Este médico, con la Constitución

Nuestro país ha recibido hoy por parte de los secesionistas catalanes el ataque más virulento imaginable desde el 23 de Febrero de 1980, equiparable a los episodios más violentos de nuestra historia reciente. Sin ametrallamiento del techo ni voces airadas, pero igualmente de amenazador para nuestra nación y nuestra democracia.

Por eso no quiero dejar de pronunciarme en favor de nuestra Constitución de 1978 –la primera vez que voté en mi vida-, y de expresar mi apoyo a las autoridades del país en las medidas legales, administrativas y coercitivas que decidan tomar para poner término al desafío secesionista y castigar a los responsables. Ciertamente, como ya he expresado en otras ocasiones, lamento que no lo hayan hecho antes, quizás no nos veríamos ahora en esta tesitura que sería cómica de no ser potencialmente trágica.

Durante estos años en que escribo en este blog, he compartido con ustedes los gozos y las sombras de la vida de un médico que trabaja en un hospital de la sanidad pública muy particular, el Hospital Nacional de Parapléjicos, el único hospital con estas características que existe actualmente en el país. Como en todo hospital, pero más en éste por la peculiar patología de la que se ocupa, nos movemos entre el dolor y la esperanza, entre pequeñas victorias y amargos fracasos. Ser testigo de todo ello y acompañar a mis pacientes en este recorrido de pérdida y rehabilitación es a diario una profunda experiencia médica y humana.

Igualmente podría comentarles que en unos pocos días partiré a Uganda, un país típico de lo que aquí conocemos como “tercer mundo”, y que he visitado varias veces en los últimos años. Cuando esté allí, espero poder contarles, según las posibilidades de acceso a internet, los avatares de mi estancia ahí, pero hoy he preferido, en lugar de narrar más en profundidad hechos del hospital o de la preparación de mi viaje, afrontar la realidad nacional, y eso pasa en este momento por afirmar de forma inequívoca mi apoyo al Gobierno de la Nación y a nuestra Constitución de 1978. Como un ciudadano de buena voluntad más, les invito a pronunciarse en cualquier foro al que tengan acceso a favor de estos mismos valores. Las ideas políticas son legítimas en tanto en cuanto respetan unas reglas del juego que todos nos hemos dado, y cuando se automarginan de este marco, se convierten en atentados directos e implícitamente violentos contra nuestra sociedad y nuestra nación. Hoy, en España, estar contra la Constitución significa cabalmente estar a favor de un auténtico golpe de estado. Yo no puedo estar de acuerdo con unas personas que pretenden aprobar una ley que dinamita nuestra convivencia y he querido expresarlo mediante estas líneas. También he querido así expresar mi solidaridad con los catalanes y españoles de buena voluntad, que asistimos escandalizados y estupefactos a tal demostración de orgullo y desprecio por nuestra democracia

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país.

Pobre Barcelona, pobre Cataluña, pobre España

Pobre Barcelona, desgarrada por la violencia terrorista. Descuidada por quien dice amarla, pero que en realidad no la ha protegido del terror, “para mantener la libertad”, decía. La ciudad donde aprendí el arte de la medicina interna, donde viven amigos muy queridos, donde gocé y sufrí, lloré y reí, trabajé y descansé, y que hoy está en manos de personas que acusan a otras para justificar la propia incompetencia.

Pobre Cataluña, la tierra de mis abuelos maternos, de mi madre, de mis tíos, donde vive parte de mi familia más querida, hoy bajo el control de delincuentes y sediciosos. Una región respetada, apreciada, antes ejemplar en el trabajo y el ocio, y que hoy nos provoca náusea, indignación y hastío.

Pobre España, en manos de políticos que ignoran por completo lo que monseñor Romero llamó “el bien común del pueblo”, que han antepuesto sus intereses personales y de clase a cualquier otro criterio, que han convertido la lucha política honrada en un circo y un sainete, sin altura de miras ni de debate. Con un gobierno que ha hecho omisión de sus deberes sagrados, que ha dejado que los ciudadanos catalanes y españoles honrados vivan en la decepción y la amargura, todo por evitar un conflicto inevitable; y con una oposición desleal cuando no prosediciosa, cuyo único objetivo es destruir uno a uno todos los logros que nos hemos dado en los últimos cuarenta años con tal de imponer su ideología sobre el país.

