Ya dos años con esta pesadilla

Cuando los médicos en un hospital de Wuhan diagnosticaron en diciembre de 2019 varios casos de neumonía de origen desconocido, no podían imaginar que asistían al inicio de una pandemia que, dos años después, sigue alterando la vida del planeta entero. Afrontamos el tercer año de este mal sueño con incertidumbre y algunas esperanzas.

2021 ha visto avances significativos en la defensa de la humanidad contra la Covid-19: sobre todo, ha sido el año de las vacunas, aunque de forma desigual según países y continentes. Existen sociedades con alta cobertura vacunal y otras en que es muy escasa, incluso en no pocos países se administra una 3ª dosis, necesaria para protegerse ante la última variante, que en pocas semanas se ha extendido por el mundo entero con una rapidez hasta ahora desconocida para este virus. Los tratamientos que poseemos son imperfectos e incompletos, y los utilizamos porque no disponemos de otros mejores. No parece probable que nuestro armamentario terapéutico vaya a progresar demasiado en el futuro, de modo que la prevención sigue siendo la mejor herramienta.

La pandemia no sólo ha tenido y tiene aspectos científicos, los políticos los han superado con creces: la cooperación internacional ha sido escasa y no se han encontrado soluciones globales; la falta de liderazgo a todos los niveles es palmaria. La enormidad de la situación no ha encontrado una respuesta acorde en los actores políticos. Nuestro país es un claro ejemplo, por más que el gobierno pretenda controlar lo que ahora se llama narrativa política: se ha mostrado incapaz de coordinar respuestas coherentes desde el primer minuto de la pandemia, primero desoyendo a los técnicos y con una ausencia completa de planificación en las vitales semanas iniciales, después prolongando uno de los confinamientos ciudadanos más severos del planeta; a ello siguieron el triunfalismo y más descoordinación, mientras la ciudadanía afrontábamos oleada tras oleada de contagios, intentando sobrevivir lo mejor que podemos a la enfermedad y sus consecuencias sociales y económicas. A la lentitud e indecisión inicial siguió una respuesta errática, que por ahora no se ha sometido a un escrutinio independiente. Con un número de muertes que muy posiblemente supera las 150.000 directas por Covid-19 y con millones de contagios, esto parece inconcebible.

Tampoco hay acuerdo –ni es imaginable que llegue a alcanzarse- sobre el origen de la pandemia, para el que caben tres hipótesis: la más sostenida -pero hasta ahora no demostrada- es que se trate de una zoonosis, es decir, una transmisión (“spillover”) desde el reino animal (¿quizás murciélagos?) al humano; al fin y al cabo, las pandemias previas SARS y MERS tuvieron ese origen. La segunda hipótesis, es de una fuga (“leak”) accidental desde el Instituto de Virología (de nivel 4 de bioseguridad) de la ciudad de Wuhan, donde se trabajaba con coronavirus. Cabe la posibilidad de que la investigación científica que perseguía prevenir pandemias haya acabado generando una. La misión de la ONU a China no logró una evaluación objetiva, transparente ni completa. China no colaboró lo suficiente, y en cierto modo esto ha llevado a una suerte de nueva guerra fría con Estados Unidos. La tercera, emparentada con la anterior, es la liberación deliberada de un virus manipulado, desde ese u otro laboratorio en China. Por mucho que esta posibilidad pueda horrorizar, es una línea de investigación legítima, así como lo es la anterior.

Sin embargo, conocer la verdad, si alguna vez llegamos a ella, no devolverá la vida a los muertos ni reparará todos los sufrimientos pasados y los por pasar. Más bien deberíamos concentrarnos en la cooperación internacional para ayudarnos a salir lo mejor posible de este atolladero, y prepararnos para el próximo. Con toda sinceridad, me preocupa más bien poco dónde se originó el virus, más bien me quita el sueño qué encontraré mañana en el pabellón Covid-19 de mi hospital, en el que trabajo; qué pasará con la empresa de mi hermano y el empleo de mis sobrinos; cuándo recibirán sus vacunas todos aquellos que las quieren y no tienen acceso a ellas; cómo convencer a todos aquellos que, teniéndolas, no las quieren; y cuánto tiempo más habrá que soportar al peor gobierno en el peor momento de nuestra historia reciente. Todo eso sí me angustia, no preguntarme de forma estéril de dónde vino el SARS-CoV-2.

Recemos porque podamos despertar pronto de esta pesadilla, o por lo menos convivir con ella con menos sobresaltos.

