COVID-19: Reflexiones y datos

Con el intento de iluminar –en lo posible- y acompañar en una situación altamente cambiante y penosa para todos, voy a compartir datos y reflexiones de las últimas horas, basándome en parte en la literatura científica publicada, que ya es bastante y consistente.
Estamos viviendo una época terriblemente difícil, incierta e inesperada. Al igual que un paciente que se encontraba bien y al que diagnostican en una revisión un cáncer de pronóstico incierto, nos hemos encontrado de golpe con una situación vital –pareja a una catástrofe natural y a una guerra- que distorsiona y amenaza nuestra vida y nuestra propiedad y nos ha obligado a modificar por completo nuestras rutinas y hábitos vitales. Ante un hecho así, nuestra psicología reacciona y niega, ignora, rechaza, se angustia, y al final, acepta. Hay un artículo muy interesante en The Lancet publicado el día 14 de este mes, “El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo: revisión rápida de la evidencia” (traducción del título, ref. Lancet 2020;395:912-20). Describe las reacciones y efectos negativos derivados del confinamiento, tales como confusión, angustia, miedo, insomnio, insensibilidad (“no va conmigo, esto no es real”), irritabilidad, agotamiento emocional, labilidad, culpabilidad … y algunas maneras de combatirlas: la información es clave (comprender la situación), también la comunicación, asegurar los suministros (hasta ahora eso no ha sido un gran problema), e intentar vivirla de una forma altruista: estoy colaborando al bien común, hago “lo que debo hacer”, el momento difícil de mi país me exige esto ahora, cumplo mi deber como ciudadano (nada fácil cuando hemos vivido en la ética del deseo en vez de la del deber durante tanto tiempo).
Ello me lleva al problema de una información cambiante y a veces desconcertante, llena de giros bruscos, que produce desconfianza. Porque ese es uno de los grandes problemas de esta epidemia: su importancia y gravedad se subestimaron, se hizo “little and late”, y de golpe nos encontramos en medio de lo que desde el punto de vista de las enfermedades infecciosas, es “la tormenta perfecta”. Ignoro si por no alarmar o por otro motivo menos comprensible, no se hizo lo que debía hacerse: no se aplicaron contramedidas (limitación de movimientos, cierre de fronteras) ni se implementaron las medidas básicas de control de infecciones, que pasan por diagnósticos precoces; antes al contrario, la política de diagnósticos se restringió, exactamente al revés que Corea del Sur, el país más rápido en el control de la epidemia, donde se hicieron desde el muy primer día 15.000 pruebas diagnósticas diarias, en un intento de ser efectivo en saber cuántos casos había y poder aislarlos.
Y todo ello explica qué está ocurriendo en Madrid: es el centro de la península y nudo de comunicaciones, por su aeropuerto y estaciones sin duda entraron personas contagiadas y llegaron a una gran urbe, donde además se celebró una manifestación multitudinaria y un acto cerrado (tal como había ocurrido en Wuhan, el epicentro inicial de la epidemia, donde hubo un banquete multitudinario al inicio de la epidemia), exacerbando así la transmisión en la comunidad. Todo esto lo explican excelentemente tres científicos en un artículo que se publicó en Lancet el 5 de marzo, 3 días antes de esos encuentros (“¿Podemos contener el brote de COVID-19 con las mismas medidas que para el SARS?”).
Ahora ya sabemos que, por desgracia, la situación y el virus han sido muy diferentes de la epidemia por coronavirus de 2003, y no se ha podido impedir la propagación global: el virus es más transmisible, se contagia durante el periodo asintomático y eso impide el aislamiento efectivo de pacientes si no se diagnostican, se ha diseminado en centros con gran densidad de población y gran cantidad de viajeros, y además es más grave.
Porque esto último es la realidad: desde el primer artículo que publicaron los chinos, allá por febrero, sabíamos que este virus produce cuadros clínicos muy graves. Que si bien la mortalidad global puede ser baja (aun cuando esto está en continua revisión conforme se van acumulando datos), hay tal cantidad de contagios (entre el 50 y el 70% de la población podría llegar a infectarse), que los números absolutos son abrumadores. En las primeras series chinas ya publicaron que el 26% de los pacientes que se ingresaban necesitaban cuidados intensivos, y en éstos la mortalidad oscilaba entre el 40 y el 60%. Además, no sólo se afectaban personas con enfermedades previas (una de las cuales era la hipertensión, lo cual era preocupante porque más del 30% de la población en ciertos grupos etarios lo es), también gente joven, sin que en este momento sepamos los factores que predisponen a ello.
