Realidades cercanas

Inmigrantes y tetrapléjicos conforman mis dos realidades principales de estos días (hay otras importantes, pero no son el tema de esta entrada). He convivido con inmigrantes ecuatorianos y rumanos desde que llegué a esta nueva ciudad, lo cual me ha permitido asomarme a situaciones difíciles, básicamente relacionadas con la actual catástrofe económica y su principal secuela: el paro.

Mi vecino de cuarto, el tosedor (además el hombre ronca, pero yo también roncaría si tuviese que pasarme el día recogiendo aceituna), tiene trabajo por unos días en la poca aceituna que se ha salvado de las lluvias y las nieves. Cuando finalicen los días que está echando, posiblemente tendrá que volverse de nuevo a Rumanía, como ya hizo antes de navidad. Yo le pregunto cuando le veo si tiene para comer, porque con el esfuerzo físico está cada vez más flaco, ahora ya esquelético. Sabe que puede comerse el queso que está en mi anaquel del frigorífico, pero nunca lo ha hecho.

Y respecto a la pareja, ella no encuentra trabajo y el paro se le acaba el 11 de este mes, lo cual le produce una intensa angustia. Él acaba de perder su empleo, lo despidieron de su trabajo de camarero. Es obvio que no podrán mantener el piso, por lo que deberé buscar otro lugar para vivir. Es ella quien más se angustia, algunas veces me siento a su lado y la escucho. Lamento su situación y no poder ayudarla de forma más sostenible, solamente con ayuda económica y mi escucha ocasional.

Ella me contó que su relación de pareja murió hace tiempo (aun cuando convivan todavía, básicamente por motivos prácticos y de supervivencia): no pudo sobrevivir a las diferencias transculturales y la amarga experiencia del paro y las dificultades económicas. Su intención es volver a su país, con su familia, al menos tendrá mas apoyo afectivo y una seguridad (vivienda, alimentos) que aquí es mucho más precaria.

Entiendo que el paro es duro para todos, para los españoles también, pero tal vez peor para los inmigrantes: un ciudadano de aquí tiene por lo general apoyos afectivos y muchas veces una red familiar y social que le apoya, no así los inmigrantes, al menos no aquellos con quienes he convivido estos dos meses.

 Por otra parte, es obvio que mi realidad más cercana son los pacientes. Hoy me ha saludado la primera enferma que atendí en la UCI de este hospital, una bella mujer (aun con tubos y cánula de traqueostomía lo era) que sufrió una caída y quedó tetrapléjica. No pensé que me recordase (la mayoría de pacientes no recuerdan sus días en la UCI, sólo algunos lo hacen) y ha resultado sorprendente su saludo por el pasillo y escuchar “¿no me conoce?”. He mantenido con ella y su familiar una conversación en inglés (lo habla con más fluidez que el español), no muy larga porque todavía tiene muchos problemas respiratorios. Ojalá vaya “habitando” su nueva situación y recuperándose en lo que pueda. Es una mujer inteligente y es consciente de hallarse en fase depresiva, ahora sin recursos, pero espero que los recupere y asimismo las psicólogas del hospital la ayuden en ese proceso. Nadie puede hacerlo por ella pero contará con muchas ayudas.

Estas vivencias sencillas son mi vida hoy, la que comparto con ustedes. Hay otras vivencias y experiencias, otros momentos, pero forman un todo con éstas que narro. Van reafirmando las “verdades” fundamentales en las que creo, bellamente formuladas en su día por EKR: todos somos hermanos y estamos en el mismo barco. Todos venimos de la misma fuente y volvemos a la misma fuente. Nada de lo humano nos es ajeno, nadie es forastero (qué palabra tan fea y necia¡). En todo caso, me remito al libro del Éxodo: Yahveh está continuamente recordando a su pueblo en búsqueda que trate como igual a quien no ha nacido en el seno de ese pueblo, “porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto”.

En último caso, es Jesús quien tiene la última palabra: “Haced a los demás aquello que queráis que os hagan a vosotros: eso son la Ley los Profetas”. ¿Cómo querríamos que nos tratasen si estuviésemos en otro país, con otra cultura, sin familia, casi sin amigos, sin trabajo, desesperanzados? ¿cómo querría que me tratasen si fuese dependiente para todo, incluso para respirar? La respuesta a esa pregunta no es difícil, sí lo es ponerla en práctica.

También me ayuda enunciar las obras de misericordia, tan sencillas y tan cabales, que se han hecho tristemente de nuevo necesidad acuciante en nuestro mundo en el siglo XXI, y cada día más: hay entre nosotros (muchísimo más en el tercer mundo, pero también aquí) quien pasa hambre, quien está enfermo, quien no tiene ropa y viste con andrajos … dar de comer, vestir con ropa digna, ir a visitar al hospital, son actos sencillos, debieran parecernos normales y habituales, pero no sé si los hacemos tanto como sería necesario y debiéramos (ojalá también quisiéramos: no hay mayor felicidad que dar, lo dice preciosamente Tagore: “da las gracias a quien te permite dar”).

Recen por los enfermos, los parados de cualquier nacionalidad, los inmigrantes a quienes les va mal … también por quienes intentamos echar una mano lo mejor que podemos y sabemos (aunque no siempre acertamos). No me cansaré de pedírselo desde este blog.

La lepra

“La lepra es una enfermedad crónica que puede afectar a cualquier órgano del cuerpo menos el sistema nervioso central, pero que sobre todo afecta a la piel, las mucosas del tracto respiratorio superior y al sistema nervioso periférico. Si no se trata es progresiva y puede producir un daño permanente a la piel y las mucosas, nervios, miembros y ojos”. Han pasado 22 años, pero recuerdo de memoria esta definición tal como nos la dio unos de los mejores leprólogos de nuestro país, el Dr. Benicio Sanz, en el curso de medicina tropical de Barcelona en 1987. Benicio había sido hermano de San Juan de Dios y había trabajado muchos años en Sierra Leona tratando a pacientes leprosos. Era un excelente profesor y un excelente clínico.

La lepra también se conoce como enfermedad de Hansen, en honor del médico que descubrió el microbio (Noruega, 1873). La produce el bacilo de Hansen o Mycobacterium leprae, de la misma familia que el bacilo de Koch (Mycobacterium tuberculosis). Ha sido durante siglos una enfermedad maldita, que estigmatizaba a quienes la padecían y los condenaba al aislamiento personal y social, confinados en leproserías o lazaretos. En España sobrevive el de Fontilles, aunque tal vez el más conocido es el de Molokai, en el archipiélago de las Hawai, donde el Padre Damián trabajó cuidando a los leprosos y contrajo la enfermedad. Allí murió sirviendo a quienes había elegido como amigos y compañeros de vida y de muerte.

 Curiosamente, hoy sabemos que es una enfermedad relativamente poco contagiosa: requiere un trato cercano y mantenido para que se produzca el contagio. Además el 95% de la población es inmune, no la contrae aunque tenga contacto con el germen. Asimismo, es fácilmente diagnosticable y tratable con medicamentos (que deben tomarse durante varios meses). Incluso los países que todavía tienen casos nuevos (Angola, Brasil, República Centroafricana, República del Congo, India, Madagascar, Mozambique, Nepal y Tanzania) intentan integrar el cuidado del leproso en los sistemas generales de salud. El tratamiento con varios fármacos o MDT lo proporciona gratuitamente la OMS desde 1995, y es curativo para todos los tipos de lepra si se hace correctamente. A los quince días de tratamiento el paciente ya no es infectante, a pesar de lo cual siguen existiendo colonias de leprosos en numerosos países (en India más de 1.000). Todavía hay países donde la palabra lepra es tabú, de modo que muchos pacientes no buscan asistencia médica para esconder su condición y evitar así la discriminación.

