Sábados Literarios. Fernando Savater siempre está en el mejor lado

savater-sara-torres-arielEl último libro de Fernando Savater –esperemos que solo sea el último de momento- se titula “La peor parte” y lleva el subtítulo de “Memorias de amor”. A Savater hace cuatro años la vida le dio un golpe en su línea de flotación. El duelo del filósofo extraña, por largo, porque la vida no para de mostrar páginas y abrir ventanas y puertas, pero el caso es que nuestro hombre no levanta cabeza y eso nos extraña a quienes lo tenemos por uno de los tipos más divertidos y amables de esa jungla que llamaremos industria cultural. Savater dice que está triste y, naturalmente, le creemos, pero no hay manera de entristecerse leyendo su libro, porque él ha hecho de la amenidad y el ingenio literario sus grandes armas, y aunque cuente tristezas y desgarros, uno lo lee con fruición y aprovechamiento y con envidia también hacia quien ha sabido jugar el juego de la vida con pasión y apetito de sabio. Así que aunque la que cuente sea la peor parte, hay que constatar que él suele estar en el mejor lado y que a su lado se está bien, siquiera a su lado lector.

Como no soy crítico literario, ni malditas las ganas, no me veo obligado a buscar aspectos fallidos en la obra. A mí me gusta tal como está escrita, creo que lo ha hecho con sinceridad yportada_la-peor-parte_fernando-savater_201906121058 verdadero amor por Sara Torres, Pelo Cohete en el lenguaje íntimo de la pareja. Con ella compartió 35 años “toda una vida de felicidad”. Es verdad que no nos adentra en la espesura que es una existencia, con la profundidad y el drama que esta siempre conlleva. Ese drama solo aparece como el resultado de la muerte de Pelo Cohete, pero todas las peripecias que evoca Savater de su vida compartida son un fantástico catálogo de buenos momentos, de aventuras y dichas. La propia Sara le reprocha alguna vez su superficialidad, el hecho de que se lo toma todo como un juego, la ausencia de compromiso real con las cosas a ras de suelo. Eso es cierto, porque está en el ADN del escritor, para el que vivir ha sido una permanente búsqueda de deleites. Él mismo confiesa que hasta algo tan serio como la lucha contra ETA –ejemplar tanto en el caso de Fernando como de Sara, quien había pertenecido al grupo terrorista en los primeros setenta o al menos había coqueteado peligrosamente con él- le había divertido mucho. Bueno, cada uno está cosido de un modo singular y así como hay personas para quienes cualquier trance tiene un aire grave y funeral, hay espíritus festivos como el de Savater que saben encontrar el lado juguetón a todo, salvo cuando la muerte, claro, llega con su certificado de realidad inexorable y se lleva el juguete más amado. Pero no censuremos al elefante por ser elefante, a la rana por ser rana o a la mariposa por ser mariposa. Baste ser el mejor elefante posible, la mejor rana posible o la mejor mariposa posible. Savater no es, desde luego, elefante, pero en lo suyo nos ha ofrecido una versión exquisita, a lo que hay que añadir un sentido admirable de la educación y una sonrisa afectuosa e irónica que no ha perdido ni en los peores días, al menos en sus comparecencias públicas.

A su manera ha vivido y ha escrito Savater, una manera que le ha hecho ganarse muchas enemistades en las élites intelectuales, que durante años lo veneraron, pero ya se sabe que esas élites, con frecuencia, son alérgicas a los cambios de opiniones y posiciones y que hay una izquierda cargada de prejuicios y etiquetas que moriría antes de renunciar a sus catecismos. En fin, allá cada cual con su doctrina, y larga vida al donostiarra que ha escrito grandes páginas literarias en el último medio siglo, aunque con frecuencia las mejores no hayan sido las más graves. No está en su naturaleza.

Los mares de Agosto

fotolafotolafotoAgosto, ¡salve, viejo Augusto!, que se devora a sí mismo, corazón mareado, baúl sin corbatas, demasiado ruidoso para ignorarlo, hecho de demasía y cháchara. Hubo una época en que Agosto era para mí un río que rara vez conseguía cruzar a nado, un torbellino de angustia en el que quedaba varado, como una ballena triste, a la espera de que me rescatara algún amigo, alguna mujer, algún espejismo, algo de alguien. De entonces me ha quedado un cierto recelo hacia Agosto, aunque le tengo ley, por ser territorio sin mañanas obligatorias y dispensador de horas gratis. Por supuesto que amo a Agosto, cada vez más, más cuanto la adolescencia es una isla remota y en la península de mi biografía casi sesentada el sol suena con alegría de alondra de luz por la mañana y la felicidad es ancha como un mar de arena, aunque le falta, claro, la profundidad de la tristeza sin fondo, que finalmente es la vida. Agosto era para mí un fantasma, lo fue alguna vez, y ahora es una hermosa aventura, una road movie modesta y en familia por las autovías de la patria mía. Luego todo se acaba, como el porvenir que está por llegar, y estamos otra vez en la desembocadura de septiembre. Pero agosto es valioso en tanto que fugaz y fugitivo, como en la vida todo, y, confieso, además, que nunca sentí desdén por el otoño, mi estación favorita. El otoño que viene del verano, eso sí, pues que el otoño que va a dar al invierno es ya otra película.