Sobre este país de mártires y santos, de poetas y guerreros, de gente cabal que se preocupa por los demás y cuida de los suyos, soy testigo de todo ello -y desdichadamente también de lo anterior- en este hospital donde intentan salir adelante y rehacer su vida personas que han sufrido una de las condiciones más devastadoras que pueden acontecerle al ser humano después de la propia muerte: la lesión medular alta, que paraliza del cuello para abajo; a pesar de ello, hay quien sueña con volver a trabajar, retornar a su domicilio, rehacer su vida con sus seres queridos. Es un agudo y doloroso contraste lo que veo aquí -esfuerzo, sacrificio, generosidad, entrega sin límites- con lo que leo en la prensa y escucho en la radio y la tele.

Por eso entono este lamento por mi país, porque creo que merecemos una suerte mejor y unos gobernantes mejores, y rezo para que todo ello venga algún día. Mientras tanto, recen por los enfermos y por quienes les cuidamos. Y por España.

Un país que se equivocó (y debe rectificar)

Se reconoce en psicología que las personas tenemos derecho a equivocarnos (y rectificar, si se puede), como base para el crecimiento personal. Es posible que eso sea aplicable también a los países. Como sanitario que siempre ha trabajado en la sanidad pública, mi visión es que este país nuestro se equivocó al estructurar un sistema sanitario transferido a las autonomías. Tenemos una sanidad que es ejemplar, de una capacidad y eficacia contrastadas (básicamente a expensas del esfuerzo de unos profesionales mal pagados), pero -aunque nadie lo admite claramente- que es económicamente insostenible a largo plazo. Uno de los problemas principales es que existen 17 sistemas sanitarios diferentes, y eso supone una burocratización que repercute en la sosteniblidad, el funcionamiento y la equidad. Mientras que en tiempos del INSALUD menos de cien personas coordinaban el conjunto de centros de salud y hospitales del país, ahora existen decenas de miles de funcionarios prácticamente para lo mismo, además de cientos y cientos de cargos de tipo político, muchos de ellos sin cualificación suficiente para el cargo que ocupan. Esto es aplicable a la sanidad, pero también a otros muchos aspectos de la vida pública: la educación (que nunca debió de dejar de estar a cargo de un gobierno central), la agricultura, la industria …hablo de la sanidad porque es el campo que conozco.

Este país apostó por una descentralización tras décadas de un estado centralista, fue una exigencia del momento y se hizo con buena voluntad, creyendo que los problemas se resolvían mejor a nivel local, pero esta decisión se ha revelado un error garrafal. Es un error que debiéramos rectificar. Debe haber un sistema sanitario nacional, una tarjeta sanitaria nacional que elimine la burocracia en la percepción de los servicios sanitarios, un ministerio de sanidad que decida y coordine a las comunidades autónomas, y se deben eliminar los cientos y miles de cargos intermedios que suponen un gasto innecesario e inasumible. Quizás si hubiese existido un sistema centralizado no se hubiese autorizado la construcción de centros de salud y hospitales en el mejor de los casos faraónicos, en el peor innecesarios (eso sí, todo hecho sub Angelum lucis, como explicaba San Ignacio sobre la forma en que el mal se disfrazaba para actuar). Sin embargo, no creo que en mi periodo vital se rectifique este error, que pagaremos durante generaciones. Al menos, que no quede por mi parte el denunciarlo.

Otro día les pongo ejemplos concretos de todos los puntos anteriores tal como ocurren en mi hospital. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Miguel Ángel, hermano, no te olvidamos

 imagen MA Blanco

Ay, canto qué mal me sales cuando tengo que cantar espanto.

Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.”

(Fragmento del poema que Víctor Jara compuso en el Estadio Chile y se sacó de forma clandestina; el cadáver del cantor fue encontrado, baleado y con espantosas heridas, al lado de la tapia del cementerio del barrio de San Miguel, el 16 de Septiembre de 1973).

¿Qué has hecho? Clama la sangre de tu hermano, y su grito me llega desde la tierra.” (Gen 4, 10)

Estos dos textos resumen mis sentimientos 20 años después del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Nunca había escrito sobre aquellos hechos sobrecogedores, aunque mis recuerdos (como seguramente los de muchos de ustedes) son muy vívidos. Me hablan de dolor, rabia e impotencia durante aquellas horas angustiosas, en que un país contuvo el aliento en espera de un desenlace que muchos sabíamos fatal, porque cuando una fiera sanguinaria cobra una pieza, jamás la suelta. Fueron días de manifestaciones, vigilias, llantos y miedo, de una movilización sin precedentes contra ETA de la que enseguida se apearon los que se habían subido al tren a su pesar: muchos peneuvistas, algunos socialistas (exactamente como ahora).