Prtendo ser honesto y realista, y todos esos datos se fueron publicando en revistas de prestigio. Por eso me costaba entender medidas que se tomaban pero parecían insuficientes e ilógicas ante la magnitud de lo que se venía encima. Ahora ya no vivo esa esquizofrenia (es decir, la disociación entre el mensaje y la realidad): por fin se dieron cuenta de que la gravedad de la situación y se tomaron medidas que, aunque dolorosas, como el confinamiento, esperamos sean efectivas. Ha sido una lección difícil de aprender, pero casi todas lo son.
Ahora estamos en manos del personal sanitario y las fuerzas de seguridad, del ejército, de la policía … de lo que ayer su majestad el Rey llamó “nuestra primera línea de defensa”, en una palabras llenas de respeto y sensibilidad, que me resultaron reconfortantes en medio de tanto caos y posiblemente falta de liderazgo creíble y respetable. Estamos en manos de los intensivistas, ignorando si habrá camas de críticos suficientes para atender a todos aquellos que lo necesiten. Intentando comprender todo el aluvión de información que nos llega, en una época en que los mensajes recorren el planeta en microsegundos (tal como predijo McLuhan en los años 60: el mundo es una aldea global donde todo se sabe y en esa aldea las epidemias se transmiten con rapidez). Personalmente, intento leer casi todo lo que se publica sobre el Covid-19 en las revistas de ciencias biomédicas más consistentes (NEJM, Lancet, JAMA), porque me ha parecido que era clave una narrativa apoyada en la ciencia, aun aceptando que las incógnitas de esta enfermedad son numerosas y la evidencia se acumula casi diariamente. Las conferencias de prensa y comunicados gubernamentales son quizás necesarios, pero no son suficientes en una atmósfera emocionalmente cargada de medios sociales que funcionan “24/7” (lo explica muy bien L Garret en Lancet el 11 de marzo: “COVID-19: el medio es el mensaje”, citando otra famosa frase de McLuhan).
Estamos en medio de una de las crisis más graves que puede afrontar una sociedad desde la última guerra, y que está afectando a nuestro país y a muchos otros (ignoramos qué pueda pasar en África, pero la situación, en un continente donde numerosos países carecen de infraestructuras de todo tipo además de las sanitarias, es potencialmente explosiva). Nos encontramos caminando junto a un compañero ded viaje –el coronavirus- que no hemos buscado pero nos ha salido bruscamente al encuentro, y con el que deberemos convivir un tiempo. Ojalá podamos aprender de este periodo de nuestra vida y nuestra historia, donde se manifiesta lo mejor y lo peor de cada persona y cada sociedad.
Esto es todo lo que he podido compartir hoy con ustedes. Les escribo de madrugada, en una noche de insomnio. Soy consciente de que son datos duros, pero estoy convencido de que podemos afrontarlos y superarlos, de que es mejor vivir en la verdad que en la mentira, y que aun cuando vamos a convivir todavía tiempo con dudas e incertidumbres, la ciencia acabará dándonos respuestas a nuestras preguntas. También estoy convencido –tal como nos dijo ayer Don Felipe- que saldremos adelante y superaremos esta epidemia, como ciudadanos y sociedad, pero como dije en una entrada anterior, no sin sufrimientos, tanto personales (que ya experimentamos día a día) como sociales (en la situación económica que ya apunta). Convivo con mis propias preocupaciones y miedos, pero lo hago con la mayor tranquilidad posible y me repito que el miedo es enemigo de la fe. Me ayuda mucho rezar los salmos (“Aunque camine por el valle tenebroso de la sombras de la muerte, nada temo, porque tú vas conmigo”; “mi suerte está en tu mano”). También recordar a monseñor Romero, cuya vida y muerte martirial ahora conmemoramos. Ese hombre al principio timorato a quien Dios infundió valor, que se entregó a su pueblo y afrontó una crisis infinitamente peor que ésta, de la que otro día, si Dios quiere, les hablaré. Pretendo con estas líneas aportar algo de luz en medio de la oscuridad, pero no esperen de mí un tuit, sino redacciones más largas: me cuesta aceptar que una realidad compleja pueda explicarse en 120 caracteres, al menos yo no soy capaz.
Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos. Les envío un abrazo lleno de cercanía y esperanza.

