellos acaban cuidándose a sí mismos, como comprenderán en breve.

Existe el fenómeno admirable del crecimiento postraumático, la capacidad de mejorar la vida, aprovechar un evento sumamente adverso que nos ocurre para crecer como personas, para que ocurra un cambio de valores que nos lleve a ver la vida de otro modo, a descubrir potencialidades y recursos que desconocíamos, a dar el valor auténtico a la vida, a lo que realmente lo tiene y a lo que no. Es una expresión de psicología positiva, que en ocasiones lleva al discapacitado a preguntarse: ¿quién es en realidad el discapacitado? ¿Yo, que llevo mi silla de ruedas en el culo (que es donde debe estar, con perdón del término), o el que la lleva en la cabeza? A la luz de sus tstimonios, no es una pregunta baladí.

El afrontamiento de la lesión medular y la posibilidad de una migración de sentido de un fenómeno adverso en algo que nos hace mejores como seres humanos depende de la personalidad previa y del entorno (social, familiar, laboral, económico e incluso religioso). De hecho, lo dicho hasta aquí para la lesión medular es posiblemente aplicable a todo tipo de pérdidas severas, aquellas que nos revuelcan la vida, los naufragios que nos acontecen y nos dejan en la playa desnudos, en compañía de nosotros mismos y a expensas de nuestros recursos y de los valores en los que podemos apoyarnos si queremos sobrevivir en la isla desierta donde nos dejó la marea: alegría, ilusión, esperanza, amistad, solidaridad, paciencia … 

Les aseguro que una lectura reflexiva de ese libro me ha enseñado más que una enciclopedia médica: me ha confrontado con mi persona y mi ser profesional de médico y me ha hecho recapacitar sobre mis propias pérdidas. Leer las frases que transcribo a continuación (entresacadas de otras muchas) me ha movido y conmovido, por eso las comparto con ustedes: 

En un segundo se pierde la inocencia, y la esperanza se vuelve poder, porque es lo único que te queda y no puedes perder” (Dégant Cerviño)

 “El mundo no se acaba, la vida continúa y hay que seguir luchando por las cosas y la gente que queremos, y por nosotros mismos” (Luis Adanero)

Experimento que la mayor sensación de plenitud se da cuando estoy en contacto conmigo mismo, percibiendo el momento presente, con la mente en silencio y sintiendo que estoy viviendo, realmente, la vida” (Kenneth Iversjö)

 “Se trata de coger las riendas de tu vida y pensar qué quieres hacer con ella” (Agustín Fernández)

Un pequeño paso de veinte centímetros equivale a un muro de dos metros, de antes, pero busco la mejor manera de poder saltarlo y seguir adelante” (Alejandro Portalez)

Un día, de repente, se rompe la tranquilidad familiar en la que te encuentras y tu vida, y la de los que te rodean, sufre un cambio del que crees que nunca vas a salir” (Emilia Hidalgo)

Los límites son aquellas barreras que nos negamos a superar” (Luis Miguel García Marquina)

Uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde” (Asamara Riesco)

Desgraciado es aquel que un día olvida soñar, para soñar no se necesitan piernas, ni brazos, sino ganas” (Elena Prous)

Soy más feliz que antes de la lesión. Ahora vivo cada día como si fuera el último y le doy a las cosas una importancia relativa. Antes me agobiaba con facilidad por problemas banales que no me llevaban a ningún sitio; hoy, mis prioridades han cambiado. Me preocupo por lo que realmente merece la pena y las cuestiones más superficiales han pasado a otro plano” (Izaskun Benito)

Todas estas personas, hombres y mujeres, son lesionados medulares de diferente nivel (para o tetrapléjicos) o bien familiares de lesionados medulares. Todos pasaron largos meses en el hospital de parapléjicos, aprendieron a respirar de nuevo, a utilizar una silla de ruedas algunos, a depender siempre de otros para moverse algunos. Miraron al techo durante noches interminables cuando no podían moverse o estaban en la UCI, se preguntaron el por qué de su “mala suerte”, por qué les había tocado a ellos, qué iba a ocurrirles, cómo sería su vida en adelante. Algunos pensaron que hubiesen preferido morir a quedar discapacitados, lloraron y exigieron explicaciones, expresaron su rabia o se la tragaron. Pero ahí les tienen hoy en día, aportándonos su experiencia vital y compartiendo con nosotros su camino personal por la muerte y la resurrección.

