“Reconstruir el yo” en la lesión medular

La semana pasada una joven psicóloga que ha estado rotando por mi hospital presentaba una sesión clínica con este sugerente título. No entraré a discutir si es acertado desde el punto de vista de la antropología filosófica hablar de si es el “yo” lo que debe ser a reconstruido tras una lesión medular, no fue una disquisición académica lo que movió a esta profesional en formación a presentarnos sus reflexiones.

Partía de sus observaciones en la consulta y de la impresión que le produjo oír a los lesionados medulares desidentificados con su cuerpo tras la lesión: unas piernas y brazos que no les obedecen y que sienten como ajenos o que incluso les producen sensaciones extrañas y molestas (lo que denominamos “disestesias”, a veces parte del dolor neuropático), el rechazo ante esas nuevas sensaciones, la imposibilidad de mirarse en un espejo, el dibujarse con piernas pero sin manos y nunca sobre la silla en los tests proyectivos … Tras escuchar a los pacientes decidió indagar en el difícil mundo de la imagen personal, del esquema corporal, de la aceptación o rechazo al propio cuerpo. Si esto es difícil incluso para personas no lesionadas, imaginen tras un accidente o enfermedad que te postra en una silla de ruedas y te convierte en dependiente.

 Fuera, pues, de cualquier reflexión psicológica o filosófica sobre si es adecuado o no hablar de “reconstruir el yo” tras una lesión medular u otra enfermedad deformante, no cabe duda que tras toda ruptura vital hay que reelaborar quién soy, tal vez la persona entera. Habrá que basarse en la vida previa, en rasgos caracteriales o relacionales que se poseían (aunque estos últimos a veces se pierden), y hacer este complejo proceso en continua interacción con el medio: ahí jugamos un papel los demás, los otros, porque la persona se construye siempre en relación con otras personas, si somos aceptados nos aceptaremos mejor, etc. Pero no cabe duda de que se trata de un proceso largo y difícil.

 Me llama la atención visitar pacientes cuya habitación está llena de recuerdos de la vida previa: fotos, objetos, que les ubican en la identidad social o relacional que tenían antes de perderla. Porque ahora tendrá que ser otra, habrá que elaborar otra: la persona permanece, con las mismas virtudes o defectos, pero habrá que buscar bases más profundas, la identidad ya no vendrá dada por una profesión o un conjunto de relaciones. Se abre una etapa nueva que puede ser bella o terrible, y que hace que haya quien se dé cuenta que es mucho más auténtico después de la lesión que antes, cuando la esperanza se basaba en cosas que luego se consideran accesorias.

 A veces, tras una pérdida, se encuentra uno musitando “mi vida murió”. Y es cierto, la vida que hemos llevado ha quedado atrás y hay que renacer a una diferente que en ocasiones puede ser mejor que la anterior. Aunque al principio nos parezca inhabitable. Estoy seguro de que algunos de ustedes me entenderán y habrán pasado por procesos vitales similares, posiblemente no una lesión medular pero sí pérdidas que han obligado a comenzar de nuevo.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Los signos del “tiempo interior”

Fue de Arrupe de quien aprendí la expresión “signos de los tiempos”, pero tal vez se acuñó en la “Gaudium et Spes” del Vaticano II, no lo sé con exactitud. Luego Nolan la enfatiza mucho en casi todos sus libros. Pero no me refiero a ellos como se hace normalmente: no sólo existen los “signos de los tiempos” externos, que nos van señalando la acción de Dios en el mundo. También existen los internos, y como médico los oriento como aquello que va ocurriendo en nuestra persona con el paso de la vida. De hecho acontecen sobre todo en nuestro cuerpo, en nuestro organismo, pero afectan a la persona toda.

 Creo que debemos aprender a aceptar y acoger el paso de la edad, con las pérdidas y mermas que supone. Aceptar que cada vez nos cansamos más y cuesta más recuperarse de los esfuerzos físicos y psicológicos, y darse tiempo para descansar, saber escuchar esos mensajes que nos envía el organismo. Respetar los nuevos “tempos” que nos impone la fisiología y acogerlos, no pretender “funcionar” y rendir como lo hacíamos cuando éramos más jóvenes. Tal vez acoger las nuevas épocas vitales como tiempo de tranquilidad, ojalá acompañados por las personas queridas, sin hacer un reproche a lo larga que resulta la vida y el declinar inherente a la misma. Aceptar las limitaciones y las carencias que la acompañan y verlas en perspectiva, como una pequeña parte de lo que tal vez ha sido una vida llena.