Hoy me pregunto qué queda de aquello y, en realidad, me pregunto por qué escribo si no lo había hecho en 20 años. Simplemente, porque no puedo tolerar que la verdad se violente ni que se intente reescribir nuestra historia, y me sobrecoge lo que veo y lo que escucho: alcaldes que se niegan a realizar un homenaje, gente que se sigue alegrando de la muerte de aquel pobre muchacho, políticos que no condenaron entonces ni condenan ahora, parlamentarios, concejales, presidentes de comunidades autónomas … Por eso rescato el fragmento de Víctor Jara, y me produce espanto recordar y sobre todo me produce espanto lo que veo y oigo. Porque no hay preverdad ni posverdad, sólo hay verdad y mentira. Hubo victimarios y hubo víctimas. Hubo torturadores y hubo torturados. Hubo verdugos y hubo ajusticiados. Hubo políticos (“con corazón de hielo”, como los definió Mayte Pagazaurtundúa) y ciudadanos, vascos y no vascos, que no condenaron entonces ni condenan ahora, que fueron conniventes con ETA y que perpetúan su ideología, sus actitudes y sus fines. Hubo un asesinado y uno de los autores (Txapote) incluso ha tenido hijos en prisión, ignoro si hijos del amor, ciertamente hijos del mal. Hubo unas personas -y las hay hoy en día- que crearon lo que monseñor Romero denominó “el reino del demonio”: los que secuestraron, torturaron y asesinaron; los apóstoles de la bomba debajo del coche y los tiros en la cabeza, así como los que les jaleaban y jalean. Hoy no matan, pero apalean guardias civiles, insultan, amedrentan y amenazan.

Y lo triste es que hoy lloramos y recordamos a Miguel Ángel, pero quedan en el olvido decenas y centenares de “víctimas silenciosas”: policías y guardias civiles, humildes concejales, empresarios y trabajadores, personas cobardemente asesinadas, enterradas a toda prisa, sin homenaje ni recuerdo alguno, cuyas tumbas aparecían cotidianamente pintarrajeadas y mancilladas, de modo que sus deudos (como la familia de Miguel Ángel) han acabado por trasladar sus restos a otros cementerios (de Galicia, de Extremadura), donde por lo menos puedan descansar en paz y su memoria ser honrada.

Todo eso hubo, y todo eso hay: un país que debe recordar la verdad, por justicia y respeto a las víctimas y familiares pero sobre todo para no repetir los errores del pasado. Para aprestarse a defender lo conseguido, porque los etarras ya no matan, pero siguen presentes entre nosotros. Hay entre nosotros quienes quieren llegar al poder a cualquier precio para imponer un régimen similar al que deseaban los criminales, aunque sea costa de sangre y de dolor. Quienes afirman que no hubo víctimas, sino daños colaterales. Quienes quieren destrozar la patria, sin importar las leyes ni el derecho, hasta imponer su forma de ver la sociedad y quedarse solos en el país, aunque eso suponga el fin de las libertades y el empobrecimiento de todos.

Por eso escribo, porque quizás muchos estamos dispuestos a defender a España y lo que hemos conquistado, por imperfecto que todo ello sea (libertades, una Constitución, unas normas de convivencia). Personas que se preguntan si el gobierno actual (aun siendo quizás el menos malo de los posibles) está haciendo lo suficiente, dado que muchos ciudadanos de bien (en el País Vasco, en Cataluña) se sienten abandonados y carecen de apoyos concretos en circunstancias difíciles, tal vez por ahora sin temor por sus vidas o sus propiedades, pero sí por su lugar en la sociedad y su libertad para expresarse en tranquilidad y paz. Por eso hoy no puedo callarme y he decidido escribir.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país donde la verdad se ve día a día traicionada.

