Corpus Christi

Se celebra en la ciudad en que vivo esta fiesta y me pregunto qué significa para mí: es obvio que la traducción es “cuerpo de Cristo”. ¿Cuál es el cuerpo de Cristo para mí hoy y aquí? Recuerdo un libro de Jon Sobrino sobre monseñor Romero, donde contaba los sucesos de Aguilares (El Salvador) al poco tiempo de llegar monseñor al arzobispado de San Salvador.

Aguilares era la parroquia de Rutilio Grande, sacerdote jesuita, amigo personal de monseñor, asesinado en el término de El Paisnal junto a dos campesinos, cuando se dirigía a celebrar misa. En esa zona comenzaron a organizarse los campesinos, ayudados por Rutilio y otros compañeros. Tras su asesinato, la represión fue feroz: el 19 de mayo de 1977 el ejército ocupó militarmente el pueblo y lo selló, durante un mes nadie pudo entrar ni salir de él salvo los militares, que quemaron, torturaron y asesinaron. También profanaron la parroquia y el sagrario.

Cuando finalmente se retiró el ejército y pudo llegar el socorro, monseñor acudió a confortar a los campesinos y a celebrar una misa en la parroquia mancillada. Quiso ir cuanto antes para denunciar las atrocidades cometidas y acompañar a un pueblo aterrorizado. Su homilía fue de una gran belleza, consoló al pueblo sufriente y les vino a decir que ellos eran el siervo sufriente de Yavheh, el cuerpo de Cristo presente en la historia. Luego desfiló en procesión con quienes quisieron y se atrevieron a seguirle, con el Santísimo en sus manos, apuntado por las armas de los militares que habían quedado de retén. En un momento nadie se atrevió a avanzar delante de las armas automáticas, pero monseñor sí lo hizo y los soldados no pudieron sino dejar paso a aquel sacerdote revestido y con una custodia como toda arma. Fue una procesión de desagravio por la profanación que los soldados habían hecho del cuerpo de Cristo sacramentado y del cuerpo viviente de Cristo, los campesinos asesinados, como narra vívidamente Jon Sobrino, presente aquel día.

Monseñor acertó de pleno: todo aquel pueblo humillado y machacado era el cuerpo de Cristo en la historia, como siempre lo son los hijos sufrientes de Dios, tantos y en tantos lugares, ayer como hoy.

En este hospital donde trabajo por las mañanas los pacientes, en silla de ruedas y algunos con respiradores, por un breve rato están en el pasillo –donde las enfermeras pueden acudir si hay cualquier problema- mientras los celadores comienzan a bajarlos a sus actividades de rehabilitación. A veces los miro y me digo que ellos son el Corpus Christi para mí, hoy y aquí, como los campesinos de Aguilares lo fueron para monseñor.

De los sucesos que narro han pasado muchos años, más de 30. Yo pasé cerca de Aguilares en 1986, cuando visité El Salvador, recuerdo que tomé una foto del cartel, cuando nuestro auto dejó a la derecha el desvío al pueblo. En esta ciudad donde vivo ahora también celebran el Corpus Christi con una solemne procesión. Creo que mi fe se encuentra más reflejada en la procesión de Aguilares, aunque seguro que ésta es bella y vivida con devoción por muchos. También creo que el cuerpo de Cristo en la historia está más en los hombres que dentro de un sagrario.

Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

“La salud es un estado sostenible”

En septiembre de 1990, Maurice King, profesor de salud pública en la Facultad de Medicina de la Universidad de Leds (Inglaterra), publicó en The Lancet, una de las revistas biomédicas más prestigiosas y reconocidas del planeta, un polémico artículo con ese nombre (“Health is a sustainable state” en inglés). Así introdujo en el mundo sanitario los términos “sostenible” y “sostenibilidad”, que un compañero de blog comentaba recientemente por su sobreuso en el lenguaje político. Intuyo que casi nadie sabe de dónde vienen y exactamente con qué intención se acuñaron. Yo intentaré explicárselo.

Maurice King (en adelante MK) es actualmente investigador honorario en la Universidad de Leeds. Este médico nació de padres ingleses en Ceilán en 1927 y trabajó durante 20 años en Africa (en la entonces Rhodesia, actualmente Zimbabwe, Uganda, Zambia y Kenia). MK trabajó sobre todo en el laboratorio hasta que se dedicó a la salud pública (es decir, los problemas de salud de las poblaciones más que de los individuos concretos) en 1963. Ha publicado un buen número de artículos y libros científicos que han sido de gran ayuda para el ejercicio de la medicina en los trópicos. 

En 1989, cuando volvió a Inglaterra desde África, se dedicó a estudiar el problema de las comunidades africanas que él había conocido, inmersas en la llamada “trampa demográfica”: una comunidad se halla demográficamente atrapada si hay demasiada gente para que la tierra los sostenga (han excedido la capacidad de su ecosistema), no tienen ningún lugar donde ir (no hay posibilidad de emigrar) y no tienen bienes ni servicios que intercambiar por comida y otras necesidades esenciales. El resultado de esta situación es la más intensa pobreza, retraso del crecimiento infantil por malnutrición crónica, hambre y normalmente violencia. Es una pintura de lo más siniestro.

Tras reflexionar sobre este hecho, publicó en Lancet el articulo citado, que aconsejo vivamente leer en su totalidad porque es complejo. Este artículo provocó un intenso y acalorado debate en el mundo anglosajón, ya que descalificaba casi todas las acciones de las ONGs (UNICEF entre otras), ya que no eran “sostenibles en el tiempo y el espacio”: de cualquier modo empeoraban la trampa demográfica y condenaban a las poblaciones a las que en teoría querían ayudar a daños mayores y más prolongados, en último término a las hambrunas y la violencia. Así se preguntaba si realmente eran apropiadas las vacunaciones masivas de niños y otras medidas que no hacían sino aumentar poblaciones que luego no podían sostenerse en el ecosistema en que vivían, tampoco podían emigrar, no había comida que comprar y en último término sufrían el horror del hambre y la guerra.

MK tocó de lleno un tabú (el llamado “tabú Hardiniano”) de dos disciplinas como la demografía y la economía del desarrollo con su mensaje claro “reducir la fertilidad o morir de hambre”.  Este tabú se denomina a partir de Garret Hardin, un ecologista norteamericano que estudió la forma en que los humanos (salvo por ahora los chinos) somos incapaces de ajustar nuestra población a la capacidad de los ecosistemas y de hecho tabuizamos cualquier intento de control poblacional urgente y radical para salir de la trampa demográfica en que se hallan las comunidades pobres del sur. 

Pero MK no sólo señaló un problema gravísimo: también acuñó el término “desentrampar” (disentrapment en inglés) y entendió que proponía un cambio de paradigma que cuestionaba lo que hasta ahora entendíamos por desarrollo y lo que denominó el “supervivencialismo infantil” que preconizaba la UNICEF, con lo cual colisionaba con al menos 25 razones que mantenían el tabú de limitar el crecimiento poblacional, argumentos que llamó los “Demonios” (siguiendo una cita de San Marcos).

En este contexto nació el tan manido término sostenibilidad. No sé si muchos de ustedes conocían su origen. No es baladí y MK nos transmitió un mensaje en que consideró el factor tiempo como algo crítico: las comunidades deben ceñirse a lo que se conoce como “fertilidad de reemplazo” (sólo dos hijos para reemplazar a los padres) siempre que no haya un desarrollo económico que les saque de la amenaza de la trampa demográfica. Puede parecer injusto, pero los chinos lo entendieron hace mucho tiempo y aplicaron políticas de natalidad tremendamente radicales. 

Puede estarse de acuerdo con MK o no, pero nadie debería negarse al debate y tabuizar de antemano las cuestiones poblacionales, máxime viniendo de un hombre que dedicó veinte años de su vida a trabajar en África: deponer un paradigma y cuestionarlo requiere, en las propias palabras de MK, “un gran esfuerzo mental, una gran compasión por los atrapados y un gran amor por el mundo, en particular por África”.

 Además, MK en su artículo de 1990 cuestiona también nuestro paradigma de desarrollo: tal vez debiésemos utilizar más jerséis de lana y menos calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Y en los años que han transcurrido desde esa fecha, ha ido mucho más lejos, trabajando el problema con otras personas que se han atrevido a enfrentar los tabúes y ha concluido abriendo –bajo la égida de la Universidad de Leeds- una página web apasionante en que presenta sus artículos, en ella culmina publicando junto con otros autores, por ahora sólo online, un artículo que les comentaré brevemente y que ha sido ya rechazado tres veces por la misma revista que le acogió en 1990 (Lancet): él y el resto de firmantes saben perfectamente que una publicación en la web antes que en la literatura científica equivale prácticamente a que nunca verá la luz, pero perciben la urgencia del momento y desafían esa regla no escrita.

 El cuarto borrador de ese artículo que se titula “La trampa demográfica en el África Central, acelerando una transición demográfica de choque: dos tabúes ligados y dos emergencias agudas” está redactado por un grupo que nace de la Universidad de los Grandes Lagos en Kenya (GLUK), encabezada por su vicecanciller, Dan Kaseje, y sólo hay unos pocos occidentales entre los autores, la gran mayoría son africanos.