Sin embargo, la lepra no tuvo siempre un tratamiento eficaz: durante siglos fue incurable y una suerte de maldición para quien la contraía. Sabemos por descripciones funerarias (China, el antiguo Egipto, India) que la especie humana ha sufrido de lepra desde hace unos 4.000 años, aunque es difícil saber si se trataba de lepra, otras afecciones dermatológicas o sífilis, que puede producir algunas deformidades parecidas. 

Es interesante analizar la etimología de la palabra: procede del griego, significa “enfermedad que hace la piel escamosa”. En hebreo bíblico, el término Tzaraath posiblemente comprende muchas enfermedades además de la lepra: tiña, psoriasis, micosis cutáneas variadas … Aparece en los capítulos 13 y 14 del Levítico (así como en diversos capítulos del libro del Éxodo) como una enfermedad que desfigura a quien la padece. Es en la Vulgata, en el siglo V, donde se traduce el término hebreo como lepra, posiblemente de forma equivocada, puesto que en la Biblia se afirma que puede afectar a los animales, a los vestidos y a las paredes de las viviendas (por lo que hay que pensar que se referían a un tipo de moho). Es un término muy complejo, así como complejo también es el diagnóstico y manejo de la condición, que implica un alto grado de impureza y un sentido de castigo divino.

En el 2008 el número de casos en el mundo era de casi 213.000, aunque el año anterior se habían diagnosticado casi un cuarto de millón de nuevos casos (muy pocos en Europa), la mayoría tratados exitosamente. Afortunadamente ya no vemos las graves mutilaciones que tenían lugar antes, consecuencia de la falta de sensibilidad en manos y pies, por lo que ocurrían infecciones y quemaduras, así como las deformaciones faciales (la llamada facies leonina, con pérdida de cejas, pestañas y deformidad de la nariz, que hacía que el paciente se asemejase a un león). En la película Braveheart de Mel Gibson se ve perfectamente la progresión de la lepra –no sólo en el aspecto, también en el alma- en el padre de Bruce, el líder de los escoceses, que intenta inyectar el odio en el corazón de su hijo.

Porque esa es la razón de ser de esta entrada: hoy la lepra física ya no es mortal ni muy peligrosa, pero la lepra del alma es sumamente frecuente y en muchas ocasiones incurable. En nuestro primer mundo tal vez todos estamos infectados. La lepra del alma insensibiliza al sufrimiento del otro, del prójimo o del distante. Sólo muy de vez en cuando se recupera la conciencia, por ejemplo cuando hay una gran catástrofe, y además de modo temporal, luego se cae de nuevo en la anestesia. Sin embargo, de golpe puede volver la sensibilidad, cuando algo se nos tuerce en la vida, como un accidente que nos trae una lesión medular, o al perder el trabajo y el estatus, o al sobrevenir una enfermedad grave: ay, entonces nos damos cuenta de lo que hemos perdido y de lo que sufrían los demás, aunque no prestásemos atención ni atendiésemos a sus padecimientos y necesidades.

Rueguen por los enfermos (tanto físicos como “leprosos de alma”) y por quienes intentamos cuidarles.

Haití: pasado y presente

No teniendo televisión ni leyendo los periódicos, no he tenido que observar el espanto de las imágenes de Haití que los noticiarios deben servir con el postre, justo momentos antes de comentar el último triunfo de Nadal con la raqueta o el fichaje de tal o cual club de fútbol. Pero las puedo imaginar perfectamente: cientos, miles de cadáveres negros en posiciones aberrantes y comidos por las moscas. ¿Me equivoco?.

Por si no fuera poco, como la gente desesperada no tiene nada que perder, los supervivientes se habrán dedicado a intentar conseguir cualquier cosa que llevarse a la boca, con la consiguiente represión por parte de algo parecido a un ejército, suponiendo que en Haití quede alguno. Es decir, el espanto de la violencia añadido al de la catástrofe, la enfermedad y la muerte.

¿Qué sabía yo de Haití antes de esta catástrofe? Me temo que bastante, y todo malo. Por ejemplo, que sufrió la dictadura más brutal y cruel por parte de un protegido de los franceses, “Papá” Duvalier, quien imponía el terror gracias a unos pretorianos llamados “ton-ton macoutes”, uno de los más violentos y despiadados cuerpos de seguridad personal de toda la América Latina.

Por ejemplo, en Haití empleaban –no sé si todavía- una forma atroz de suplicio, consistente en introducir al condenado en una rueda de camión y prenderle fuego desde fuera: es mejor no pensar en ello. 

Del mismo modo, he leído artículos médicos sobre el fenómeno de la “zombificación”, absurdamente frecuente en Haití junto con el vudú. Se cree que hay personas que no mueren del todo, sino que sufren ese proceso y se convierten en “muertos vivientes”. Les aseguro que hay múltiples artículos médicos en revistas de prestigio sobre tal hecho en ese desdichado país.

También sé que ahí estuvo Jean Bertrand Aristide, un antiguo sacerdote que posiblemente devino un nuevo dictador, durante un tiempo exiliado en los Estados Unidos, como otros muchos dictadores suramericanos. Ignoro su situación política a día de hoy. Finalmente, desde un punto de vista sanitario sabía y sé que es el país más pobre de la América al sur del Río Grande, con unos indicadores sanitarios que inspiran pena y vergüenza. He revisado los datos que existen en la página web de la OMS sobre el país caribeño, y he entresacado los siguientes:

Haití tiene unos nueve millones y medio de población. Un haitiano varón tiene una esperanza de vida de 59 años, 63 las mujeres (20 menos que en España), pero sólo 43 y 44 respectivamente de lo que llamamos “vida con salud”. La probabilidad de morir con menos de cinco años es de 80 por 1000 nacidos vivos (en España, 4/1000). En el 2006 (últimos datos disponibles) el gasto per capita en salud era de 96$ (en España 2.388$), y el porcentaje del PIB gastado en salud, un 8%.

Hay datos más específicos que todavía (me) golpean más, tal vez porque son menos fríos: hay/había menos de un dentista por 10.000 habitantes, en total el año 1.998 (últimas estadísticas disponibles), 94 dentistas en todo el país; del mismo modo, hay 1.949 médicos en total (unos 3/10.000) y todavía menos enfermeras y matronas, 834 en total (menos de 1/10.000). Sólo uno de cada cuatro partos es atendidos por personal sanitario cualificado. Se declaran casi 300 nuevos casos de tuberculosis al año por 100.000 habitantes. La prevalencia de SIDA en mayores de 15 años es de 3.337/100.000 (3 de cada 100 haitianos padecen la enfermedad, de hecho cuando se declararon en Estados Unidos los primeros casos (1981), como factores de riesgo se describía el uso de drogas por vía parenteral, ser homosexual y proceder de Haití). El 60% de las mujeres (es decir, más de una de cada dos) tienen anemia (una hemoglobina de menos de 11g/dL). No es fácil vivir, engendrar y parir así.

