Dra. Teresa Arzoz, in memoriam

Hace unos pocos días murió la doctora Teresa Arzoz, mi compañera en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Tenía una edad parecida a la mía, más cerca ya de los 60 que de los 50, e hizo la especialidad de rehabilitación en el Ramón y Cajal de Madrid (el “piramidón”); prácticamente todo su ejercicio profesional fue en el HNP, donde yo la encontré a mi llegada, en el 2009. Teresa era una buena persona que mereció mejor suerte en su vida. Afable y cortés, siempre fue cordial conmigo, cosa que le agradezco. Era muy navarra, quizás algo tímida; cuando hablabas con ella no siempre era fácil saber lo que pensaba, pero resultaba una conversadora jovial y agradable.

Sus últimos tiempos en el hospital no fueron sencillos: fue desplazada de su trabajo en la sala de hospitalización por personas con menos experiencia y recorrido, y circunscrita a consultas externas, donde tenía una ingente cantidad de trabajo administrativo. Entiendo que esta situación se debió a diferencias con su entonces jefe de servicio y le ocasionó no pocos problemas y sufrimientos, tampoco recibió apoyos de personas que debieron ayudarla, o por lo menos haber abogado en su favor.

En este contexto, comenzó a encontrarse mal y le diagnosticaron un cáncer diseminado, con el que ha convivido al menos dos años. Tratándose de una persona joven, entiendo que se intentó hacer todo lo que se pudo: fue operada varias veces y la quimioterapia se convirtió para ella en una rutina, que siempre sobrellevó con dignidad y valor. Creo que se sintió apoyada por la oncóloga del hospital donde la trataron, Puerta de Hierro, a la que estaba agradecida. En todas las veces que la visité, mantenía una buena presencia de ánimo, aunque el avance de la enfermedad era evidente en cada visita. Vino un par de veces a comer con sus antiguos compañeros a Toledo, y se le hizo una comida de jubilación en Madrid, donde estuvo acompañada por gente del Ramón y Cajal y del HNP, y que resultó muy bonita.

Teresa tuvo una hija que es ahora una joven universitaria, a la que quería con locura y que ocupaba gran parte de sus conversaciones. De su buen hacer en el HNP es muestra la simpatía y el recuerdo que numeroso personal le tiene, tanto de enfermería y auxiliar como médico, lo cual habla de una profesional honesta y competente, el recuerdo que de ella guardo.

Finalmente, dado que casi toda su familia vivía en Pamplona, fue allí a pasar su última época. Tuvo una primera descompensación y le pidió a su hija que nos telefoneara a algunos de nosotros para comunicárnoslo. Ya no había contestado a un mensaje mío del 10 de septiembre, lo que me llevó a pensar que algo iba mal. El 24 del mes pasado, mientras yo ingresaba para una intervención de próstata, mi compañera me comunicó que Teresa había muerto.

Que descanse en paz una buena médico y una buena persona, una navarra cabal.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Reflexiones, desde la medicina y la fe, sobre Cataluña

No suelo en este blog deslizar comentarios claramente políticos (aunque, por acción u omisión todo acaba siendo político), pero hoy, al hilo de las manifestaciones de ayer, publico estos párrafos, que en realidad escribí hace varios meses, porque estos problemas no son de ahora.

Nací en Zaragoza, de padre aragonés y madre catalana, de Barcelona, cerca de plaza Tetuán. He vivido al menos en siete ciudades de España (entre ellas, varios años en Barcelona y Gerona). Y varios meses en otros países del primer y del tercer mundo. Me enorgullezco de ser español, con virtudes y defectos, pero no me considero mejor que cualquier otra nacionalidad: he vivido lo suficiente para conocer que es el corazón del hombre lo que cuenta, no su origen ni la lengua que hable. Y no me avergüenza la historia de mi país: como la de todos, tiene luces y sombras, y de cualquier modo no puedo cambiarla, sólo intentar aprender de sus errores. Nací católico y así moriré. En la medicina encontré la vocación buscada, además de un medio de ganarme honestamente la vida, cohonestando interés científico y humano, trabajo y servicio. A grandes rasgos, esos son los fundamentos de mi persona: un médico cristiano.