 Cuán difícil es aceptar de forma serena, profunda y agradecida las pérdidas inherentes al paso del tiempo y los sufrimientos que éstas llevan aparejadas: se deteriora la vista, el oído, incluso el gusto y el olfato. Deben abandonarse costumbres que se habían tenido siempre, como viajar de forma independiente, llenar el tiempo con aficiones como la escritura y la lectura. Hay que reorientar el tiempo y la vida. Eso entiendo yo por los signos de nuestro tiempo interior.

 Y aún más, aceptar con paz que la vida no se acaba cuando nosotros quisiéramos, sino cuando ella decide, no pretender violentar el ritmo de la vida, querer que termine cuanto antes porque no toleramos las pérdidas fisiológicas que acontecen con la edad. “Hay que vivir hasta morir”, expresa certeramente Elisabeth Kübler-Ross. Me viene a la cabeza el libro de Job: “Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿por qué no aceptaremos también lo malo?”. Si durante años hemos gozado de buena salud y hemos sido capaces de una vida productiva, por qué no acoger el deterioro de la vejez o las enfermedades que puedan sobrevenir a lo largo de nuestra vida, al fin y al cabo estos fenómenos acompañan de forma inexorable a todos los sistemas biológicos, y aunque tengamos espíritu y seamos criaturas de Dios, no dejamos de ser seres vivos y estar sujetos a sus reglas físicas y químicas.

Escribo estas líneas al regreso de visitar a mi madre, que con 91 años me despedía triste esta mañana. Ojalá Dios la ayude en esta etapa postrera de su vida.

 Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

¿De qué debemos hablar?

En mis tiempos de estudiante en Inglaterra, a finales de los 70, aprendí que los británicos evitaban en sus conversaciones tres temas: el dinero, el sexo y la política, con lo que básicamente hablaban del tiempo y algo de deportes, y así convivían de forma razonable. Acostumbrado a nuestro país, donde las discusiones se realizaban a grandes voces y a veces terminaban a golpes e incluso a tiros, aquella forma de convivir me llamó poderosamente la atención. Aprendí mucho de ellos y no sólo medicina.

 Por eso a veces me pregunto de qué puedo y debo “hablar” aquí. Intento compartir reflexiones que nacen de mi vida como médico en mi hospital o a lo largo de mi práctica profesional, realidades con las que convivo a diario.

 Por ejemplo, decirles que cada vez es más difícil dar de alta a nuestros pacientes con lesión medular –es decir, con una gran dependencia-: no hay sitio en las residencias donde podrían ir. Casi cada alta que damos se ha convertido en una odisea y un ir y venir de los familiares a los despachos de las asistentes sociales. Resulta muy penoso para todos. Que muchos de los problemas se derivan de un sistema de salud atomizado en autonomías resulta innegable: no hay nada ideológico en afirmar esto, ningún posicionamiento hacia tal o cual postura política, solamente sentido común. No somos pocos los sanitarios que pensamos que este sistema debiera replantearse y lo hemos dicho repetidamente en los foros en que podemos expresarnos.

 Del mismo modo, observar que se ha usado y abusado del sistema sanitario, en especial por problemas de salud banales, y que la actual situación no sólo era insostenible, es que además era perversa: no dar valor a lo que se tenía en prestaciones, medicamentos, visitas médicas resulta triste. Un medicamento es algo precioso, sea caro o barato, acumularlos en farmacias caseras un error. No se ha dado valor a lo que parecía ser inagotable y gratuito “porque sí” (en realidad no lo era): a fuerza de acudir al médico y a urgencias por motivos insignificantes se ha logrado colapsar las consultas y las listas de exploraciones complementarias como resonancias, tomografías y mamografías, cuando con una exploración clínica minuciosa (para la que hace falta tiempo) muchas de ellas pueden evitarse. Así se ha generado una dinámica de consumo sanitario que ha llevado a que en la ciudad de Barcelona haya más aparatos de TAC que en la de Nueva York, varias veces más grande, y que cada hospital, por pequeño que sea, haya querido tener “su” TAC, “su” resonancia … Esta dinámica ha llevado a construir hospitales injustificables desde el punto de vista sanitario (que además ahora resultan insostenibles), cuando hubiese bastado con un centro de especialidades en vez de un hospital o un hospital comarcal en vez de uno general.