El presidente que anuncia lo que no puede y no contesta una carta

Hace unos meses, el presidente de Castilla la Mancha envió a los ciudadanos una carta anunciando el comienzo del cribado del cáncer de colon. Lo hizo con gran fanfarria mediática, con cobertura de la prensa y la televisión local, con declaraciones grandilocuentes sobre lo mucho que iba a mejorar la salud de los castellano-manchegos con esta medida. Ahora, un año después, no sabemos en qué quedó aquello, pero sí sabemos que el señor presidente de esta comunidad autónoma no contesta la carta de un ciudadano consciente que le ha pedido explicaciones. Les transcribo esta carta sin respuesta, que me ha hecho llegar el interesado (cuyo nombre omito y a quien le comenté cuánta razón tenía y cuan cándida era su misiva):

A

De:

Toledo

: D Emiliano García-Page Sánchez,
Presidente de Castilla la Mancha

Plaza del Conde, 2

45001 Toledo.

22 de mayo de 2017

Estimado Don Emiliano García-Page Sánchez

PROGRAMA DE PREVENCIÓN DE CÁNCER DE COLON Y RECTO (PPCCR)

Hace casi un año recibí una carta de Vd. sobre el tema arriba mencionado, copia adjunta.

Me interesa mucho participar en dicho programa, ya que murieron de cáncer de colon tanto mi padre, mi abuela paterna (con solo 45 años) como mi abuelo paterno. Entiendo que hay tendencias genéticas a sufrir el CCR, y estoy en la categoría prioritaria de edad, teniendo 65 años.

Dicho eso, lamento observar que NO he recibido ninguna notificación desde su carta original.

¿Puede confirmarme que el programa sigue activa?

Muy atentamente

XXXX

DNI XXX

Hay que decir que el ciudadano viene de otro país europeo, donde a los políticos se les pueden pedir explicaciones personales de lo que prometen y no cumplen, y ha pensado -cándidamente- que en España podía hacerse igual. A fecha de hoy, un mes después, no ha obtenido respuesta alguna. Y podemos preguntarnos ¿por qué? Porque el Sr. García-Page (y su consejero de sanidad, y su gerente del sistema sanitario público) anunció algo que no podía cumplir sin hablar antes con los profesionales hospitalarios implicados; y lo hizo por pura política, porque una medida de salud pública -justificada o no- no puede implementarse sin presupuesto y sin consenso, y por eso ha fracasado, generando unas expectativas -como en este ciudadano cabal- que ahora quedan defraudadas. He querido contárselo porque este buen hombre me ha hecho llegar sus preocupaciones, pensando en una colonoscopia que necesita, que le anunciaron y de la que ahora nadie sabe dar razón. Sería interesante saber cuántos asesores y cuántos funcionarios están dedicados y viven de este programa que se presntó a bombo y platillo y parece haber llegado a ninguna parte, en aras de una transparencia que este mismo político utilizó como leitmotif de su campaña electoral. Por cierto, el Sr. consejero de sanidad de esta misma comunidad autónoma tampoco ha tenido a bien contestar a la solicitud de entrevista que repetidamente ha solicitado la asociación de profesionales y usuarios del Hospital Nacional de Parapléjicos, para poner en su conocimiento circunstancias desdichadas de nuestro centro. Se ve que el gobierno actual de esta comunidad autónoma tiene como norma no atender las solicitudes que les hacen los ciudadanos.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

La muerte de un joven

Javier -así se llamaba el muchacho de quien escribía en la última entrada- murió pocas horas después. Se marchó en paz, su padre y una prima muy querida estaban con él cuando su vida se apagó, al punto llegaron el resto de familiares. Dejó tras de sí tristeza y llanto inconsolables, como no podía ser de otra manera, una ausencia que parece insuperable. El dolor se vio tamizado por la compañía numerosísima en el cementerio, en el funeral y el entierro. Conmovía ver las lágrimas de familiares y amigos, la mayoría gente muy joven, posiblemente para muchos de ellos era el primer contacto con la muerte. Un muchacho que era entrenador de balonmano de diversos equipos, de diversas edades, que le lloraban y despedían con un cariño que hablaba de lo mucho que lo habían apreciado en vida y lo dolorosa que les resultaba su muerte.