Ánimo, saldremos adelante (aunque no sin sufrimiento)

Hace apenas tres días se publicó en el NEJM un interesante artículo, “Historia en una crisis-lecciones para el Covid-19”, escrito por un profesor de Harvard. Se lo aconsejo encarecidamente, es de acceso gratuito en la página web de la revista. Además de darles la referencia, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones al hilo de nuestra crisis actual, en las que incorporo algunos contenidos de este artículo. Así, …

Estoy convencido de que este país superará esta epidemia, porque es un gran país. Es la tierra de Francisco y de Ignacio, de Teresa y de Juan. Y sobre todo de Mar, Carmen y Alicia; de Mariano, Isabel y Nacho, de Montse y de Pilar, de Manolo y de Javier, de Amparo, Amor y Rafa. De Luis, Borja y Eduardo; de Ruth, Gonzalo y María, Alfonso y Ricardo, Pablo, Blanca y Juncal, Pedro y Patricia …. De los millones de ciudadanos anónimos que van a hacer “lo que tenemos que hacer, lo que debemos hacer”, que es quedarse en casa, apoyarnos unos a otros, rezar y esperar.

Este país saldrá adelante con inventiva y con paciencia, con fe y con sacrificio, todas ellas virtudes olvidadas -más bien despreciadas- en nuestra sociedad actual. A raíz del Covid-2019, nos haría bien preguntarnos qué podemos aprender como sociedad.

Es momento de aprender a sobrellevar los sufrimientos derivados de esta epidemia, que no serán pequeños: en vidas humanas, en ausencias, en zozobras y miedos, en pérdidas económicas y sociales. Si no nos convierte en cínicos o nos amarga, el sufrimiento nos hará más humanos y solidarios; puede hacernos mejores personas, nos obligará a mirar hacia nuestro interior y preguntarnos sobre nuestros valores y nuestros propósitos en la vida.

Debemos ser conscientes que, tal como las guerras y las catástrofes naturales condicionan el devenir de una generación, así ocurre con las epidemias, y ésta marcará un antes y un después en nuestras vidas personales y sociales (tal como hizo el huracán Mitch en Centroamérica, cuando visité el país en 2006 cada persona con la que hablé hacía referencia a los cambios en su vida en algo acontecido 8 años antes, me impresionó mucho).

Es momento de ser honestos y francos, sobre nuestros recursos y cómo se usan, sobre la gravedad real de una situación que se negó demasiado tiempo, y sobre las consecuencias que sobrevendrán. Debemos admitir que casi nunca –y ciertamente no en el Covid-19- existen “balas mágicas” que resuelvan con rapidez una epidemia. Y reconocer que no sabemos qué esperar del problema actual, aunque es indudable que, dadas las características del virus, podemos encontrarnos ante la “tormenta perfecta” y algunas predicciones son francamente pesimistas.

Es también momento de evitar el riesgo de estigmatizar a grupos o países (¿hostilidad anti-china?). De ser conscientes que los profesionales sanitarios a menudo entregan su vida en la lucha contra la enfermedad, y de que para afrontar una epidemia necesitan las 4s claves: “staff, stuff, space and systems” (personal, equipamiento, espacio y sistemas). Y también de saber que la sociedad demanda responsabilidades a los gobiernos que fallan en la protección de sus ciudadanos, quizás no en el momento agudo de la crisis, pero sí después.

Debemos admitir la incertidumbre y soportar lo mejor que se pueda las semanas (que muy posiblemente serán más de dos) de confinamiento y limitaciones, en aras de lo que monseñor Romero (en el mes en que conmemoramos su muerte martirial) llamó “la salvación del bien común del pueblo”, que junto con el respeto a la dignidad de la persona y la trascendencia, son los tres pilares de la liberación que propone la Iglesia.

Recemos los unos por los otros, que Dios les bendiga. Y no tengan miedo: esta pesadilla pasará, aun cuando no lo hará sin sufrimientos.