Sería complicado resumir el no-publicado artículo, tampoco era mi objetivo en esta entrada. Por hoy, baste saber que concluye con dos mensajes demoledores: uno para el norte rico: “su estilo de vida está cocinando el planeta”, y nos da un conjunto de recetas útiles para disminuir el daño de los gases con efecto invernadero; el segundo mensaje es para el sur pobre: “un mundo de familias con un niño”, como única salida viable de la trampa demográfica en que las comunidades africanas se hallan inmersas o  amenazadas. 

Como ven, los términos “sostenible” y “sostenibilidad” tienen su contexto y su historia, son enormemente sólidos, ricos y serios. Por lo que he de concluir que los políticos españoles los banalizan al utilizarlos y muy posiblemente podrían contarse con los dedos de una mano aquellos que sepan su significado real: por y para qué se acuñaron y qué hay detrás de ellos.

 Y concluyo: MK y los otros firmantes del nunca-publicado artículo no sólo manejan términos de salud pública, epidemiología, economía del desarrollo y demografía: hablan de otro tabú, que además contemplan como teístas, porque ellos lo son (en África casi todo el mundo lo es). El tabú del “Escathon”. Muchos de ustedes saben que los griegos acuñaron este término refiriéndose a “las últimas cosas” o “las cosas finales”. Y es muy probable que, de mantener nuestro actual estilo de vida en el rico norte (lujoso le dicen en el artículo), si se produce un calentamiento global de 6º Celsius como se ha vaticinado, ese momento escatológico pueda llegar a medio plazo. De igual modo que abogan por destruir el tabú del control poblacional en el sur, también indican que debemos evitar los “demonios” que nos impiden hablar del “momento final” y cómo prepararnos para él, nosotros y nuestras comunidades, porque tal vez está más cerca de lo que pensamos.

 En este contexto de mi entrada de hoy tal vez podamos relativizar algunos de los serios problemas de nuestra España o enmarcarlos en una problemática más amplia en la que todos los seres humanos estamos inmersos.

 Mientras reflexionamos sobre todos estos temas, recemos por los enfermos y por quienes los cuidamos y por el “Universo mundo”, como lo denominó San Ignacio en sus ejercicios espirituales.

 

 

¿Qué debemos hacer?

Había pensado titular esta entrada “Vienen mal dadas”, pero he preferido citar la pregunta capital que le plantean en el Evangelio tanto a Jesús como a Pablo: ¿qué debemos hacer? No qué queremos hacer, sino qué debemos hacer y también qué podemos hacer. Porque esa es la clave hoy en la coyuntura de nuestra España: ¿Qué rol podemos desempeñar los ciudadanos de a pie, como yo y como ustedes?

Durante años muchos de nosotros pensamos que nuestra vocación y obligación coincidían: debíamos ser buenos profesionales, de la medicina en mi caso. Ese era nuestro compromiso con la sociedad y el país en que habíamos nacido, nos habíamos formado y al que debíamos y queríamos servir. Sin embargo, tal vez nos hemos equivocado.

Los peores estudiantes de mi curso de medicina y los compañeros menos cualificados que he tenido son hoy directores y gerentes de hospitales, concejales y cargos de gobiernos autónomos. Hay alguna honrosa excepción, pero son la minoría (la mejor alumna de la clase, brillante, honesta y cabal es actualmente la máxima responsable de la sanidad en una comunidad autónoma, pero es el único caso que conozco). Algunos otros son sindicalistas. En mi ya razonablemente larga experiencia en el mundo sanitario, el personal de enfermería y auxiliar menos dispuesto y colaborador se convirtió casi indefectiblemente en miembro activo y liberado (para bien de sus compañeros y de los pacientes) de los así llamados “sindicatos de clase” (¿de qué clase?). Un compañero médico, harto de ejercer en condiciones penosas y ya talludito, eligió también la vía sindical y me dijo un día “sabía que se vivía bien, pero nunca pensé que tanto”. Atrás y lejos quedaron los tiempos de Llanos, Luis Anoro y otros curas obreros, que conocieron penurias y cárcel, cuando un sindicalista era alguien digno de ser admirado.

Y ahora nos encontramos que personas mal preparadas y peor cualificadas nos han colocado en una situación realmente difícil. Por favor, no digan que han sido los bancos, el gran capital o los especuladores: eso puede ser cierto pero no nos ayudará. En medicina hay mil ejemplos que indican la futilidad de buscar “las primeras causas de la situaciones”, que por lo demás casi siempre son plurifactoriales, nunca simples: un cáncer de pulmón no sólo se debe al tabaco, existen también contaminantes ambientales, nutrición, un fuerte componente genético … y además cuando tienes delante al paciente ya no puedes arreglar lo que actuó hace años, tienes que acometer el problema presente y amenazante para la vida, no sirve de nada decir lo que se debió hacer en su momento, al menos no le sirve al paciente. Y estos gobernantes son malos médicos: citan culpables pero no aplican tratamientos o los aplican tarde y mal.

No tenía idea de escribir más sobre este doloroso tema, pero la respuesta de la Dra. Lalanda a mi entrada anterior y su aportación en su propio blog me han movido a hacerlo. También imaginar el momento vital de inmigrantes y gente desempleada, con la angustia cotidiana de tantas situaciones. No quiero escribir sobre Alexander Fleming y la penicilina cuando la justicia española pierde toda su credibilidad y se arrastra por los suelos, los ministros nos amenazan con subidas de impuestos y el mundo político hiede a corrupción, nepotismo y despilfarro. Podría compartir con ustedes cotidianidades de mi vida hospitalaria, son numerosas y seguro que les conmovían, pero empiezo a darme cuenta de que no basta con hacer bien lo que sé hacer y debo hacer, es decir el ejercicio de la medicina y el cuidado de mis pacientes. Tal vez fuese necesario algo más, pero me encuentro desconcertado. Este gobierno, con sus ministerios de opereta y sus autonomías desnortadas, su negación de la realidad y sus malignos distractores (ley del aborto y ley de la memoria histórica entre otros) han resultado una maldición para este país, un tumor que erradicar cuanto antes. Desdichadamente, para la cura del cáncer –salvo en algunos tumores sanguíneos sensibles a la quimioterapia- el único remedio radical es la cirugía, y ninguna es inocua ni indolora para el paciente. De hecho, la cirugía es el fracaso de la medicina, y yo soy internista, no cirujano, prefiero tratar las enfermedades con medicamentos, de forma no cruenta, pero temo que para algunas patologías el paciente ha de acabar la mesa de operaciones para salvar la vida o la extremidad, las situaciones de “life or limb” que dicen los ingleses.

O sea que aquí me tienen, preguntándome y preguntándoles qué podemos y debemos hacer los ciudadanos “de a pie”, que pensábamos que hacer bien nuestro trabajo era suficiente, y los que teníamos la suerte de tener un sueldo fijo (por cierto no desde hace mucho: durante más años tuvimos contratos precarios y cobrábamos por hora de guardia, echando turnos en hospitales que nadie quería, en fines de semana y días festivos) creíamos que era el momento de compartir con los que tenían menos (la mayoría), e intentamos hacerlo, aun conscientes de que era una gota en el océano y que resolvía el problema de forma puntual, no sostenible, y que el mes siguiente volvería a faltar el dinero para el alquiler y para la luz y el agua, o no habría remesa que mandar al país del sur correspondiente, donde la familia estaba todavía peor que aquí, porque una cosa es pobreza y otra una miseria que supera toda imaginación. Pero me temo que no ha sido suficiente.

Por eso pregunto: porque no tengo la respuesta y me encuentro rezando y pensando qué remedio emplear y no hallo ninguno en mi farmacopea que no sea el bisturí. Y además ignoro si el cirujano tendrá la destreza necesaria y el paciente fallecerá en la mesa de operaciones, ni siquiera sé si está cualificado para una cirugía tan compleja.

Por de pronto, mañana volveré a mi sala de hospital e intentaré atender lo mejor que sepa a mis pacientes: ellos, al menos, nada saben todavía de recortes presupuestarios ni congelación de pensiones: bastante tienen con su situación dura y difícil para atender a las enfermedades de otros.

Rueguen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Negar la realidad

En medicina negar la realidad es peligrosísimo, normalmente tiene consecuencias funestas para el paciente. Si un médico no se da cuenta o niega una situación grave –por desconocimiento, negligencia o incompetencia- por lo general la situación clínica escapará a su control y la patología empeorará, a veces bruscamente. Y es mejor decirnos a nosotros mismos y decirle al paciente y a la familia (siempre con delicadeza y palabras que puedan entender, y dejando puertas abiertas a la esperanza) que la situación es grave y llamar a las cosas por su nombre: cáncer, sepsis (infección generalizada), lesión medular alta, leucemia, etc.

Otro ejemplo claro lo tenemos en psiquiatría, en esa cruel enfermedad que es la esquizofrenia, forma extrema de negación o alteración de la realidad: el paciente se cree Napoleón o Julio César en vez de Pepito Pérez, de aquella persona que es en realidad. Así la comunicación e interacción con otros seres humanos es casi imposible, es la alienación extrema.

¿A qué viene todo esto? No puedo evitar reflexionar (de nuevo) desde mi profesión de la crisis económica y las medidas del actual gobierno, según parece bajando el sueldo de los funcionarios. Ya lo hice en entradas anteriores, al menos en cuatro de ellas, tal vez anticipé lo que ocurriría en una titulada “Los médicos y la crisis” del 25 de julio del año pasado, mencionando la congelación de los sueldos de los funcionarios. Esto era algo obvio, congelación o reducción como va a ocurrir.