Podría verter datos similares hasta la náusea, pero el último será que más del 50% de los niños están malnutridos y que todavía se siguen muriendo de tétanos neonatal como consecuencia de las condiciones sanitarias en que nacen y de los instrumentos con que se corta el cordón umbilical. Imagino que se debe al hecho de que el acceso al agua potable en las zonas rurales es mínimo, por no mencionar facilidades sanitarias como letrinas: del 12% en la zona rural. Es decir, que el 88% de los haitianos que viven en las zonas no urbanas (la inmensa mayoría) defecan donde pueden y sus excrementos pueden perfectamente mezclarse con el agua de bebida.

El panorama no es muy diferente al que yo vi en los barrios pobres de las ciudades hondureñas como El Progreso y San Pedro Sula, en las zonas rurales y en las barriadas de San Salvador, lo que monseñor Romero describe como “tugurios cuya miseria supera toda imaginación sufriendo el insulto permanente de las mansiones cercanas” (febrero 1980). Recuerdo perfectamente a una preciosa niña lavándose el cabello en aguas sucias, los zopilotes escarbando entre la basura –donde encontraban muchas veces cadáveres- y los niños que vi morir de hambre. No son cosas fáciles de olvidar.

¿Y ahora? ¿qué debemos hacer ahora? ¿cómo fue que no lo hicimos antes, si ya sabíamos todas estas cosas? ¿por qué los gobiernos, la comunidad internacional, la ONU, la OMS, no hicieron nada antes? ¿por qué yo no hice nada antes? ¿por qué corremos y nos horrorizamos todos ahora, si ya era feo antes? Desde hace unos días resuenan en mi interior las palabras de Caín en el Génesis: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Y escucho la respuesta de Yavheh: “la sangre de tus hermanos está clamando a mí desde la Tierra”.

También releo el cántico de Isaías, y me doy cuenta de que encaja perfectamente con lo que yo mismo vi en Honduras –aunque a menor escala- y posiblemente ven ahora vds en la tele: están tan desfigurados que no se les reconoce, tanto que no parecen humanos, ante ellos se vuelve el rostro. El pueblo haitiano, sus muertos y heridos, son la imagen actual del siervo sufriente de Yavheh, que también mencionaba monseñor Romero.

Miren, de poco sirve ahora lamentarse y echarse las manos a la cabeza viendo los cadáveres en descomposición cubiertos de moscas y arrojados a las fosas comunes. Por mi parte, daré el dinero que pueda a una ONG católica, convencido de que en este momento es lo mejor que puede hacerse: cuando se marchen los figurantes, los que aparecen en las emergencias entre fogonazos de las cámaras, cuando se vayan Bill Clinton y los soldados norteamericanos que según he oído se han desplazado a la zona, entonces quedarán los misioneros, que además ya estaban antes, cuando nadie nos acordábamos de Haití y de los haitianos. Compartían la vida de “los pobres de Yavheh”, como se mencionaba en otro blog. Y la seguirán compartiendo, algunos de ellos hasta que mueran en la tierra a la que eligieron servir. 

Y seguiré con mi trabajo de médico en este hospital, intentando hacerlo lo mejor posible y ayudar a pacientes y familiares en lo que pueda. También intentaré compartir las vicisitudes de los inmigrantes con los que vivo (ahora ha vuelto Bogdan, el hombre famélico que tosía; tampoco esta vez encuentra trabajo, le dijeron que para la cosecha de la aceituna, pero con la lluvia y las nieves no hay casi aceituna que cosechar). Los ayudaré en lo que pueda. Todos ellos son mis haitianos particulares. Nos equivocamos si el espanto de la tele nos conmueve pero no lo hace el de nuestro próximo necesitado, aquí también hay gente que sufre y se desepera. Aunque no estén muertos (por ahora) ni cubiertos de moscas.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Afrontar las pérdidas

En mi última entrada les mencionaba el libro de la Dra. Pozuelo, psicóloga de mi actual hospital, “Afrontando la lesión medular”. Es un mosaico construido con los testimonios de pacientes y familiares, lo cual le confiere la veracidad de quien habla sobre lo que ha sufrido: impresiona qué dicen, pero mucho más quiénes lo dicen y desde dónde lo dicen, dado que la mayoría de los que escriben son para o tetrapléjicos, con muy alto grado de discapacidad por lesiones de columna cervical altas. Está pues preñado de la autenticidad que proviene de la dificultad sentida y padecida.

Una lesión medular es un acontecimiento extremadamente brusco y abrupto que condiciona en un segundo la pérdida de la facultad más importante que un ser humano tiene después de la propia vida y la de su persona más querida, como es la autonomía: el lesionado medular se convierte en un abrir y cerrar de ojos en una persona que requiere una asistencia continuada para sobrevivir, en tanto que muchos de ellos necesitarán ayuda de por vida para las tareas cotidianas como acostarse y levantarse, alimentarse, vestirse, lavarse, controlar su vejiga e intestino … Van a depender de asistentes o cuidadores (llamamos así a sus familiares), aunque de hecho muchos de ellos acaban cuidándose a sí mismos, como comprenderán en breve.

Existe el fenómeno admirable del crecimiento postraumático, la capacidad de mejorar la vida, aprovechar un evento sumamente adverso que nos ocurre para crecer como personas, para que ocurra un cambio de valores que nos lleve a ver la vida de otro modo, a descubrir potencialidades y recursos que desconocíamos, a dar el valor auténtico a la vida, a lo que realmente lo tiene y a lo que no. Es una expresión de psicología positiva, que en ocasiones lleva al discapacitado a preguntarse: ¿quién es en realidad el discapacitado? ¿Yo, que llevo mi silla de ruedas en el culo (que es donde debe estar, con perdón del término), o el que la lleva en la cabeza? A la luz de sus tstimonios, no es una pregunta baladí.

El afrontamiento de la lesión medular y la posibilidad de una migración de sentido de un fenómeno adverso en algo que nos hace mejores como seres humanos depende de la personalidad previa y del entorno (social, familiar, laboral, económico e incluso religioso). De hecho, lo dicho hasta aquí para la lesión medular es posiblemente aplicable a todo tipo de pérdidas severas, aquellas que nos revuelcan la vida, los naufragios que nos acontecen y nos dejan en la playa desnudos, en compañía de nosotros mismos y a expensas de nuestros recursos y de los valores en los que podemos apoyarnos si queremos sobrevivir en la isla desierta donde nos dejó la marea: alegría, ilusión, esperanza, amistad, solidaridad, paciencia … 

Les aseguro que una lectura reflexiva de ese libro me ha enseñado más que una enciclopedia médica: me ha confrontado con mi persona y mi ser profesional de médico y me ha hecho recapacitar sobre mis propias pérdidas. Leer las frases que transcribo a continuación (entresacadas de otras muchas) me ha movido y conmovido, por eso las comparto con ustedes: 

En un segundo se pierde la inocencia, y la esperanza se vuelve poder, porque es lo único que te queda y no puedes perder” (Dégant Cerviño)

 “El mundo no se acaba, la vida continúa y hay que seguir luchando por las cosas y la gente que queremos, y por nosotros mismos” (Luis Adanero)

Experimento que la mayor sensación de plenitud se da cuando estoy en contacto conmigo mismo, percibiendo el momento presente, con la mente en silencio y sintiendo que estoy viviendo, realmente, la vida” (Kenneth Iversjö)