Navidad con Ómicron

Tras unos meses de una cierta tranquilidad, la llegada de la variante Ómicron, mucho más transmisible aunque parece que menos letal, ha supuesto un nuevo periodo de distorsiones en nuestra sociedad, en nuestras familias, en los hospitales. De nuevo falta de liderazgo y criterios claros, mucha improvisación y mala distribución de recursos, en un contexto de fatiga y falta de confianza, ante una pesadilla para la que no se ve el final.

Como médico hospitalario que soy, si tuviese que resumir con una palabra mi estado de ánimo actual, elegiría desanimado. En una época como la Navidad, normalmente de reencuentros y celebración de la vida, me cuesta aceptar que estamos otra vez en medio de un aumento de los ingresos en planta y en UCI, de tener que utilizar a todas horas los EPIs, de que resulte imposible prescindir de las mascarillas y las precauciones que nos alejan a los unos de los otros.

Busco en mi interior motivos para la esperanza, y no los encuentro. Sé que están ahí, que la Navidad es la conmemoración confiada de la apuesta de Dios por el hombre, de la asunción por parte del Creador de la debilidad y la contingencia de las criaturas, de la entrada de Dios en nuestra historia con todas sus consecuencias y sufrimientos. Pero tengo que creerlo por fe, porque me faltan ánimos que transmitir, me preocupan mis familiares y amigos enfermos, la gente más joven sin trabajo o camino de perderlo, siento temor e indignación ante la incompetencia de tantos.

Más que de Navidad, tengo cuerpo y espíritu de jueves santo, me he equivocado de periodo y de mes. Quizás por eso vuelvo a recurrir en la oración a las palabras de monseñor Romero: “La Iglesia predica … una liberación que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza”.

Así me encuentro en este momento: intento apoyarme en un mensaje que me proporcione esperanza. Hubiese querido transmitirles unas palabras más halagüeñas como felicitación de Navidad, pero he decidido compartir mi estado de ánimo tal cual es, y decirles que rezaré al niño que nos nace pidiendo para todos la esperanza y fe que necesitamos en esta coyuntura.

LORE: una ley mentirosa

Esta es una ley mentirosa ya en el nombre: en realidad no regula la eutanasia, sino el suicidio asistido por médico, cosa bien distinta. No se trata de que los enfermos tengan una “buena muerte”, sino que elijan el momento de morir, y sea el médico quien facilite los medios para ello. Eso significa violentar los ritmos biológicos, que comienzan con el nacimiento –proceso que también requiere su tiempo, que tiene sus propios ritmos- y finaliza con la muerte –que posee su propia dinámica-. Este gobierno mancilla y violenta todo lo que toca: el momento de inicio de la vida y el de su final. Puede afirmarse, pues, que es un gobierno enemigo de la vida.

Muchos de nosotros nos hicimos médicos para ayudar a nuestros semejantes a través de esta profesión, además era una forma honesta de ganarse la vida. En el ejercicio de la medicina, pronto se da uno cuenta de que la muerte tiene la última palabra, y aprende a convivir con ella. También se enfrenta el hecho de que no se puede evitar el sufrimiento, pero sí se puede intentar aminorarlo. De hecho, nuestra tarea principal es ayudar a los pacientes a convivir con sus enfermedades, siendo capaces de curarlas muy pocas veces (las infecciones son curables, pero no las patologías crónicas y degenerativas). Como médicos, intentamos acompañar en el proceso de adaptación a las pérdidas que los seres humanos vamos experimentando a lo largo de nuestra vida.

Cuando se acerca el final, mediante los cuidados paliativos intentamos hacer digno el proceso inevitable del morir, sirviéndonos de medicamentos y compasión. Utilizamos fármacos sedantes y analgésicos, conscientes de que aceleran a veces la muerte y disminuyen la capacidad de comunicación del enfermo con el entorno, pero tiene más peso el alivio de los sufrimientos que en ocasiones acompañan a la agonía.

Así se facilita una buena muerte, lo cual nada tiene que ver con entregar al paciente un fármaco letal con el que ponga fin a su vida. Eso es asistir a un suicidio, y no estoy dispuesto a colaborar en algo así, aun cuando no juzgo ni condeno a quien lo haga: ni al enfermo que lo solicita, ni al médico que se lo proporciona.