Pero lo más grave no es eso: lo serio es que el actual gobierno haya negado la realidad durante tanto tiempo e intente ahora poner soluciones –si son o no las más correctas es opinable- y no hace muchos meses. Hubo políticos de otros países que tuvieron más cabeza y más valor y llamaron a la realidad por su nombre, un diagnóstico certero es la única forma de afrontar una patología grave. Por ejemplo, el Canciller del Tesoro británico calificó hace más de año y medio el momento que se vivía como “la más grave situación económica que tendremos que afrontar desde la segunda guerra mundial”. Mientras, el gobierno de este país y las autonomías seguían dilapidando el erario público (por ejemplo construyendo hospitales difícilmente justificables) como si nada pasase. Sólo ahora, cuando les obligan desde el extranjero, parece que se ponen manos a la obra.

Ha sido un mal negocio negar la realidad, ahora tal vez el paciente (nuestro país) está demasiado enfermo, que se lo pregunten a los millones de parados y ciudadanos con empleo precario, o a los funcionarios con sueldo magro que lo van a ver reducido.

Porque esa es otra: como personal estatutario de escala superior que soy, no me parece mal en absoluto que nos reduzcan el sueldo: me considero una persona afortunada por tener un trabajo hasta ahora estable (ya veremos en el futuro) y me parece justo que los que más ganamos o tenemos arrimemos el hombro ahora, lo dejé claro en la entrada que mencionaba más arriba. Sin embargo, ¿qué dirán los auxiliares clínicos y administrativos, celadores y otras personas cuyo sueldo es muy inferior al mío? Además, sería razonable pedir esfuerzos y al tiempo meter bisturí en cargos públicos (en el hospital en que trabajé antes hay cuatro cargos para hacer lo que antes hacían sólo dos, es decir se han duplicado sin motivo ni explicación alguna, y todos ellos creados en el último año y medio, en plena crisis), ministerios risibles y mantenimiento de sindicatos que a casi nadie representan. Sin embargo, reducen por ejemplo la cooperación internacional, ya de por sí magra y posiblemente mal gestionada: no es ya que quiten recursos del primer mundo, los detraen de quienes nada poseen allá en el tercer mundo (que no es otro mundo, es el nuestro, el que hemos hecho).

Ahora ya no pueden negar la realidad: el país está seriamente enfermo e ignoramos si seremos capaces de salir del agujero. Hay quien piensa –entre ellos yo mismo- que nos costará más de una generación recuperarnos de las secuelas de esta patología. Para muchos (desempleados sobre todo) ningún efecto tendrán los analgésicos, aquí no hay morfina que valga.

Sin embargo, tal vez ha llegado el momento de la solidaridad y el sacrificio (no hay que tenerle miedo a esta palabra, viene del latín sacrum facere, hacer sagrado) de quienes más poseemos. Por de pronto parece que nos tocan el bolsillo (lo que más suele doler) a los funcionarios. Es un comienzo. Ciertamente a mí no me esperen para protestar en las calles o plazas por la medida, hace mucho tiempo que era necesaria. Harían falta muchas otras, en el mundo sanitario y en otros, pero ésas no las tomará este gobierno.

Recen por los enfermos (los lesionados medulares y hoy nuestro país entero) y por quienes los cuidamos.

Gripe A: un año después

Se cumple un año del primer caso de gripe A en España (un hombre de 23 años que vino de México, donde se habían dado los primeros casos). La Organización Mundial de la Salud (OMS) propagó una situación de alerta sanitaria desmedida, del mismo modo que hicieron todas las autoridades sanitarias del primer mundo, incluyendo las nuestras. ¿Qué queda de todo aquello? Centenares y miles de vacunas compradas por los países que podían costeárselo que no se utilizaron ni posiblemente se utilizarán nunca, millones de comprimidos de un fármaco antiviral de eficacia dudosa cuando no totalmente ineficaz, aconsejado en base a unos datos pretendidamente científicos suministrados por el propio laboratorio que lo fabricaba, miles de mascarillas de alta seguridad almacenadas en sus cajas sin abrir, planes de contingencia en hospitales y centros sanitarios …

¿Mereció la pena aquel esfuerzo y todo el dinero gastado? A la luz de hoy puede afirmarse rotundamente que no. Y a la luz del ayer puede asimismo afirmarse que tampoco lo merecía entonces, de hecho algunos de nosotros tomamos el riesgo relativo de decirlo en público, aunque quizás nadie con el ingenio y de forma tan certera como la Dra. Mónica Lalanda, médico de urgencias del hospital de Segovia, formada en el Reino Unido y que tiene un blog llamado “profesión sanitaria” en elmundo.es

 Esta doctora publicó en su blog una carta sumamente oportuna titulada “vacúnese usted, Sra. Ministra”, dirigida a la ministra de sanidad, quien nunca tuvo –al menos que yo sepa- la gentileza de responderle. En ella defendía que los datos epidemiológicos y científicos que se poseían no hacían aconsejable vacunarse con una vacuna producida “a la carrera”. Su carta recogía de forma certera (y mordaz, pero no irrespetuosa), el sentir y pensar de muchos profesionales y ciudadanos de a pie, tal vez por ello cabalgó por la red y apareció impresa en incontables tablones de anuncios de salas de médicos y personal sanitario en general.

 Conviene también recordar que la Dra. Teresa Forcades, a la sazón monja, colgó a su vez un inteligente discurso en youtube, lo cual según parece le valió una severa reprimenda de sus superiores, de modo que a día de hoy –también que yo sepa- ha desaparecido de la escena pública. Además sus declaraciones fueron ninguneadas y su cualificación para emitirlas cuestionada por pretendidos expertos en lugares tan poco académicos pero de tan amplia difusión como el diario El País. Y un servidor de ustedes aportó también su opinión en unas de mis primeras entradas, cuando más enconado era el debate, sobre una enfermedad en la que había muchas preguntas, pocas respuestas y una prisa irrefrenable por vacunar y tratar. 

¿Qué puede decirse hoy? Que unas 300 personas en España murieron (a pesar del tratamiento con antivirales),  muchísimos menos que los previstos y los que fallecen por gripe estacional (la de cada invierno, unos 8.000). Que tan sólo 5.000 personas requirieron ingreso hospitalario (contra 76.000 en la gripe habitual). Que el 70% de las vacunas compradas por nuestro país no se utilizaron ni posiblemente se utilizarán nunca. Que la mayoría de gente pasó la enfermedad de forma leve, algunos sin enterarse siquiera. Que el consumo de recursos fue enorme. Que la alarma social fue mundial, potenciada por la OMS y los diversos gobiernos y ministerios de sanidad, incluyendo el nuestro, así como casi todos los autonómicos de ésta nuestra España.

 Consiguieron entre todos desatar la sensación de que se acercaba un escenario cataclísmico, bajo el cual en mi opinión subyacía el miedo a la enfermedad y la muerte, lógico pero aumentado en esta sociedad que quiere controlarlo todo y sueña con la omnipotencia. Nada más ridículo: nuestra vida y nuestra salud son algo que se nos regala y no podemos comprar ni asegurar, antes bien en un segundo –como he visto tan palpablemente estos meses aquí, aunque antes ya lo sabía- nuestra vida puede darse la vuelta o perderse, precisamente por su cualidad de contingencia, eso es sabido desde los filósofos de la antigüedad pero parecemos haberlo olvidado.

 Es pues muy probable que por las desmesuradas medidas antigripe suframos distorsiones económicas –que nadie analizará ni cuantificará, y de las que nadie se responsabilizará, porque de la cosa pública nadie lo hace- y laborales, además por una causa injustificada. No sólo eso: nuestra ministra de sanidad sigue apoyando las directrices de la OMS. Y hay quien dice que las críticas que se puedan formular hoy, viendo la realidad tal cual ha sido y no como se pensó (¿o tal vez ideó?) serían “injustas, inapropiadas e irresponsables”. No sólo no aceptaron las voces críticas antes–algunas tan sumamente cualificadas como el British Medical Journal, una de las revistas médicas con mayor impacto y más respetadas del mundo-, ni siquiera las aceptan ahora, cuando somos capaces de ver el inmenso error que se cometió al querer los políticos protegerse las espaldas y que nadie les criticase por no haber tomado suficientes medidas. Antes bien, nuestras autoridades sanitarias se complacen y felicitan por todo lo que hicieron y se dan palmaditas en la espalda y felicitan a la ministra por lo bien que se coordinaron.

 Pues no es así: nuestro sistema sanitario no está para bromas, más bien se halla en la UCI, ya no hay dinero para sustitutos del personal sanitario en periodos vacacionales, de modo que médicos y enfermeras en muchos puestos han de trabajar el doble a cambio de una miseria y es posible que con el tiempo el llamado copago (o aportación económica extra además de la que se detrae de nuestra nómina a quienes tenemos la suerte de tener todavía una) para recibir asistencia sanitaria sea imprescindible para mantener las actuales prestaciones.