 Por todo eso, aun respetando las situaciones individuales que deban contemplarse, oponerse al pago de una pequeña cantidad por receta suena a demagogia, del mismo modo que bajo el término “copago” (una especie de monstruo de los cuentos que nadie sabe bien qué es) puede instaurarse una cantidad moderadora que evite abusar de un sistema que desde hace muchos años se sabe es insostenible en su configuración actual (el informe Abril tiene más de veinte años de antigüedad y el Vilardell más de diez). La medicina moderna es muy cara y preciosa, reservemos nuestros medios para los pacientes graves, las situaciones de “life or limb” (vida o miembro) que dicen los sajones. Siempre será mejor que resulte gratuita la asistencia de lo grave (cánceres, transplantes, asistencia en unidades de cuidados intensivos, cirugía cardiaca) que de lo banal, pero lo que la sanidad pública puede costear gratuitamente (la llamada “cartera de servicios”) ha de acordarse de forma racional, razonable y con criterios técnicos, de coste-efectividad, no con argumentos que poco o nada tienen que ver con la medicina.

 Porque a fuerza de malgastar, tanto los gestores como los usuarios y a veces los profesionales, hemos llegado a la situación actual. Algo hemos hecho mal como sociedad y como país, tal vez fuese bueno reflexionar de forma serena y conjunta sobre ello. Algo ha ocurrido cuando hay familias que hace meses que no ponen un filete de ternera en la mesa (eso cuando no están comiendo en un comedor de Cáritas), y quizás la culpa de todo no la tienen los bancos y otras instituciones afines.

 Hay quien ha sabido pedir disculpas por lo que ha hecho mal. Tal vez también debieran hacerlo quienes nos han conducido hasta aquí, por ejemplo aquellos que se embarcaron en la construcción de un hospital que iba a ser “el más grande de Europa” para una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes, arrojando a un pozo sin fondo cantidades de dinero que suponen el PIB del conjunto de todos los países del África subsahariana donde aún quedan elefantes (cuya caza controlada, además, significa el sustento de cientos y miles de comunidades rurales en esos países).

 Estas reflexiones nacen al hilo de acontecimientos recientes, sociales y de mi vida cotidiana como médico. Dibujan una realidad compleja, lejos de análisis fáciles o simples. Pero ciertamente se enraízan en situaciones sentidas y padecidas, no están formuladas desde la fría perspectiva de un analista aséptico. Quizás por eso puedan tener valor para algunos de ustedes.

 Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Un aniversario. El fin de una comisión.

En apenas unos días se cumple el treinta y dos aniversario de la muerte martirial de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador. Es raro el día en que no tengo un pensamiento para monseñor: recuerdo y oro con sus palabras, con su persona, me pregunto qué haría él en mis circunstancias; está muy presente en mis días, aunque de manera especial en esta fechas.

Mi oración consiste a veces en recordar fragmentos de sus homilías, muy a menudo con las últimas líneas de la del 23 de marzo de 1980:

“La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia. Una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo y la trascendencia, que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza.

Vamos a proclamar ahora pues nuestro Credo en esa verdad.”

 Cuando mi confianza se resquebraja por estar puesta en lugares que fallan, escucho a monseñor mostrando, como tantas veces, el camino: saltar al vacío y abandonarse en un Dios siempre mayor, confiando en que me recogerá cuando mis fuerzas flaqueen. Así confió Jesús y así confió monseñor Romero. Y así debemos confiar nosotros en momentos difíciles como los actuales, en que lo material se ve cuestionado.

 Comentar en la entrada de hoy la dimisión en bloque de los miembros de la comisión de infecciones de mi hospital (entre los que me cuento) ante la amortización de la plaza de microbióloga: se jubila la actual y no van a traer a ninguna otra, en una demostración evidente de cortedad de miras y de inteligencia escasa: en un hospital en que la complicación más frecuente son las infecciones de lo último que hay que prescindir es de la persona experta en las mismas.