 “Se trata de coger las riendas de tu vida y pensar qué quieres hacer con ella” (Agustín Fernández)

Un pequeño paso de veinte centímetros equivale a un muro de dos metros, de antes, pero busco la mejor manera de poder saltarlo y seguir adelante” (Alejandro Portalez)

Un día, de repente, se rompe la tranquilidad familiar en la que te encuentras y tu vida, y la de los que te rodean, sufre un cambio del que crees que nunca vas a salir” (Emilia Hidalgo)

Los límites son aquellas barreras que nos negamos a superar” (Luis Miguel García Marquina)

Uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde” (Asamara Riesco)

Desgraciado es aquel que un día olvida soñar, para soñar no se necesitan piernas, ni brazos, sino ganas” (Elena Prous)

Soy más feliz que antes de la lesión. Ahora vivo cada día como si fuera el último y le doy a las cosas una importancia relativa. Antes me agobiaba con facilidad por problemas banales que no me llevaban a ningún sitio; hoy, mis prioridades han cambiado. Me preocupo por lo que realmente merece la pena y las cuestiones más superficiales han pasado a otro plano” (Izaskun Benito)

Todas estas personas, hombres y mujeres, son lesionados medulares de diferente nivel (para o tetrapléjicos) o bien familiares de lesionados medulares. Todos pasaron largos meses en el hospital de parapléjicos, aprendieron a respirar de nuevo, a utilizar una silla de ruedas algunos, a depender siempre de otros para moverse algunos. Miraron al techo durante noches interminables cuando no podían moverse o estaban en la UCI, se preguntaron el por qué de su “mala suerte”, por qué les había tocado a ellos, qué iba a ocurrirles, cómo sería su vida en adelante. Algunos pensaron que hubiesen preferido morir a quedar discapacitados, lloraron y exigieron explicaciones, expresaron su rabia o se la tragaron. Pero ahí les tienen hoy en día, aportándonos su experiencia vital y compartiendo con nosotros su camino personal por la muerte y la resurrección.

 Sin embargo, es posible que la pintura esté incompleta. ¿Dónde están los que quedaron en el camino, los que no han podido afrontar ni superar su situación? Los que se han suicidado ya no están, y otros muchos no salen de casa y su vida se ha convertido en una sucesión de días desdichados para ellos y sus familias. La Dra. Pozuelo es consciente de que eso ocurre y también a ellos dedica el libro (“A los que pedí colaboración y no pudieron por diversas razones”): un 37% de los pacientes y familiares a quienes se dirigió solicitando su testimonio para elaborar las piezas de un puzzle no pudieron o quisieron aportar su experiencia. Muchos se vieron incapaces de retornar a una realidad demasiado dolorosa, que les removía por dentro y les hacía sufrir. Su discapacidad, pues, no se limitaba a carecer de movilidad y tal vez sensibilidad en las extremidades inferiores y superiores, así como de control de sus esfínteres; quizás la herida del espíritu (donde confluyen cuerpo, personalidad y creencias religiosas o humanas) es demasiado profunda y no ha sanado todavía, o no sane nunca.

 Dom Pedro Casaldáliga lo dijo muy certeramente: “Sólo hay dos Absolutos, Dios y el hambre”. Personalmente bajo el nombre “Dios” incluyo sus hijos los hombres y todos los valores que nos hacen vivir y ser mejores como seres humanos. Creo que estas personas que han recién escrito las frases que les transcribo han descubierto, consciente o inconscientemente, formulado así o no, lo que experimentó Dom Pedro. Ciertamente a mí me ayudan día tras día a irlo descubriendo. Ojalá eso haga de mí una persona y un médico mejores y les sea también de ayuda a ustedes.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos. Se lo ruego desde este hospital de parapléjicos, como antes lo hice desde un hospital comarcal, donde vivo intensamente las verdades que enunció Elisabeth Kübler-Ross: todos los hombres procedemos de la misma fuente y volvemos a la misma fuente; todos somos bendecidos y guiados. Esta convicción está por encima de culturas, creencias religiosas y políticas, ideologías, razas, credos y posición social o económica. Esta convicción es la misma por la que murió Jesús y tantos otros en su pro-seguimiento: Dios es Padre y Madre, y los hombres somos hermanos. Vivir de acuerdo a esta convicción nos hará mejores personas y también hará mejor el mundo en que vivimos y sanará a la Madre Tierra. Que Dios les cuide y les bendiga.

Celda 211. Vivencias del Hospital.

Estos días de navidad han sido ricos en vivencias, no todas fáciles: reencuentro con familiares y personas queridas, trabajo en el hospital con los pacientes más graves que no pueden irse a casa, mudanza … También hubo un rato para ir al cine, vi una película que me impresionó por su crudeza, Celda 211, y que les comentaré brevemente.

No soy experto en cine, no esperen un crítica cinematográfica como tal. Como me ocurre con el vino, sé el que me gusta y el que me dice algo, y esta película lo ha hecho. Narra el motín en una prisión y cómo el bien y el mal se van difuminando y dibujando en los diversos caracteres. No es una película maniquea, como la mayor parte de las que se hacen ahora, es bastante más compleja: los teóricamente “buenos”, como son los funcionarios y las autoridades, se van revelando como perversos, sobre todo cuando abusan de la violencia y traicionan sus mismas normas. Cuando el poder quebranta la ley, no sólo está quebrantando las reglas del bien (como señaló certeramente hace muchos años Jon Sobrino tras el asesinato de monseñor Romero): además está quebrantando las reglas del mismo mal.

En la película algunos de más los feroces presos, confinados en sus celdas de aislamiento, resultan más “legales” que sus interlocutores, ambos bandos utilizando la violencia a su antojo. Y nadie resulta ser inocente: ni el director de la prisión, ni el interlocutor del gobierno (que sólo quiere que los presos de ETA tomados como rehenes salgan indemnes, aunque sea entrando a sofocar el motín a sangre y fuego), ni los funcionarios … ni muchos de los presos, que acaban devorándose entre ellos. Caín y Abel, pues, conviven en cada personaje, como de hecho conviven en cada uno de nosotros. Es sintomático que el protagonista se llame Malamadre, nombre en cierto modo contradictorio en sí mismo, en cuanto que de una madre cabe esperar que sea buena con sus hijos.

No es una cinta fácil ni agradable de ver, pero tal vez por ello es un cine relativamente infrecuente a día de hoy, en cuanto que plantea preguntas sin respuesta (de hecho finaliza con una cuestión abierta lanzada al espectador como un bumerán) y deja con la incómoda sensación de que el bien y el mal son muchas veces difíciles de deslindar. Además salí pensando “esto yo lo he visto antes”.

Y confirmé mi impresión charlando con un funcionario de presiones algunos años mayor que yo, quien me recordó el verano de 1977, cuando ardieron las prisiones de media España en violentos motines que acabaron con la entrada de la policía (entonces vestida de gris) en las prisiones. ¿Saben cuándo concluyó de forma radical la ola de motines? Con la apertura de Herrera de la Mancha, prisión de alta seguridad y extrema dureza, donde fueron confinados los cabecillas de las revueltas, en muchas ocasiones sometidos a palizas diarias hasta que reblaron, todo ello con la aquiescencia del poder político, gobierno y la entonces oposición, que cuando llegó al poder se limitó a empapelar a unos cuantos funcionarios como responsables de todos los desmanes ocurridos.