 Y eso nosotros, la parte “afortunada” de la humanidad, el primer mundo, que tenemos medicamentos, hospitales, médicos … cientos de millones de personas sobreviven con menos de un dólar al día, su esperanza de vida es apenas mayor de 40 años, jamás ven a un doctor ni disponen de medios para comprar siquiera una aspirina. En nuestro mundo hemos convertido la salud en un objeto de consumo e invertimos sumas estratosféricas en tratamientos innecesarios, en vacunas que nadie utilizó ni utilizará jamás, en estética de la salud (que no en su ética) y puñados de hombres y mujeres jóvenes sufren de rechazo a la comida (que no de su falta), en esa cruel patología que se llama anorexia nerviosa, forma extrema de rechazo al propio cuerpo.

 Porque la amenaza real de nuestro mundo no fue ni es el virus de la gripe A: fue, es y será la miseria, la insolidaridad, la ignorancia, el egoísmo, la injusticia y la desigualdad. Y estoy convencido de que el Dios cristiano (o la madre tierra, o la conciencia cósmica) nos pedirá antes o después cuentas preguntándonos “¿dónde están tus hermanos? ¿qué hicisteis por vuestros hermanos que nada tenían?”.

 Sinceramente, yo no sabré qué contestar.

 Disculpen el tono algo airado de esta entrada, pero hay cosas que todavía me sacan de mis casillas.

 Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Cotidianidades

Este hospital es rico en experiencias cotidianas, es raro que pase un día sin que surjan elementos que obliguen a pensar y reflexionar.

 En los últimos días, a raíz de las experiencias vividas con diversos pacientes, comentaba con compañeros de enfermería que las personas de clases sociales más altas, con preparación intelectual normalmente superior, parecen afrontar peor –al menos inicialmente- el gran revés y adversidad que supone una lesión medular. Da la impresión de que se cuela de sopetón en sus vidas un elemento incontrolable que deja sin respuestas y sin aparente capacidad de maniobra.

 Nos preguntábamos si era un problema de esa palabra tan empleada en otra época y con tan mala prensa hoy, resignación. Creo que es mejor emplear aceptación: resignarse conlleva tal vez una falta de acción, una pasividad que no es buena en absoluto en algunas circunstancias de la vida, ciertamente no en la lesión medular, en que el proceso de afrontamiento, adaptación y rehabilitación son enormemente activos.

 De cualquier modo, aunque es solamente una observación, la gente sencilla, mayoritaria aquí, impresiona de llevar mejor esta adversidad y habitarla del mejor modo posible.

 Otra dato que recojo, en contacto cotidiano con enfermos generalmente muy graves, es que aquí se hace muchas veces realidad una frase evangélica: “se recoge lo que se siembra”. Me explicaré: son pacientes con largas estancias en el hospital, lo cual supone un enorme desgaste para ellos mismos y sobre todo para sus familias, que de cualquier modo y por regla general soportan la situación estoicamente y suelen permanecer al lado del enfermo casi todo el tiempo permitido para visitas. En las conversaciones con los familiares de los pacientes intento hacerme una idea de cómo eran antes del accidente o la enfermedad que los ha traído aquí, parapléjicos o tetrapléjicos, consciente de que el carácter y la forma de ser previa determinarán en alguna medida la evolución de la situación actual y su afrontamiento de la misma.

 Por eso llama la atención algún paciente que apenas recibe visitas. En uno de estos casos, un día coincidí con un familiar y hablando con él comprendí mejor al paciente y su situación: una persona de carácter difícil, habiendo cortado amarras con familiares y amigos. Fue ese familiar quien me dijo: “recoge lo que siembra”.

 Temo que es una gran verdad: aunque no siempre, en la vida recogemos lo que hemos sembrado. Esto llevaría –entre otros- al (duro) tema del perdón, tanto del perdón cristiano como del perdón en psicología, pero lo dejo para otra entrada. Además nos conduce a otro problema capital en nuestra fe y en la vivencia y el ejercicio de la medicina: el sufrimiento del justo y las preguntas que ello nos provoca, preguntas que nos hacen frecuentemente pacientes y familiares y que nos hacemos a nosotros mismos cuando nos llega el dolor. 

Solamente decir hoy que conviene evitar esas preguntas metafísicas que tanto daño pueden hacernos: ¿por qué? ¿para qué? E intentar –nada fácil- extraer de la enfermedad y de los problemas y las situaciones adversas y duras de la vida las enseñanzas posibles: el agradecimiento por lo que hemos tenido y tal vez obtenido, por los años en que tuvimos salud o vivimos con alguien, por las personas con quienes hemos compartido una parte del camino. Fijarnos en lo que tenemos y nos queda de todo ello, en vez de concentrarnos en penar y reprochar (a los demás, a Dios o a nosotros mismos) por aquello que nos falta o que hemos perdido.

 Compartiré finalmente con ustedes la alegría por trabajar en el único hospital “nacional” que posiblemente quede: éste es un centro de referencia para todo el país, he conocido pacientes de todos los lugares salvo catalanes (tienen su propio centro) y –por ahora- aragoneses. Aquí nadie hace problema alguno por proceder de un lugar u otro, por hablar una lengua u otra. Eso es bonito y lo he dicho muchas veces: todos los hombres somos hermanos en la salud y en la enfermedad, venimos de una misma fuente y volvemos a una misma fuente, eso que los creyentes llamamos Dios y otros conciencia cósmica o Madre Tierra. Es un error poner el acento en lo que pueda separarnos, llámese ideología, lugar de nacimiento, lengua, creencias políticas, posición social, origen cultural o social. Lo que nos une como seres humanos es una verdad mayor que ideologías, creencias religiosas o políticas, nacionalidades. Tendremos que redescubrirlo como pueblo, como sociedad y como país si queremos salir del atolladero social y económico en que estamos inmersos.

 Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos.

Salud y enfermedad. El PSA.

Por lo general, nos hacemos médicos para atender enfermos, y a más graves están éstos, más útiles nos sentimos la mayoría de sanitarios. Por ello el ejercicio de la medicina resulta actualmente tan frustrante para muchos colegas: por la acción u omisión de los gestores la mayoría de médicos –ciertamente los de asistencia primaria- se ven obligados a hacer un sinnúmero de tareas burocráticas en vez de dedicar el tiempo a los usuarios del sistema sanitario. Además es raro que atiendan  a personas con verdaderos problemas de salud.

Podemos decir que lo que es normal cada vez se restringe más y pasa a calificarse como patológico. Exigimos a la medicina que detenga el envejecimiento fisiológico y las molestias y deterioro inherentes al mismo, cosa a día de hoy imposible. Le exigimos que nos coloque en una suerte de nirvana sin dolor, sufrimiento ni frustración, y eso a día de hoy es imposible. Nuestro organismo envejece y pierde facultades, convertimos en enfermedad simples hallazgos de laboratorio o de radiografías y nos sometemos a maniobras diagnósticas – no siempre inocuas- y a veces a costosos tratamientos, aun cuando nos sintamos bien, “por si acaso” o “por lo que pueda pasar más adelante”. A veces los mismos médicos potenciamos esa actitud ejerciendo una medicina defensiva por temor a problemas legales, demandas y reclamaciones.

Un ejemplo palmario lo tenemos en una determinación analítica que casi todos los varones de más de 50 años o frisando esa edad conocemos: el antígeno específico prostático, más conocido por sus siglas inglesas, PSA. Este dato de laboratorio puede asociarse a cáncer de próstata, pero no es bueno en absoluto como herramienta de detección precoz ni de diagnóstico: no es específico (está en el tejido prostático normal, no sólo en el canceroso) y además no distingue entre un cáncer localizado y otro agresivo. Además el cáncer de próstata se relaciona con la edad, a partir de los 60 años es sumamente común y muchos de nosotros nos moriremos con él, pero no a causa de él. La utilidad de esta molécula –como la de todos los así llamados marcadores tumorales detectables en la sangre- es el seguimiento y monitorización del tratamiento (si sube tras tratar puede indicar recidiva del tumor), o tal vez como herramienta diagnóstica si su valor se dobla en el tiempo, pero no en base a una determinación aislada. Es conveniente ser muy prudente con la interpretación de este dato de laboratorio, ya que puede conducir a maniobras diagnósticas o terapéuticas que de nuevo no son baladíes ni inofensivas: pueden acabar con un varón estéril o incontinente, lo cual no resulta nada agradable.  El mismo descubridor de esta molécula, el médico norteamericano Richard Ablin, ha dicho recientemente que el PSA se ha convertido en “un desastre de salud pública terriblemente caro”,  y que resulta “apenas más efectivo en el diagnóstico del cáncer de próstata que echar una moneda al aire”.

 Otro ejemplo excelente de la medicalización de la sociedad lo tenemos analizando los dos extremos de la vida, el nacimiento y la muerte, que no dejan de ser hechos fisiológicos. El embarazo, un proceso natural que concluye en el parto, se ha convertido en una sucesión de visitas al ginecólogo para la realización de exámenes mediante ultrasonidos (ecografía) y monitorización fetal electrónica. Ésta no mejora en absoluto la supervivencia infantil pero sí aumenta el número de cesáreas (datos de la Colaboración Cochrane, institución que estudia la literatura científica e intenta sacar conclusiones válidas basadas en la evidencia científica existente). Es decir, el comienzo de la vida puede terminar en una cirugía mayor.

 Si examinamos lo que nos ocurre al otro extremo de la vida, cuando ésta se acaba, el panorama es similar: la mayoría de gente muere en los hospitales, a veces ingresada en las unidades de cuidados intensivos, eso sí, atendida por múltiples médicos. Con ello una experiencia cotidiana, que ocurría en la casa, se convierte en un complejo fenómeno sanitario.