Ahora, sólo queda el silencio. La ausencia. El recuerdo de otros tiempos que aflora a cada momento, parece ocuparlo todo y provoca tanto dolor que se convierte en insoportable, hasta que se alivia temporalmente con el sueño. De poco sirve pensar que, como cristianos, no creemos en la muerte sin resurrección, aun cuando no sepamos en qué consiste ésta. Es el momento de la fe desnuda, desprovista de toda razón, que se lanza a la negrura y pregunta, como Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”. Cuando el Padre ya no está, ni se le percibe ni se le espera, cuando todas las experiencias previas de un Dios fiel no resultan de ayuda, cuando nada ni nadie parece que puedan aliviar el dolor. Quizás sólo queda pensar en Jesús crucificado -queda todavía próximo el recuerdo de la semana santa, ahora instalada en un Viernes Santo permanente- , que conoció antes que nosotros el abismo al que hemos sido arrojados, de forma todavía más dolorosa e injusta, porque no es lo mismo morir en una cama rodeado del cariño de los tuyos que en un instrumento de tortura, abandonado y maldito, aunque eso sirva ahora de poco consuelo a esta familia por la que rezo y lloro.

No quiero dejar de mencionar lo que vi la tarde de la muerte de Javier en el hospital donde le trataban (La Princesa de Madrid). Un personal sanitario que abrazó y lloró con los padres, de todos los estamentos profesionales: el joven médico que le atendía, enfermeras, auxiliares. Eso dice mucho de su calidad humana, mucho más allá de una profesionalidad que han demostrado durante estos duros años, en los repetidos ingresos hospitalarios, las tandas de quimioterapia, los trasplantes de médula. Como médico, he aprendido que el factor humano hace más llevadera la peor de las situaciones, y apenas puedo imaginar una peor que ésta.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

La enfermedad de un joven

La enfermedad se presenta de repente, cuando menos la esperamos. No habíamos contado con que pudiese ocurrir. En el caso de la gente mayor, lo cierto es que resulta algo casi previsible, antes o después los órganos se agotan, se averían, y aparecen los síntomas. Pero en el caso de las personas jóvenes, con toda la vida por delante, con proyectos, enfermar resulta mucho más duro. Además, por lo general las enfermedades en la gente joven siempre son graves: cánceres sanguíneos, tumores cerebrales, enfermedades autoinmunes … la gente joven tiene ganas de vivir, le queda todo por disfrutar y descubrir en la vida, el amor, una vocación, un trabajo … y se aferran a ella con todas sus fuerzas. Por eso es tan terriblemente duro verles morir, resulta tan desgarrador ver que se van apagando, que la vida se les escapa, que se acercan a su agonía, casi siempre penosa de contemplar y dolorosa de acompañar. Se me rompe el alma al ver a un padre coger la mano de su hijo moribundo, preocupándose por el menor síntoma, esperando quizás un milagro… Se me llenan los ojos de lágrimas por esa vida que se apaga y por el sufrimiento que intuyo espera a la familia. Quisiera poder ayudar de algún modo, pero no se me ocurre ninguno. Me conforta pensar en los amigos que acuden de todas partes para mostrar su dolor y su cercanía, en la familia que se intenta reconfortar en este trance. Intento recordar que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección, aunque no sepa cómo sea ésta. Y que el muchacho renacerá a una vida mejor, más plena, una vida en el espíritu que nos anunció el Padre de Jesús. Pero me temo que creer eso no ayuda mucho a los más cercanos que quedan aquí.

David Werner lo formuló muy certeramente: ´”las personas que han vivido plenamente, por lo general, no le tienen miedo a la muerte: al fin y al cabo, es la forma natural de terminar la vida. Sin embargo, hay quien teme abandonar el mundo que conoce”.  Yo añado que una persona joven nunca quiere abandonarlo, a menos que la vida le suponga un sufrimiento insoportable y se suicide, pero para eso hay que estar muy enfermo, y no es el caso de la mayoría. Ciertamente no es el caso de la persona en quien tengo ahora mi pensamiento, un muchacho que quería vivir y que quería hacer un montón de cosas en esta vida.

Lamento transmitirles tristeza, pero ayer visité no como médico sino como amigo al hijo de unos amigos que se está muriendo y me golpeó todo el sufrimiento que vi. Por lo general suelo ser estar acostumbrado a estas situaciones, hace ya muchos años que ejerzo y uno se hace a casi todo, pero hay veces en que se está más sensible, o las defensas están más débiles, quién sabe. Quiero creer que el Dios cristiano lo abrazará amorosamente cuando marche de este mundo que conocemos, como su madre lo abrazó con toda ilusión cuando nació. Y ojalá entre todos podamos consolar a los vivos.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Desmantelar una casa. Buena suerte, Miguel