Desde esas coordenadas, afirmo que la dinámica separatista establecida en Cataluña es maligna y no hace bien a nadie. No soy psicólogo ni psiquiatra, pero he estudiado mucho esas subespecialidades de mi profesión para pensar que, posiblemente, sólo desde la psicología profunda pueda explicarse lo que ocurre hoy en Cataluña (y en otros puntos de España). Parece existir una huida y una negación de la propia historia, una escisión esquizofrénica con ella. El intento es destruir lo que hemos sido y nuestras raíces, apartarse de ellas, ridiculizarlas y falsearlas. Nuestra historia -y la de Europa- hunde sus raíces en el cristianismo y en su más importante aportación antropológica, el hombre como imago Dei. Y nuestro país -desdichadamente a través de guerras, como casi todos-, está unido desde los Reyes Católicos. Todo lo que sea negar eso no será sano, porque no podemos alienarnos de una historia de siglos.

Todo el movimiento secesionista de Cataluña es patológico porque se basa en falsedades y mentiras, en la búsqueda adolescente de una identidad que no existe, negando la auténtica: ser y haber sido -y poder ser- parte significativa de un país que es España. Eso conduce a la esquizofrenia, a no saber en realidad quién uno es, la más grave patología psiquiátrica que conocemos. En último término, puede ser también un pecado de soberbia, similar al que se refleja en el mito de Adán y Eva: querer ser quien uno no es (apunta de nuevo a una esquizofrenia). Y todo ello posiblemente producido por un complejo de inferioridad, no puede entenderse de otra manera la necesidad de afirmación continua; cuando se dice “somos diferentes”, en realidad lo que se está diciendo es “somos mejores, somos superiores”. Hay además un fuerte componente paranoico (esquizofrenia paranoide): “España nos roba, nos tienen manía” … Hay mucho de narcisismo y búsqueda de protagonismo (algo también común en las personalidades patológicas, individuales o sociales), cuando, en realidad, la gente normal por lo general no se preocupa en absoluto de los catalanes, tiene cosas más concretas y reales en que pensar: la lucha diaria por la vida, por el trabajo, por la dignidad en la sociedad en la que vive.

Hace años que la urgencia de los políticos catalanistas no es construir una sociedad mejor, sino el intento de buscar un desgarro. Si para ello hay que falsear la historia, se falsea: no por qué ocurrieron los hechos, lo cual indudablemente está sujeto a interpretación, sino los hechos en sí. Este movimiento produce y producirá sufrimiento a todos. Desprecia el resultado de las urnas y llama a ignorar la voluntad del resto del país. Da voz y voto a quien quiere destruir todo lo conseguido desde la transición para imponer una sociedad monocolor. Y muy posiblemente, todo ello para no afrontar los problemas reales de esa comunidad autónoma: el paro, la corrupción, las listas de espera sanitarias, las carencias sociales … en suma, las de cualquier otra parte de España, nada diferente, nada especial ni excepcional, por más que quieran desde hace décadas (incluidos muchos eclesiásticos) calificarse como diferentes o con problemas originales. Qué va, en el fondo comunes y corrientes, como todo el mundo, como todo el resto del país. Eso, sí, se logra correr una niebla densa sobre décadas de nepotismo, mala gestión y enriquecimiento sectario y fraudulento.

Estos párrafos son reflexiones sobre la región de la que procede una parte de mi familia, y donde hoy viven algunos de los miembros más queridos de la misma. Agravada la situación porque el Estado ha hecho dejación de sus deberes desde hace demasiado tiempo: al no salir al paso de las mentiras y falsedades, al no defender los símbolos (la bandera, la tauromaquia), al permitir el atropello sistemático de los derechos lingüísticos y educativos … Ahora, en una posición de debilidad política, es difícil que enmiende esa dejación de funciones.