 Veremos qué pasará cuando haya alguna consecuencia indeseada de un mal control de las infecciones: entonces se querrá enmendar lo inevitable, lo malo es que alguien habrá perdido “vida o miembro”, y ciertamente no será quien ha tomado esta equivocada decisión. ¿O tal vez como casi siempre en la “cosa pública” nadie responderá por ello?

 Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Dickens y la sanidad

Cuando intento “habitar” los momentos que vivimos pienso en el primer párrafo del libro que Dickens publicó en 1859, “Historia de dos ciudades”. Tengo una edición de 1970, en inglés y publicada por Penguin. Traduzco el primer párrafo de esa obra conmovedora:

 “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, la edad de la estupidez, la época de las creencias, la época de la incredulidad, era la estación de la Luz, era la estación de la Oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros (…) – en resumen, un período tan similar al período presente …”.

 Estos momentos que parecen confusos ya se han vivido otras muchas veces, lo hablo a menudo con otros médicos de mi edad o mayores: el período de cinco o diez años dejado atrás ha sido una excepción, tal vez por eso duele más que no se haya sabido aprovechar.

 El ambiente en el hospital no es bueno: a nadie le gusta que su salario disminuya y tener que trabajar más horas. Sin embargo, se están haciendo cosas que se debían haber hecho hace mucho tiempo, por ejemplo disminuir cargos intermedios (supervisoras, directores, coordinadores varios) y poner fin a las dichosas “peonadas”, forma perversa de disminuir las listas de espera (sobre las que habría mucho que decir porque tienen mucho de espurio) y ganar más dinero: nadie de una inteligencia media y que no tenga mala voluntad puede entender que los mismos profesionales sean mucho más productivos en horas extra que en horas convencionales de trabajo. Es posible que esto no guste a algunos, pero es mi opinión y posiblemente la de otros. Si el sueldo de los médicos se debe mejorar es debatible, pero no era esa la manera.

 Y en el caso de la supresión de cargos intermedios, la pena es que han quedado en la calle buenos profesionales, bien por cese o por haber sido desplazados por los cargos que vuelven a sus plazas de origen. Esto resulta muy penoso y es el peor aspecto de esta crisis.

 En fin, que me considero afortunado por tener un trabajo que además me gusta. Y soy consciente de lo valioso de nuestro sistema sanitario (me hacen más consciente de ello experiencias personales como la que narra Pepe Losada en su blog, a raíz de su reciente cirugía), aunque sea también consciente de sus muchos defectos y problemas y del mal uso que de él hacen muchos usuarios y muchos profesionales. Pero analizar eso queda para otro día. Hoy sólo quería compartir con ustedes el fragmento de Dickens y lo bien que parece describir el momento presente (aunque se escribiese hace más de siglo y medio).

 Decirles también que este año espero pasar mi mes de vacaciones colaborando en un hospital misional en Uganda, con la ayuda de los Rotarios británicos. Y como otras veces espero compartir mis vivencias de ahí en este foro.

 Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Soy médico, no juez

Soy médico y me gusta serlo. Tal como fue mi abuelo materno, que murió cuando yo era muy niño. Tal como otras muchas personas, que estudiamos medicina porque nos gustaba la ciencia del cuerpo humano y no concebimos que pudiese existir nada más apasionante que conocerlo en profundidad. Primero aprendimos cómo era el cuerpo sano, su anatomía y fisiología, luego qué ocurría cuando enfermaba.

Lo que fue un interés y en cierto modo una pasión con el tiempo se convirtió en mi profesión y en la forma de ser útil a la sociedad. Como descubrí que en otras partes había mayor necesidad de mis conocimientos he intentado viajar a esos países con regularidad y ya estoy preparando mi próximo viaje. Ojalá alguna vez pueda permanecer allí más tiempo y no sólo el mes de vacaciones.

 Ser médico según mi conciencia me ha traído no pocos sinsabores, alguno de los cuales sigue dándome problemas a día de hoy. Pero haría exactamente las mismas cosas, aun cuando me ocasionen quebraderos de cabeza. No concibo ejercer la medicina de otro modo.

 Porque soy médico y no juez: así que intento no juzgar a otras personas cuyas circunstancias desconozco. Me podrá parecer bien o mal lo que puedan haber hecho, pero no es mi papel en esta sociedad juzgarles, el mío es intentar ayudar a sanar a quien perdió la salud y la integridad de sus órganos y sistemas. No decir quién es culpable de un delito de acuerdo a un código penal que desconozco casi por completo.

