SÁBADOS LITERARIOS. Adiós a Miguel Delibes

 

miguel-delibesCon la muerte de Miguel Delibes no se ha ido un escritor, ya que había dejado de escribir hacía años, amén de que el escritor se queda entre nosotros, encerrado en sus obras. Lo que se ha muerto es un hombre de 89 años, que hacía tiempo que no tenía ganas de vivir. Se ha marchado un español cabal, un castellano recio, un ser humano profundamente comprometido con el mundo: no con un partido político, no con una ideología o bandería. Cuando muere un hombre relevante sus glosadores mojan la pluma en tinta de buenos sentimientos y pintan un retrato favorecedor del personaje. No es extraño que sea así, toda persona acumula grandezas y miserias y parece pertinente movilizar en la hora del adiós los recuerdos más nobles, siempre que el perfil no distorsione la realidad. Miguel era una singularidad entre nuestros escritores. Su sentido ético, su mirada compasiva a lo que le rodeaba, su gusto por la sencillez forman parte de su equipaje humano y literario. Él conocía a la gente, al pueblo en su entraña, con sus acrisoladas virtudes y sus vicios, y sobre ese fondo escribió sus grandes páginas. En nuestra literatura hay dos Españas que son dos estilos. Hay una línea negra, esperpéntica y desmitificadora que viene de Quevedo, “El Lazarillo”, Valle- Inclán o Cela, y otra que arranca de Cervantes, pasa por Galdós y tiene en Delibes uno de sus distinguidos cultivadores. Ambas corrientes han dado gloriosos autores, aunque quizá la cervantina ha dado los hombres mejores. O así lo pienso ahora que pongo unas palabras de despedida sobre un escritor tan importante y tan discreto como el que acaba de morirse.

Ha sido un autor muy leído y no hay mayor premio para quien escribe. “El camino” es un libro tan sencillamente asombroso que uno haría bien en ponerse a leerlo o a releerlo ahora mismo. Están todos esos grandes títulos como “Las ratas”, “Cinco horas con Mario”, “La hoja roja” o “Los santos inocentes”… O “Señora de rojo sobre fondo gris”, que es una hermosa historia nacida del dolor por Ángeles, su mujer, muerta en 1974. Yo quiero recomendar en esta página del país de Alicia un libro que leí hace un cuarto de siglo y cuyo recuerdo delicado y gustoso no me ha abandonado, “Mi vida al aire libre”. Es una especie de autobiografía ligera y amena, a través de sus vivencias naturales y la práctica de deportes como el tenis, el ciclismo, la caza, la natación… Su pasión por andar por el campo la tenía tan arraigada que cuando iba en coche de Valladolid a Madrid paraba en un punto intermedio entre ambas ciudades y andaba durante un par de horas antes de continuar la ruta hacia la capital.

Dejo como colofón unas líneas de “Mi vida al aire libre”: “Soy enemigo de adioses, de soluciones drásticas, de medidas definitivas. ¿Por qué no ir desprendiéndose de las cosas que amamos gradualmente, poquito a poco? La melancolía de la renuncia es provocada a veces por las rígidas imposiciones cuarteleras: deje usted de beber, deje usted de fumar, deje usted de cazar… ¿Por qué no beber moderadamente en las comidas, fumar cuatro o cinco cigarrillos diarios, cazar media jornada? La media ración, he ahí una solución a pelo. La media ración es, por otra parte, la única forma, aunque mitigada, de que uno a los sesenta y ocho años pueda seguir bebiendo, fumando y cazando. En una palabra, seguir en activo aunque con mesura”.