Pandemia por coronavirus: una situación difícil que exige medidas extraordinarias

A primeros de Diciembre de 2019 comenzaron a ingresar en hospitales de la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, China, pacientes con neumonía de causa desconocida. El 7 de Enero los científicos chinos habían aislado un nuevo coronavirus que produce un cuadro respiratorio agudo grave. Aunque el brote posiblemente se originó en un mercado de animales vivos, desde el principio pareció claro que existía una transmisión eficaz entre personas, tal como ocurre con otros virus respiratorios (el de la gripe, por ejemplo). Este nuevo virus (SARS-Cov2), produce una infección (COVID-19) con un cuadro clínico variable y amplio, que va desde los casos asintomáticos o con un cuadro respiratorio leve, hasta una neumonía bilateral grave con fracaso respiratorio y en muchos casos la muerte. Los médicos chinos en el epicentro del brote han publicado con rapidez un buen número de datos, y por ellos podíamos saber que entre 10-15% de los infectados estaban suficientemente graves como para requerir hospitalización (publicado en NEJM el 28.02, basándose en una serie de más de mil pacientes); que un número de los que hospitalizaban requerían cuidados intensivos, y que en éstos, la mortalidad era muy alta (del 61% a los 28 días, publicado online en The Lancet el 21.02).

Estos y otros datos de la potencial gravedad de la infección por este coronavirus están a disposición de los profesionales (acceso libre) al menos desde esas fechas. Por eso muchos de nosotros nos horrorizamos escuchando a las autoridades sanitarias de nuestro país y de otros diciendo que esto “sólo era como una gripe …”. Ha habido muchas epidemias en nuestra historia reciente, pero ninguna se ha diseminado en tan pocas semanas para alcanzar los cuatro puntos del globo, ni causa una mortalidad tan alta en tan poco tiempo (la gripe mata a muchos pacientes, pero a lo largo de muchos meses, no en semanas).

Ahora afrontamos una pandemia y se plantea un serio problema de salud pública que posiblemente va a producir una disrupción social como no hemos conocido en décadas; podemos hacer chistes sobre ello –el humor sano siempre ayuda-, pero no deja de ser la realidad. Sinceramente, espero poco de un gobierno central que hasta ahora no ha demostrado sino incompetencia, y que ha sido incapaz de reconocer la gravedad potencial de una situación cuyo manejo quizás requiera medidas de emergencia. En medicina ir a remolque de la enfermedad suele pagarse muy caro; por eso corremos el riesgo de tener que lamentar en el futuro numerosas muertes, como está ocurriendo en Italia. Ser realista no debería inducir al alarmismo, más bien nos haría conscientes del enemigo real al que nos enfrentamos. No se trata de dibujar un porvenir apocalíptico, sino de prepararse para un escenario complicado, que ojalá no llegue nunca, pero que si llega, podamos afrontar de la mejor forma posible.

Y como creo que todos debemos intentar aportar algo en esta crisis, quiero desde este pequeño blog proponer algunas medidas basadas en mi conocimiento de enfermedades infecciosas y el sentido común.

  • los principios generales en patología infecciosa aconsejan el aislamiento de los pacientes, esto lo sabemos y se ha aplicado desde antes de que conociésemos que existían los gérmenes. Lo razonable es dedicar centros específicos: en vez de repartir los enfermos por todos los hospitales de una ciudad, lo conveniente es concentrarlos en un único centro (con la dotación técnica y humana que haga falta).
  • En una epidemia hay que intentar generar la mayor cantidad posible de datos (es decir de diagnósticos, presenten síntomas o no) de la forma más rápida posible. Sólo así podremos entender su dinámica. El diagnóstico del coronavirus es prioritario, hasta ahora ante un cuadro respiratorio agudo exigen primero descartar otros gérmenes y sólo entonces se realiza la prueba diagnóstica (RT-PCR u otras de que pueda disponerse): debe invertirse el orden, lo primero es descartar el coronavirus, sólo luego otras posibilidades. La estrategia diagnóstica debe invertirse cuanto antes mediante los kits disponibles.
  • En los hospitales del norte de Italia llevan días preguntándose a quién ofrecen la posibilidad de tratamiento de soporte avanzado y a quién no (los recursos de cuidados intensivos son necesariamente limitados). Ojalá no, pero esa situación podría llegar a plantearse en España, posiblemente en los servicios de urgencias y de intensivos de los hospitales de Madrid ya haya comenzado a plantearse. Deben por ello acordarse criterios claros y honestos que ayuden a los clínicos en las situaciones críticas que puedan planteárseles en el futuro.  Puedo parecer demasiado franco e incluso brutal, pero esto es medicina en una crisis y quizás haya que serlo.
  • Estamos ante una emergencia sanitaria y social, y eso requiere medidas extraordinarias, si es necesario decretar el estado de emergencia, tal como lo contempla nuestra Constitución de 1978. Si para afrontar este embrollo hay que implementar medidas impopulares e incluso limitar las libertades civiles, es un precio pequeño a pagar con el objetivo de lamentar el menor número de muertes posible.