En mi agosteo de este verano he tenido dos paisajes a los que soy adicto: Asturias y Málaga (colóquese por favor Cártama estación en el mapa) y luego un descubrimiento, que es también un deslumbramiento: Cádiz. Pero es tan grande Cádiz, tan bonito, tan superficial, tan encantador que lo dejaré para otro folio. Me quedo ahora con Málaga. Va para años que me inventé una manera de ver a los amigos que viven allí sin apenas ir a la capital, porque en mi singularidad y mi rareza me gusta pasar las vacaciones malagueñas en Cártama, con la familia, caminando, leyendo y pensando cuando se piensa. De manera que como también me gusta estar con los amigos me pareció que lo mejor era quedar con todos el mismo día, noche, quiero decir. Esa es la prehistoria de una tertulia, que en su versión actual y poderosa ha cumplido dos ediciones. Este año, María Viedma nos ha buscado un rincón inmejorable (la fotografía no hace justicia al esplendor nocturno del sitio) en el restaurante el Balneario de los baños del Carmen, en el corazón de Pedregalejo. Lo primero que piensa uno al llegar allí, a la mejor mesa de una terraza fantástica es: ¿qué he hecho yo para merecer tamaño regalo? Y un regalo fue, un obsequio que nos hicimos a nosotros mismos, un retablo ilusionista y antiguo como una inscripción decimonónica, una tertulia de verdad en la atosigante era en que las tertulias son fárrago y revoltijo de periolíticos y polidistas del montón.

Y como los otoños vuelan y las estaciones son un espejismo, entre campeonato de Liga y campeonato de Liga,  Agosto está otra vez llamando

secretamente a nuestra puerta y allí estaremos para abrirla de par en par, en la misma terraza, en el mismo tiempo sin tiempo, en otra noche que sea la misma repetida noche. Aquí estamos, retratados para el porvenir, que fue ayer, en el centro María Viedma, y siguiendo el orden del reloj (siempre el tiempo, nuestro amigo enemigo) Juan Ramón, Luis Santiago, Juan Jesús, Gracia, Antonio Sayago, yo mismo y José Manuel. En otra instantánea estoy con  María y mi querido primo, el muy filosófico Juan Ramón. Y en una postrer foto, María posa con Juan Jesús, otro primo y fibonacci genial. En fin,  la vida sigue como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

Mendoza y Jardiel. Una colaboración especial de Carmen Bayón

eloisaPRÓLOGO:“Los amo a ambos”. Así terminas, querido Tirado, tu artículo sobre Jardiel y Cioran. Yo, señores, también los amo a ambos. No a Jardiel y a Cioran, sino a Don Enrique y a mi gran amigo Juan Antonio. Y como el malagueño me ha pedido que le coja el relevo e interprete otro dueto, pues me aplico aquello de “contra la pereza diligencia”, me subo a esa virtud con nombre de autobús del lejano Oeste y a teclear se ha dicho.

CAPÍTULOS 1,2 y 3… responda otra vez (Homenaje a Chicho)

Las mujeres solemos decir que lo que más nos gusta de un hombre es que nos haga reír y curiosamente elegimos casi siempre desalmados que nos hacen llorar hasta la deshidratación.

La verdad es que reír, lo que se dice reír, delante de desconocidos sin pudor y sin vergüenza sólo lo han hecho tres caballeros Enrique Jardiel Poncela, Eduardo Mendoza y Tom Sharpe. Podría citar alguno más como Juanjo Millás, pero esa es una risa pa’dentro, como de reflexión. Al Británico le aplicaré un brexit casero porque no necesitaremos un Wilt si ya tenemos un Gulp.

Es curioso que en un momento en el que existe un canal de televisión dedicado en exclusiva a la comedia y en el que tiene más audiencia un informativo satírico que el telediario, a mí sólo me hagan reír, con sentimiento y con consentimiento, un tipo raro y otro que escribe sobre un tipo tan raro que no tiene ni nombre.