Afortunadamente no trabajo en una prisión sino en un hospital, adonde me he reintegrado tras unos días libres. He reencontrado a mis pacientes-hacientes (en tanto que muchos de ellos no son sujetos pasivos sino activos de su recuperación y del proceso de afrontar la lesión medular) y a sus abnegados familiares. He reencontrado también excelentes profesionales y he tenido la ocasión de leer un libro escrito por la psicóloga más veterana del hospital, la Dra. Pozuelo, en colaboración con muchos antiguos pacientes de aquí: “Afrontando la lesión medular”, un libro que les recomiendo vivamente y que puede obtenerse en la Fundación del Hospital por la módica cantidad de 15€, que se destinan a la misma Fundación.

El libro es una pequeña joya, un camino vivencial narrado en primera persona por los propios pacientes-hacientes o sus familiares, agrupado en los siguientes capítulos: shock emocional e impacto (afrontamiento de la lesión medular); la rehabilitación-tomando conciencia (incluyendo el papel de la familia y la amistad en la rehabilitación, la mirada de un niño, descubrir otros valores, el sentido del sufrimiento, usos terapéuticos del humor); la vuelta a casa (vida independiente, papel de los asistentes personales); mirando hacia delante (incluyendo sexualidad en la lesión medular, maternidad y paternidad, ocio y tiempo libre, conducir y viajar); mirando la lesión con perspectiva.

Llegué a este centro en un momento personal difícil: tengo que decirles que a día de hoy considero un privilegio estar aquí, aun cuando todavía me siento en muchos momentos torpe y me esperan durante las guardias muchas noches sin dormir, atendiendo a estos pacientes tan diferentes de los que tenía costumbre de tratar. Varios días he llegado al hospital apesadumbrado por pensamientos o vivencias negativas o recuerdos antiguos. Aquí los he aparcado para cuidar y tratar a otros. Ver el coraje y el sufrimiento de otras personas me ha ayudado a relativizar mis propios sinsabores (por ejemplos los derivados de desmantelar el piso donde viví durante cinco años en otra población). Además los propios dolores y las propias pérdidas nos hacen capaces de comprender, empatizar y com-padecer las de otros, como aquéllas de todos los pacientes-hacientes que aquí encuentro. Sin haber descendido antes a los abismos del dolor (propio y de las personas más amadas) no puede comprenderse en absoluto a quien tal vez esté ahora viviendo en ellos. Quizás sea ése el sentido cristiano del dolor, quizás ahí encuentre su significado o su razón de ser, aun cuando en el momento sea una taza muy amarga de beber.

Soy plenamente consciente, como indica la Dra. Pozuelo en el prólogo, de que la vida nos puede cambiar en un segundo: el que tarda en ocurrir el accidente que puede dejarnos tetrapléjicos de por vida, por ello es bueno “vivir el presente, porque el futuro es incierto” (Carpe diem, quam minimum crédula postero, como dijo Horacio; la gente conoce la primera parte de la frase, que se popularizó con la película “El club de los poetas muertos”, pero desconoce por lo general la segunda parte). Jesús lo dijo también: no podemos añadir un minuto a nuestra existencia, luego por qué andar tan preocupados por el mañana. E intentar vivir ese presente a fondo, sin quedarnos paralizados por un pasado que tal vez fue más desdichado que alegre, pero que de cualquier modo queda atrás. Siempre recuerdo lo que dijo Haim Herzog, el primer presidente del parlamento israelí que visitó la España democrática, en su discurso ante nuestro parlamento, a principios de los años 80: “No podemos cambiar el pasado, pero podemos aprender sus lecciones”. Eso intento yo hoy. 

Concluiré con un –a mi entender- bellísimo párrafo escrito por un paciente parapléjico al inicio del libro:

“Por nada del mundo borraría todos los grandes momentos que me han llevado hasta aquí, no borraría ninguna de las grandes, muy grandes, amistades que he hecho, ni a ninguna de las personas que han estado siempre que los he necesitado, no borraría ninguna de las sonrisas que he gastado, ni ninguna de las lágrimas que he derramado con ellos”. (Ángel Lozano).

 Que así sea. Rueguen mucho por los pacientes de este hospital y todos los hospitales, y por quienes tenemos el privilegio de atenderles, incluyendo a un servidor.

Un águila, una tarta y un pie

Este título peculiar resume varias de mis vivencias de estos días, en esta ciudad y hospital nuevos. Por una parte, he conocido una figura significativa para mí: D. Federico Martín Bahamontes, conocido como “el águila de Toledo”. Este hombre forma parte de mis recuerdos de juventud, según su edad también de las de vds. Como aficionado al ciclismo, nadie puede ignorarle: el primer español en ganar el tour de Francia, la más grande carrera del universo ciclista. 

He conocido a un hombre bien conservado, enjuto y erguido a sus 80 años, educado, bien vestido pero sin ninguna estridencia ni ostentación, con chaqueta y corbata, encantado de comentar sus recuerdos de juventud y ulterior madurez, sin pelos en la lengua, certero en sus comentarios. Tengo entendido que ha sido un ahorrador nato, como sólo puede serlo quien sabe lo duro que es pasar hambre de niño en la posguerra, cuando ganaba unos duros extras con el estraperlo, llevando mercancías a lugares distantes a lomos de una pesada bicicleta, a los 13 años. A pesar de ello sigue viviendo en una zona relativamente modesta de Toledo y siendo un hombre poco gastador en lo externo. 

Les recomiendo su libro autobiográfico del tour que ganó, “el vuelo del águila”: no es de interés sólo para los aficionados al deporte, lo es a mi entender para cualquier persona, porque narra cuán duro fue llegar a profesional y cuán duro ganarse la vida a lomos de una bicicleta en aquellos tiempos. Miren sus fotografías y observen un hombre sin un gramo de grasa, con el rostro curtido por el sol, que narra sus comienzos y las vicisitudes que atravesó hasta llegar a ser el hombre reconocido a quien todos quisieron arrimarse. Nada que ver con los iconos deportivos de hoy en día, con sueldos millonarios desde sus inicios y que tienden a derrochar el dinero que ganan. Se lo aseguro, este hombre no es un icono de nada ni de nadie, además no tiene los pies de barro sino bien firmes sobre el suelo.

 Otra vivencia que comparto es el cumpleaños de la hija de la pareja de inmigrantes con quienes me alojo. Su madre le compró una tarta de chocolate y me invitó a un pedazo, lo cual dio pie a charlar un rato. Así supe que es rumana, lleva seis años en España y al principio las cosas fueron bien: tuvo trabajo y disfrutó de un país diferente al suyo, que “funcionaba”. Pero ahora no tiene trabajo y el otro día alguien le recriminó en la oficina del INEM que cobrase el paro sin ser española.

 Me contó que recuerda su país triste y gris con Ceaucescu, cuando ella era una niña y había dos horas de televisión al día narrando los fastos del dictador, y tenían media barra de pan para cuatro personas. También me contó que su país es rico, con enormes recursos naturales, pero que no ha logrado salir de la pobreza por la corrupción extrema.