 

 

 

 

 

Paseando por la Gran Vía

 

"La Gran Vía" de Antonio López

"La Gran Vía" de Antonio López

Vine a Madrid en septiembre del 79 (¡del siglo pasado!) para licenciarme en periodismos y vivir mientras se pudiera de ese cuento largo. Tenía entonces 18 años recién estrenados y la Gran Vía contaba ya 69, que no es mal número, sobre todo mirando a los afluentes de Ballesta y Montera, que desembocaban o casi en esa gran avenida que todavía llevaba el nombre de José Antonio. Yo me instalé en una pensión de la calle de la Puebla, enclavada en toda esa cordillera urbana de sexo barato y trajín de hombres grises, olor a fritanga y conversaciones recias y a veces bien fundamentadas. A la caída de la tarde, de aquella primera tarde remota y fundacional, me dejé caer por la Gran Vía, a la altura de Callao, y mis ojos bañados en fantasía e ilusiones porveniristas imaginaron un futuro de esplendor a la medida exacta de mis afanes de mitómano a tiempo completo. Aquella sucesión de cines, con inmensas y sugestivas carteleras, los neones que ponían un brillo caprichoso en la noche recién estrenada… En fin, la Gran Vía, como París, como el amor la lleva uno puesta y la vive y la sublima o la degrada de acuerdo con ese termómetro interior.

La Gran Vía ya no es la que era, pero menos todavía lo soy yo. Ella va a cumplir cien años y yo, a paso demasiado ligero para mi gusto, me voy acercando al medio siglo, que no se si se confiesa a medias, como el de Ruano, pero que queda grande a mis espaldas de adolescente no del todo curado. Para una calle, y más si es ancha, un siglo no es cosa de mucha importancia, aunque por la Gran Vía ha pasado la historia y la vida a ritmo muchas veces enloquecido, desde aquellos años de entreguerras en que la avenida empezaba a estrenar sus primeros tramos, con ruido de coches futuristas, sobresalto de sombreros femeninos y un arrebato de cosmopolitismo en el corazón castizo de Madrid, hasta los días al principio jubilosos y esperanzados y después tormentosos de la República, cuando Perico Chicote se inventó un bar americano que terminaría formando parte de la leyenda. Los años del franquismo, siendo tantos, dieron para muchas cosas, y en los tiempos de la escasez y el ambre que se había comido hasta la hache, aquel garito de la entonces llamada Avenida de José Antonio era bar de cócteles o combinados, dispensario de medicinas, casa de citas para estraperlistas y casa de citas a secas. Aquellas noches vieron pasar a príncipes de Hollywood, millonarios sin miedo a gastar, toreros como Dominguín o mujeres improbables como Ava Gardner.

Los años de estreno de la democracia fueron en Madrid los de la “movida”, aquella cosa que patrocinó un alcalde genial y cínico, Enrique Tierno Galván, y en la que sobresalieron nombres como los de Almodóvar, Ouka Lele, el Hortelano, Fabio Mcnamara, Alberto García Álix, Antonio Vega o los hermanos Cano. A su ritmo bailó toda una juventud ávida de novedades, excitable y con el cuerpo preparado para metérselo todo. Fue Tierno quien en 1982 le puso Gran Vía a la Gran Vía, que aunque siempre fue conocida así, nunca había llevado oficialmente ese nombre. Desde su creación, el kilómetro y medio corto que va de la Calle Alcalá a Plaza de España se concibió en tres tramos. Al primero se le llamó Conde de Peñalver, al segundo Pi i Margall y al tercero Eduardo Dato. A partir del 36 y durante la guerra la calle se conoció sucesivamente como Avenida de la CNT, de Rusia y de la Unión Soviética. Franco la rebautizó con el nombre del fundador de la Falange, José Antonio, y Tierno le colocó el nombre con el que ya se la conocía 25 años antes de iniciarse las obras, a través de una famosa zarzuela con música de Chueca, “Gran Vía”.