Podemos decir que la atención médica cada vez se enfoca más a personas sanas, que se sienten bien o que no toleran un sentirse mal que tal vez no sea evitable: los médicos de atención primaria están hartos de ver desfilar por sus consultas personas que se sienten cansadas o tienen dolores de origen inexplicado, con análisis y radiografías estrictamente normales, dolores no encasillables en las enfermedades que conocemos y con contexto las más de las veces psicosomático, inherente a una vida triste, desdichada o frustrada.

 Los médicos que trabajamos en hospitales afrontamos situaciones no menos difíciles y a veces también desalentadoras: atendemos ancianos extremadamente añosos y nos preguntamos hasta dónde llegar en sus tratamientos y maniobras diagnósticas. A veces experimentamos nuestra tarea como fútil y tampoco nos ayuda el extremo contrario, escuchar invitaciones al nihilismo o el comentario ácido de que nuestra tarea es inútil, ocasionalmente proveniente de otros colegas o personal sanitario auxiliar.

 Soy consciente de que habrá quien piense que a veces no se calma el dolor adecuadamente y no se presta atención a padecimientos reales. También es cierto que en el caso de padecimientos imaginarios (sin correlato orgánico demostrable), sin gravedad vital alguna, las personas se sienten mal cuando acuden al médico. De acuerdo, pero en ese caso no es un médico lo que se necesita, o al menos no un médico a quien se le dan 3 minutos para atender al paciente. Sería necesaria una mezcla de médico, psicólogo, confesor, asistente social y amigo. No conozco a nadie que reúna tantas facetas y además disponga del tiempo necesario para ejercerlas.

Hemos convertido los servicios sanitarios en objetos de consumo, de usar y tirar, creyendo que los análisis, radiografías, ecografías, resonancias, etc, no valen nada, cuando son extremadamente caros. Que podemos acudir a los servicios de urgencias o al médico al menor estornudo. Eso es un error craso que lleva al colapso de los mismos, que no pueden entonces atender con la prontitud necesaria a quien está realmente enfermo. 

En el debate sobre la salud –eterno y estéril las más de las veces- no se plantea la pregunta clave: no cuántos cuidados médicos queremos (muy posiblemente la respuesta sería que infinitos) sino cuántos podemos pagar, porque los presupuestos sanitarios no son ilimitados, conviene recordar que afrontamos una demanda ilimitada (“salud”, ese término tan trivializado y etéreo) con medios limitados. Antes o después la realidad mostrenca se encargará de contestar por ella misma, cuando no haya dinero para pagar las prótesis o los antibióticos. O no nos paguen el sueldo al personal sanitario.

 En último término, sería interesante preguntar ¿qué es la salud? ¿tiene la misma percepción una persona que otra, un habitante del tercer mundo que uno del primero? ¿está enfermo un lesionado medular que no puede mover un solo miembro pero sin embargo aprovecha su vida e incluso conforta a otros?

 Me quedaré con una definición de salud de mis tiempos utópicos de estudiante de medicina: “aquella manera de vivir solidaria, autónoma y profundamente alegre”. A día de hoy, con mucha más experiencia vital y clínica, cuestionaría el término “autónoma”, ya que mis experiencias recientes me dicen que hay lesionados medulares cuya vida no es en absoluto autónoma y sin embargo están sanos según el resto de la definición.  Nada que ver pues con resultados de análisis o de técnicas de imagen. Es algo mucho más profundo y que abarca muchos más aspectos de la vida. En base a esa definición muchos sanos están enfermos y muchos enfermos, sanos.

 Rueguen por esta sociedad nuestra que cada vez recibe más atención médica pero que cada día parece ser más infeliz. Que el Dios cristiano nos ayude a entender que la verdadera salud y felicidad no se hallan en las consultas de los médicos ni al final de un bote de pastillas, sino en la vida cercana y compartida con los prójimos. Esta verdad la voy aprendiendo en contacto con personas que han perdido casi toda capacidad y sin embargo viven en ocasiones vidas plenas. Les aseguro que es una profunda experiencia.

Monseñor Romero

La entrada de hoy es atípica: no versa sobre medicina ni ningún tema con ella relacionado. Han transcurrido treinta años desde que, el 23 de marzo de 1980, monseñor Romero pronunciase su última homilía completa. Este hombre ha sido para mí una continua fuente de inspiración y esperanza. Por eso he decidido conmemorar el aniversario de su muerte martirial compartiendo con ustedes este artículo, que escribí en mayo del año pasado (levemente adaptado tras el paso de casi doce meses), aunque entonces no se publicase en lugar alguno. Como es algo largo, si les interesa les aconsejo que lo impriman, si no puede resultar algo tedioso de leer en la pantalla del ordenador.

“Y habló por los profetas”: comentarios a la última homilía dominical de monseñor Oscar Arnulfo Romero (homilía del quinto domingo de Cuaresma, 23.03.1980).

1.      Introducción.

Lo recitamos en el Credo de nuestra fe cristiana: “Y habló por los profetas”. Estos hombres y mujeres no son alguien lejano en la historia, cuyas palabras escuchamos más o menos reverentemente en la misa: hay profetas cercanos en el tiempo a nosotros, personas que, como indica la etimología de la palabra, han “hablado en nombre de otro”, en concreto en nombre de Dios. Y también de acuerdo a la definición clásica de profeta, han sufrido y asumido una muerte violenta (todos los profetas de la Biblia salvo Moisés, de quien de hecho se ignora cómo murió y dónde está enterrado).

 Cito clásicamente tres profetas recientes: Mohandas Gandhi, Martin Luther King y monseñor Oscar Arnulfo Romero. Sobre él versarán estas páginas, en concreto analizaré los tres últimos párrafos de su homilía más conocida, del 23 de marzo de 1980, un día antes de su muerte martirial. Es un análisis creyente y vivencial, no poseo los instrumentos del teólogo ni del experto en homilética. Me inspiro asimismo en otras homilías y textos de monseñor (leídos en el texto de la UCA que luego mencionaré) y en formulaciones de Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría, dos de las personas que mejor entendieron a monseñor, así como en un montaje audiovisual que traje en 1986 de Honduras y en el libro de María López Vigil “Piezas para un retrato”.

Creo sinceramente que monseñor estaba condenado a muerte desde mucho antes, pero tal vez su llamamiento a los cuerpos de seguridad salvadoreños para que incumpliesen las órdenes de sus superiores de masacrar a sus compatriotas precipitó su asesinato. También creo que, aun no siendo tal vez su discurso de mayor profundidad teológica, resume todo su pensamiento en unas pocas líneas que le nacen de lo más hondo, y en ellas explicita claramente una antropología, una cristología, una eclesiología y una teología auténticamente pro-seguidoras de Jesús de Nazareth, lo cual le cuesta la vida. De hecho en el final de la homilía es difícil saber quién habla, si monseñor Romero hombre-profeta o Dios mismo con su voz.

2. Contextualización del texto.

 El 23 de marzo por la mañana monseñor pronunció la que sería su última homilía en Catedral, ya que en realidad su última predicación pública, ante un reducido grupo de personas, fue el día 24, en la capilla del hospital de enfermos cancerosos donde vivía, en una eucaristía funeral. Nunca la concluyó, porque el único y certero disparo de francotirador que atravesó su corazón y acabó con su vida en la tierra tuvo lugar justo cuando la estaba concluyendo.

 La Catedral de San Salvador se hallaba abarrotada ese día, como cada domingo, llena del pueblo sencillo y fiel, de su grey, de su feligresía pobre, que a menudo caminaba docenas de kilómetros desde lejanos cantones para escucharle en directo y no sólo por radio. Las viejitas de pies descalzos depositaban flores y pequeños regalos al pie del altar. También asistían docenas de periodistas extranjeros, sorprendidos y asustados por lo que veían, tal vez barruntando un desenlace anunciado que tendría lugar apenas un día después; tal vez intuyendo que asistían a un acontecimiento histórico, paralelo al asesinato de otro obispo católico, Tomás Moro.

Los pobres le enseñaron a monseñor Romero a leer y entender el Evangelio, cuyo significado profundo había estado oculto para él tras las gruesas paredes de los seminarios, las parroquias y los cargos eclesiásticos. Sus ovejas nunca le abandonaron, pero él tampoco las abandonó a ellas: en pro-seguimiento de Jesús se convirtió en su pastor en todo su sentido, ya que las protegió de sus depredadores hasta dar su vida por su pueblo, tal como formula bellamente Jon Sobrino. Se convirtió en voz de los sin voz, como reza el libro de la UCA publicado tras su muerte (uno de los editores, Ignacio Martín-Baró, es también mártir tras la matanza ocurrida en la universidad en 1989). En la contraportada de ese libro puede leerse: “con monseñor la palabra de los salvadoreños subió hasta Dios, cumpliéndose así el texto del libro del Éxodo que está a la base de la Teología de la Liberación: “he escuchado el clamor de mi pueblo, he visto la opresión con que le oprimen”. 