Durante estos días de Semana Santa me he dedicado, además de a ver procesiones en mi nativa Zaragoza y compartir ratos y mesa con mi familia, a recoger algunas cosas de casa de mi madre. En cada rincón un recuerdo: los álbumes de fotos, los libros, las ropas … recuerdos la mayoría buenos y algunos malos, de todas las alegrías y tristezas vividas en la casa de los padres. No podía ser de otra manera, son las mimbres de la vida humana, de nuestra familia y de cualquier familia, hemos recorrido ya varios tramos del camino de la vida disfrutando siempre que se ha podido y sufriendo cuando ha tocado. Embalé algo de vajilla, doblé los chalecos que ella usaba (y que antes habían sido de mi padre) y que ahora están en mi armario, recogí un par de crucifijos a los que tenía mucho aprecio (uno de ellos el que siempre estuvo sobre la cabecera de su cama) y que también me he traído … mi familia vivió y murió en esa casa, ojalá ahora pueda ser un buen soporte para otros. Yo me he tomado mi tiempo para despedirme, para acunar mis recuerdos, y ahora cuando entro por su puerta ya no espero ver a mi madre en su sillón, ni escuchar su respiración dificultosa por la noche; cuando se hacen las ocho ya no miro al teléfono y hago ademán de llamarla para preguntar cómo había pasado el día … ahora me queda el agradecimiento por lo vivido y recibido, el inmenso cariño con que recuerdo a mis padres, el intento de ser una buena persona y un buen cristiano y así honrar su memoria …Todo eso me queda.

En otro orden de cosas, comentarles que un compañero urólogo abandonó el otro día el Hospital de Parapléjicos, decidió cambiar de aires insatisfecho con lo que hacía y veía, con una gestión que se está revelando letal para nuestro hospital, con la ausencia de un proyecto ilusionante y consistente. Teniendo otras posibilidades, decidió que no quería seguir ejerciendo “a destajo”, sin poder dedicar tiempo a la investigación clínica, uno de los motivos por los que había aceptado venir a trabajar a nuestro centro. A veces bromeaba con él cuando me contaba en qué se había convertido su práctica cotidiana, y me decía que el hospital se había convertido “en una fábrica de embutidos”, en que él realizaba prueba tras prueba y redactaba informe tras informe, sin tiempo para razonar y explicar los hallazgos de las exploraciones, para comentar los casos con los colegas. Cuando una persona válida se marcha, los gestores y el jefe de servicio deberían reflexionar y preguntarse por qué lo ha hecho, pero eso presupone una capacidad y una humildad que parecen no poseer. Echaremos de menos a Miguel –así se llama el colega que se ha marchado-, una persona con sus peculiaridades pero positiva, disponible y capaz, con un currículum de publicaciones excelente y con unas capacidades que podía haber dedicado a la sanidad pública y al hospital todavía unos pocos años, si solamente su servicio y su trabajo se hubiesen gestionado mejor. No estoy muy seguro de que sea el último que se va, cuando un hospital no funciona hay quien no se resigna a estar a disgusto y busca mejores posibilidades. El problema es no percibir que esa marcha es síntoma de que algo no va bien e intentar poner remedio.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

“No matarás” (Ex 20, 13)

Muchas veces pienso escribir sobre asuntos más relacionados con mi profesión, generalmente no faltan, pero los acontecimientos me hacen elegir otros temas, sobre los que escribo como ciudadano y como cristiano. De ahí la entrada de hoy.