Ahora la estoy andando mucho para un reportaje con motivo del centenario y me gusta, soy sentimental y no olvido las aceras ni las caderas que me hicieron feliz, tiene encanto y su punto, que diría un castizo. El glamour, claro, es otra cosa. Hoy los cines están siendo sustituidos por teatros musicales, que no está mal, pero la Gran Vía es sobre todo un negocio de ropa, muchos locales por doquier en edificios primorosos para tiendas con productos más bien mediocres, más hamburgueserías, tiendas de todo a cien, sin olvidar grandes referentes que permanecen en pie como la Telefónica, que en su momento fue el edificio más alto de Europa, la Casa del Libro, el Cine Callao… Lo peor es que han ido desapareciendo los cafés e incluso las cafeterías como Nebraska, tan típicas, y hoy uno puede andarse la Gran Vía sin encontrar un sitio donde tomar café y mear, a menos que entre en la cafetería de un hotel. Alfredo Amestoy, que es presidente de la sociedad de amigos de esta cosa, me decía que no sabe muy bien adónde va la Gran Vía, pero que la proliferación de hoteles para turismo de 48 horas podría hacer que lo que empezó siendo New York acabe convertido en Benidorm. ¡Vivir para ver!

 

 

 

La exagerada obra de Pablo Ruiz

 
Picasso
Picasso

Le quedan pequeños a Picasso los títulos de superdotado, genio e incluso gigante. Lo que en resumidas cuentas es Picasso es un monstruo. Nació en Málaga y vivió siempre en Pablo, en español castizo, en figura errante de la pintura. Cuando tenía catorce años sabía imitar perfectamente a los grandes maestros del Museo del Prado, se conocía de memoria los claroscuros de Velázquez, las líneas atormentadas y vibrantes de Goya, la espesura mística del Greco. Pudo haberse dedicado a vivir de su temprano talento como copista ingenioso y dotado, pero el malagueño estaba hecho para otras revoluciones.

Soldado alistado en su infancia en las trincheras clásicas, se cambió a tiempo de bando. El pasado era glorioso como una tumba magnífica, perfecto y colmado como un museo, pero Pablo Ruiz era su propio museo andante. En la Barcelona fabril y callejera de principios del siglo XX jugó a los colores como quien se desprende del gris rancio y provinciano para ponerse una vistosa casaca que va del azul al rosa. París sería su estancia definitiva, su casa de genio soberbio, infatigable y universal, a fuerza de tan español. Cubista, comunista, vanguardista, bulímico de fama y de ideas, Picasso se zampó cuantos ismos le sirvió el siglo en bandeja, les colocó su firma como una etiqueta singular, los repartió por museos, salas de exposiciones y casas de particulares, y continuó labrándose su mármol y su gloria.

Fauno en los lechos de amor y rosas, cuando no sátiro y rijoso, al decir de algunas de las mujeres que lo disfrutaron y lo sufrieron, caprichoso, arrogante como un dios empeñado en crear sin tregua, salvaje, aunque frecuentara los salones, y tenaz. Se llamó Pablo, su apellido Picasso es una exageración que llena las historias del arte del siglo XX. Su destino está escrito y pintado. Más que un pintor fue un monstruo, queda dicho.

 

Cuba

 

 

 

  
Yoani Sánchez

Yoani Sánchez

He andado estas dos últimas semana ocupado en la elaboración de un reportaje sobre Miguel Hernández, tan absorto que no he encontrado una hora para dedicarla a los gratos menesteres de la bloguería andante. De modo que vayan por delante mis disculpas por la espera. En el discurrir de los días se me ha hecho viejo un asunto que, aun así, no dejaré que se me escape: la muerte en una cárcel de Cuba, tras una huelga de hambre de 86 días, del disidente Orlando Zapata Tamayo. Según declaró Reina Luisa Tamayo, madre del preso de conciencia, los militares habían tenido a Orlando durante 18 días sin darle agua.