Semana tras semana y homilía a homilía, monseñor presentaba a Dios y al mundo la realidad de su pueblo, sin disfraces ni eufemismos, citando por su nombre las atrocidades cometidas contra el pueblo: los lugares, los autores, el nombre de los asesinados, desaparecidos y torturados. La palabra se hacía carne para que la carne pudiese, otra vez, hacerse Palabra. No había forma de conocer fehacientemente lo que en aquellos días ocurría en el país (la realidad brutal y la verdad de los hechos) sin escuchar las homilías de monseñor. Tal vez por ello se creó en la UCA, tras su muerte, la “cátedra de análisis de la realidad nacional”, e Ignacio Ellacuría (asimismo mártir), acuñó una célebre frase, altamente inspiradora: “la realidad norma la proyección docente”. Sólo en la verdad puede de veras vivirse, y sólo llamando a la realidad por su nombre puede buscarse la justicia, especialmente en una época en que sería conveniente devolver a las palabras su auténtico significado etiomológico, en una sociedad de imagen y apariencia, donde la estética importa más que la ética y el fondo que la forma.

3. Texto.

Con las palabras que siguen a continuación concluyó esa homilía, tras una semana de atroz represión. En puntos suspensivos figuran  los aplausos del pueblo fiel, de su grey que le escuchaba, confirmando con sus aplausos lo que monseñor decía, en un “amén”, “así es”, reflejo de sentirse identificados y defendidos por su pastor. Son simplemente cuatro párrafos, apenas 26 líneas las que analizaré, porque entiendo resumen todo el pensamiento que justificó la praxis de monseñor Romero e inspiró su vida y su muerte.

 El párrafo central es el más conocido, con su grito profundo apelando a las fuerzas de seguridad para que cesasen la represión contra el pueblo, pero el que antecede y sobre todo el postrero, justo antes de proclamar el credo de nuestra fe cristiana, no son menos ricos ni significativos. Los aplausos de la feligresía son cada vez más frecuentes y prolongados, hasta llegar a su cénit cuando monseñor habla en nombre del Dios cristiano, cosa que, tan explícitamente, nunca había hecho antes en sus homilías o cartas pastorales, aunque se hallaba implícito en muchas afirmaciones y textos. Tras su grito “¡Cese la represión!” los aplausos son atronadores y duran casi un minuto, hasta que continúa con la homilía con un párrafo de gran profundidad teológica que viene a sostener todo lo anterior y desde el cual puede intuirse desde dónde habla y cuál era su fe profunda y su imagen y tal vez vivencia de Dios.

Escuchémosle:

 “Queridos hermanos, sería interesante ahora hacer un análisis pero no quiero abusar de su tiempo, de lo que han significado estos meses de un nuevo gobierno que precisamente quería sacarnos de estos ambientes horrorosos. Y si lo que se pretende es decapitar la organización del pueblo y estorbar el proceso que el pueblo quiere, no puede progresar otro proceso. Sin las raíces en el pueblo ningún giobierno puede tener eficacia, mucho menos cuando quiere implantarlos a fuerza de sangre y de dolor (…).

 Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles.

Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: NO MATAR (… en mayúsculas en el libro de la UCA) Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios (…). Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla (…) Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado (…). La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre (…). En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión! (…).

 La Iglesia predica su liberación tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia, una liberación que tiene, por encima de todo, el respeto a la dignidad de la persona, la salvación del bien común del pueblo y la trascendencia que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza.

 Vamos a proclamar ahora nuestro Credo en esa verdad (…)”.

4. Reflexiones sobre el texto y al hilo del mismo, sobre nuestros días.

Monseñor no fue un orador barroco. No utlilizó jamás eufemismos, sus adjetivos son certeros y concretos, descriptivos: “ambientes horrorosos” eran los que se vivían en El Salvador en marzo de 1980, con decenas de asesinatos y desaparecidos diarios, con pueblos y cantones arrasados, con cadáveres desfigurados arrojados a las quebradas durante la noche. “Horroroso” es algo atroz de mirar, insoportable por su fealdad, ese adjetivo tan duro utiliza monseñor Romero para referirse a la acción del gobierno contra el pueblo.

 Y ese gobierno, en realidad, quiere “decapitar la organización del pueblo y estorbar el proceso que el pueblo quiere”. No atajarla ni impedirla, no retrasarla, sino “decapitarla”, es decir separar la cabeza del cuerpo, amputarla de raíz y para siempre: de ahí la eliminación sistemática de líderes sindicales, campesinos y obreros, de catequistas y delegados de la palabra, de todo aquel con capacidad de organización de las mayorías y que buscase el bien de las mayorías en detrimento de la oligarquía.

Pero ningún gobierno que actúe así puede ser eficaz, todavía menos cuando para ello utiliza la violencia más atroz. No es baladí recordar las palabras de monseñor Romero hoy y aquí, en España en marzo de 2010, y preguntarnos si el actual gobierno tiene las raíces en el pueblo, es decir, si conoce y vive la realidad de una ciudadanía con un 18% de desempleo, donde, como en toda crisis, se ahondan las diferencias sociales entre quienes poseemos un puesto estable y bien remunerado –aunque descocemos si será sostenible- y quienes pierden su trabajo, centenares y miles a diario. Tal vez los intereses de los políticos no coincidan en el fondo con el bien de las mayorías. Podría ser interesante que nos preguntemos eso porque la palabra del profeta sigue viva e interpelante a lo largo de la historia, aun en circunstancias y épocas diferentes.

Tras esta disquisición, sigamos con el análisis de las palabras de monseñor Romero.

A continuación, se dirige de forma directa a los autores materiales de la represión y las matanzas, sin ambages, para rogarles, suplicarles y, en último término y en nombre del Dios cristiano, ordenarles que cesen en ellas. Es indudable que son sus líneas más proféticas, porque las pronuncia en nombre del absolutamente Otro, haciendo así honor y justicia a la etimología de la palabra “profeta”, ya antes comentada.

Y para ello apela a lo más profundo de cada hombre, a su conciencia. Y les invita a desobedecer una orden y una ley si son inmorales, si son pecado, es decir, si su consecuencia es la muerte del hombre, porque eso y no otra cosa es el pecado: todo aquello que lleva a la muerte y al sufrimiento de los hijos de Dios (como el mismo monseñor formuló en su discurso de febrero de 1980 en Lovaina). Ahí está monseñor transmitiendo su imagen y concepto del pecado y el valor absoluto de la vida humana, citando el quinto mandamiento: “No matarás”. Ninguna ideología política o nacional, ninguna idea, ninguna bandera, nada justifica el asesinato: podemos estar dispuestos, como dijo Gandhi, a morir por los demás o por nuestras ideas y convicciones, pero no a matar por ellas. Me pregunto qué tendrían que decir sobre esto algunos prelados y teólogos del país vasco, con sus razonamientos donde a menudo se confunden vícitmas y verdugos, los derechos y razones de unos y otros. Lo que ahí está en juego, exactamente como en tiempo de monseñor Romero, aunque a menor escala, son vidas humanas, en último término la vida de Dios, en cuanto que el hombre es “imago Dei”, en la máxima aportación que la filosofía y teología cristianas han hecho al acervo intelectual humano, hacer del hombre la imagen del creador, el templo del Espíritu, y por tanto inviolable, porque tocarle a él es tocar a Dios mismo.

Ello nos pone en contacto, como se explicita más adelante, con la antropología de monseñor Romero, el hombre y su vida como valores absolutos en tanto que hijos de Dios y hechos a su imagen, convertidos por la represión en piltrafas humanas, con la muerte rápida de las masacres o la muerte lenta del hambre y la miseria, no menos real y cruel. Monseñor era muy consciente de lo que decía, no en vano había visto y escuchado personalmente las consecuencias de la barbarie, en una situación en que su pueblo se había convertido en el “siervo sufriente de Yavheh” del cántico de Isaías, ante cuya fealdad por no parecer ya humano se vuelve el rostro (y un cadáver desfigurado ciertamente no parece ya humano), a menos que Dios te dé el valor, como le dio a monseñor, de ver, mirar y afrontar las consecuencias del mal, llamarlo por su nombre y retarlo en lucha sin cuartel y a muerte, como hizo Jesús de Nazareth.

También podemos buscar una relación con un tema actual, aunque se formulase como tal a raíz de las atrocidades de las dictaduras del cono sur en la década de los 70 y 80, la “ley de obediencia debida”, por la que el criminal queda exonerado de sus culpas y de la consecuencias de sus actos porque obedecía órdenes. En último término sacrificaba una vida para no perder la propia (o el puesto, o la posición social o económica, o el prestigio y el respeto del partido o la institución). Muchos mandos más o menos superiores o más o menos intermedios se amparan en esa ley para aplicar leyes y normas injustas, podría citar numerosos ejemplos actuales.

Poco queda por decir de ese párrafo profético salvo que monseñor formula en breves palabras su eclesiología: la Iglesia es la “defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona”. Eso es, en realidad, la Iglesia. No templos ni colectas, no dignatarios ni instituciones, sino la valedora de los desprotegidos, de los que carecen de voz, de aquellos que no tienen quien les defienda, de los inermes, de los “anahuim” de tiempos de Jesús, de los que se hallan perdidos “como ovejas sin pastor”, que conmovieron el corazón de Jesús y el de monseñor Romero.

 Mantener la fe en Dios y la vida de la Iglesia es anteponer la persona humana y su dignidad, desde la concepción hasta el último hálito de vida, a cualquier otro razonamiento religioso o civil, pero no en abstracto, sino en concreto, por la vida que pasa por un trabajo digno, por un sueldo justo, por una casa habitable, por una comida suficiente, y eso para toda la humanidad, para todos los hijos de Dios en el fértil planeta que se nos dejó en herencia, usufructurarios para generaciones venideras, y que llevamos camino de destruir anticipadamente.