Por eso entregué hace varias semanas en el registro de mi hospital un breve documento declarándome objetor de conciencia a esta ley que miente ya desde su título. Que no cuenten conmigo para su aplicación. Desde estas líneas hago un llamamiento a todos mis colegas para que se apunten a las listas de la objeción de conciencia.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Comentario a “Memorias”, de José Mª Castillo

En el libro hay saber y sabor: escrito por una persona que ha vivido, reflexionado, sufrido, y narra hechos vitales desde su perspectiva. Una perspectiva compartida por algunos de nosotros, que pertenecimos más o menos tiempo a una orden religiosa. La historia de una lucha interior entre convicciones y realidad, y de las dificultades vitales arrostradas en el mantenimiento de las convicciones, por lo que él paga –por lo que se paga- un precio muy alto.

Reconozco que me ha resultado en momentos desazonador, quizás porque pone de relieve contradicciones y desgarros de nuestra iglesia y nuestra sociedad que resultan dolorosos, sin dejar demasiadas puertas abiertas a la esperanza. Porque creo que es una de las claves de lectura: la falta de soluciones a los problemas que expone, quizás porque no existen. Entre líneas se entiende que es posible que la iglesia tal como la hemos conocido puede dejar de existir en un futuro. Lo triste no es que el hecho religioso no importe ya a casi nadie, es que tampoco parece hacerlo la trascendencia ni la figura de Jesús, y eso es lo que en realidad resulta doloroso: al fin y al cabo, todos nosotros hemos accedido a la fe en la familia, en la parroquia, en el colegio en el que estudiamos. Luego hemos hecho nuestro propio camino de fe, como debe hacer todo creyente, con luces y sombras, pero ¿cómo se accede al mensaje de Jesús si nadie lo transmite, si nadie lo enseña? Pensar esto me resulta doloroso. No la existencia de la institución en sí, estoy plenamente de acuerdo con el autor en que Jesús nunca quiso fundar una institución, una religión, pero me resulta difícil encontrar una alternativa. Como explica el autor, se confundió religiosidad con espiritualidad, religión con evangelio, pero al dejar de ser la religiosidad una forma válida de acercamiento a lo segundo, me pregunto cómo puede llegarse a ello.

El libro es claro, crudo en muchas ocasiones, expresa de forma certera y acerada ideas muchas veces pensadas. Castillo se pregunta en no pocas ocasiones ¿por qué ocurrió esto? ¿Quién quiso dañarme? ¿Por qué no me permitieron defenderme, no me escucharon? Quiere entender la propia historia, es uno de los objetivos de sus memorias, para aceptar y habitar el presente ayuda comprender el pasado. Hay hechos que no puede explicar, y quedan sin respuesta en el libro, simplemente porque le vinieron de fuera, otros tomaron decisiones injustas que le afectaron y condicionaron su vida, aunque también le permitieron conocer otras realidades, por ejemplo todo su tiempo en El Salvador. En esos momentos tendíamos a identificar Centroamérica como el terreno de encuentro con Dios, sin darnos cuenta de que el lugar de encuentro son los otros seres humanos en el sitio donde vivimos, no un tiempo, un sitio, un proyecto o una ideología. Mitificamos esos países, no me cabe duda, aunque tampoco me cabe duda de que allí vivieron personas que significaron la presencia del espíritu en nuestro mundo.

Describe varias veces su vocación, la entrega a un proyecto, a un ideal de vida, dedicar la vida a “algo” que parece mayor que nosotros, la raíz de toda vocación; luego puede revelarse como un proyecto equivocado o inviable, o que entra en conflicto con el yo profundo, con los afectos, con el amor. De cualquier modo un equilibrio dialéctico e inestable que en no pocas ocasiones conduce a la enfermedad mental. Puede definirse la vida religiosa como “una forma original y peligrosa de seguimiento de Jesús”. Y en su concreción humana, parece claro que sin raíz en el evangelio, más bien en la estructura social del imperio romano. Finalmente, Castillo abandona la orden de los jesuitas, no el sacerdocio. En este proceso se pierden anclajes, sentido, soporte, seguridades, tantas cosas que cuesta  recuperar. Se entra en un mundo menos protegido, pero más auténtico, más real, en el que los conflictos que vivió dentro de la institución se ven como anomalías, como disfunciones de otro tiempo, inquisitoriales. Un mundo donde hay que ganarse la vida, quizás también en conflicto con otros poderes no menos poderosos y crueles que los religiosos. La vocación ha condicionado la vida de muchos de nosotros, una vida que quisimos y entendimos como de servicio, con errores y aciertos, en una entrega a veces excesiva, en la que interaccionaron vocación, profesión, carácter, búsqueda de identidad, psicología, aunque con buena voluntad siempre.