Les he recomendado en alguna ocasión el blog de Yoani Sánchez, “Generación Y”, y vuelvo a hacerlo de modo encarecido, por lo que tiene de ejemplo de cómo desde la precariedad es posible enfrentarse a la desmesurada e inútil fuerza de un régimen decadente y criminal como el castrista. Los medios de comunicación cubanos ignoraron, al menos durante los primeros días, el suceso, pero una bloguera de calle, con un ordenador, un lápiz y una pequeña cámara se acercó al lugar donde la madre del disidente muerto vestía a su hijo para el último tránsito y transmitió al mundo (no a Cuba, donde el blog de Yoani está bloqueado) el pálpito, la emoción y la rabia de ese instante conmovedor.

He estado dos veces en Cuba, y la amo. Me fascina especialmente la Habana, ese Cádiz con más negritos que cantara Carlos Cano, de la que cuando retorna uno se trae ya para siempre una puñalada de añoranza en el alma. A quienes no acabo de entender es a los intelectuales del ideal que todavía algunos (véanse como ejemplo las recentísimas declaraciones de Guillermo Toledo) nos vienen con la alabanza del comunismo merengado y tropical, esa mentira que tiene ya medio siglo, una impostura para soñadores progresistas a piñón fijo, que recuerdan al filósofo Jean Paul Sartre, que volvió de Moscú contando la buena nueva del régimen soviético, la tiranía perfecta que tan cabalmente lideró el papaíto Stalin.

El comunismo cubano ha sido un paso de la dictadura a la dictadura, de Batista a Castro. A finales de los 50 del siglo pasado la isla era el burdel de América, hoy, en esta época más global, es el burdel del mundo. Es verdad que el nivel de escolarización es admirable (otra cosa es lo que a los cubanos se les deja leer), ese ha sido el gran logro de la revolución. En el aspecto económico, desde el siglo XVIII Cuba se codeó con las potencias de la zona como Costa Rica o Panamá. Hoy su sitio está junto a Haití o la República Dominicana. Así se escribe la historia, esa que no absolverá a Fidel.

 

 

101 post

imagesCA11S8AYMe hubiera gustado ser un adolescente con blog, aunque tampoco está mal tenerlo frisando los cincuenta, que es edad tan intensa y tentadora como cualquier otra. Lo que pasa es que a la altura de la pubertad uno es una máquina de sentir y de fantasear y debe ser un gusto pilotar un artefacto como éste, tan sencillo, tan moderno, tan inútil en el fondo. Confieso que envidio a Rocío Menacho, estudiante de COU, lectora de Alicia y autora de un espléndido blog, “Opinión adolescente”, que no me canso de recomendar. Mi pasión por la escritura y el periodismo arrancó en la alta infancia, pongamos que a los doce años, y desde entonces no he parado, que ya son ganas. En aquellos días tan lejanamente próximos, durante los veranos yo escribía a mano, con mi letra imposible, un periódico del que hacía dos ejemplares. Uno me lo quedaba yo, para la hemeroteca, y el otro se lo vendía a mi tío Justo, que en el cielo esté, por dos pesetas. De modo que uno empezó en esto como director, periodista y empresario, y fíjense en lo que ha terminado. Estas cosas las cuento en algún lugar de este blog, pero me apetecía ponerlas hoy en limpio en el momento en que he llegado a los 101 post, que me gustaría que fueran tan delicados y bien parecidos como los dálmatas, pero eso es mucho pedir. El número 100 fue el de Sabina, que ha tenido una buena respuesta en comentarios. Conviene decir que los comentarios son muy ilustrativos para el bloguero y muy estimulantes, porque este es un ejercicio solitario, una piedra que uno lanza al río con la ilusión de que se formen algunas ondas. Ya sé que los lectores son más numerosos que los comentaristas, pero a los primeros le falta a uno imaginación para ponerles rostro y con los que escriben se forma una suerte de familia, de modo que cuando falta alguien habitual se le echa de menos. No quiero yo hoy dar nombres por no dejarme a nadie olvidado, pero agradezco la participación de todos. “¿Quieres que deje de aparecer en tu blog, que me haga abstracto?”, me preguntaba por mail un amigo que no sabía si podían molestar sus intervenciones. Todo lo contrario, aquí no sobra nadie, los comentarios son bienvenidos, pero con el añadido de una cierta polémica todavía más. Vivimos tiempos muy dados al consenso social, donde está mal visto significarse, decir una palabra más alta que otra. Para eso está este blog. Para eso y para lo que gusten. 13 meses, 101 post después estoy feliz como un adolescente. Eso sí, esto es gratis. Aquí me pierdo las 2 pesetas diarias de ganancia. Decididamente, lo mío no son los negocios.