 Sin embargo, es posible que la pintura esté incompleta. ¿Dónde están los que quedaron en el camino, los que no han podido afrontar ni superar su situación? Los que se han suicidado ya no están, y otros muchos no salen de casa y su vida se ha convertido en una sucesión de días desdichados para ellos y sus familias. La Dra. Pozuelo es consciente de que eso ocurre y también a ellos dedica el libro (“A los que pedí colaboración y no pudieron por diversas razones”): un 37% de los pacientes y familiares a quienes se dirigió solicitando su testimonio para elaborar las piezas de un puzzle no pudieron o quisieron aportar su experiencia. Muchos se vieron incapaces de retornar a una realidad demasiado dolorosa, que les removía por dentro y les hacía sufrir. Su discapacidad, pues, no se limitaba a carecer de movilidad y tal vez sensibilidad en las extremidades inferiores y superiores, así como de control de sus esfínteres; quizás la herida del espíritu (donde confluyen cuerpo, personalidad y creencias religiosas o humanas) es demasiado profunda y no ha sanado todavía, o no sane nunca.

 Dom Pedro Casaldáliga lo dijo muy certeramente: “Sólo hay dos Absolutos, Dios y el hambre”. Personalmente bajo el nombre “Dios” incluyo sus hijos los hombres y todos los valores que nos hacen vivir y ser mejores como seres humanos. Creo que estas personas que han recién escrito las frases que les transcribo han descubierto, consciente o inconscientemente, formulado así o no, lo que experimentó Dom Pedro. Ciertamente a mí me ayudan día tras día a irlo descubriendo. Ojalá eso haga de mí una persona y un médico mejores y les sea también de ayuda a ustedes.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos. Se lo ruego desde este hospital de parapléjicos, como antes lo hice desde un hospital comarcal, donde vivo intensamente las verdades que enunció Elisabeth Kübler-Ross: todos los hombres procedemos de la misma fuente y volvemos a la misma fuente; todos somos bendecidos y guiados. Esta convicción está por encima de culturas, creencias religiosas y políticas, ideologías, razas, credos y posición social o económica. Esta convicción es la misma por la que murió Jesús y tantos otros en su pro-seguimiento: Dios es Padre y Madre, y los hombres somos hermanos. Vivir de acuerdo a esta convicción nos hará mejores personas y también hará mejor el mundo en que vivimos y sanará a la Madre Tierra. Que Dios les cuide y les bendiga.

Celda 211. Vivencias del Hospital.

Estos días de navidad han sido ricos en vivencias, no todas fáciles: reencuentro con familiares y personas queridas, trabajo en el hospital con los pacientes más graves que no pueden irse a casa, mudanza … También hubo un rato para ir al cine, vi una película que me impresionó por su crudeza, Celda 211, y que les comentaré brevemente.

No soy experto en cine, no esperen un crítica cinematográfica como tal. Como me ocurre con el vino, sé el que me gusta y el que me dice algo, y esta película lo ha hecho. Narra el motín en una prisión y cómo el bien y el mal se van difuminando y dibujando en los diversos caracteres. No es una película maniquea, como la mayor parte de las que se hacen ahora, es bastante más compleja: los teóricamente “buenos”, como son los funcionarios y las autoridades, se van revelando como perversos, sobre todo cuando abusan de la violencia y traicionan sus mismas normas. Cuando el poder quebranta la ley, no sólo está quebrantando las reglas del bien (como señaló certeramente hace muchos años Jon Sobrino tras el asesinato de monseñor Romero): además está quebrantando las reglas del mismo mal.