Afrontar esta epidemia requiere un coraje que no creo nuestros actuales gobernantes posean. Confiaremos en la energía y dedicación del personal sanitario y en la consistencia de una sociedad que ha demostrado en no pocas ocasiones estar formada por personas cabales.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos. Que Dios nos ayude en este tiempo difícil que parece nos toca vivir.

 

Fernando Fuentes Ortega “in memoriam”

Primogénito de una familia muy querida por mí, Fernando murió el 2 de febrero, unas semanas antes de cumplir los 60 años (era de mi quinta), tras algo más de tres de convivir con un cáncer. Hijo, hermano, esposo, padre, amigo, trabajador de la banca comenzando desde abajo y llegando a director de oficina … y además Valdepeñero y español, enamorado de su tierra y de su país (cuánto te dolerían y te indignarían cosas que ahora vemos y escuchamos, Fernando).

No conozco a nadie que hablase mal de él: apreciado por gente ideológicamente cercana y lejana, por clientes y por compañeros de trabajo actuales y antiguos (muchos de los cuales lloraban abiertamente en su despedida), por médicos y enfermeras que le trataron, por otros pacientes con los que le tocó convivir estos duros años y a los que animaba en los momentos bajos. El cáncer fue un compañero de camino que no buscó pero le salió al encuentro, y que sobrellevó con una entereza que me admiraba: pude visitarlo unos pocos días antes de morir, y su hermana y yo le escuchamos verbalizar sentimientos profundos: al igual que otras personas que han vivido plenamente, Fernando no temía a la muerte. No la deseaba, pero sabía que se aproximaba. Le entristecía no conocer al nieto que estaba en camino, el sufrimiento de sus padres, pero estaba en paz, era consciente de haber llegado al final del camino y pudo despedirse. Les aseguro que escucharle fue una profunda experiencia. Había amado la vida, la había disfrutado, y aceptaba con paz su final: al fin y al cabo, la muerte es la forma natural de terminar la vida, aunque acontezca antes de lo que hubiésemos querido.

Buen conversador, sociable, cordial … es difícil encontrar un adjetivo que lo defina, aunque yo elegiría el de buena persona, el de un hombre cabal, siempre ayudando en lo que podía, hemos sido testigos. Estoy convencido de que conocer a Fernando nos ha dado a muchos de nosotros la oportunidad de ser mejores.

Tras su muerte, no creo haber visto nunca tanta gente acudir a despedir al amigo, al familiar, al vecino que se ha marchado. Para acompañar a su familia, a su esposa, hijos, a sus padres, a sus hermanos, a su hermana … hubiésemos querido ahorrarles el sufrimiento, pero a veces no podemos sino aceptar los mimbres de la vida humana, con su inicio y su final.

Queda ahora llorarlo con paz y honrar su memoria, hasta que llegue el momento de encontrarnos en otra vida que queremos y creemos mejor.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Feliz Navidad para (casi) todos desde el hospital

Como otros años, mis mejores deseos de paz y felicidad en estas fechas, y en todo el año que se acerca. Hoy desde una unidad de neurorrehabilitación en Zaragoza, ciudad en la que nací pero en la que apenas había ejercido. No es muy diferente a otros lugares: pacientes que se van de alta, otros que ingresan, expectativas de recuperación en algunos casos, certeza de que no hay mejoría o no existe salida en otros … aquí cuido y acompaño en este proceso de convivir con la discapacidad y las limitaciones que impone el daño cerebral, como antes lo hice en el daño medular: cambia la localización de la lesión, quizás su causa, pero no las personas, ni las dinámicas familiares, ni los problemas que ocasiona la enfermedad … los seres humanos estamos hechos de mimbres muy parecidos y reaccionamos de formas muy similares ante las dificultades, no he encontrado en eso demasiadas diferencias entre ambos hospitales.