 Nada podrán reprocharnos los no creyentes si expresamos nuestra postura contra el aborto o las experimentaciones temerarias con células madre o embrionarias si a la vez condenamos las estructuras que llevan al pecado como generador de la muerte de muchos hombres, sobre todo en el segundo, tercer y cuarto mundo, tales como el sistema económico neoliberal, las ganancias exageradas de los bancos y grandes empresas sin corazón ni alma, los sueldos principescos de políticos, empresarios y gobernantes. En resumen, los gastos exagerados en todo aquello que no sea beneficioso para las mayorías y redunde en beneficio de las mayorías, y no sólo de las españolas, sino de las del planeta entero en último término.

 Y finalmente, en conexión con esa concepción de la Iglesia como defensora a ultranza de la vida humana y su dignidad como valor absoluto, enuncia qué significa en realidad la liberación que predica la Iglesia: todo aquello que respeta la dignidad de la persona (física y concreta, no enteléquica, no sólo de algunas sino de todas las personas), la salvación del bien común del pueblo –y no sólo de unos pocos- y la trascendencia.  

5. ¿Quién fue monseñor Romero?.

Si hubiese que definir en una sola palabra quién fue monseñor Oscar Arnulfo Romero –tal como formula inspiradamente Jon Sobrino-, diríamos que fue un creyente en Dios y su Cristo. Un hombre lleno de dudas y defectos que sólo de Dios, como él mismo conluye, derivó su esperanza y su fuerza, consciente de su propia debilidad. Estuvo en ello de acuerdo con las palabras de San Pablo: “cuando soy débil, es cuando soy fuerte”, y con el título de un libro de Pedro Arrupe “en El solo la esperanza”. Aquel hombre timorato se abrió a la acción del Espíritu vivificante de Dios, quien lo convirtió en el profeta que hoy conocemos, en el hombre que pronunció la homilía que analizamos y que acabó entregando su vida por el pueblo, entrando así en la Historia de Salvación, como inspiración y ayuda para todos aquellos que intentamos pro-seguir el camino iniciado por el crucificado-resucitado.

 Hay de cualquier modo muchas posibles formulaciones sobre monseñor Romero, posiblemente cada cristiano tendrá la suya. A mí personalmente me convence aquella que le define como “obispo no neutral, subversivo y gran profeta”. Creo que todo ello emana de su condición de creyente, pero son tres datos que considero irrefutables: tomó partido por su pueblo, subvirtió el orden injusto establecido (como Jesús) y habló en nombre de Dios.

6. Reflexiones finales.

 Sólo desde la trascendencia del creyente, que nace de la contemplación y la oración y que sólo en Dios pone su esperanza, hallaremos las fuerzas para pro-seguir los pasos de Jesús, la inspiración en la dificultad, las palabras a pronunciar para que sirvan de ayuda y consuelo a los sufrientes, los valores que transmitir a nuestros alumnos, a nuestros hijos, a nuestros pacientes. En caso contrario, nos convertiremos en “címbalos que resuenan”, como dice Pablo en la carta a los corintios, en palabreros sin credibilidad, en recitadores de letanías que no sanarán al mundo ni nos sanarán a nostros, porque, en el fondo, en nuestro interior no habrá vida, y “la gloria de Dios es el hombre que vive”, en palabras de San Ireneo que varias veces pronunció en vida monseñor Romero. El hombre que vive, normalmente con su vida da vida a otros.

 Es el momento, tal como monseñor Romero invitó a los fieles el 23 de marzo de 1980, de proclamar nuestro Credo en esa verdad, que se hace verdad radical cuando la Iglesia y nosotros como creyentes nos insertamos en la vida de las persona sufrientes y en necesidad, en sus sufrimientos, en sus preocupaciones. Como el mismo monseñor Romero dijo en su discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, apenas unas semanas antes de la homilía que hemos analizado, “ésta es la forma de mantener la trascendencia e identidad de la Iglesia porque de esta forma mantenemos la fe en Dios”.

 Tal vez, pues, es momento de que cada uno de nostros nos preguntemos desde el fondo del corazón, antes de juzgar a las instituciones a las que pertenecemos, o a nuestros párrocos, obispos, superiores, gobernantes, de qué forma nosotros vivimos la eterna verdad del Evangelio y así mantenemos la fe en un Dios de vida. Y también en qué medida ponemos nuestra esperanza en ese Dios de vida y no en falsos ídolos de muerte, llámense poder, prestigio (de cualquier tipo y ante los públicos más variados) o dinero/cosas materiales.

7. Epílogo.

 No creo exagerado decir que todos los cristianos de buena voluntad lloraron a monseñor Romero (como él había llorado a tantos muertos queridos). Posiblemente muchísimos seres humanos no creyentes en Dios alguno le lloraron también. Como se dijo en los campamentos de la guerrilla salvadoreña, “nos mataron al viejito”. Matando a monseñor Romero, mataron a nuestro padre, así lo formuló un mendigo de San Salvador. Me conmovió sobremanera encontrar el busto de monseñor en los relieves de la capilla noreste de la abadía de Westminster, como mártir del siglo XX, a la par que me dolió darme cuenta que nuestros hermanos anglicanos le honraban de un modo que los católicos no habíamos sabido hacer. No obstante, algunos segmentos de nuestra Iglesia lo hicimos a nuestro modo: se fundaron numerosos comités con su nombre en pueblos y ciudades de todo el mundo, algunos todavía perduran. Mediante ellos intentamos canalizar nuestra solidaridad y ayuda con la América Latina y otros países del segundo y tercer mundo.

 Tampoco creo exagerado decir que una de sus profecías se hizo realidad: “Como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño” (declaraciones a un diario, 1980). Monseñor iluminó e ilumina personas y comunidades no sólo salvadoreñas, sino a lo largo y ancho de todo el planeta. Muy posiblemente su ejemplo e inspiración me han mantenido vivo y cuerdo en situaciones vitales y laborales dificiles en momentos diversos de mi historia personal, algunas muy recientes. Cuando se vive la “noche oscura” pensar que hubo un hombre que mantuvo la fe y la esperanza en situaciones tan sumamente difíciles como lo hizo monseñor puede ser un gran apoyo al espíritu que flaquea.

Que monseñor Romero nos ilumine y guíe en nuestro caminar. He intentado aportar mi granito de arena con estas páginas, escritas en mayo de 2009. He querido expresar con ellas sentimientos, convicciones e ideas que tal vez, en palabras de Ernesto Sabato, sólo podrían expresarse “desde la poesía o desde el llanto”.

 Ojalá les ayuden a todos en su propio caminar, allí donde se encuentren, en el estado de ánimo en que las lean, sea cual sea la tarea que desempeñen, bien sea activa o contemplativa y orante. Recen por mí y por las personas a quienes intento ayudar como médico, recen por todos los que sufren, aunque no les conozcan, y sobre todo si les conocen.

 Que Dios les guíe y les bendiga.

 Angel García Forcada                                                           Toledo, marzo 2010.

Huelga de hambre

Otro tema no fácil ni grato sobre el que escribir, que ha saltado a la palestra en los últimos días tras la muerte del disidente cubano Orlando Zapata. Escribo como médico, aunque el trasfondo de una huelga de hambre es político, ético, sociológico e incluso teológico: se trata de un método de resistencia o presión no violenta en el que se está poniendo en juego la propia vida, porque hay algo que se considera de más valor que la misma y por lo que merece la pena morir.

Sin embargo, posiblemente nada tienen que ver las huelgas de hambre de personas justas (Gandhi lo fue) con el uso de este método por parte de sujetos que pertenecen a bandas terroristas y violentas y lo utilizan como complemento a la presión criminal en otros frentes: no encuentro relación alguna entre De Juana Chaos y Orlando Zapata.

Además, conviene no perder de vista que este gesto de alto valor simbólico tiene sus raíces muy antiguas: se describe en los códigos civiles de la Irlanda precristiana y en los textos sagrados indios: el que ayunaba se sentaba en la puerta de su opresor, con lo que no sólo protestaba contra la injusticia cometida, además cuestionaba la hospitalidad, concepto sagrado en la antigüedad (tristemente menos en la modernidad), nada más oprobioso para el opresor que dejar morir –de hambre- a quien estaba a su puerta. Hasta 1861 estuvo legalmente autorizada en India, lo cual da idea de su prevalencia y arraigo en ese país.

En la historia tal vez las huelgas de hambre más publicitadas fueron las de Mohandas Gandhi, que protestó así contra el dominio británico de la India (el llamado raj), durante sus encarcelamientos por los británicos en 1922, 1930, 1933 y 1942. La reputación de Inglaterra hubiese sufrido mucho si hubiesen dejado morir al Bapu (padre en indio) en sus prisiones.

Del mismo modo, las sufragistas británicas y norteamericanas realizaron huelgas de hambre durante sus periodos de cárcel. Aquí entra el primer dato médico de este tema: se les alimentó por la fuerza, lo cual es, en mi opinión y la de otros, una forma de tortura. Basta ver los grabados de libros antiguos de psiquiatría para comprenderlo: el “paciente” se amarra a una silla (preferiblemente, para que no se trague el vómito) o una camilla y se le provoca la asfixia de uno u otro modo hasta que abre la boca, en ese momento se inserta una goma o embudo (en tiempos antiguos no de plástico sino de madera, metal o bambú) en la cavidad bucal y se le alimenta por ella. Los soviéticos no dudaban en romper los dientes de la víctima si hacía falta, como narra Solschenitzin. Tristemente, en Guantánamo se han hecho cosas bastante similares, aunque a menor escala cuantitativa. Lamento dar detalles tan ásperos pero reflejan la realidad.