 

 

Los que amamos tanto a Sabina

 

imagesMadrid era entonces, aproximadamente, un espejismo en el que se coló Sabina con su corazón armado hasta los dientes, con el alma en vena y la nariz centrífuga del soñador despierto que cree haber encontrado el secreto del éxito. Lo había encontrado, lo tuvo desde siempre, o desde algún momento indefinido de su adolescencia desabrigada en Úbeda, o del exilio romántico y trucado en Londres, allá donde le nacieron algunas de las canciones con las que habría de tomar la capital de la Movida, como el guerrillero astuto, enamoradizo y embustero que era. En aquella patria donde el humo no estaba liberado y las noches acababan a las diez de la mañana, pongamos, un poner, que Sabina empezaba a ser un tipo con mucho corazón y pocos escrúpulos, con ingenio y poesía de artista callejero con muy buena letra. En Rockola las princesas se pinchaban en los urinarios y en el cruce de calle Melancolía con el bulevar de los sueños rotos el verso se iba tornando de un canalla generacional color rosa claro, apto para muchachas con la frente muy alta, la falda muy corta y la lengua muy larga.

 En aquellos tiempos lunáticos y febriles, Fernando García Tola era o podía ser presidente de algún islote de fantasía y Sabina ponía las copas y las canciones con su guitarra desafinada y su cara flacucha de príncipe trepa, ansioso por empezar a comerse el mundo. Compone con Juan Antonio Muriel, “Princesa”, que acabaría siendo su canción más legendaria, el himno que sintetiza una época con más heroína que héroes. Por las venas con grumos del jienense corren y se atropellan la ginebra descocada, la coca desleída y el infierno poético de Rimbaud con arreglos felices. El caso es que los años han pasado muy rápido y Sabina se ha ido convirtiendo en una fabulosa máquina de vender discos, antídoto perfecto contra cualquier crisis o ataque de red pirata. Lástima que sus discos sean cada vez peores, o al menos así me lo parece a mí. Sabinómano irreductible como soy me duele escuchar este último vinagre y rosas y no ser capaz de encontrar en él una canción redonda, una melodía que me haga recordar a alguno de los grandes temas que llevo ya tatuados en el alma crédula de fan. Desde “19 días y 500 noches” –escribo de memoria- Sabina no ha dado ninguna obra significativa, si descontamos los discos surgidos de dos directos tan notables como “Nos sobran los motivos” y “Dos pájaros a tiro”.

Quizá todavía componga algunas buenas canciones, aunque para ello tenga que traicionar a su personaje, él que tan pocos ascos acostumbra a hacerle a ese juego de fullerías. Ha sido siempre el más listo, y con frecuencia se ha pasado, impensable comprarle siquiera un sombrero de segunda mano, pero de sus dedos con nicotina han salido algunos de los temas más hermosos de la música popular de los últimos 30 años, y eso es mucho decir. Si Serrat es el clasicismo, Joaquín es la voluptuosidad romántica. Aquél la caricia, éste el rapto. El barcelonés se recuesta sobre un fondo de prosa modernista y Sabina se peina con el pentagrama de doña Concha Piquer. Hay sitio para ambos, para todos, pero si me pongo al volante y convoco las emociones, nadie como Sabina para hacerme comprender que el viaje es una metáfora de la vida y la vida, una preciosa metáfora que sería bueno vivir sin faldas y a lo loco. Tan de verdad, tan de mentira. Como lo vive, como lo canta Joaquín.