 Por eso no soy quién para opinar sobre lo que hizo tal o cual personaje público o tal o cual persona. Además no sé lo que haría yo en sus circunstancias, tal vez también quisiese enriquecerme (si eso es lo que en realidad han hecho). He vivido lo suficiente para comprender que nadie es inocente por completo y que todos tenemos, en mayor o menor medida, cosas de las que arrepentirnos. He experimentado en varias ocasiones mi propia miseria y así he comprendido que lo más importante es la misericordia. Me han hecho sufrir pero también yo he hecho sufrir. En mi vida hay un buen número de actos de los que no me enorgullezco sino que me arrepiento de veras. Podré opinar sobre lo justo o no desde la perspectiva de mis convicciones, valores y creencias, pero no soy quién para juzgar a las personas concretas. Como soy humano seguro que en el futuro caigo en contradicciones, pero me gustaría ser fiel a esta forma de pensar y, sobre todo, de actuar.

Porque soy médico, no juez.

 Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Luces y sombras de un hospital

Así está hecha la vida humana, esos son sus mimbres. Tal vez por eso vivo cotidianamente esta realidad dual en mi hospital. Simplemente cuesta más aceptar las sombras cuando es el hombre quien las produce: si se trata de una enfermedad, aun siendo doloroso, parece a veces más fácil aceptar la oscuridad e intentar habitarla.

Respecto a las luces, decir que por fin han pagado a las señoras de la limpieza, tras varios meses de retraso. Están la mayoría más risueñas y el ambiente general es por ello mejor. Espero que estos malos tiempos pasados no se repitan: el obrero merece su salario, lo leemos en las Sagradas Escrituras. Que los pacientes mejoren es de todos modos lo más gratificante: ese es el objetivo de todo médico y llena de satisfacción cuando ocurre. En mi planta hemos tenido últimamente algunos que han ido muy bien y no quería dejar de comentárselo. Del mismo modo que ver a dos adolescentes parapléjicos en su silla y de la mano, tal vez en su primer amor: es la vida abriéndose paso en el medio difícil de la enfermedad y la adversidad.

 Sin embargo, otros no lo hacen: ese hecho se convierte en fuente de insatisfacción para el propio paciente y sus familiares, pero también para el personal sanitario. Entonces es preciso rehacer los objetivos y limitarse a acompañar lo mejor que se pueda, intentar ser comprensivos y acogedores con las familias, que se vuelven suspicaces. Y también reconocer nuestras propias limitaciones y aceptarlas. Aprender de todos los pacientes y darse cuenta de que no siempre la no mejoría es una derrota, del mismo modo que no lo es la muerte, al fin y al cabo la forma natural de terminar la vida.

 Y también sin embargo, comentar que esas sombras no son las más difíciles de aceptar: soy médico y he convivido con ellas desde mis primeros días de ejercicio de la medicina. Las derivadas de una mala distribución de recursos son más amargas: aunque en este momento no tengo datos exactos, parece que la microbióloga de mi hospital, próxima a jubilarse, no va a ser sustituida: debo decirles que si esto es así –posiblemente para amortizar su plaza- será el primer caso que veo directamente de deterioro de la calidad asistencial en mi centro, algo que denunciaré de la forma más vehemente y clara, tenga las consecuencias que tenga. Espero y deseo que los actuales responsables del centro –el gerente y el director médico- sean sensibles a la opinión de la comisión de infecciones –de la que formo parte activa- y conserven una plaza que el hospital necesita: al fin y al cabo las infecciones son uno de los principales problemas de nuestros pacientes. Y si se barajan otras posibilidades, se consulte a quienes están en contacto diario con ellos, es decir los médicos clínicos, y los criterios sean clínicos y no de otra índole.

 Escribí para ustedes caminando, como siempre en este mundo complejo de lo sanitario, entre la resurrección y la muerte.

 Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Carta abierta a Alberto Contador

Apreciado Alberto,

 Hoy hemos conocido que ha sido usted objeto de una sanción. No entraré en ese asunto, no es el motivo de mi carta, aunque quiero que sepa que todo me hace pensar que se le trata injustamente. No es usted el único en sufrir una injusticia, aunque siendo un personaje público en su caso todo el mundo se entera.