Sí hay diferencias en que en la sanidad privada se trabaja más y con peores condiciones laborales que en la pública, donde yo siempre había ejercido. Visto desde mi actual hospital, los medios técnicos y humanos de los hospitales públicos se ven en muchos casos como un derroche, quizás en el término medio entre esto y aquello estaría la virtud.

Finalmente,  como habrán podido ver en el título, mis buenos deseos no son para todo el mundo: hay quien se coloca fuera de ellos, pero no entraré en detalles porque quizás introdujese amargura en un momento que quiere ser de esperanza serena: cada Navidad conmemoramos que, tal como bellamente formuló Tagore, “Dios aún cree en el hombre”.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por nuestro país y porque Dios nos ilumine y ayude en el futuro.

Miente usted, Sr. Ribó

Miente usted cuando dice que “los de fuera” son los que encarecen la sanidad catalana. A esa comunidad autónoma van pacientes de otras regiones porque en ellas no disponen de los recursos o procedimientos necesarios: eso está regulado y acordado en el consejo interterritorial de la sanidad (otro problema es que el consejer@ catalán no vaya a ese consejo porque no quiere), y existe un fondo de cohesión creado a tal efecto.

Miente porque sabe que es la mala gestión, con la desviación de fondos cuantiosos a otros intereses y campos, una de las razones de que las listas de espera en Cataluña sean de las más numerosas del país.

Miente porque a veces son los pacientes catalanes quienes necesitan de recursos que no existen en Cataluña: es infrecuente porque ya se han cuidado de disponer de los mayores medios humanos y técnicos, pero aunque sea ocasional, ocurre.

Miente porque podría preguntar a la organización nacional de trasplantes (ONT) cuántos órganos de los que se trasplantan en Cataluña “a catalanes” proceden de otras regiones, posiblemente la mayoría: con ello quedaría de manifiesto que, como en otros campos, los catalanes nos deben al resto de españoles mucho más de lo que nos dan.

Sin embargo, detrás de su afirmación supremacista y xenófoba, en realidad nos está diciendo su verdad: que nos desprecia y que es una persona profundamente insolidaria, a quien no le importa lo que le ocurra al resto de los ciudadanos que no sean catalanes.

Ojalá el tiempo y el pueblo español –aunque no sé cuándo ni de qué forma- consigan que recapacite y deje de mentir.

Recen por los enfermos, por quienes los cuidamos y por España.

“Cuentos” desde Toledo

Una de las psicólogas del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, la Dra. Mª Ángeles Pozuelo, coordina todos los años un concurso de “cuentos” (en realidad relatos cortos), escritos por pacientes actuales o antiguos del hospital, sus familiares o amigos, y los expone en su blog “Afrontando la lesión medular”. Suele invitarme a formar parte del jurado, y este año, aunque no trabaje en el hospital, no ha sido una excepción.

Más allá de la calidad literaria de estos pequeños relatos -no es esa la clave de lectura-, existe en todos ellos la veracidad -el saber y el sabor- de quienes se han encontrado súbitamente -en sí mismos o en personas muy queridas- con una realidad tan difícil de incorporar, aceptar y asimilar, como es la lesión medular (pueden poner aquí daño cerebral, enfermedad grave de cualquier tipo, naufragio vital, según las circunstancias que a cada uno le toque vivir …). Nos cuentan en ellos cómo han hecho frente y decidido seguir viviendo de la forma más digna posible. Son cuentos transidos de vivencias profundas: tristeza, dolor, amargura, desesperación … y también fe, esperanza, cariño, determinación, dignidad, abnegación … esos mimbres de que se compone nuestra existencia, el haz y el envés de la realidad, que muchos conocemos bien y ante los que me sigo admirando cada día en el contacto con mis pacientes y sus familias.

Les invito a leer estos cuentos y, como diría San Ignacio, “reflectir y sacar provecho”, porque no me cabe duda que, al  menos a los de ustedes que hayan sufrido de veras o acompañado el sufrimiento de un ser querido, no les dejarán indiferentes.