 

 

 

 

Los periodistas llevan sombrero

 

 

 

 

periodista-clasicoSoy enemigo de la utilización de cámaras ocultas en los reportajes de televisión. Y no sólo por razones éticas, que también, y estéticas, que asimismo, (esa pobreza de imágenes que quitan cualquier relieve a lo que se ve) sino porque de su uso pocas veces se extraen documentos de verdadero interés. Excepciones las hay, como en todo, pero sólo en muy contados casos está justificado el recurso de la cámara invisible. Si lo que se quiere es una fotografía objetiva, lo ideal e imposible sería que tanto la cámara como el periodista estuvieran ocultos, ya que en el momento en que hay una persona delante se altera cualquier situación. El único campo en que tiene sentido el artilugio es en el periodismo de denuncia, y el momento soñado por cualquier profesional es aquel en que la cámara recoge la comisión en vivo de un delito. Comprenderán que esto es harto infrecuente. Lo habitual es que el periodista vaya con su cámara incógnita no a registrar unos hechos, sino a provocarlos. No hay que ser muy sutil para comprender que tal cosa es ilícita. De hecho, en más de una ocasión los jueces han desestimado una investigación de la policía con cámara oculta porque esta no había grabado un delito, sino que había incitado al mismo. Claro que la utilización de la cámara oculta más ramplona e inane es la que hacen hoy bastantes televisiones, privadas sobre todo, para poner imágenes a asuntos cotidianos perfectamente obvios de tan corrientes y sabidos. Está, en fin, la cámara oculta a la que recurren los programas rosa, pero tal práctica no es sino parte de un espectáculo, de forma que el término periodismo está de más.

Bien, pues aquí donde me ven, soy cada vez más partidario de los micrófonos abiertos, que no ocultos. Esos cacharros que están delante de los personajes públicos, supuestamente apagados, pero que captan frases y opiniones no sé si significativas, pero sí muy divertidas. Desde el “manda güevos” de Trillo al “yo creo que hemos tenido la inmensa suerte de darle un puesto a IU quitándoselo al hijo puta”, de Esperanza Aguirre. Por medio quedan situaciones tan embarazosas como las vividas por el alcalde de Getafe, el socialista Pedro Castro, cuando un micrófono espontáneo lo cazó con aquello de “¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?”. O aquella divertida y franca confesión de Mariano Rajoy respecto al coñazo que le resultaba acudir al desfile de las Fuerzas Armadas del día siguiente. Ya ven que, a micrófono cambiado, los políticos van de los güevos a los cojones, pasando por el hijoputa y el coñazo. Infantiles. Elementales, ya lo sé, pero expresiones casi siempre más sinceras y sugerentes que las plúmbeas comparecencias públicas en las que cada vez más frecuentemente están recurriendo a la fea costumbre de no admitir preguntas, no sea que se les estropee el guión. ¡Tócate los cojones!  