 Le escribo para enviarle ánimos y hacerle un ruego. Soy sumamente aficionado al ciclismo desde niño y es el deporte que practico. Trabajo en el Hospital Nacional de Parapléjicos, donde atendemos a personas que han sufrido en su vida un revés muy duro, una lesión medular. Esto determina que no puedan caminar más y en algunos casos ni siquiera respirar por sí mismos.

 Es pensando en ellos por lo que le escribo: usted puede demostrar en sus actuales circunstancias que vive con tanta entereza como la mayoría de mis pacientes demuestran. La vida sigue, también la suya, como lo hace la de los seres humanos cuando algo se les rompe. Ya se levantó usted una vez, tras la cirugía de su problema cerebral, para ser luego el mejor corredor del panorama ciclista. Ahora toca, tal como hacen mis pacientes, levantarse de nuevo.

 Alberto, esa es la vida humana, como usted está descubriendo y le han hecho descubrir: ser objeto de injusticias, caer y levantarse. Dentro de un tiempo podrá competir de nuevo, ganarse la vida como ciclista, su actual oficio. Ahora toca tragarse la rabia que una injusticia siempre produce, quién sabe si las lágrimas. Y entrenar de forma silenciosa, tal como mis pacientes se esfuerzan día a día en el gimnasio por recobrar en lo posible y todo lo posible la movilidad perdida.

 Presente las alegaciones que la justicia ordinaria le permita, siga trabajando para demostrar que le han juzgado injustamente, pero siga sobre todo viviendo. Así aprenderemos de usted como persona que sabe encajar un revés, tal como todos hemos tenido que aprender, antes o después, de forma más traumática o más tranquila.

 El Contador ciclista nada tiene que demostrar. El Contador persona tampoco, pero es quien ahora se ve puesto a prueba. Los cristianos lo rezamos en el Padrenuestro de nuestra fe: “no nos dejes caer en la tentación”, o expresado de otra forma, “cuando nos venga la prueba, no nos dejes sucumbir a ella”. Pregúntese qué sería para usted sucumbir a esta prueba. Yo le diré qué supondría para mí: volverme un escéptico, dejar de creer en las personas y en que la vida tiene mejores posibilidades. Hacer mi vida y la de los demás algo desdichado.

 Nos hemos alegrado de sus triunfos en la carretera: alegrémonos ahora con usted viendo que encaja este revés y sigue siendo una buena persona y un deportista ejemplar. Tal vez sea esa la mejor alegría que puede darnos, mucho más allá de conquistar otro Tour u otro Giro.

 Cuídese mucho. Y si reza, hágalo por los enfermos y por quienes los cuidamos.

 Un abrazo de amigo.

Una huelga, una película y un disparate

Las señoras de la limpieza del hospital han estado una semana de huelga: no tuvieron otra alternativa tras dos meses sin cobrar. Están atravesando una pesadilla que ojalá termine pronto. Ahora la empresa –que según parece sigue sin cobrar un centavo de la sanidad autonómica- ha pedido un crédito y les ha prometido que esta semana les pagará uno de los meses atrasados. Han sido unos días malísimos para ellas y para todos. Además no creo que los trabajadores sanitarios “de plantilla” hayamos sido excesivamente solidarios con ellas, salvo algunas palabras de simpatía. Esta situación a la que se han visto abocadas en nada ayuda al buen funcionamiento de un centro que se ocupa de pacientes tan necesitados de buen ambiente como son los lesionados medulares. La injusticia que se está cometiendo con ellas salpica a todos los que aquí trabajamos: pacientes, familiares y sanitarios.