Recen por España, por los enfermos y por quienes les cuidamos.

http://afrontandolesionmedular.blogspot.com/2019/09/vii-certamen-de-cuentos-cortos-cuentos.html

Cataluña enferma: ¿qué debemos hacer?

He vivido en Cataluña durante más de diez años. La parte materna de mi familia es de ahí, mi madre nos cantaba en catalán cuando éramos niños y aprendimos la lengua. Hice mi especialidad en medicina interna en Barcelona, durante los años en que nuestro país invirtió billones de pesetas para que la ciudad acogiese los juegos olímpicos y avanzase en poco tiempo lo que de otro modo le hubiese llevado décadas. La villa olímpica –donde vive gente que ahora nos insulta y menosprecia- está edificada con el sudor y a veces la sangre de obreros de toda España: sería interesante saber cuántos murieron en accidentes laborales en aquellos años, yo atendí más de uno en mis guardias de urgencias.

Durante esos años, casi imperceptiblemente, como un cáncer de crecimiento lento, se fue instaurando una ideología –el catalanismo independentista- excluyente y maniquea. Comenzó poco a poco (“hagamos país”, decían), en los tiempos de Jordi Pujol. En las escuelas se tergiversó la historia y así se enseñó a los niños. Se multaba a los comerciantes que no rotulasen en catalán, si querías progresar social y profesionalmente, tenías que mimetizarte con el medio, a riesgo de quedar marcado y excluido. Por eso me marché en 2004 de allí, cuando llegó al gobierno el PSC, un partido cuya obsesión era “tocar poder” a cualquier precio, aunque para ello hubiese de coligarse con fuerzas claramente anticonstitucionales. En todos esos años, los diferentes gobiernos de la nación, necesitando para mantenerse en el poder los votos de esos partidos, consintieron todos los desmanes y miraron para otro lado.

Ahora vemos los resultados de todo aquello: provincias enfermas de odio y desprecio, cuyo rostro verdadero es el de la destrucción y la revuelta, el incendio y el amedrentamiento de cualquier persona que no participe de esa ideología. Nuestros compatriotas –entre ellos parte de mi familia directa- se sienten abandonados por un gobierno que permite cortar carreteras, agredir y herir gravemente a los servidores públicos que son los policías, impedir la libre circulación y tráfico por parte del territorio de la nación y la destrucción impune de bienes públicos y privados. Si no fuese por lo grave del momento, las declaraciones de los diferentes ministros y el actual presidente del gobierno minimizando los problemas, en lo que supone de facto un claro ejemplo de desinformación ideológica, moverían a risa. Más bien lo hacen al llanto: un policía nacional se debate en estos mismos momentos entre la vida y la muerte en un hospital de Barcelona; incluso si sobrevive, el riesgo de secuelas neurológicas permanentes es sumamente elevado.

Ante esto, me pregunto (y como yo posiblemente numerosos ciudadanos asustados) qué debemos hacer. Además de apoyar afectivamente en todo lo que podamos a nuestros hermanos y amigos que viven allí, y acudir a las concentraciones que se van a convocar al mediodía del domingo 27, me temo que sólo nos queda el voto del próximo día 10. Discerniré mi voto entre los partidos que yo crea que pueden poner remedio y coto a estos desmanes. Con toda seguridad, no al actual partido en el poder, al cual llegó precisamente con el apoyo de todos estos criminales. El diálogo, esa especie de mantra falso y en el fondo cobarde, no ha servido para nada, más bien para humillarnos cada vez más (recuerden las Navidades pasadas …). Las leyes deben aplicarse y deben redactarse nuevas que permitan castigar a los que cometen  las fechorías que vemos y escuchamos estos días en la televisión y las radios. Los culpables deben ser detenidos y consignados a los tribunales. Los medios de comunicación que fomentan este odio deben ser intervenidos y sus responsables depurados. Los directores de los colegios de donde proceden los incendiarios y los libros de texto que han estudiado, examinados y eliminados. Los profesores que expliquen una historia falseada e inoculen el odio en los niños, expedientados y apartados de la docencia.