Durante 40 años, ETA y sus adláteres asesinaron, extorsionaron, secuestraron, torturaron, difamaron, calumniaron y amedrentaron. Y sectores de la sociedad vasca (políticos, cocineros, deportistas, escritores, profesores universitarios, docentes de colegios e institutos) y de la iglesia vasca (curas párrocos, religiosos y religiosas, laicos) callaron cobardemente, miraron para otro lado, o todavía peor, justificaron y comprendieron. No sólo eso: se escandalizaban de las violaciones de los derechos humanos en Nicaragua, en El Salvador, en el cono sur, mientras las que ocurrían en su ambiente, contra sus prójimos, les traían sin cuidado. Con todo ello, se hicieron cómplices por acción u omisión de uno de los peores pecados que puede cometer el ser humano: quebrantaron el 5º mandamiento de la ley de Dios, “no matarás”, quizás el más fundamental de todos, el más básico, fontal en todas las religiones, porque si no se respeta la vida humana, todo el resto de mandamientos quedan sin valor. Esto lo habían dicho Jesús (que adoptó una postura no violenta incluso en la cruz), todos los profetas y todos los hombres de Dios, entre ellos monseñor Romero: “nada hay más sagrado que la vida humana, que la persona humana”. Eligieron no escucharles, aun cuando muchos de los asesinos y sus cómplices decían creer en el nazareno. Así me lo contaba un jesuita ya fallecido, Jesús Iturrioz: antes de un asesinato había etarras que iban a confesarse, y había sacerdotes que les daban la absolución por anticipado. No lo he visto personalmente, pero aquel hombre serio y profundo no tenía por qué mentirme. Sí he vivido en carne propia, en la basílica de Loyola, en mis tiempos de estudiante jesuita, el silencio que se guardaba ante los asesinatos de los policías, militares, guardias civiles y políticos. Estos oídos que se acabará comiendo la tierra escucharon el “algo habrá hecho”, “debe ser de los que mete la droga”. Y estos ojos que también acabarán en la tierra han visto, en un fuego de campamento de un colegio de los jesuitas vascos, escenificar una rueda de prensa de ETA, con los muchachos y sus monitores encapuchados, y el resto del grupo riéndoles la gracia. Como forma de expresar mi disgusto y mi desacuerdo, desde el año 1985 sólo he vuelto en una ocasión a esa tierra que tanto quise, y no creo que regrese jamás, porque no puedo estar de acuerdo con un pueblo que hizo y dijo esas cosas.

Por eso hoy, cuando los asesinos escenifican una fantasmal entrega de armas, cuando los políticos se fotografían al lado del criminal de Otegui, cuando hay quien dice que es mejor olvidar, pasar página, no quiero dejar de aportar estas líneas, y recordar que una sociedad que no honra a sus víctimas y desprecia a los verdugos no tiene fundamentos justos ni cristianos. Quizás haya que acostumbrarse a esta nueva situación, pero entiendo que somos muchos los que no dejaremos de denunciar que, aun cuando había medios políticos para defender las ideas, aun cuando había cauces legales, se eligió matar y secuestrar. Y no se mató y secuestró a cualquiera (como en la sociedad salvadoreña no se persiguió a cualquiera, sólo a una parte, la que reivindicaba una sociedad más justa, como señala monseñor en su discurso de aceptación del doctorado honoris causa de Lovaina): en el País Vasco tras la transición se persiguió casi exclusivamente a los no nacionalistas, a los llamados españolistas, a todos aquellos que no apoyaban una sociedad exclusiva y excluyente, a los que “no eran de los nuestros”. Es una página triste y oscura de nuestra historia contemporánea, que no se justifica en absoluto aludiendo a la represión franquista, a las torturas en las comisarías, a la ausencia de libertades; más que nada porque la violencia se ha prolongado mucho más tiempo que aquellas situaciones, porque fueron muchos ciudadanos (los realmente valientes, porque disparar a la cabeza y poner una bomba lapa es cobarde) los que denunciaron aquellos hechos cuando había que hacerlo de forma pacífica, sin recurrir a la violencia; y porque justificar la violencia como respuesta a la violencia (“ojo por ojo, diente por diente”) no es cristiano, no fue el camino de los profetas bíblicos ni de Jesús, y en último término acaba llevando a la destrucción. Recordar hoy todo esto, sin ira pero con firmeza, es hacer memoria de nuestra historia más reciente, y lo considero un deber cívico y moral.

Hay cosas que aprendimos de niños, como la confesión de los pecados que describía el catecismo. Lo recitábamos de carrerilla, sin comprender la profundidad de lo que decíamos. Así, aprendí que los pecados se reconocen, uno se arrepiente de ellos, pide el perdón de Dios y decide –aunque luego las fuerzas le abandonen y vuelva a obrar mal- no pecar más. Con ello se alcanza la reconciliación. De niños nos confesábamos de cosas que ahora nos parecen tonterías, nos hacen sonreír. Más tarde comprendí que el pecado es aquello que produce la muerte del hombre (también lo expresa así monseñor Romero en el discurso que cité antes): la muerte del que lo comete y la muerte del prójimo (como él señala, la muerte rápida de la represión y la muerte lenta de la falta de justicia, la muerte que producían el hambre y el analfabetismo en El Salvador en sus días, y que yo vi personalmente). Creo que podemos afirmar que en el País Vasco se ha pecado y no podrá haber reconciliación si ese pecado no se confiesa, se reconoce y se pide perdón por él. No es ese el camino que las fuerzas políticas vascas –salvo el PP y Cs- han emprendido y no es ese el camino menos violento que nos llevará a la salvación.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Monseñor Romero: reflexiones al hilo de un aniversario.