Mi diagnóstico es que el movimiento separatista catalán sufre de esquizofrenia paranoide y está afectando como un cáncer a la sociedad española (tal como lo fue el terrorismo vasco). Pues bien, salvo en el caso de algunos tumores hematológicos, la más efectiva solución al cáncer suele ser quirúrgica, por penosa que pueda resultar. En situaciones de “life or limb” hay que recurrir al bisturí. Aun siendo conscientes de que la cirugía supone siempre una agresión al organismo, pero sin olvidar que se ejecuta para prevenir un mal mayor. No me toca a mí fijar el procedimiento quirúrgico, pero ciertamente lo que llamamos criterio quirúrgico hace tiempo que existe. En esto estamos de acuerdo muchos españoles de buena voluntad, aunque ciertamente no todos: hay quien pone los propios privilegios –políticos o de otra índole- por encima del bien común, pero eso no es digno, ni es cristiano.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Ejercer la medicina: compasión, solidaridad y profesionalidad

Tras más de treinta años como médico, he experimentado en incontables ocasiones que el ejercicio de la medicina se basa en tres componentes: compasión, solidaridad y profesionalidad. Sin ellos, no entiendo esta profesión/vocación. Y hay que intentar que los tres se complementen y compensen, a riesgo de no ser un buen médico.

Compasión y solidaridad tienen una fuerte relación con eso que llamamos empatía, aunque no son lo mismo: manejan más variables y exigen una mayor profundidad personal, que no entiendo sin una relación con la fe (o al menos una visión trascendente de la vida). En el fondo son elementos bastante sencillos, se condensan en la premisa evangélica “Haz a los demás aquello que quisieras que te hicieran a ti: eso son la Ley y los Profetas”. El médico debe preguntarse ¿cómo me gustaría que me tratasen a mí si me ocurriese esta enfermedad, si me encontrase en la situación de mi(s) paciente(s)? ¿cómo me gustaría que tratasen a mi padre, a mi madre, a mi hijo, si estuviese en la cama en vez de este paciente? ¿qué haría yo entonces? Sin compasión y solidaridad no hay buen ejercicio de la medicina. Cuando se ponen en juego esas dos cualidades, entonces dejamos de ver y de referirnos a los pacientes (sobre todo si son ancianos) como “puros” o “clavos remachados”. Los de ustedes cuyo trabajo se halle en el mundo sanitario estarán cansados de escuchar esas expresiones en los servicios de urgencias, en las salas de hospitalización; es una triste manera de referirse a los pacientes, sobre todo si son ancianos y no cabe esperar mejoría. Entonces parece que molestan, que ojalá no estuviesen allí, que no importa lo que se haga porque no se puede hacer nada con ellos. Olvidando así que detrás hay un ser humano cuyo sufrimiento hay que aliviar y que, cuando no se puede curar (que es la inmensa mayoría de las veces), siempre se puede cuidar. El sanitario que habla así, que se refiere a los pacientes como “puros”, debe preguntarse si le gustaría que se tratase así a su madre, a su padre, a su hijo.

En último extremo, si se ejerce sin compasión ni solidaridad, se acaban utilizando fármacos para acortar la vida, se dice que para acortar el sufrimiento, pero muchas veces eso es una gran mentira: simplemente no se quiere que esa persona esté allí, y punto.

Soy consciente de que la medicina se ejerce muchas veces en situaciones sumamente difíciles, sobre todo en los servicios de urgencias y en las consultas de atención primaria; sin embargo, eso no justifica la falta de compasión y de solidaridad, más bien aumentarlas suele ayudar a sobrellevar el trabajo y evitar el burnout profesional.

Después de las dos cualidades humanas, viene la profesionalidad. Supone cumplir los horarios laborales. Mantenerse al día de los avances científicos y técnicos. Manejar correctamente los fármacos y las pruebas diagnósticas, de una forma juiciosa y razonable/razonada. Ejercer de acuerdo a la evidencia científica existente, sin malgastar los recursos que existen (limitados, aunque gestores, sanitarios y usuarios se empeñen en ignorar esa realidad). Sin una buena profesionalidad (que muchas veces se supone pero que sin embargo no aguantaría una escrutinio imparcial), tampoco hay ejercicio posible de la medicina.