Comentar también que el gobierno de esta autonomía ha rescindido los contratos que le ligaban a la construcción del nuevo hospital de la ciudad, comenzado con el anterior gobierno. Se trata de una obra faraónica, que tiene un kilómetro de extremo a extremo y que iba a ser el buque insignia de la sanidad de esta autonomía. Ahora se ha convertido en un esqueleto de hormigón, en realidad una escultura al despropósito y la mala gestión de los fondos públicos, un ejemplo del disparate insostenible que fue la política sanitaria en esta parte del país. Daría risa si no fuese porque produce rabia, frustración y vergüenza: la que da imaginar los cientos de millones de euros que se han enterrado ya en esta obra inacabada (y en muchas otras). Cuando en Zambia me hacían preguntas sobre España intentaba irme por la tangente: hay que tener en cuenta que los despilfarros de aquí, traducidos a kwachas (la moneda zambiana), se cuantifican en trillones y cuatrillones. Se han malgastado sumas casi incalculables que suponen el PIB de países enteros, y eso aparentemente sin responsables directos ni indirectos. Así nos luce el pelo: las señoras de la limpieza no cobran, las farmacias tampoco y los desempleados crecen de día en día.

 Finalmente, en otro orden de cosas bien diferente, recomendar una película llena de poesía que vi ayer: “La fuente de las mujeres”, una obra deliciosa que narra la historia de las mujeres de una pobre aldea posiblemente del atlas marroquí y su lucha por unas mejores condiciones de vida. Hay un buen número de temas en ella, no sólo femeninos: todos los hombres se ven forzados a tomar una postura y los diversos personajes pagan diversos precios. Se la aconsejo de veras, hace reflexionar y nada tiene que ver con la inmensa mayoría del cine que se hace actualmente. Transmite esperanza en medio de una realidad hostil y difícil.

Así, entre luces y sombras, tal como es la vida humana, aquí estamos intentando atender a nuestros pacientes lo mejor que podemos y sabemos.

 

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Desde el hospital

Siempre hay cosas que comentar de la vida en un hospital.

Vivimos una época difícil: no sólo lidiamos con la enfermedad (en este caso tan dura como la lesión medular), también contra un contexto áspero: las señoras de la limpieza siguen sin cobrar y si la situación no se arregla irán a la huelga. Me pregunto qué debe pasar para desbloquear una situación entre su empresa y el sistema sanitario que está provocando tanto sufrimiento y tantos sinsabores en estas mujeres que mantienen el hospital habitable, tanto para los pacientes y familiares como para el personal que aquí trabajamos. Ignoro qué personas pueden quedarse indiferentes pensando que hay familias en situación de necesidad por no recibir lo que en justicia les corresponde.

 En todos los campos se sufre, pero sanidad y educación son especialmente sensibles y escuecen tal vez más por tocar aspectos cruciales de las personas, la salud (término ambiguo) y la educación (igualmente resbaloso).

 No sirve ya de mucho pero produce amargura preguntarse por qué en esta comunidad autónoma (que es la que yo conozco) se malgastó el dinero en hospitales que no eran absolutamente necesarios, en centros de salud sobredimensionados y cuántos fondos se han enterrado en un hospital faraónico para esta ciudad pequeña, cuyas obras hace meses que se hallan interrumpidas. ¿Quién tomo esas decisiones y con qué criterios? Tal vez sería momento de pedirles responsabilidades, como se piden a cualquier ciudadano que tenga un cargo público, incluyendo los médicos cuando prescriben o solicitan exploraciones. Tal vez sea también momento de que los políticos (porque son ellos y no los médicos) digan de una vez claramente qué puede pagar el sistema sanitario público y qué no. Y de que acaben de una vez con el absurdo existencial de diecisiete sistemas sanitarios diferentes. Pero eso es otra historia (y no creo que la solución a este rompecabezas la vean mis ojos en mi periodo profesional e incluso vital).

En otro orden de cosas algo más halagüeñas, he recibido la visita de dos parapléjicos que practican ciclismo adaptado (handbike se llama dado que impulsan los pedales con las manos). Conocedores de mi afición a la bici han venido a charlar y valorar un cierto seguimiento médico. Es bonito ver que hay quien sigue haciendo deporte tras la lesión medular y es un terreno en franco barbecho, incluso en este hospital monográfico.

 Comentar también que esta semana entrante comenzaré a colaborar un día en semana en un centro sociosanitario que Cáritas diocesana tiene para enfermos de SIDA, campo que conozco muy de cerca y sobre el que por cierto nunca he escrito aquí (viví como residente de medicina interna la explosión de la enfermedad en nuestro país y no fue un tiempo fácil de olvidar). Posiblemente también dé para transmitir impresiones en este blog.

Les transmití problemas y reflexiones de la vida en un hospital, como siempre entre las dificultades y la esperanza.

 Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.