No veo otro modo de atajar este mal, lo he escrito otras veces: los médicos utilizamos cirugía para muchos tumores malignos. Nadie entendería que un cirujano no amputase un miembro gangrenado que amenazase la vida del paciente por timidez o pusilanimidad, ese profesional sería denunciado y apartado del servicio. Así debe hacerse con los políticos que no se atrevan –por cobardía, por cálculos electorales e incluso por convicción- a aplicar los remedios de los que disponen. No se entiende que a un médico no le tiemble la mano al canalizar con una aguja gruesa una vena o una arteria del cuello si así lo exige el procedimiento diagnóstico o terapéutico a realizar; por eso es inaceptable y no se puede votar a un político que carezca de competencia o coraje para aplicar una ley.

Así que piénsenlo bien y voten a quien –al menos en teoría- puede al menos intentar sacarnos con dignidad de este atolladero.

Recen por los enfermos, por quienes los cuidamos lo mejor que sabemos y podemos y por España.

El entierro y la boda

Mi familiar enfermo murió hace una semana, apenas unos pocos meses después del diagnóstico. El mismo día que teníamos el funeral y el entierro, se casaba la hija de unos amigos muy queridos. Ambas circunstancias vitales, entierro y boda, convivieron en el tiempo, como dos eventos que son parte de la vida, uno de ellos normalmente triste, el otro alegre. El Evangelio habla de entierros y bodas, la vida va de uno a otro extremo, la fe no puede instalarse en ninguno de ellos, vive en los dos. Así es la vida humana, tiene luces y sombras, hay un tiempo para llorar y otro para regocijarse. No podemos negar ninguno de esos dos hechos, ambos son reales. Y ambos tienen sus ritmos, nacer lleva su tiempo y morir también, hay que respetar las dinámicas de la vida, no podemos acelerarlas sin violentarlas, aunque podamos ayudar en ambos tránsitos, en concreto en el finalizar de la vida disponemos de la sedación paliativa.

Estas últimas semanas, mientras acompañaba a mi familiar moribundo, pensaba en estas cosas y me daba cuenta de lo que nos cuesta aceptar y acoger esos ritmos, en un mundo y una sociedad que no tolera demora alguna.  Han sido unos meses difíciles, las enfermedades graves sin perspectivas ya desde el diagnóstico son un camino difícil de recorrer para el paciente y su familia. En el trayecto hemos encontrado profesionales sanitarios excelentes, y otros no tanto. Cuando la técnica y los avances médicos muestran sus limitaciones, lo que queda es la cercanía y la amabilidad en el trato, los pequeños detalles cobran una gran importancia y son los que hacen la diferencia. Dado que el último mes transcurrió en el hospital, he tenido la oportunidad de darme cuenta de ello una vez más, e intento aprender para mi propia práctica cotidiana. No podemos suprimir por completo el sufrimiento, eso es imposible, pero casi siempre podemos intentar aliviarlo, no sólo con medicamentos, a veces lo que se necesita es una palabra amable o un poco de empatía.

Ahora queda llorar al que marchó y acompañar a los quedan.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

 

Qué dura es la enfermedad

Llevo gran parte de mi vida profesional ayudando a personas enfermas a aceptar y convivir con las limitaciones que la enfermedad les produce. Qué duro se hace encajar el cambio de la imagen corporal: el pelo que se cae, la pérdida de peso y de fuerza, la carencia de energía, quizás las cicatrices y deformaciones después de una cirugía … darse cuenta de que se pierde autonomía y se necesita ayuda casi para cualquier cosa, hasta para levantarse de un sofá. Aceptar que se depende de otros y que se necesita de otros, a veces para tareas elementales como lavarse y vestirse, alimentarse. Salir a la calle, dejar la cama o el sillón, se convierte en una entelequia: simplemente no se tienen fuerzas. Hacerlo en una silla de ruedas, la única opción posible, no es algo fácil de asumir cuando nos preocupa nuestra imagen, en una sociedad que rinde culto al cuerpo, al aspecto. No se pierde dignidad, pero no es sencillo percibir la dignidad propia cuando el organismo y las fuerzas fallan, por más que quienes rodean al paciente (familia, amigos), lo vean como siempre, nada ha cambiado salvo que necesita más ayuda que antes, el cariño es el mismo. Aun cuando teóricamente estemos convencidos de que no se es más o menos digno por estar enfermo, hace falta calidad humana para encajar las pérdidas y aceptar las nuevas necesidades, hay quien sabe hacerlo con amor y con humor, pero no siempre es fácil.

Que Dios nos ayude en circunstancias difíciles de enfermedad, propia o de personas queridas. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.