He querido compartir estas sencillas reflexiones con ustedes porque echo de menos compasión, solidaridad y profesionalidad en el hospital donde trabajo, donde recibimos pacientes cada vez más mayores y deteriorados, como no puede ser de otra manera (ejercemos en una sociedad que envejece). Como he dicho en otras ocasiones, tras los diversos naufragios de mi vida, han sobrevivido el cristiano y el médico, y la medicina tiene para mí una importancia capital. En África comprendí que no era lo mismo una medicina pobre que una “pobre medicina”, y en este primer mundo he encontrado en muchas ocasiones una pobre medicina aun contando con medios técnicos innumerables. Triste paradoja.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Reflexiones “desde el otro lado”

El ejercicio de la medicina no siempre es sencillo: tratamos enfermedades a veces incurables, hay que dar malas noticias, afrontamos una demanda ilimitada con medios limitados y no pocas dificultades … Sin embargo, todo cambia cuando nos ponemos en el lugar del otro, cuando cambiamos el papel, cuando el sanitario pasa de ser cuidador a cuidado, de médico a paciente. Entonces se comprenden muchas cosas, por ejemplo la importancia de la calidad en el trato humano, de la amabilidad, de la disponibilidad … y que la medicina sólo puede entenderse desde la compasión y la solidaridad. Si despojamos la praxis médica de todo aquello que la enturbia (dificultades institucionales, profesionales y humanas, contextos sociales y económicos), volveremos al amor primero, a lo que nos llevó a desear ser médicos, en los tiempos de estudiante, cuando todo parecía posible: ayudar a los demás con nuestro trabajo, la medicina entendida como servicio, el conjugar vocación y profesión. Aunque más tarde, tras reveses profesionales y personales, aquel amor se difuminase.

Quizás haya quien piense que esto no es posible, que estoy hablando de una medicina irreal, en tanto que todo ocurre en un contexto social, político e histórico determinado, y que esa medicina vocacional no es viable hoy en día. Sin embargo, a veces algo pasa en la vida que nos zarandea y nos hace replantearnos cómo vivimos y lo que hacemos, en los sanitarios esto suele ser el enfermar, bien uno mismo o una persona querida. En ese momento dejamos la barrera y bajamos a la plaza, ya no somos nosotros quienes damos las malas noticias, sino que nos las dan; ya no es a nosotros a quienes necesitan, sino que somos los necesitados; no quienes intentamos calmar los dolores, sino quienes tienen dolor.

Suele ser muy instructivo convertirse en paciente de tanto en tanto para recuperar esa visión idealista de la medicina, o al menos para bucear en el interior y preguntarse dónde queda la empatía: esa capacidad de ponerse en lugar del otro y ver la realidad “desde el otro lado”. Entonces la medicina vuelve a verse no ya como una rutina, un simple oficio, sino una manera de acompañar a nuestros semejantes en el camino duro y real de las pérdidas que acontecen a lo largo de la vida: de capacidades, de funciones, de recursos … hasta la última pérdida, la de la vida. E intentar que sean vividas de la forma más sana posible, sin dramatismos, con la aceptación serena de quien agradece lo que tuvo, aunque ahora ya no exista. En el fondo, esa es mi tarea como sanitario, y me hago estas reflexiones cada vez que soy yo mismo quien ha de esperar a que le reciban en la puerta de una consulta, engrosar una lista de espera quirúrgica o tragar saliva antes de entrar en un quirófano, desnudo bajo una sabanilla, preocupado y vulnerable.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Dr. Manuel Bueno, in memoriam

Este fin de semana, durante la visita a mi madre, me entero por la prensa de que ha muerto el Dr. Manuel Bueno, catedrático de Pediatría en la Universidad de Zaragoza. Había sido mi profesor y era decano de la Facultad durante varios de mis años universitarios. Le recuerdo como un excelente profesor, que supo hacernos amena la asignatura; además, tenía muy buenos colaboradores, asimismo buenos docentes. También le recuerdo como un hombre educado y dialogante, que tuvo con mi hermano gemelo y conmigo una relación cordial, más cercana de lo que entonces era habitual entre catedráticos y alumnos: incluso algunas veces jugamos al tenis, afición que ambos compartíamos. En aquellos tiempos que no eran fáciles para la docencia y el aprendizaje de la medicina (antes de que se aplicasen criterios más exigentes de acceso, los Numerus clausus), el Dr. Bueno era una persona abierta a mejorar la situación, y como decano tuvimos numerosas reuniones con él, donde le exponíamos nuestras quejas y necesidades. Muchas veces no era mucho lo que podía hacer, pero al menos su puerta siempre estuvo abierta para los estudiantes. Quizás en algunas ocasiones nos encontrase demasiado insistentes, pero éramos conscientes de las carencias formativas que teníamos, e intentábamos -bien es verdad que por lo general con poco éxito- enmendarlas.