En la película algunos de más los feroces presos, confinados en sus celdas de aislamiento, resultan más “legales” que sus interlocutores, ambos bandos utilizando la violencia a su antojo. Y nadie resulta ser inocente: ni el director de la prisión, ni el interlocutor del gobierno (que sólo quiere que los presos de ETA tomados como rehenes salgan indemnes, aunque sea entrando a sofocar el motín a sangre y fuego), ni los funcionarios … ni muchos de los presos, que acaban devorándose entre ellos. Caín y Abel, pues, conviven en cada personaje, como de hecho conviven en cada uno de nosotros. Es sintomático que el protagonista se llame Malamadre, nombre en cierto modo contradictorio en sí mismo, en cuanto que de una madre cabe esperar que sea buena con sus hijos.

No es una cinta fácil ni agradable de ver, pero tal vez por ello es un cine relativamente infrecuente a día de hoy, en cuanto que plantea preguntas sin respuesta (de hecho finaliza con una cuestión abierta lanzada al espectador como un bumerán) y deja con la incómoda sensación de que el bien y el mal son muchas veces difíciles de deslindar. Además salí pensando “esto yo lo he visto antes”.

Y confirmé mi impresión charlando con un funcionario de presiones algunos años mayor que yo, quien me recordó el verano de 1977, cuando ardieron las prisiones de media España en violentos motines que acabaron con la entrada de la policía (entonces vestida de gris) en las prisiones. ¿Saben cuándo concluyó de forma radical la ola de motines? Con la apertura de Herrera de la Mancha, prisión de alta seguridad y extrema dureza, donde fueron confinados los cabecillas de las revueltas, en muchas ocasiones sometidos a palizas diarias hasta que reblaron, todo ello con la aquiescencia del poder político, gobierno y la entonces oposición, que cuando llegó al poder se limitó a empapelar a unos cuantos funcionarios como responsables de todos los desmanes ocurridos.

Afortunadamente no trabajo en una prisión sino en un hospital, adonde me he reintegrado tras unos días libres. He reencontrado a mis pacientes-hacientes (en tanto que muchos de ellos no son sujetos pasivos sino activos de su recuperación y del proceso de afrontar la lesión medular) y a sus abnegados familiares. He reencontrado también excelentes profesionales y he tenido la ocasión de leer un libro escrito por la psicóloga más veterana del hospital, la Dra. Pozuelo, en colaboración con muchos antiguos pacientes de aquí: “Afrontando la lesión medular”, un libro que les recomiendo vivamente y que puede obtenerse en la Fundación del Hospital por la módica cantidad de 15€, que se destinan a la misma Fundación.

El libro es una pequeña joya, un camino vivencial narrado en primera persona por los propios pacientes-hacientes o sus familiares, agrupado en los siguientes capítulos: shock emocional e impacto (afrontamiento de la lesión medular); la rehabilitación-tomando conciencia (incluyendo el papel de la familia y la amistad en la rehabilitación, la mirada de un niño, descubrir otros valores, el sentido del sufrimiento, usos terapéuticos del humor); la vuelta a casa (vida independiente, papel de los asistentes personales); mirando hacia delante (incluyendo sexualidad en la lesión medular, maternidad y paternidad, ocio y tiempo libre, conducir y viajar); mirando la lesión con perspectiva.