También es interesante darse cuenta de que el empleo de la huelga de hambre como método de resistencia pasiva no sólo es históricamente antiguo, sino tristemente actual. Ha costado la vida de numerosos presos de conciencia tamiles (Sri Lanka), tibetanos, irlandeses (desde 1917 hasta los casos más conocidos en 1981, en el tristemente célebre bloque H de la prisión de Maze), cubanos, así como de más de cien presos turcos. 

Como médico, me sobrecoge pensar que hay profesionales de la medicina que se prestan a colaborar en la alimentación forzosa. La más prestigiosa revista médica del planeta, el New England Journal of Medicine, revisó el tema en septiembre de 2006, cuestionando los fundamentos éticos y legales de la participación de médicos en la alimentación forzosa, en tanto que viola el principio médico ético de no dañar mediante el conocimiento que se posee, incurriendo en un trato inhumano y degradante para con el “paciente”.

Entiendo asimismo conveniente dar algunas pinceladas desde la medicina sobre la fisiología de la huelga de hambre (que casi nunca es también de sed, porque la persona no sobreviviría más de diez o doce días). Durante los primeros tres días el organismo utiliza la glucosa del hígado y los músculos para obtener energía, y el sujeto experimenta mareos y debilidad. Ulteriormente comienza a consumir la grasa corporal, en un proceso llamado de cetosis, que provoca fuertes vómitos y malestar por irse alterando la composición de los fluidos orgánicos. Ulteriormente el organismo, hacia las tres semanas, entra en una fase de inanición en la que consume los músculos, la médula de los huesos y las estructuras de los órganos, produciendo productos metabólicos cada vez más tóxicos, lo cual puede producir alteraciones irreversibles como consecuencia de infecciones o al acontecer fracaso renal, alteraciones visuales o neurológicas. Todo ello puede dejar secuelas de por vida en caso de que el paciente sobreviva (por lo general el riesgo de muerte aumenta a partir de los cincuenta días).

¿Qué se logra mediante la huelga de hambre? Que la opinión pública –eso que algunas veces temen los estados postotalitarios y que nada importaba a los totalitarios de antaño (que se lo pregunten a los presos del Gulag estaliniano)- conozca una situación de injusticia contra la que merece la pena luchar y sacrificar por ello, si es necesario, la propia vida, y todo ello de forma no violenta, como resistencia pacífica, sin emplear al tiempo bombas ni pistolas.

En cierto modo, es el último recurso del individuo frente a una acción injusta del Estado. El médico no debe convertirse en esa cruel dinámica en un agente del poder represor, puesto que el deber deontológico del médico es con el paciente, no con el Estado, de ahí el derecho inalienable a la objeción de conciencia por parte de los facultativos, que tanto parece molestar a algunos en temas bien candentes en nuestra España de hoy.

 Conviene recordar estos conceptos porque el totalitarismo o postotalitarismo carece de ética, conciencia o deontología, por ello ninguna ley que vaya contra la vida humana y la persona humana puede superar la propia conciencia o las dudas que se nos puedan plantear como profesionales o como colectivo. Diferente es atender al huelguista de hambre que solicite asistencia médica para tratamiento sintomático (de dolores musculares, vómitos), de hecho Aminatu Haidar, otro caso reciente, la solicitó, la recibió y en modo alguno ello interfirió con su proceder y su actuación.

 Es decir, la Administración no debe delegar en el médico sus propias responsabilidades, que en nuestro caso son antes que nada con el paciente. Desdichadamente y como enseña el reciente caso del preso cubano fallecido (y otros muchos en numerosos países, incluyendo Estados Unidos de América), hay Estados criminales, aunque se disimulen con melodías caribeñas. Pero el médico no debe serlo ni cooperar en hechos así.

Rueguen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

¿Merece la pena?

“Voz que clama: en el desierto preparad el camino al Señor, allanad sus sendas” (Is, citado en los primeros versos del evangelio de Marcos refiriéndose el profeta Juan).

Me permito “tunear” este versículo del profeta Isaías, que Marcos escribe en el primer capítulo de su Evangelio (discúlpenme los exegetas). Lo habrán notado, realizo un sutil cambio del signo de puntuación. Ubico los dos puntos al principio, con lo que el texto se adapta mejor a mi actual experiencia de fe y de vida: es en el desierto y desde el desierto desde donde se clama. Es en el desierto de la vida y del trabajo donde se prepara el camino al Señor. Es en esta España del 2010, con sus millones de parados y que parece caminar desnortada.

Considero a varios lectores de este blog “cíberamigos”, a los que espero conocer personalmente algún día (”más temprano que tarde”, como dijo mi difunto colega Salvador Allende desde el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973, en su alocución final al pueblo chileno, antes de que lo aplastase una dictadura peor que cualquier terremoto). Es por ello que comparto sentimientos y hechos de mi cotidianidad, tal como se hace con un amigo, y no ideas o conceptos.

Hay médicos entre nosotros (creyentes en algún Dios o no, con o sin blog, conocidos o anónimos) preocupados por la medicina española, pero sobre todo preocupados por los pacientes y por implantar criterios de racionalidad, buena práctica y buena ética en la atención a los enfermos. Eso pasa no sólo por prestar una asistencia científicamente correcta (por ejemplo, tratando bien el dolor en el hospital y fuera de él); también pasa necesariamente por  implantar sentido común y racionalidad en un medio como el sanitario donde en muchas ocasiones impera el absurdo de la burocracia; en unos hospitales donde los técnicos de ordenadores han devenido más importantes que los médicos asistenciales, donde los programas informáticos son más cuidados que una buena guía de prescripción antibiótica o el tiempo que se dedica a un paciente (hay un curioso e inteligente artículo en el British Medical Journal de hace unas semanas: el escritor se pregunta quiénes pensaría un alienígena que eran los pacientes si visitase una sala de hospital. Indudablemente los ordenadores, porque delante de ellos y no a la cabecera del enfermo es donde los médicos pasan la mayor parte del tiempo).

En este medio donde trabajo a veces me pregunto ¿merece la pena? ¿es posible hacer algo para mejorar la sociedad en que vivimos, los hospitales, el ejercicio de la medicina, la vida en suma? Es probable que algunos de ustedes que tienen la gentileza de leer y participar en este blog también se lo pregunten, cada quien en el medio en que viva.

Mientras hoy conducía hacia el hospital iba rezando. No podía evitar repetir una y otra vez frases de Jesús en el Evangelio: “Haz a los demás aquello que quieras que te hagan a ti: eso son la Ley y los Profetas”. “Amarás al Señor con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Prójimo es próximo.

Bogdan, mi vecino de habitación rumano, marchó hace unos días, sin encontrar trabajo. No se despidió de su compatriota que le acogía y se llevó mi mejor mochila, regalo de un amigo en mi último cumpleaños. Esto no tiene importancia alguna, aunque hubiese preferido que me la pidiese: cuando necesite una mochila, compraré otra. Sé que le hacía más falta que a mí. Resulta triste ver que personas cercanas, próximas, tienen que marcharse y nos preocupamos por países lejanos. Eso también está muy bien y sin duda les hace muchísima falta, pero están lejos y aquí mismo tenemos serios problemas. Estas reflexiones me dan vueltas por la cabeza desde el terremoto de Haití, viendo que nuestro propio país se hace -en muchos sentidos- jirones y nada parece pasar. Sólo resultan relevantes los resultados de la liga de fútbol, luego vendrá el mundial, tal vez Contador gane el Tour …”Panem et circenses”.

No sé si muchos de ustedes se sienten también así: clamando en y desde el desierto, y precisamente en una tierra inhóspita preparamos el camino del Señor e intentamos enderezar sus senderos. Porque ¿qué otra cosa pretendemos? Formulándolo de forma sencilla, muchos de nosotros -con nuestra profesión, con nuestra vida diaria- intentamos proseguir el camino de Jesús, instaurar lo que él llamó “el Reino”, ese mundo de relaciones humanas fraternas donde nadie pase necesidad y pueda afrontar la vida en la mejor de las situaciones, como hijos de un mismo padre.

Puede sonar simple, utópico o infantil, pero cuando me pregunto por qué hago las cosas y por qué creo y por qué mi vida ha sido así y no de otro modo desde que acabé mis estudios de medicina, la única respuesta que encuentro es que torpemente, con avances y retrocesos, con risas y con lágrimas, con amor y desamor, con alegría y tristeza, en soledad o en compañía, no he pretendido otra cosa que “hacer Reino”, acercar el Reino.

Hace unos días en otro blog se hablaba de la esperanza. Mi esperanza es que llegue un día en que se haga realidad lo que proclamamos en el Credo de nuestra fe cristiana: “Y su Reino no tendrá fin”. Soy consciente de que no veré un mundo así en mi periodo vital. Pero es mi objetivo y mi horizonte, es la Íthaca hacia la que navego. Y estoy convencido de que llegaré a ella. Aunque no sé cuántos naufragios más me esperan y si tendré fuerzas para sobreponerme a ellos.

Cuídense mucho. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.