Unos años más tarde, ya como médico, le facilité algunas diapositivas de los casos de malnutrición infantil que había visto en Honduras, aunque no sé si alguna vez las utilizó en sus clases. Yo sabía que los problemas nutricionales eran uno de sus campos de interés, aunque posiblemente más en el extremo opuesto, la obesidad infantil en la sociedades occidentales.

Tras finalizar la residencia, acudí a él para que me echase una mano a raíz de una plaza que salió en mi ciudad, Zaragoza, en el hospital donde él trabajaba. Aunque era de otra especialidad, me aseguró que haría lo que pudiese por ayudarme. Aquella plaza interina no fue para mí, pero recuerdo la cortesía con que me recibió, cosa que yo agradecí mucho, en unos tiempos difíciles desde el punto de vista laboral.

Mi recuerdo, pues, para un buen profesor universitario y una buena persona, un ser humano cabal.

Marzo, el mes de monseñor Romero

De nuevo, un año más, marzo nos trae el recuerdo vivo de monseñor Romero. ¿Qué análisis podemos hacer, inspirados por sus palabras, de nuestro mundo y nuestro país? Pueden iluminarnos las últimas palabras de su homilía profética de 23 de marzo de 1980, las últimas dominicales que pronunció (dado que 24 horas más tarde era asesinado):

La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia, una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo y la trascendencia, que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza.

Vamos ahora pues a proclamar nuestro Credo en esa verdad.”

Podemos preguntarnos, por ejemplo, ¿dónde queda “el bien común del pueblo” hoy en España? ¿lo tienen en cuenta -en la realidad, no en lo que dicen- nuestros políticos, nuestros gobernantes? ¿pensamos en ese bien común en nuestro día a día, en el ejercicio de nuestra profesión? ¿se respeta la dignidad de la persona en un ejercicio sectario de la política? Y eso por fijarnos en un solo ámbito de nuestra sociedad española, pero hay otros muchos: de organización social, de utilización de recursos, del desempeño de la administración y sus responsabilidades, de los campos de acción de cada cual (no sea que pongamos toda la responsabilidad en los políticos “profesionales” y olvidemos el papel de cada cual en nuestro medio). Asimismo, ¿dónde queda la trascendencia en una sociedad que por acción o por omisión la oculta o la denigra? ¿Dónde queda lo que él mismo denominó “la eterna verdad del Evangelio” -en su discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina- en el análisis de la realidad en nuestras coordenadas históricas (posiblemente diferentes a las salvadoreñas de 1980)?.

Sobre monseñor Romero se ha escrito mucho y posiblemente cada uno tiene su percepción de lo que dijo y lo que hizo. Pero de las cosas que quedan claras de su vida y su obra es que fue una persona de diálogo: nadie quedaba fuera de ese diálogo salvo los que ejercían la violencia en la defensa de sus posiciones políticas; el uso de la violencia era posiblemente la única condición infranqueable para monseñor. Entiendo que en eso hay un mensaje relevante para nosotros y nuestro país hoy.

Que el Dios de monseñor Romero -que era el de Jesús-nos acompañe y nos bendiga. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

Tras volver de Uganda

Regresé de Uganda el sábado 3 de octubre, en el último vuelo nocturno de British Airways, vía Londres. Imagino que la línea no resulta muy rentable, de modo que la han suprimido. Los bomberos del aeropuerto de Entebbe nos despidieron con fuegos artificiales y rociando el avión con sus mangueras. En unas horas estaba en Heathrow, y de allí a Madrid. Como ha sido menos tiempo, no se nota tan agudamente el contraste entre lo que llamamos tercer mundo y el primero.

Mi último día allí fue interesante: asistí a la ceremonia de graduación de una enfermera amiga, en la capital, Kampala. Todo el mundo muy elegante, con sus mejores galas, misa (es un hospital católico), muchos discursos, gritos de las familias cuando nombraban a su hija o hijo … En suma, con diferente contexto y diferentes medios, pero como cualquier ceremonia de graduación en cualquier lugar. Luego, viaje en coche alquilado hasta la casa de una hermana, para celebración con comida familiar, en un barrio de Kampala, allí donde no llega el asfalto. Todo ello me lleva a experimentar y afirmar, como muchas otras veces, que las personas somos las mismas en Toledo que en Uganda, en Barcelona que en Masaka. Los sentimientos e incluso su expresión son muy similares, esta experiencia tantas veces repetida en mis viajes es profunda y enriquecedora, me separa del nacionalismo y el exclusivismo, situaciones que contaminan e infectan nuestra actual realidad y que encuentro en los noticiarios a mi vuelta.

