La realidad por su nombre
“La realidad mostrenca se impone”. Así comenzó su clase de epistemología el profesor de Comillas que nos dio la asignatura, un especialista en Hegel. Y ciertamente lo constato día a día en este nuevo hospital y esta nueva ciudad. Todo me lo demuestra y me habla de la importancia de llamar a las cosas por su nombre, de asumir la realidad tal cual es, acogerla y habitarla, por dura que sea. Compartiré con vds las reflexiones que me surgen en el contacto con mis nuevos pacientes y mis compañeros actuales de camino
La primera realidad (dura) que conozco más de cerca es la del paro: vivo con una pareja de inmigrantes, ella hace meses que no encuentra trabajo alguno. En la habitación contigua a la que yo ocupo ha estado viviendo otro inmigrante, un hombre delgado que tosía por las noches. Marchó hace dos días, de vuelta a su país, tras seis meses de buscar infructuosamente empleo. Era discreto y callado, enjuto y educado. Sé que en su país de origen vive acogido en casa de sus suegros, tampoco allá hay trabajo. Un psicólogo amigo me comenta que más de la mitad de su grupo de terapia, gente joven y bien preparada, está en paro, con la frustración que ello conlleva en ese grupo de edad y en sus mejores años profesionales. No es raro que la situación desemboque en depresiones clínicas con necesidad de tratamiento farmacológico.
Esa es una realidad muy inmediata, pero es obvio que la principal ahora para mí son mis nuevos pacientes. Cada uno es una historia y un ¿drama?. Aquí no necesariamente es vivido así, sino como un dato de realidad: un tetrapléjico es una persona que no puede mover ninguna extremidad, a veces ni siquiera puede respirar por sí misma, por lo que dependerá de por vida de un aparato que le insufle aire, que respire por él. En esos casos, la esperanza de vida que reflejan las frías estadísticas se asocia a quién lo cuida. Es curioso: es mayor para los niños, cuidados por sus padres, menor para quien es cuidado por el cónyuge y ya tiene más edad, ínfima para los que acaban en una residencia o un hospital de crónicos.
Además la gente joven acepta mejor las nuevas tecnologías: los veo por los pasillos del hospital conduciendo sus sillas de ruedas con movimientos de la barbilla, los imagino escribiendo en un ordenador con un puntero en la boca. Me pregunto cómo serán sus vidas fuera del hospital, al que acuden para revisión cada 3 o 6 meses, tras largas estancias en él.
¿Cómo viviría yo depender para prácticamente todo de los demás? ¿quién me cuidaría? ¿querría sobrevivir a mi situación?. Son preguntas que no puedo dejar de hacerme. Sin embargo, estos meses pasados he aprendido muchas cosas útiles. Por ejemplo, el error de intentar contestar preguntas “metafísicas”, para lo cual siempre nos entrenaron e instruyeron: ¿por qué ocurren las cosas, para qué, cuál es su sentido?. Son preguntas con trampa, sin respuesta, que muchas veces hacen sufrir, en tanto en cuanto carecen de respuesta inmediata o futura, tal vez sólo en Dios las entendamos. Es mejor preguntarse cómo ocurrió lo que ocurrió, qué aprender de ello, cómo no repetir los errores cometidos, intentar habitar la nueva realidad y vivirla con amor y, en lo posible, con humor. Vivir la vida con la mayor paz posible, con naturalidad, sin hacer drama ni tragedia, como veo en muchos de mis pacientes (por más que en sus primeros tiempos seguro que han atravesado múltiples estados de ánimo y han regado de lágrimas sus sillas de ruedas).
Cada vez veo en mi profesión y en mi vida más importante denominar a las cosas por su nombre (lo cual creo que es muy bíblico y tenía gran importancia en las culturas antiguas, no sólo la judía): poder decirnos “soy tetrapléjico, esta es mi nueva condición, con ella he de vivir”; “tengo cáncer y mis posibilidades de curación son escasas, pero las aprovecharé”; “en mi vida he sufrido un desamor, un abandono, una traición o incomprensión, un problema laboral amargo, mi amor no es correspondido, una pérdida”. Son realidades, hay que convivir con ellas y verlas como posibilidades de crecimiento interior, por duras que resulten y por dolor que produzcan, porque están ahí, son innegables y no se van a marchar de mi vida.
Me llama poderosamente la atención que una de nuestras primeras y mejores obras literarias sea La Celestina, llamada por Fernando de Rojas “Tragicomedia de Calixto, Melibea y la puta vieja Celestina”. La vida tiene mucho de tragedia pero mucho de comedia. Hay llanto pero también hay un cierto humor, incluso en la enfermedad y la muerte (“el muerto al hoyo y el vivo al bollo”, he reflexionado mucho sobre ese refrán español, algún día les comentaré lo que como médico me revela y sugiere). La tendencia caracterial de alguno entre los que me cuento yo mismo (y posiblemente la social actual) es de hacer tragedia de la realidad.
Otro bloguero mencionaba últimamente la desazón que le entra viendo los noticiarios o leyendo los diarios (yo no lo hago, más que nada por higiene mental e incluso física). Tal vez sea mejor hacer chistes sobre lo que muestran y demuestran: cebarse en lo trágico, lo cruento, lo negativo de la vida. Alguna intencionalidad espuria hay detrás, no me cabe duda, en convertir los noticiarios en aquel periódico que se llamaba “El caso”.
Sólo hay algunas realidades que no admiten chiste ni humor: el hambre. La tortura. Los genocidios. La guerra. La enfermedad sin medios de tratamiento, tal como es vivida en el tercer mundo. Curiosamente, todo ello está provocado por el ser humano y hecho por su mano. Me impresiona por ejemplo la cantidad de medios que poseemos aquí: medicamentos, aparatos diagnósticos, respiradores, unidades de cuidados intensivos. Cuando me desanimo miro una foto que viene siempre conmigo, algún día se la detallaré y mostraré aquí: es un médico muy joven que ausculta a una niña moribunda, de 9 meses que pesaba 2 kilos, en Honduras, 1986. Soy yo mismo con muchos menos años. Mirarla me ayuda a ubicar la realidad que vivo en su contexto y a relativizarla en lo posible (aunque sea a veces dura de tragar, no niego el sufrimiento de cada quien).
Pero de casi todo lo otro, hasta de una tetraplejia, tal vez puede sacarse enseñanza y con-vivir con ello, com-padecerlo y padecerlo. Y les aseguro que hay quien lo hace con dignidad, con coraje, con decencia y gallardía, sin echarle la culpa a nadie de lo que le pasa. Esos son los héroes y me atrevería a decir que los pro-seguidores de Jesús. Pensemos en ello cuando nos entre la tristeza por la juventud perdida, el amor frustrado o aparentemente no correspondido.
Recen por los enfermos y por quienes los cuidamos. Se lo ruego rodeado de hombres y mujeres tetrapléjicos y parapléjicos, que mucho me están enseñando sobre lo que es vivir y sobrevivir.