En el tono del libro no parece haber resentimiento, pero al exponer vivencias sobre realidades que vivió y que le forzaron a vivir, hay mucho de denuncia razonada, razonable e inevitable, pero ¿hay anuncio? Dibuja algunas líneas generales: la bondad que él ve en el actual Papa, el seguimiento del Jesús del Evangelio en nuestra vida concreta, buscando el significado de los relatos evangélicos aquí y ahora, en la vida cotidiana … son cosas sencillas, que no sé si aportan soluciones a los problemas de nuestra iglesia, después de haber apuntado de forma exhaustiva, concreta, documentada, con tanto rigor, todo aquello que ha hecho y hace mal. Acaba proponiendo de forma cándida –no es aquí un término peyorativo en absoluto- que la gente se reúna en pequeños locales para comentar y celebrar la buena nueva de Dios, volver a la estructura de las primitivas comunidades (y de las comunidades cristianas populares después, que tanto le aportaron y a las que aportó). No sé la viabilidad concreta de eso ahora, cómo puede articularse.

Quizás la vida religiosa como la hemos conocido ha sido sólo una perversión del evangelio, y desaparecerá en un mundo que ya no la necesita, pero que sigue necesitando la palabra de Jesús, un mundo, en palabras de Arrupe “con hambre de pan y de Evangelio”. Partir y basarse en la “eterna verdad del Evangelio”, como formulaba monseñor Romero.

Estas son algunas de las reflexiones que me ha evocado la lectura de las memorias del José Mª Castillo, y que he compartido con ustedes. Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por nuestro país, por nuestro mundo.

La 4ª oleada

La comunidad autónoma donde trabajo fue bastante respetada por la 3ª oleada, que siguió a la Navidad. No ha sido así en la 4ª: en las últimas semanas han aumentado los ingresos, además de personas más jóvenes, algunos muy graves. Con la mayoría de la población mayor de 80 años ya vacunada, el peso de los contagios recae en el grupo de edad 50-79 años. Los porcentajes de contagiados que requieren asistencia hospitalaria se mantienen bastante estables desde el inicio de la pandemia, así como el número que necesita cuidados intensivos: alrededor de 15% para los primeros, 5% los segundos.

Atendemos a familias enteras, en algunas ocasiones asistimos a situaciones dramáticas, en las que tenemos que utilizar todos nuestros recursos para no venirnos abajo. A veces evito ponerme en el lugar del paciente o los familiares, simplemente porque mis recursos son finitos y no puedo permitirme consumirlos todos.

Visito a un paciente, apunto los resultados de la exploración y los análisis, doy información telefónica a la familia, paso a otro, en una rutina en la que me refugio para no pensar en las consecuencias que la información que facilito puede tener al otro lado del teléfono, en el hijo o la esposa que me escuchan. Prescribo tratamientos sin certeza de su eficacia, caminando en el molesto terreno de la incertidumbre clínica, consciente de que, aunque conocemos más que hace unos meses, nuestro conocimiento es muy imperfecto.

Algunos ensayos clínicos apuntan a la eficacia de un tratamiento, otros los contradicen. Ponemos nuestras expectativas en un nuevo grupo de fármacos, para desecharlos o desconfiar de sus resultados poco después, cuando nuevos datos refutan los resultados que parecían prometedores. Tras más de 30 años ejerciendo la medicina, me encuentro en no pocas ocasiones dando palos de ciego, en espera de datos robustos sobre mejora de la mortalidad, de hecho, el único objetivo consistente en una infección que resulta mortal en no pocos casos. De todos los fármacos que utilizamos hasta ahora, sólo la dexametasona ha demostrado su eficacia en los pacientes graves, la inmensa mayoría de los que atiendo.

Ojalá lleguen pronto tiempos mejores. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos: olvidados hace tiempo los aplausos, quizás es el tiempo de las oraciones.

23 de marzo de 1980, última homilía dominical de monseñor Romero.