Tras la comida de platillos típicos ugandeses, largas horas de taxi hasta el aeropuerto, quizás el rato menos agradable de mi estancia en Uganda, porque atravesar Kampala de noche no es una experiencia grata: el tráfico es caótico, la luz es escasa, la contaminación intensa, los embotellamientos habituales … De modo que un recorrido de apenas 50kms nos llevó varias horas, suerte que tenía tiempo hasta mi vuelo. Me despedí de mis acompañantes (la enfermera recién graduada y una hermana suya, así como sus niños respectivos insisitieron en acompañarme hasta Entebbe y volver en el taxi alquilado), atravesé los exhaustivos y premiosos controles policiales (hasta 3 antes de embarcar) y abandoné Uganda, como cada año con el deseo de volver. Los médicos del hospital me agradecieron mucho la estancia, creo que es mutuamente enriquecedor, yo aprendo muchas cosas de ellos y quizás ellos aprendan de mí una forma de afrontar las patologías algo diferente, o el intento de ampliar los diagnósticos diferenciales. Por cierto este año he tenido por primera vez la oportunidad de atender lesionados medulares, el campo en que yo trabajo en España, y constatar algo sospechado, que la atención a esta patología se halla en Uganda (e imagino que en cualquier país con recursos escasos), en una situación previa a 1944, la fecha en que se abrió el primer hospital especializado en el mundo, el de Stoke Mandeville (otro día escribo del Dr. Ludwig Guttmann, el creador de la atención a la lesión medular tal como la conocemos y ejercemos hoy en día). En Uganda todavía la lesión medular alta es una sentencia de muerte a corto plazo, y las más bajas imagino que a medio y largo.

De cualquier modo me encuentro de nuevo ya en la rutina diaria de mi hospital y mi vida y hoy iré a visitar a mi anciana madre (que cumplió hace menos de una semana 95 años). Conforme vaya recordando cosas de mis dos semanas en el Kitovu Hospital, se las iré comentando. Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Kitovu Hospital, anyo 3

Les escribo desde Masaka, Uganda, la ciudad cercana al Kitovu Hospital, donde llegue hace casi una semana. En el hospital no es facil conectarse a internet, de modo que he bajado aqui de paquete en un boda-boda, esas motos que pueblan casi todas las capitales del Africa subsahariana, y por un poco de dinero (menos de 1USD en mi caso), te llevan de un lugar a otro. Son una salida profesional para cientos y miles de jovenes desocupados y el unico medio de transporte para millones de personas. Eso es bueno, lo que no es bueno es el alto riesgo de accidentes que tienen, casi no pasa un dia sin algun muerto por choques y caidas de los bodas.

Es mi tercer anyo en este hospital misonal de Uganda, tras un hiato el anyo pasado. No tengo la impresion de que la situacion general haya cambiado mucho, la gente esta esperando las elecciones del anyo que viene, donde el presidente Yoweri Museveni, tras teinta anyos en el poder, contendra con algunos candidatos que podrian desplazarle del poder. Es dificil saber si esto podria ocurrir de forma no violenta, aunque mi companyero de trabajo, Martin Opio, internista como yo y director del hospital, cree que no es probable. Dios le oiga. Cene con el a principios de esta semana y charlamos largamente de como habian ido estos dos anyos en que no nos hemos visto, del hospital y sus problemas, de su pais, del mio, de nuestras familias …