 Quien le increpó tal vez no recuerda que esta mujer sirvió nuestras mesas en los bares y limpió nuestras casas cuando ningún español quería hacerlo, como nuestros compatriotas hicieron los trabajos más duros en Austria, Suiza, Francia y Alemania en los años 40 y 50, donde también fueron ninguneados y verbalmente maltratados, mirados como inferiores por ser pequeños y de piel oscura. ¡Qué pronto olvidamos nuestra historia¡, como los catalanes han olvidado que fueron los emigrantes extremeños y andaluces quienes edificaron sus casas y limpiaron sus retretes. ¿O no fue así?. Además, les llevaron la rumba.

Hay en mi medio quien no entiende que viva en una habitación de alquiler mientras encuentro algo más convincente, en vez de alojarme en un hotel o un hostal. Si lo hubiese hecho, no conocería estas realidades que comparto con vds y no hubiese probado una tarta de chocolate en los dos años de una niña ecuato-rumana. Creo sinceramente que me hubiese perdido algo bonito.

 Finalmente, es obvio que no puedo dejar de hablar de mis nuevos pacientes. Cuanto más los miro más me impresionan, tal vez porque me dejo impactar por su situación de para o tetraplejia, obviamente más esta última. Me admira el coraje de muchos, por ejemplo hay quien se comunica con movimientos de la cabeza o de una extremidad, o quien va señalando penosamente las letras de un abecedario para componer una palabra o una frase.

 He contactado con un antiguo paciente del hospital y le he pedido consejo para mi quehacer de médico. Me indica que sea flexible, mantenga una mente abierta y sea cercano, que no me sitúe por encima de nadie ni sea soberbio. Me dice también que el proceso de adaptación a la limitación que supone la lesión medular es muy lento, y que cada paciente es un mundo, que es difícil generalizar y que cada quien se adapta a su nueva situación de forma distinta, va reconociendo su propio cuerpo y respondiendo como puede a las limitaciones, a base de paciencia. Y que me mantenga dispuesto a aprender, ya que el lesionado medular es quien conoce mejor su propio cuerpo. 

Citando sus propias palabras, resume su aportación en que me acerque al paciente con “humildad, respeto, trato como a un igual, apertura a aprender del prójimo, profesionalidad …”.Por de pronto me centro en lo último, porque este es un campo nuevo para mí, tras muchos años de una medicina convencional en la que me defendía muy bien. Sin embargo, tal vez con el tiempo descubra que lo difícil tal vez no sea ser médico (con lo cual aliviaré alguno sufrimientos), sino ser hermano en esos mismos sufrimientos. Ya se lo contaré.

Les ruego que recen por los pacientes y por quienes los cuidamos.

La realidad por su nombre

“La realidad mostrenca se impone”. Así comenzó su clase de epistemología el profesor de Comillas que nos dio la asignatura, un especialista en Hegel. Y ciertamente lo constato día a día en este nuevo hospital y esta nueva ciudad. Todo me lo demuestra y me habla de la importancia de llamar a las cosas por su nombre, de asumir la realidad tal cual es, acogerla y habitarla, por dura que sea. Compartiré con vds las reflexiones que me surgen en el contacto con mis nuevos pacientes y mis compañeros actuales de camino

La primera realidad (dura) que conozco más de cerca es la del paro: vivo con una pareja de inmigrantes, ella hace meses que no encuentra trabajo alguno. En la habitación contigua a la que yo ocupo ha estado viviendo otro inmigrante, un hombre delgado que tosía por las noches. Marchó hace dos días, de vuelta a su país, tras seis meses de buscar infructuosamente empleo. Era discreto y callado, enjuto y educado. Sé que en su país de origen vive acogido en casa de sus suegros, tampoco allá hay trabajo. Un psicólogo amigo me comenta que más de la mitad de su grupo de terapia, gente joven y bien preparada, está en paro, con la frustración que ello conlleva en ese grupo de edad y en sus mejores años profesionales. No es raro que la situación desemboque en depresiones clínicas con necesidad de tratamiento farmacológico.

Esa es una realidad muy inmediata, pero es obvio que la principal ahora para mí son mis nuevos pacientes. Cada uno es una historia y un ¿drama?. Aquí no necesariamente es vivido así, sino como un dato de realidad: un tetrapléjico es una persona que no puede mover ninguna extremidad, a veces ni siquiera puede respirar por sí misma, por lo que dependerá de por vida de un aparato que le insufle aire, que respire por él. En esos casos, la esperanza de vida que reflejan las frías estadísticas se asocia a quién lo cuida. Es curioso: es mayor para los niños, cuidados por sus padres, menor para quien es cuidado por el cónyuge y ya tiene más edad, ínfima para los que acaban en una residencia o un hospital de crónicos.

Además la gente joven acepta mejor las nuevas tecnologías: los veo por los pasillos del hospital conduciendo sus sillas de ruedas con movimientos de la barbilla, los imagino escribiendo en un ordenador con un puntero en la boca. Me pregunto cómo serán sus vidas fuera del hospital, al que acuden para revisión cada 3 o 6 meses, tras largas estancias en él.

¿Cómo viviría yo depender para prácticamente todo de los demás? ¿quién me cuidaría? ¿querría sobrevivir a mi situación?. Son preguntas que no puedo dejar de hacerme. Sin embargo, estos meses pasados he aprendido muchas cosas útiles. Por ejemplo, el error de intentar contestar preguntas “metafísicas”, para lo cual siempre nos entrenaron e instruyeron: ¿por qué ocurren las cosas, para qué, cuál es su sentido?. Son preguntas con trampa, sin respuesta, que muchas veces hacen sufrir, en tanto en cuanto carecen de respuesta inmediata o futura, tal vez sólo en Dios las entendamos. Es mejor preguntarse cómo ocurrió lo que ocurrió, qué aprender de ello, cómo no repetir los errores cometidos, intentar habitar la nueva realidad y vivirla con amor y, en lo posible, con humor. Vivir la vida con la mayor paz posible, con naturalidad, sin hacer drama ni tragedia, como veo en muchos de mis pacientes (por más que en sus primeros tiempos seguro que han atravesado múltiples estados de ánimo y han regado de lágrimas sus sillas de ruedas).

Cada vez veo en mi profesión y en mi vida más importante denominar a las cosas por su nombre (lo cual creo que es muy bíblico y tenía gran importancia en las culturas antiguas, no sólo la judía): poder decirnos “soy tetrapléjico, esta es mi nueva condición, con ella he de vivir”; “tengo cáncer y mis posibilidades de curación son escasas, pero las aprovecharé”; “en mi vida he sufrido un desamor, un abandono, una traición o incomprensión, un problema laboral amargo, mi amor no es correspondido, una pérdida”. Son realidades, hay que convivir con ellas y verlas como posibilidades de crecimiento interior, por duras que resulten y por dolor que produzcan, porque están ahí, son innegables y no se van a marchar de mi vida.

Me llama poderosamente la atención que una de nuestras primeras y mejores obras literarias sea La Celestina, llamada por Fernando de Rojas “Tragicomedia de Calixto, Melibea y la puta vieja Celestina”. La vida tiene mucho de tragedia pero mucho de comedia. Hay llanto pero también hay un cierto humor, incluso en la enfermedad y la muerte (“el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, he reflexionado mucho sobre ese refrán español, algún día les comentaré lo que como médico me revela y sugiere). La tendencia caracterial de alguno entre los que me cuento yo mismo (y posiblemente la social actual) es de hacer tragedia de la realidad. 