Monseñor Romero pronunció su última homilía dominical el 23 de marzo de 1980, quinto domingo de Cuaresma. Estuvieron presentes varias personalidades eclesiásticas y civiles de los Estados Unidos, que visitaban El Salvador en orden a investigar la represión. Tituló la homilía “La Iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente”. Analizó la palabra de Dios a la luz de los hechos eclesiales y nacionales de su país en aquellos días. Cuando comenzó a desgranar los hechos nacionales, dijo:

“Y ahora sí les invito a que veamos desde esta Iglesia que trata de ser el Reino de Dios en la tierra y por tanto tiene que iluminar las realidades de nuestro alrededor. Hemos vivido una semana tremendamente trágica.”

Hacia el final de la homilía exclamó sus frases más recordadas, proféticas, dirigidas al ejército y los militares, pidiendo el cese de la represión. Cuando cesaron los aplausos de la multitud, concluyó con unas frases que no por menos conocidas son menos densas que las anteriores, y que he citado en más de una ocasión:

“La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia, una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo, y la transcendencia que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza. Vamos a proclamar ahora pues nuestro Credo en esa verdad”.

Debo decirles que las palabras de un profeta permanecen vivas y actuantes en la historia, y pueden iluminar las realidades que nos toca vivir. Desde ellas, podemos formularnos algunas preguntas aquí y ahora.

¿Qué respeto por la dignidad de la persona tiene un gobierno que promulga una ley de eutanasia? ¿debe acatarse una ley que es inmoral? (monseñor Romero lo contestó en esta última homilía dominical: “Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla”) ¿qué visión del ser humano tiene un gobierno que legisla en contra de la persona?

¿Qué lugar ocupa el bien común del pueblo cuando un gobierno adjudica 53 millones de € a una compañía aérea que no vuela y cuyo principal valedor es el gobierno venezolano? ¿Puede haber una forma más directa de demostrar que el bien común del pueblo es la menor de sus prioridades, utilizando así los recursos que debieran ayudar a restañar las heridas de su propia ciudadanía? ¿qué pueden esperar ya los miles y miles de trabajadores autónomos que viven en medio de angustias y zozobras?

¿No supone de facto un desprecio por la trascendencia promulgar una ley de educación que busca debilitar cuando no suprimir cualquier modelo educativo que incluya el respeto y estudio de la faceta trascendente del ser humano?

Como ven, la última homilía de monseñor Romero puede iluminar nuestra realidad nacional, y he compartido con ustedes estas preguntas que su texto me sugiere. Que Dios nos ayude en este momento difícil de la historia de nuestra nación y nuestro mundo.

“El machismo mata más que el coronavirus”

Desde un punto de vista sanitario, las manifestaciones del 8 de marzo del año pasado –una de cuyas pancartas contenía la frase que encabeza esta entrada- resultaron letales para nuestro país. Puede afirmarse sin género de dudas que, junto con la ausencia de controles en los aeropuertos españoles, en especial el de Barajas, son las responsables de que contemos los muertos por Covid-19 por decenas de miles. Esta afirmación sería demostrable con relativa facilidad mediante un estudio epidemiológico, que quizás pueda y deba realizarse algún día. Bastaría analizar cuántas asistentes a la manifestación se contagiaron, y las cadenas de transmisión de esos casos. Hubo otras concentraciones de personas esos días en Madrid, pero con diferencia la manifestación feminista fue la más multitudinaria.

Desde los primeros artículos científicos publicados con los datos generados en hospitales chinos, se sabía que los acúmulos de personas favorecían de forma extraordinaria la propagación viral. De hecho, se cree que la explosión de la pandemia en Wuhan se vio desencadenada por un banquete multitudinario. Por ello, convocar y autorizar la manifestación del 8M del año pasado, fue un hecho criminal. Quizás no de acuerdo a las leyes vigentes, quizás nunca se juzgue en los tribunales de justicia, pero hace falta estar muy ciego o mantener una postura sectaria para no estar de acuerdo con este aserto. Si queremos establecer una ética de la memoria sobre lo que esta pandemia ha supuesto para este país, que nos ayude a explicar lo que ha ocurrido, debe reconocerse el papel que ha desempeñado cada cual. Sólo así haremos justicia a las víctimas, huyendo de explicaciones simplistas o torticeras.

Así, quienes convocaron, autorizaron y asistieron a esa malhadada manifestación, comparten la responsabilidad de lo ocurrido. La concentración de personas supuso un Chernobyl de coronavirus, una explosión de transmisión viral cuyas consecuencias en vidas y haciendas conocemos: hasta la fecha, unos 100.000 muertos directos por la enfermedad, y un número incalculable por consecuencias indirectas, tales como otras enfermedades cuyo diagnóstico se ha visto retrasado por la concentración de recursos materiales y humanos ante la pandemia, sobre todo cánceres. Los médicos somos testigos directos de este hecho. En cuanto a la hacienda, entre parados y personas acogidas a un ERTE, más de 5 millones de compatriotas no tienen trabajo, muchos de ellos nunca volverán a encontrar un empleo.