Por lo demas, mi dinamica es muy similar a otros anyos: hacia las 8am comenzamos a trabajar, el pase de sala con un medico ungandes y dos internos, es decir en su ultimo anyo de carrera. Buena gente, en general con ganas de aprender, a los que aporto lo que puedo. Como siempre, bastantes pacientes y muy graves, si no nadie ingresa en el hospital. Siendo un hospital que tiene que cobrar a los pacientes para autoabastecerse, estos no siempre pueden pagar la radiografia o la ecografia que necesitarian, los unicos medios diagnosticos de imagen de los que por ahora se dispone. Junto con ellos y algunos parametros elementales de laboratorio (que casi nunca se repiten a lo largo del ingreso), hay que intentar realizar los diagnosticos mas precisos posibles. Esto es un reto y supone un gran esfuerzo de exploracion fisica del paciente y de reflexion.  Debo confesar que el ejercicio de la medicina aqui me resulta agridulce: por una parte es un reto apasionante, por otra resulta muy descorazonador ver gente joven que se muere por falta de medios. Imagino que si estuviese mas tiempo, me acostumbraria, pero al ser siempre estancias cortas, es algo que glopea mucho.

Vivo en una casita del hospital, la misma que el anyo pasado, con agua corriente (eso si, solo fria) y luz. Nosotros considerariamos que modesta, pero para el estandar de aqui, mas que confortable. He visitado suficientes casas de trabajadores del hospital para saber como vive la gente “normal”. Cuando eramos mas jovenes, en el grupo cristiano al que pertenecia, y luego como estudiante jesuita, deciamos que queriamos vivir “como los pobres”. Que ilusos y que ingenuos, ahora no solo me doy cuenta de que no podria, es que ademas nadie deberia vivir asi.

El pase de visita se prolonga entre 5 y 7 horas, luego quedo libre para dar un paseo, siempre corto dado que mis rodillas no dan para mas. La misma senyora de otros anyos me cocina, hago mis comidas en casa y paso largos ratos leyendo libros que me prestan, siempre encuentro algunos apasionantes, espero a mi vuelta hacer la resenya de los que he leido para recomendarselos. Son por lo general libros sobre el ejercicio de la medicina en Africa, o sobre Africa misma, este continente de una paradojica belleza, que atrae y repele al mismo tiempo, donde vida y muerte caminan particularmente de la mano (lo hacen en todas partes, pero aqui parece que se percibe mas), donde ocurren al unisono las mayores heroicidades y las mayores miserias, donde belleza y fealdad, lo hermoso y lo atroz conviven a diario, desde el Sahara hasta Ciudad del Cabo, desde las playas de Dakar hasta Mombasa. Y donde un servidor disfruta y sufre durante unas pocas semanas en los ultimos veranos.

Abrazos para todos, recen por Africa y los africanos como yo lo hago por Espanya y los espanyoles.

“Poco a poco”. Uganda de nuevo.

La frase “poco a poco” tal vez sea una de las más repetidas en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Aunque por lo general nuestros pacientes han perdido las funciones que dependen de la médula espinal y otras partes del sistema nervioso (la capacidad de deambular, la sensibilidad) de forma brusca, cualquier posible recuperación es “poco a poco”, de forma muy lenta y gradual. Eso en el mejor de los casos: en muchos otros, no queda sino ayudar a adaptarse lo mejor posible a la situación en que la persona queda (paraplejia, tetraplejia, dependencia a tiempo total o parcial del respirador). No es nada fácil, pero se hace lo que se puede. A las familias y a nosotros nos gustaría marcharnos un día a casa y, al volver, encontrarnos con que ha habido grandes avances, una recuperación espectacular de las funciones perdidas. Pero eso nunca es así, cualquier progreso es “poco a poco”.

No he podido por menos recordar esta realidad (que es más bien una actitud), al hilo de lo que me ocurrió hace unas semanas. El AVE que me devolvía de Zaragoza, tras visitar a mi madre, se retrasó casi 45 minutos, así que tuve que correr de lo lindo para llegar al tren que me llevaría a Toledo, so pena de dos horas perdidas en Atocha. De modo que corrí y corrí por la estación, como hace años que no corría. Bici mucha, pero nada de correr, dado que antiguas lesiones no me lo permitían. A la mañana siguiente mi rodilla izquierda estaba hinchada, con un hermoso derrame que ha tardado semanas en marchar, y ahora todavía cojeo. De modo que he tenido que aprender a caminar lento, mirar la bici con deseo sin poder subirme en ella, y comprender que, a mí, también me toca algunas veces ir “poco a poco”.