Otro bloguero mencionaba últimamente la desazón que le entra viendo los noticiarios o leyendo los diarios (yo no lo hago, más que nada por higiene mental e incluso física). Tal vez sea mejor hacer chistes sobre lo que muestran y demuestran: cebarse en lo trágico, lo cruento, lo negativo de la vida. Alguna intencionalidad espuria hay detrás, no me cabe duda, en convertir los noticiarios en aquel periódico que se llamaba “El caso”. 

Sólo hay algunas realidades que no admiten chiste ni humor: el hambre. La tortura. Los genocidios. La guerra. La enfermedad sin medios de tratamiento, tal como es vivida en el tercer mundo. Curiosamente, todo ello está provocado por el ser humano y hecho por su mano. Me impresiona por ejemplo la cantidad de medios que poseemos aquí: medicamentos, aparatos diagnósticos, respiradores, unidades de cuidados intensivos. Cuando me desanimo miro una foto que viene siempre conmigo, algún día se la detallaré y mostraré aquí: es un médico muy joven que ausculta a una niña moribunda, de 9 meses que pesaba 2 kilos, en Honduras, 1986. Soy yo mismo con muchos menos años. Mirarla me ayuda a ubicar la realidad que vivo en su contexto y a relativizarla en lo posible (aunque sea a veces dura de tragar, no niego el sufrimiento de cada quien).

 Pero de casi todo lo otro, hasta de una tetraplejia, tal vez puede sacarse enseñanza y con-vivir con ello, com-padecerlo y padecerlo. Y les aseguro que hay quien lo hace con dignidad, con coraje, con decencia y gallardía, sin echarle la culpa a nadie de lo que le pasa. Esos son los héroes y me atrevería a decir que los pro-seguidores de Jesús. Pensemos en ello cuando nos entre la tristeza por la juventud perdida, el amor frustrado o aparentemente no correspondido.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos. Se lo ruego rodeado de hombres y mujeres tetrapléjicos y parapléjicos, que mucho me están enseñando sobre lo que es vivir y sobrevivir.

SLMC C1 (¿?)

¿Qué diablos quieren decir esas siglas? Sencillo, definen el tipo de paciente que he venido a atender a este nuevo hospital, absolutamente novedoso para mí: el lesionado medular, es decir, una persona que ha sufrido un daño en la médula espinal, la delgada estructura nerviosa que parte del sistema nervioso central y lo comunica con la perifería. El cerebro se alberga en el cráneo, pero se continúa con una “cuerda” delgada de la que parten los nervios, tanto sensitivos como motores,  y que se cobija en el interior de la columna vertebral. Si esta se daña, es obvio que puede lesionar la delicada estructura que protege.

El daño puede producirse por traumatismo (caída accidental de árbol, bicicleta, accidente de tráfico, accidente laboral), por inflamación de muy diversas causas, por cirugías sobre la columna … El hecho es que la transmisión del impulso nervioso desde y hacia las estructuras centrales queda interrumpida al nivel en que la médula es dañada, lo que llamamos nivel lesional. De ahí el acrónimo utilizado: S por síndrome, L por lesión, M por medular, y C por cervical, al ser este el más grave: C1 implica la primera vértebra cervical, siendo la más alta, toda actividad, incluso la de los músculos respiratorios, queda paralizada hacia abajo. La mayoría de ustedes saben qué tipo de paciente resulta de una lesión medular: por lo general tetrapléjicos (parálisis de miembros superiores e inferiores) o parapléjicos (solamente los inferiores).  A más alta la lesión, mayor el grado de dependencia, en cualquier caso necesitados de una silla de ruedas de por vida.

¿Es el lesionado medular un enfermo? En mi opinión no, es un lesionado. ¿Es la lesión medular una enfermedad? No, es una condición que altera el devenir de una vida, cambiando por completo sus coordenadas: imaginen que salen al trabajo, como en mi caso a lomos de una bici, sufren una caída o un atropello y se despiertan incapaces de respirar por ustedes mismos y de moverse. Eso es sencilamente lo que le ocurre a un lesionado medular a nivel cervical alto. Por lo general requiere ventilación mecánica al principio del proceso, luego puede independizarse de la máquina y hablar por la cánula de traqueotomía (agujero que se practica en la tráquea para introducir por él aire).

¿Dramático? Sí. Ciertamente real, afronté por primera vez este tipo de pacientes hace unos días. Hasta ahora mi experiencia es limitadísima, pero escuchando a mis colegas, viendo a los pacientes del hospital que se hallan ya en rehabilitación y leyendo la revista del centro (www.infomedula.org) encuentro que hay tetrapléjicos psicólogos, escritores, artistas, dibujantes, profesores, así como parapléjicos que atraviesan el planeta en su silla de ruedas, hacen prácticamente cualquier tipo de deporte (los juegos paralímpicos son básicamente eso) y ejercen cualquier tipo de profesión. Eso se llama coraje, se llama determinación, se llama vencer la dificultad, habitar una circunstancia vital nueva y absolutamente hostil y aparentemente inconquistable. Y habla de sacar lo mejor de uno mismo y salir adelante de la inevitable depresión absoluta que debe suceder al despertarse de un coma. Posiblemente pensar que estás soñando, luego desear de veras que no despiertes de ese sueño. Para vivir  hace a veces falta más coraje que para morir. Intuyo que así es en el caso del lesionado medular. Intuyo también que su proceso de superación estará regado con lágrimas y dolor, no sólo del lesionado sino de su entorno familiar e incluso social, pero eso lo tengo que descubrir poco a poco. En estos breves días sólo puedo decirles que voy de impresión en impresión y de asombro en asombro. Y como siempre, los familiares, que han venido de regiones lejanas (afortunadamente este hospital sigue siendo Nacional, de España entera, aunque esté en una autonomía) para permanecer varios meses aquí, acompañando a su hijo, hija, padre, madre, hermano o hermana, en esa historia de abnegación, solidaridad  y sacrificio que nos ennoblece como seres humanos y nos hace olvidar tanta negación de la humanidad como puebla los noticiarios.

Intentaré transmitirles mis vivencias aquí lo más fiel y respetuosamente posible, pero al lado de la pobreza personal que comentaba ayer, están la admiración y el asombro por lo que veo y aún más por lo que intuyo.

Rueguen por los pacientes y por quienes les cuidamos.

Trabajo y ciudad nuevas

Hace tan sólo una semana comencé en mi nuevo hospital, muy diferente a todo lo que hasta ahora he conocido: el tipo del paciente es muy peculiar, lo cual supone que me encuentro como un residente de primer año, aunque con más recursos profesionales y humanos.  Mis vibraciones iniciales son buenas: he encontrado un lugar donde los profesionales sanitarios parecen bien formados y capaces, además tratan a los pacientes con cariño y muchos incluso con ternura. Ojalá sepa hallar mi lugar aquí.

Una persona adulta cambia de lugar cuando busca una sentido mayor a su vida o al mundo en el que vive, o cuando tiene dificultades laborales y/o personales. Todos esos factores han concurrido en mi caso.

Mi vivencia inicial es de pobreza: me siento torpe en un medio desconocido. Hasta ahora vivo de forma un tanto precaria, estoy buscando un piso y mientras tanto he alquilado una  habitación en casa de un matrimonio inmigrante, es cómoda y está limpia, hay algún otro inquilino alojado. No puedo evitar echar de menos mi propio piso, amplio y luminoso, pero entiendo que es una situación temporal y todavía soy bastante adaptable, además tampoco paso muchas horas en ella. Es lo mejor que encontré después de visitar algunas que eran auténticos chamizos, lo cual dice poco de quienes las alquilaban, algunos de ellos españoles.