Esas han sido las repercusiones terribles de unas manifestaciones que nunca debieron tener lugar. Por eso, repugna escuchar que están siendo convocadas y autorizadas de nuevo, incluso si se someten a restricciones y precauciones sanitarias. El mero hecho de pensar en conmemorar una de las causas directas de la tragedia que vivimos desafía al sentido común y a la buena voluntad.

Este mes de marzo es y será en el futuro un mes triste, no sólo porque se solapa con el aniversario del martirio de monseñor Romero. Los españoles nunca podremos olvidar que en los primeros días de este mes se gestó una catástrofe que ha golpeado a nuestro país de forma más cruel que a casi ningún otro; que ha producido, produce y producirá sufrimientos que nos acompañarán durante años. Que nos ha obligado a vivir en el espanto, con miedo al contagio, confinados en nuestros domicilios durante meses, con las libertades civiles suspendidas, mientras asistimos atónitos al sufrimiento y la muerte de personas queridas, que fallecen solos en los hospitales.

Ignorar estas realidades, mirar para otro lado, enrocarse en falsas explicaciones y mentiras, no aceptar los hechos científicos sobre la pandemia y así comprender por qué nuestro país ha sido devastado de forma tan intensa, no nos ayudará a superarla, ni como personas ni mucho menos como sociedad.

Que Dios nos ayude esta tesitura tan difícil que vivimos.

De vacunas y pesadillas

Hoy hace un año, el 23 de enero de 2020, se decretó el confinamiento absoluto en Wuhan, la populosa ciudad china donde, desde primeros de diciembre del año anterior, se habían diagnosticado casos de una enfermedad viral emergente que hoy conocemos como Covid-19. Un año después, se han confirmado más de 83 millones de contagios en el planeta (en realidad muchos millones más, dado que los casos no confirmados pueden suponer un 30-50% más), con casi 2 millones de muertes (ídem).

Todavía no hemos despertado de la pesadilla que comenzó hace un año en esa ciudad china, y entramos en el segundo año de este mal sueño con la infección propagándose de forma descontrolada en pueblos y ciudades de España, de norte a sur y de este a oeste, con más de 40.000 contagios al día y más de 400 muertos diarios. Nuestras autoridades sanitarias y no sanitarias parecen incapaces de controlar esta pandemia, esta es la triste realidad. Las causas de este hecho son múltiples y no es el lugar ni el momento de analizarlas, aunque puedo sugerir una pista: el éxito en el control de una enfermedad infecciosa, lo sabemos desde el medioevo, radica en identificar con rapidez a los infectados y proteger a quienes no lo están. Nuestro ministerio de sanidad fracasó en esa tarea al principio de la pandemia, sobre todo por falta de test diagnósticos en los primeros meses, y en ningún momento ha sido capaz de coordinar una respuesta consistente, por lo que nos encontramos asediados de nuevo por los contagios, los ingresos hospitalarios y los muertos.

Triste realidad con la que hemos de convivir día a día los sanitarios como yo y la población general como ustedes. Nos hemos tenido que acostumbrar a vivir con miedo: miedo al contagio, a la enfermedad y la muerte; a la pérdida de seres queridos, de aquellos que nos importan; del empleo, de la empresa, de la capacidad adquisitiva; de los sueños y proyectos, de las ilusiones cotidianas sencillas, como un fin de semana en el campo, unas vacaciones, ver a la familia que vive en otra provincia o en otro país. Además, sin saber qué nos espera, en manos del peor gobierno en el peor momento. Los daños sociales, económicos y políticos que estos gobernantes están produciendo son gravísimos, y perdurarán mucho tiempo después del fin de la pandemia.

En este contexto de malas noticias y peores realidades, ha comenzado de forma lenta y dificultosa la campaña de vacunación. El desarrollo de vacunas a “velocidad pandémica” es uno de los hitos científicos más destacables de estos meses, y aun cuando las incógnitas sobre las mismas son numerosas, son por el momento nuestra única posibilidad de protegernos a nivel individual de esta pesadilla, dado que no hemos encontrado hasta ahora un fármaco eficaz.