Eso no me impedirá, más o menos penosamente, irme dos semanas al Kitovu Hospital de Uganda, como años previos. El pasado no pude por la enfermedad de mi madre (convertida ahora en demencia senil avanzada, pero más estable), y lo cierto es que lo eché de menos. Ignoro qué país encontraré, si habrá habido cambios, cómo estarán los amigos que allí dejé … espero, en la medida en que las posibilidades de conexión a internet me lo permitan, contarles lo que allí experimente, como otras veces, en un viaje que siempre me ilusiona y en el que siempre aprendo cosas de las gentes que encuentro.

Recen por los enfermos, por quienes los cuidamos y por un viaje.

Adiós a otro gerente

El gerente del Hospital Nacional de Parapléjicos se marcha. Según parece, las nuevas autoridades sanitarias no confían en él y no han tenido a bien responder al proyecto que presentó. Teniendo familia, lo lógico es que haya buscado una salido profesional, personal y familiar, sin esperar a encontrarse dentro de unas semanas sin trabajo. Posiblemente no ha hecho nada mal: encontró un hospital desnortado y con un agujero de más de 4 millones de euros (según parece a expensas de una mala gestión de la fundación de investigación anexa al hospital), y deja un hospital desnortado pero sin agujero económico. Algo es algo. Máxime, porque el hecho de que el HNP esté desnortado no es del todo culpa suya: la gente que tenía por encima, en el gobierno de esta comunidad autónoma, no creo que le haya apoyado mucho ni dado muchas posibilidades de mejora y de desarrollo. Y la gente que tenía al lado y que llevaba mucho más tiempo aquí, tampoco ha demostrado mucha habilidad en la tarea de devolver un norte al hospital.

Ha sido un hombre dialogante, asertivo, siempre dispuesto a escuchar, aunque posiblemente mal aconsejado y en algunos aspectos poco operativo, pero, como dije, tampoco “de arriba” ha tenido mucho apoyo. Su marcha pone de relieve uno de los grandes problemas de la sanidad pública y de las empresas públicas en general: con el cambio de partidos, los puestos de responsabilidad que deberían ser técnicos se convierten en ideológicos, moneda de cambio y retribución según las fidelidades y adscripciones políticas. De modo que ahora vendrá otro, militante o simpatizante del partido que ha llegado al poder (por cierto a base de pactos, dado que no fue el más votado), estará un par de años para enterarse de qué es el HNP, y cuando se haya enterado y quiera hacer algo, se irá. Una persona que desconocerá la historia de esta institución, que -a priori- no la quiere ni la aprecia porque no ha sido la suya, y que de cualquier modo tendrá que seguir las directrices que le impongan. Mal negocio para quienes trabajamos aquí y en último término para los pacientes que atendemos.

El gerente que ahora se marcha no militaba en el partido que ha estado en el poder y de hecho ahora se va a trabajar a una comunidad autónoma regida por el mismo partido que gobierna en ésta, donde prescinden de él. Es un economista y como tal orientó la gestión del hospital, si no supo o no pudo hacer más en otros terrenos (clínico, investigación), quizás ha sido porque hubiese debido rodearse de personas más adecuadas o no dispuso de suficientes medios, pero ahora ya es tarde para enmendar el pasado.

Mi hospital necesita un gerente que quiera a un centro con tanta historia y tanta humanidad como este, cuyo pasado es ilustre, su presente gris y su futuro incierto. Una persona que convenza a las autoridades sanitarias de que es el lugar idóneo en este país para la atención a los lesionados medulares y pacientes con diversas patologías neurológicas, y que allane el enrevesado y absurdo camino burocrático necesario para ingresar aquí. Que escuche a las asociaciones de pacientes y a los trabajadores, que racionalice y coordine los grupos de investigación, que consiga un aparato de TAC para el hospital, que racionalice la política de contratación de especialistas (porque es del todo absurdo que se rija por una bolsa de trabajo), y que dinamice la realización de ensayos clínicos en el centro, dado que existe la necesidad y hay suficientes iniciativas de investigadores y clínicos para hacerlo.

Sin embargo, me temo que dentro de cuatro años -si vivo para entonces y todavía escribo en este blog-, volveré a escribir una entrada similar, con la despedida de otro gerente y las oportunidades que se habrán perdido con su marcha.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos. Y buena suerte al gerente que nos deja.