Llegué a este centro en un momento personal difícil: tengo que decirles que a día de hoy considero un privilegio estar aquí, aun cuando todavía me siento en muchos momentos torpe y me esperan durante las guardias muchas noches sin dormir, atendiendo a estos pacientes tan diferentes de los que tenía costumbre de tratar. Varios días he llegado al hospital apesadumbrado por pensamientos o vivencias negativas o recuerdos antiguos. Aquí los he aparcado para cuidar y tratar a otros. Ver el coraje y el sufrimiento de otras personas me ha ayudado a relativizar mis propios sinsabores (por ejemplos los derivados de desmantelar el piso donde viví durante cinco años en otra población). Además los propios dolores y las propias pérdidas nos hacen capaces de comprender, empatizar y com-padecer las de otros, como aquéllas de todos los pacientes-hacientes que aquí encuentro. Sin haber descendido antes a los abismos del dolor (propio y de las personas más amadas) no puede comprenderse en absoluto a quien tal vez esté ahora viviendo en ellos. Quizás sea ése el sentido cristiano del dolor, quizás ahí encuentre su significado o su razón de ser, aun cuando en el momento sea una taza muy amarga de beber.

Soy plenamente consciente, como indica la Dra. Pozuelo en el prólogo, de que la vida nos puede cambiar en un segundo: el que tarda en ocurrir el accidente que puede dejarnos tetrapléjicos de por vida, por ello es bueno “vivir el presente, porque el futuro es incierto” (Carpe diem, quam minimum crédula postero, como dijo Horacio; la gente conoce la primera parte de la frase, que se popularizó con la película “El club de los poetas muertos”, pero desconoce por lo general la segunda parte). Jesús lo dijo también: no podemos añadir un minuto a nuestra existencia, luego por qué andar tan preocupados por el mañana. E intentar vivir ese presente a fondo, sin quedarnos paralizados por un pasado que tal vez fue más desdichado que alegre, pero que de cualquier modo queda atrás. Siempre recuerdo lo que dijo Haim Herzog, el primer presidente del parlamento israelí que visitó la España democrática, en su discurso ante nuestro parlamento, a principios de los años 80: “No podemos cambiar el pasado, pero podemos aprender sus lecciones”. Eso intento yo hoy. 

Concluiré con un –a mi entender- bellísimo párrafo escrito por un paciente parapléjico al inicio del libro:

“Por nada del mundo borraría todos los grandes momentos que me han llevado hasta aquí, no borraría ninguna de las grandes, muy grandes, amistades que he hecho, ni a ninguna de las personas que han estado siempre que los he necesitado, no borraría ninguna de las sonrisas que he gastado, ni ninguna de las lágrimas que he derramado con ellos”. (Ángel Lozano).

 Que así sea. Rueguen mucho por los pacientes de este hospital y todos los hospitales, y por quienes tenemos el privilegio de atenderles, incluyendo a un servidor.

Un águila, una tarta y un pie

Este título peculiar resume varias de mis vivencias de estos días, en esta ciudad y hospital nuevos. Por una parte, he conocido una figura significativa para mí: D. Federico Martín Bahamontes, conocido como “el águila de Toledo”. Este hombre forma parte de mis recuerdos de juventud, según su edad también de las de vds. Como aficionado al ciclismo, nadie puede ignorarle: el primer español en ganar el tour de Francia, la más grande carrera del universo ciclista. 

He conocido a un hombre bien conservado, enjuto y erguido a sus 80 años, educado, bien vestido pero sin ninguna estridencia ni ostentación, con chaqueta y corbata, encantado de comentar sus recuerdos de juventud y ulterior madurez, sin pelos en la lengua, certero en sus comentarios. Tengo entendido que ha sido un ahorrador nato, como sólo puede serlo quien sabe lo duro que es pasar hambre de niño en la posguerra, cuando ganaba unos duros extras con el estraperlo, llevando mercancías a lugares distantes a lomos de una pesada bicicleta, a los 13 años. A pesar de ello sigue viviendo en una zona relativamente modesta de Toledo y siendo un hombre poco gastador en lo externo. 