Acepté recibir la primera dosis tan pronto como se me ofreció, hace unos pocos días, y ahora los sanitarios cruzamos los dedos en espera de una 2ª dosis, que no sabemos si podrá administrarse en fecha, dada la escasez en el suministro. Eso no disminuirá nuestra preocupación por las personas queridas no vacunadas, tan sólo podrá brindarnos una cierta protección para seguir cuidando a otros. Tampoco nos librará de las duras medidas no farmacológicas que buscan disminuir los contagios: seguiremos mucho tiempo viviendo lejos de los demás, sin poder abrazarlos, ocultos tras las mascarillas.

Soy consciente de que los costes emocionales y físicos del cuidado de los pacientes son cuantiosos y pagaremos su precio durante meses, quizás años. Hemos visto enfermar a compañeros de trabajo, hemos tenido que aceptar la pérdida de numerosos pacientes, y los hemos visto morir solos; hemos tenido que comunicar por teléfono noticias atroces a personas que no conocíamos, sin poder acompañar con una mirada, con un gesto. Todo esto, incluso para personas curtidas en la profesión médica, supone una desolación que nos acompañará toda nuestra vida, al igual que, en mi caso, lo ha hecho la muerte de tantas personas jóvenes en la primera pandemia que viví, el SIDA, y el haber presenciado la muerte por hambre de no pocos niños en Honduras o en África, en sus días.

Recemos los unos por los otros en este tiempo difícil. Sigamos apoyándonos todo lo que podamos, pidiendo el auxilio de quien puede dárnoslo: “cuando nos llegue la prueba, no nos dejes sucumbir a ella”.

Aunque con retraso, Feliz Navidad

Disculpen por no haberles felicitado la Navidad en su momento, cosa que, con mejor o peor humor, había hecho todos los años precedentes. Me encontraba enfermo y sin ánimos. Unos días antes, un compañero se contagió de Covid-19, un poco después me encontré mal, afortunadamente ha sido una simple amigdalitis y se ha podido curar con amoxicilina y paracetamol. Por desgracia, él no ha tenido tanta suerte y está ingresado en las mismas habitaciones en las que ha atendido a innumerables enfermos. En el contexto actual, en los hospitales y en las calles seguimos esquivando la enfermedad, esperando la tan ansiada vacunación, sobre la que espero escribir otro día.

Mientras tanto, convivimos día a día con dos ingredientes de este año aciago: la incertidumbre y el miedo. Quizás algo atemperados con respecto a los meses más duros de la pandemia, pero siguen estando ahí, porque, a pesar de las precauciones, “al que le toca, le toca”, y sigue siendo una infección potencialmente devastadora.

Por más que lo intentemos vivir de la forma más cristiana posible, son unas Navidades tristes, con las personas queridas en la lejanía, sin poder desplazarse, sin poder abrazarnos, ocultos tras las mascarillas. Echando de menos a personas que ya no volverán, llorando a los ausentes.

Me repito que Jesús viene en las circunstancias que nos toca vivir, pero eso no elimina la desdicha; las perspectivas y las realidades económicas y sociales ruinosas no ayudan precisamente. Es Navidad, pero la fe sigue poniéndose a prueba. Me repito que el miedo es uno de los enemigos de la fe, intento vencerlo y convivir con él lo mejor posible: miedo a enfermar, a que lo haga una persona querida, a la quiebra de las empresas, al desempleo de los familiares, a otras cosas que no menciono, cada quien podrá escribir las suyas.

A pesar de todo, aunque sea con retraso, les deseo Feliz Navidad.

Una madre, un hijo. Una hermana, un hermano.

Ella tenía 80 años y muchas enfermedades previas. Él, no llegaba a los 60. Ignoro quién contagió a quién, quizás un nieto llevó la enfermedad a la casa, no lo sé. No pude hacer mucho por ella, no respondió a los tratamientos que a día de hoy utilizamos, tan sólo proporcionarle una muerte confortable. Nunca supo que su hijo agonizaba en la UCI, unos pisos más abajo. La sobrevivió unos pocos días.

Mi deber fue informar de la muerte de la madre a un hijo no infectado, en aislamiento domiciliario por haber sido contacto. Me preguntó cómo podía asimilar tantas pérdidas, su madre y su hermano a la vez. No supe qué responder, sólo expresarle mi pesar y mi simpatía.