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crimen y castigo

"Justicia y paz". Conrado Giaquinto

"Justicia y paz". Conrado Giaquinto

Confieso que no soy un optimista antropológico; más bien me escoro hacia un cierto pesimismo, no sé si hobbesiano, o tal vez ilustrado. Del despotismo ilustrado, quizá. El coro de la gente, eso que llamamos masa, me ha dado casi siempre más miedo que gozo. Es verdad que, a veces, el grito unánime de la calle responde a una pulsión justa y uno nota el latido correspondido de los otros y se siente feliz en compañía de muchos, pero no es lo más frecuente. Hablemos, por ejemplo, de las peticiones de cadena perpetua, que es melodía que suena mucho estos días en las foros periodísticos. A mi entender responde a la irresponsabilidad de los políticos, que lejos de dedicarse a resolver problemas y hacer pedagogía, se empeñan en estimular los instintos más bajos de la bestia social, que es también animal cansado, aburrido y atropellado por la desidia en que parecemos condenados a vivir. Una política como Rosa Díez, a quien yo apoyé abiertamente, amén de votarla, en la última campaña electoral ha salido en el reciente congreso de su partido, UPyD, con la cadena perpetua (”revisable”; a este adjetivo se agarran ella y otros para no posar directamente de cavernícolas, para tratar de mantener cierto caché progresista) como conejo debajo de la chistera. Lo hace, porque como los demás se ha acostumbrado a hacer política con la atención fija en el retrovisor de las encuestas, y calcula que esa promesa va a concederle un buen puñado de votos. Allá ella, que se sitúa, por cierto, bastante lejos de las posiciones de Fernando Savater, que es quien me empujó a mí y a muchos a las siglas de UPyD. Pero no es que lo diga o deje de decir Savater, es que la cadena perpetua, aun la revisable, es una medida, amén de reaccionaria, inútil, que supondría un importante retroceso social. Creo que si se sometiera a referéndum ganaría, pero también lo haría la pena de muerte, y no me parece que con las cosas serias haya que estar jugando todo el día y situándolas en el vaivén caprichoso de los estados de ánimo. A esto me refería al principio con lo del despotismo ilustrado.

Ahora bien, el run run de la calle, el cansancio ante lo que se considera trato de excesiva deferencia hacia el verdugo, en tanto la víctima queda preterida, ¿responde a la realidad o es un espejismo? En mi opinión tiene mucho de cierta esta percepción, porque por una suerte de permuta histórica o ley del péndulo, en nuestra democracia la atención prioritaria a los aspectos de reinserción ha dejado en un segundo lugar el castigo a los criminales y la atención que merecen las víctimas. No se requieren más leyes ni es necesario aumentar la cuantía de las condenas. 30 años de cárcel es castigo suficiente para cualquier asesino, y, además, la ley contempla para los casos más graves hasta 40 años de reclusión. Por tanto, no se trata de nombres redondos (y a mi entender espantosos) como cadena perpetua, sino de aplicar la ley con rigor, y no como ahora en que la redención de penas por buena conducta o por las cuestiones más pintorescas posibilita que un tipo como de Juana Chaos esté en la calle a los 18 años de haber asesinado a 25 personas. Reinserción, sí, pero para quien la merezca y no como una suerte de premio o aprobado general. Hay un sentir ya lejano y hasta tópico en la calle que se resume en aquella triste certidumbre de “por una puerta entran y por otra salen”. No es cierto, pero tampoco debe parecerlo.

La pena persigue: a) castigar al delincuente; b) servir de escarmiento para futuros delincuentes; c) procurar la reinserción del reo. Por alguna razón, da la impresión de que nuestro ordenamiento legal, o bien, la actitud de los jueces, o de las autoridades penitenciarias hubieran puesto el acento en la reinserción. Me parece que hay un error de percepción, la reinserción no debe ser el objetivo principal de la condena. Lo fundamental es el castigo que de algún modo repare a la víctima. Por otro lado, está más que contrastado que la condena no sirve de escarmiento para nuevos criminales, por lo que sobra toda esa retórica que reclama la cadena perpetua o la pena de muerte apoyándose en ese estribillo. Si estas se implantan debe ser porque consideremos que son un correctivo justo, y no bajo el pretexto de desanimar a nuevos criminales.

Reclamemos, pues, que los políticos de la derecha, o sobrevenidos, dejen de jugar con conceptos como el de cadena perpetua mirando al granero de votos, pero también que los de la izquierda buenista sitúen a la víctima en el núcleo duro de su preocupación, lo que no siempre sucede.