Escribo esta entrada con mis primeras impresiones desde un ordenador de la bilbioteca regional, de la que me he hecho socio, situada cerca de donde vivo. Es obvio que no soy pobre: tengo recursos económicos, personales, laborales, un techo donde cobijarme, dinero con el que comprar alimentos, un trabajo que me ilusiona … Pero también es claro que afronto una época de cambio y de inseguridad, hasta que me haga un lugar en esta ciudad nueva, encuentre nuevas cercanías … Recuerdo a San Francisco de Asís, quien decía que “la pobreza es creativa, la riqueza atonta”. Camino de los cincuenta años los cambios no siempre son fáciles, aunque uno crea que van a ser para bien.

Estoy convencido de que aprenderé mucho de mis pacientes, siendo tan peculiares (otro día les explico más) su coraje me puede resultar una enorme enseñanza. Respecto a mí, aun cuando tengo in mente varias entradas digamos más “teóricas” (sanitarios que me han enseñado o impactado, anecdotario, historias de medicamentos y de la medicina), mi opción es continuar compartiendo con ustedes vivencias, experiencias y sentimientos, más que conocimientos: creo que puedo ser más útil con mi blog de este modo.

Que Dios nos guíe y nos bendiga: rueguen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Sonrisas y Lágrimas

Un hospital es una ventana abierta a un mundo al que muy poca gente tiene acceso, donde los sentimientos se hallan a flor de piel porque estamos en contacto directo con la vida y la muerte, y ahí pocas defensas racionales tenemos las personas. Les contaré dos anécdotas de mi vida como médico y comprenderán fácilmente a qué me refiero. 

Siempre me impresionan los acompañantes y familiares de los pacientes. A veces pienso que sufren más que los pacientes mismos. Viven día a día el sufrimiento de la persona querida, muchas veces sin poder hacer demasiado por aliviarlo, soportan largas horas de espera y silencio, incomodidades, frustraciones, malas noticias, en muchas ocasiones en absoluta soledad.

 Recuerdo una hija que acompañaba a su padre, día a día y semana a semana, en el curso de una enfermedad cancerosa. Debía tener unos 35 años. Yo la veía todas las mañanas, al llegar temprano a la sala, tomando un café de la máquina, tras las largas horas de vigilia. Por la noche, en mis días de guardia, a veces salía a pasear un rato al pasillo o se sentaba en la sala común a ojear una revista. Yo no llevaba personalmente a su padre, pero por su expresión intuía que la evolución no era buena. Alguna vez me detuve a saludarla y a interesarme por su familiar: ella me transmitió su esperanza al principio, su desolación más tarde. Siempre le deseaba buenos días al llegar y le sonreía al pasar, en ese ir y venir por un hospital que resulta tan cotidiano cuando se pasan horas y horas en él. Con la sonrisa intentaba transmitirle algo de ánimo y una com-pasión que hubiese debido haber hecho más explícita.

 Desdichadamente, me tocó estar de guardia el día en que su padre murió. Durante toda su estancia había estado sola, y así fue en aquel trance. Yo la consolé lo mejor que supe y pude, haciéndole presente lo bien que había cuidado a su padre, con aquella dedicación y cariño que me admiraba, diciéndole que debía estar orgullosa por ello y que yo era testigo del enorme cariño que ella le había prodigado. Cuando ya hube firmado el certificado de defunción y le dije que no había más trámites, ella me dijo “Doctor, gracias por sus sonrisas de todo este tiempo”. Recuerdo claramente su rostro al decirlo, todavía bañado por las lágrimas.

 Desde entonces, además de saludar a todos los familiares con quienes me cruzo cuando llego al hospital o me marcho, o desearles “buen provecho” cuando los veo comiendo sus bocadillos en un banco del pasillo, intento sonreír lo que mi ánimo me permite, en la esperanza de que no se sientan tan solos en un lugar tan duro y hostil como puede ser un hospital. Ignoro si consigo transmitir algo, como parece sí logré hacer con aquella muchacha que tanto quiso y tan bien cuidó a su padre.

 La otra historia que hoy les narraré tiene un protagonista masculino. Era un paciente remitido por un dolor de cabeza persistente y palpitaciones. Un tiempo antes había sido operado y tenía serias secuelas físicas externas. Le hice las preguntas habituales, lo exploré cuidadosamente e intuí que no encontraría ninguna causa orgánica para su dolor, aunque ciertamente me aseguraría mediante análisis y un TAC craneal (especie de radiografía de la cabeza que “corta” en rodajas el cerebro y nos da muchos datos sobre él). Con los años uno adquiere un sexto sentido que te dice  quién va a tener una enfermedad digamos “física” y quién de otra naturaleza: en aquel caso, el patrón del dolor, cómo lo explicaba y la normalidad en la exploración me indicaban que el dolor no venía del cuerpo.

 Cuando le hube explicado cómo pensaba estudiar su cefalea, le hice algunas preguntas sobre la operación previa. Deduje que la enfermedad y la subsiguiente cirugía habían arruinado su matrimonio y su vida: su esposa le había abandonado a raíz de las secuelas, además había perdido su trabajo. No era muy difícil imaginar la causa de su dolor: no venía de las estructuras cerebrales, sino de eso que los creyentes llamamos alma, muy diferente y mucho más profundo que aquello que los psicólogos llaman “mente” o psyche en griego. El dolor del alma no se alivia con analgésicos, por potentes que sean. Entonces le miré y le dije: “Usted está sufriendo mucho ¿verdad?”.

Aquel hombretón, de unos 1.80 de estatura, se “rompió” en aquel momento: estalló en sollozos y reconoció el infierno en el que vivía, sin trabajo y sin esposa. Les aseguro que no fue fácil mantener el tipo, máxime cuando sé por experiencia propia qué significan algunas de esas pérdidas.

Aun cuando los antidepresivos que le prescribí ayudaron y la normalidad de los exámenes también le dio confianza, creo que reconocer lo que en realidad le ocurría fue lo que le alivió. Hoy lo veo de tanto en tanto y está mucho mejor, no le duele ya la cabeza ni tiene palpitaciones. Tal vez sólo le falta encontrar una mujer que le quiera y le merezca de veras.

 Los sentimientos de las personas son iguales sea cual sea el color de su piel, sus creencias políticas, su credo, religión, historia pesonal o posición social. Como afirma mi maestra Elisabeth Kübler-Ross, estoy convencido de que todos venimos de la misma fuente y volvemos a la misma fuente, llamémosle Dios como hacemos los creyentes, Madre Tierra o Conciencia Cósmica. Todos somos bendecidos y guiados. Nuestra tarea en el mundo es ayudarnos unos a otros en nuestro periodo vital, sea éste más largo o más corto, compartiendo la risa y el llanto, el gozo y el dolor del camino. Esto es una verdad universal que creo está por encima de cualquier otra. Se lo dice una persona que ha visto morir a cientos de hombres y mujeres, que ha aliviado y acompañado agonías, sufrido y sonreído con sus pacientes y con sus propias vicisitudes personales. Sólo el amor y la amistad hacen que la vida merezca la pena.

 Les ruego que recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.