La hermana tenía casi 90 años, pero muy buena calidad de vida. El hermano, algunos menos, pero peor salud. No ingresaron en la misma habitación, aunque sí en la misma planta. Cuando él murió, esperaron que fuese yo quien, unas horas más tarde, durante el pase de visita, le diese la noticia a la mujer. No fue fácil, pero ella lo tomó con la entereza de una mujer creyente y adulta: había rezado para que fuese así, para que él muriese antes, no quería dejarlo solo, pensaba que no se arreglaría sin ella, siempre habían vivido juntos. La vi llorar a través de la pantalla protectora, con el respeto profundo que produce asistir al dolor humano, sobre todo cuando está cuajado de dignidad.

No busco impresionar, quizás sí conmover, como me conmueve a mí el simple recuerdo de lo vivido estas semanas. Esta es la dura realidad de una sala Covid-19 en un hospital cualquiera, estoy convencido de que colegas míos habrán vivido casos similares a lo largo y ancho del país, ante una enfermedad que penetra en los hogares y puede devastarlos, como en los casos que narro.

El gobierno de la nación, cuyo primer deber es proteger a los ciudadanos, ha vuelto a fracasar. La segunda oleada barre el país de norte a sur y de este a oeste. Los especialistas en epidemiología y salud pública de las distintas administraciones, han fracasado, así como la asistencia primaria. Covid-19, entre otras muchas consecuencias, ha puesto de relieve las debilidades de nuestro sistema sanitario público, que creíamos omnipotente, siempre jactándonos del número de trasplantes, de los medios de que disponíamos. Se ha roto por su eslabón más débil, la asistencia primaria: los médicos de familia, aunque entrenados en salud pública, han carecido de los instrumentos necesarios, abrumados desde hace décadas por tareas administrativas; mal pagados, desmoralizados, sometidos de forma cotidiana a agresiones psicológicas e incluso físicas: el Salud  se negó a que hubiese personal de seguridad en los centros de asistencia primaria, de eso tan sólo hace unos meses, después de la última y grave agresión a un sanitario. No puede improvisarse en unas semanas un sistema capaz de realizar las 3T claves en el control de una pandemia: “Test, trace and treat” (diagnosticar mediante pruebas, rastrear y tratar, decidir qué hacer con el paciente: aislarlo u hospitalizarlo).

Menos aún si, en vez de sacar adelante leyes y normas útiles a la ciudadanía, el gobierno insiste en gobernar persiguiendo un objetivo que se va dibujando de forma cada vez más clara: la destrucción sistemática del modelo democrático que nos dimos con la Constitución de 1978. Para ello, ha dinamitado el principio básico de una democracia, que es la independencia del poder judicial. Ignorando el sufrimiento de cientos de miles de trabajadores que no han cobrado sus ERTE, aumentando día a día la brecha entre quienes tienen un trabajo por ahora seguro y quienes lo han perdido o viven con el medio a perderlo, ha decidido laminar el tejido empresarial, posiblemente con el interés puesto en crear un país de subsidiados. Un gobierno que se sostiene con el apoyo de quienes reventaron nuestra convivencia, y con los herederos de aquellos que, durante décadas, sembraron calles y plazas de sangre y de dolor. Como indiqué en alguna entrada previa, el peor gobierno en el peor momento.

Sólo con estas claves de lectura puede entenderse la estrategia ante esta segunda oleada. La población muere en medio de un vacío de liderazgo, en medio de normas contradictorias y cambiantes, que constituyen, en palabras del expresidente González, “una puñetera locura”. La falta de credibilidad en las instituciones es progresiva y preocupante, y cabe la posibilidad de un estallido popular. La única estrategia ante la pandemia, tal como ocurrió en primavera, es mediante el cercenamiento de las libertades públicas a través de confinamientos cada vez más abrumadores, condenando al país al desánimo y a la pobreza. Ante una gestión así, no son pocos quienes consideran roto el contrato social, por el que los ciudadanos sostienen a las instituciones a cambio de que éstas les protejan y velen por su bienestar. Qué consecuencias pueda tener esta fractura, es difícil de prever.

Soy consciente de haber dibujado una pintura negra, quizás condicionado por mis vivencias de estos meses en la sala Covid-19. Sin embargo, no creo que mi lectura se aleje mucho de la realidad nacional, una realidad que la mayoría de políticos pretenden ignorar. A pesar de todo, debo decirles que mis convicciones profundas siguen intactas: Dios es padre y no nos abandona, y los hombres somos hermanos. Esta segunda cuesta más de creer, pero eso es la fe, creer lo que no se ve. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.