 

SÁBADOS LITERARIOS. En la guerra civil con Muñoz Molina

 

 

 

 

 

 

 

Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

Leer es un ejercicio de modestia y de generosidad, quizá por eso no esté entre los pasatiempos preferidos por los españoles. Es preciso un esfuerzo de la voluntad para encerrarse a solas con una historia que alguien imaginó, no digamos ya si la novela en cuestión tiene 958 páginas, como es el caso de “La noche de los tiempos” de Antonio Muñoz Molina. Un tomo así pesa, y la convicción de que a una página le sigue la siguiente, sin zapping posible, comprendo que pueda desanimar a cualquiera. Yo mismo me lo pienso antes de zambullirme en un tocho como el que da pie a este comentario, sin embargo, a aquellos a quienes el afán por penetrar en otros mundos sea mayor que la pereza, no puedo dejar de recomendarles la obra de Muñoz Molina. Está enmarcada en los últimos meses de la República y en los primeros de la Guerra Civil, y creo que estamos ante una de las grandes novelas españolas en muchos años, por ambición, por capacidad de crear un mundo, por ambientación y descripción de una realidad que aunque lejana el lector vive con la intensidad y la angustia de alguien perdido en el Madrid desquiciado y caótico del 36, y luego en el exilio norteamericano, donde pese a su situación privilegiada, el protagonista deambula ya sin sentido, sin referentes, sin causas a las que agarrarse. A contra moda de esa tendencia tan frecuente en nuestra literatura en que la guerra se presenta como una estereotipada fábula de buenos y malos, Muñoz Molina ha compuesto un fresco impresionante, ha puesto en molde una historia creíble, por humana, por contradictoria, por verosímil. No debe hacerse literatura al comentar una obra literaria, pero no se tome por tal si señalo que hay momentos en que el lector siente que está paseando el 18 de julio de 1936 por la Gran Vía, por Alcalá, por Cibeles, y asiste a un delirante espectáculo en el que la muerte es la frívola invitada a una danza colectiva que anuncia la carnicería posterior.

Pero “La noche de los tiempos” no es un ensayo ni una aproximación histórica, sino una novela en la que más que toda la magnífica puesta en escena y descripción del ambiente y la realidad de la guerra y sus preámbulos pesa la historia de sus personajes. El protagonista es Ignacio Abel, arquitecto de ideas socialistas moderadas, amigo de Negrín y del poeta Moreno Villa, de origen humilde, pero ingresado, por matrimonio, en el seno de una familia burguesa y profundamente reaccionaria del barrio de Salamanca. Ignacio Abel tiene una amante, una joven norteamericana llamada Judith Biely, cuya presencia es para él  más importante y más dolorosa que la guerra y todas sus calamidades. El arquitecto afamado y felizmente casado pierde la cabeza por esa muchacha llegada a España llena de fantasías, a la manera de tantos viajeros románticos. Esta peripecia confiere el verdadero estatus de ficción a un libro que es largo, pero nunca se hace tal (lo más delicado es aguantar las cien primeras páginas) y que cuando se llega al final deja en el lector una cierta melancolía, la que le indica que se acabó lo que se daba, que en adelante deberá buscarse otra noche literaria para seguir soñando.

 

 
 
 
 

 

Caramelos azules

20091124195524-mujerCaramelos azules en tus labios – escribo – e imagino un flequillo de muñeca sin tristeza. Tal vez seas un ombligo solo en los fluidos del mundo o un río de oro que recorre la melena del tiempo. En los estancos pido azúcar sin besos y meriendo lágrimas de veneno y risa. Me acongoja el domingo como un laboratorio en el que me ahogo y resucito los lunes con sueño en las cejas y una cierta alegría rara. Así voy recorriendo siglos, muriéndome de artificio, respirando mentiras y bailando sin música y sin nadie. Me despojé de nostalgias y deseos y quedé en los huesos de la nada, como un maniquí sin pilas, como un poema sin letras. Y llegó marzo desnudo, con las liebres persiguiendo a Eliot, allá en los remotos naufragios donde el tiempo nace despacio.