Les recomiendo su libro autobiográfico del tour que ganó, “el vuelo del águila”: no es de interés sólo para los aficionados al deporte, lo es a mi entender para cualquier persona, porque narra cuán duro fue llegar a profesional y cuán duro ganarse la vida a lomos de una bicicleta en aquellos tiempos. Miren sus fotografías y observen un hombre sin un gramo de grasa, con el rostro curtido por el sol, que narra sus comienzos y las vicisitudes que atravesó hasta llegar a ser el hombre reconocido a quien todos quisieron arrimarse. Nada que ver con los iconos deportivos de hoy en día, con sueldos millonarios desde sus inicios y que tienden a derrochar el dinero que ganan. Se lo aseguro, este hombre no es un icono de nada ni de nadie, además no tiene los pies de barro sino bien firmes sobre el suelo.

 Otra vivencia que comparto es el cumpleaños de la hija de la pareja de inmigrantes con quienes me alojo. Su madre le compró una tarta de chocolate y me invitó a un pedazo, lo cual dio pie a charlar un rato. Así supe que es rumana, lleva seis años en España y al principio las cosas fueron bien: tuvo trabajo y disfrutó de un país diferente al suyo, que “funcionaba”. Pero ahora no tiene trabajo y el otro día alguien le recriminó en la oficina del INEM que cobrase el paro sin ser española.

 Me contó que recuerda su país triste y gris con Ceaucescu, cuando ella era una niña y había dos horas de televisión al día narrando los fastos del dictador, y tenían media barra de pan para cuatro personas. También me contó que su país es rico, con enormes recursos naturales, pero que no ha logrado salir de la pobreza por la corrupción extrema.

 Quien le increpó tal vez no recuerda que esta mujer sirvió nuestras mesas en los bares y limpió nuestras casas cuando ningún español quería hacerlo, como nuestros compatriotas hicieron los trabajos más duros en Austria, Suiza, Francia y Alemania en los años 40 y 50, donde también fueron ninguneados y verbalmente maltratados, mirados como inferiores por ser pequeños y de piel oscura. ¡Qué pronto olvidamos nuestra historia¡, como los catalanes han olvidado que fueron los emigrantes extremeños y andaluces quienes edificaron sus casas y limpiaron sus retretes. ¿O no fue así?. Además, les llevaron la rumba.

Hay en mi medio quien no entiende que viva en una habitación de alquiler mientras encuentro algo más convincente, en vez de alojarme en un hotel o un hostal. Si lo hubiese hecho, no conocería estas realidades que comparto con vds y no hubiese probado una tarta de chocolate en los dos años de una niña ecuato-rumana. Creo sinceramente que me hubiese perdido algo bonito.

 Finalmente, es obvio que no puedo dejar de hablar de mis nuevos pacientes. Cuanto más los miro más me impresionan, tal vez porque me dejo impactar por su situación de para o tetraplejia, obviamente más esta última. Me admira el coraje de muchos, por ejemplo hay quien se comunica con movimientos de la cabeza o de una extremidad, o quien va señalando penosamente las letras de un abecedario para componer una palabra o una frase.

 He contactado con un antiguo paciente del hospital y le he pedido consejo para mi quehacer de médico. Me indica que sea flexible, mantenga una mente abierta y sea cercano, que no me sitúe por encima de nadie ni sea soberbio. Me dice también que el proceso de adaptación a la limitación que supone la lesión medular es muy lento, y que cada paciente es un mundo, que es difícil generalizar y que cada quien se adapta a su nueva situación de forma distinta, va reconociendo su propio cuerpo y respondiendo como puede a las limitaciones, a base de paciencia. Y que me mantenga dispuesto a aprender, ya que el lesionado medular es quien conoce mejor su propio cuerpo. 

Citando sus propias palabras, resume su aportación en que me acerque al paciente con “humildad, respeto, trato como a un igual, apertura a aprender del prójimo, profesionalidad …”.Por de pronto me centro en lo último, porque este es un campo nuevo para mí, tras muchos años de una medicina convencional en la que me defendía muy bien. Sin embargo, tal vez con el tiempo descubra que lo difícil tal vez no sea ser médico (con lo cual aliviaré alguno sufrimientos), sino ser hermano en esos mismos sufrimientos. Ya se lo contaré.

Les ruego que recen por los pacientes y por quienes los cuidamos.