27 años después de su muerte martirial, la voz de monseñor Romero nos sigue llegando viva y vibrante. No puede ser de otro modo, dado que está enraizada en lo que él llamó “la eterna verdad del Evangelio”. En nuestra España de hoy, estas son algunas de las reflexiones que me provoca.

Monseñor Romero nunca transigió con la violencia como medio de hacer política y para conseguir fines políticos. Era una barrera que no se podía superar, porque envilecía a quien la practicaba y a quien colaboraba con ella. Resultaba en algo tan malo como lo que se quería combatir y generaba una “mística de la violencia” que provocaba una espiral de consecuencias terribles. Monseñor habló con todo el mundo en sus días, pero nunca lo hizo con los apóstoles salvadoreños del tiro en la nuca y la bomba bajo el coche (el terrorismo no es nada nuevo ni original). En El Salvador existía una violencia estructural y una violencia revolucionaria, con ninguna de las dos transigió monseñor Romero y denunció ambas (no de forma simplista, sino analizando sus causas, sus orígenes, sus fundamentos, incluso sus soluciones). Si queremos ser fieles al espíritu de monseñor Romero (y obviamente al de Jesús, a quien monseñor pro-seguía), es conveniente no perder esto de vista, en un momento en que en España tenemos otra vez en la palestra a los responsables de tanta sangre derramada y tanto crimen, los terroristas de ETA, pero no sólo a ellos: también a quienes les jalean, justifican, admiran y reivindican. Sin rencor, sin odio, pero con firmeza, la paz sólo provendrá de la justicia, por eso los crímenes que quedan pendientes de esclarecer se han de investigar y los responsables deben ser llevados ante los tribunales. Lo contrario podrá ser políticamente correcto, pero nunca será cristiano, y ciertamente no hará justicia a la evocación de monseñor Romero.

Siempre pienso en monseñor Romero cuando oigo a los políticos de cualquier partido y color hablar del “pueblo”, y lo comparo con cómo sonaba la palabra en boca de monseñor. Él pretendió ser “voz de los sin voz”, por y para ello dedicó y en último término entregó su vida. Con otra terminología quizás, pero su apuesta era antigua: siempre fue una persona caritativa y compasiva, que jamás olvidó sus orígenes humildes y se preocupó por las personas sencillas a quienes debía pastorear; no sólo del espíritu, también de las condiciones de vida, del trabajo y de la falta del mismo, de las necesidades físicas fundamentales. Para ello no necesitó análisis sociológicos profundos, sólo una fe firme que le decía que el prójimo era su hermano. Sería interesante analizar qué quieren decir en realidad los políticos cuando hablan del “pueblo”, del que no suelen proceder, en medio del cual raramente viven y cuyas necesidades reales las más de las veces ignoran. “La salvación del bien común del pueblo” a la que aludió monseñor como uno de los tres componentes de la liberación que anunciaba la Iglesia al final de su homilía profética del 23 de marzo (los otros dos eran el respeto a la dignidad de la persona y la trascendencia), prácticamente nunca aparece en los discursos de los políticos ni mueve sus intereses. La gente sencilla comprendió que monseñor Romero la quería (no quería sus votos, los quería a ellos, se preocupaba por su cuerpo y por su alma, en él tenían un buen pastor que les protegía frente a los lobos). Quizás por eso Mª López Vigil, en su precioso libro sobre monseñor “Piezas para un retrato” (UCA editores, 1993), narra esa anécdota conmovedora de un hombre pobre, un borracho, que limpia la lápida de la tumba de monseñor con sus harapos, como hace un hijo con la tumba de su padre, porque en monseñor Romero había tenido un padre, le hizo sentir gente, no le tuvo asco, habló con él, le tocaba, le hacía ver el cariño que le tenía.

Podría haber muchas más reflexiones al hilo de monseñor Romero en relación con nuestro devenir histórico y político, pero he querido compartir estas dos, que me rondan últimamente por la cabeza. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos lo mejor que podemos y sabemos.