Creo que es porque su humor es apolíticamente incorrecto y sobre todo inteligente. Ni Jardiel, al que golpearon de izquierda a derecha y viceversa, ni Mendoza basan su humor en el político de turno –que muchas veces es un chiste en sí mismo- y mucho menos para adoctrinar a las masas. Como todo humor inteligente tiene más de autocrítica que de burla. Sus situaciones absurdas, sus juegos de palabras , su complicada sencillez me encantan.

Lo de “incorrecto” sobra explicarlo pero por si acaso ahí va un ejemplo: La comparación de la mujer con un automóvil en 10 puntos, entre ellos “Tienen ojos y no ven “o “para ir bien tienen que

Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza

ir recién pintados”. Para compensar, Jardiel hace lo mismo con los Don Juanes demostrando su imbecilidad extrema. Ambos casos son exageraciones y ambos tienen un retrogusto a verdad que nos debería hacer reflexionar para enmendarnos. El detective amateur de Mendoza está entre el retraso y el desequilibrio mental . Asunto que también despierta muchas sensibilidades y genera miles de eufemismos, quizá para no enfrentarnos a la realidad, reírnos de ella y de nosotros, y afrontar los problemas de cara sin paños calientes ni algodones.

Jardiel y Mendoza rezuman ironía que como dijo Kierkegaard es algo para iniciados porque lo fácil es reírse del que se pegó un trompazo con el monopatín, de los tópicos regionales y de las frases que elige el político o del político elegido por la frase.

Jardiel y Mendoza son delicatesen en un hipermercado del chiste donde el humor transita cada día por pasillos más estrechos repletos de estanterías rebosantes de manuales sobre lo políticamente correcto.

Me da miedo pensar que en unos años tenga que decirles a los niños aquello de “he visto cosas que vosotros no creeríais”. Gente riéndose de sí misma, personas practicando la ironía sin limitaciones y humor del bueno, del que se escribe con H de héroes, como Hardiel y Hendoza.

 

 

 

 

Jardiel y Cioran

Emile-CioránEntonces yo era muy joven, no había cumplido ni los veinte, y con una cierta regularidad me sentía abatido. Para esos días procuraba hacerme con un libro de Jardiel Poncela, que me devolvía la alegría de vivir con una eficacia clínica supongo que similar a la que hoy pueda tener el Prozac. No era un placebo, era un reconstituyente psicológico de efectos probados. En fechas tan lejanas no conocía a Cioran, y es posible que si me hubiera empastillado con su lectura hubiera acabado en el psiquiátrico. Pero, también podría haber ocurrido lo contrario, que se hubiera cimentado mi alegría de vivir de forma poderosa, que hubiera desarrollado la musculatura del alma. Cioran, el escritor rumano que vivió más de medio siglo exiliado en París nació, contra su voluntad, hace un siglo y pico. “Del inconveniente de haber nacido” es uno de los libros de este escritor, filósofo y moralista. Sus títulos son expresivos: “En las cimas de la desesperación”, “Silogismos de la amargura”, “Ese maldito yo”, “Breviario de los vencidos”…

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“No haber hecho nunca nada y morir sin embargo extenuado”, “Nunca se dice de un perro o de una rata que es mortal. ¿Con qué derecho se ha arrogado el hombre ese privilegio? Después de todo, la muerte no es un descubrimiento suyo. ¡Qué fatuidad creerse su beneficiario exclusivo”, “No deberíamos molestar a nuestros amigos más que para nuestro entierro. Y aun así…”, “Todo el mundo me exaspera. Pero me gusta reír. Y no puedo reír solo”. Así hablaba Cioran.

Hace años fui con mis amigos Teófilo y Benito a la proyección de un documental inédito sobre Cioran, filmado a partir de la única entrevista audiovisual que concedió en su vida. La recomiendo con fervor: está hecha para espíritus delicados. En el acto previo disertaron varios conocedores del hombre y su obra, pero ninguno con el talento y el ingenio de Fernando Savater. Cada uno es como es y a él le ha tocado ser brillante. Él fue quien tradujo la primera obra al español de Cioran y, lo que es más importante, el que dio a conocer aquí su figura: hubo más de uno que pensó que se trataba de una invención del travieso Savater. Fueron amigos durante veinte años, frecuentó su modesto apartamento en la calle del Odeón, del barrio Latino, donde vivía con su mujer y era, según Savater, cortés, muy curioso y apasionado por las cosas de España, conversador y dado a la sonrisa y la risa. Sus carcajadas, cuentan él y otros, resonaban joviales y festivas.

Algo hay a la fuerza de impostado en quien se pasó la vida defendiendo el suicidio y llegó cómodamente a los 84, pero también hay mucho de auténtico. Cuando alguien, normalmente joven, le llamaba para comunicarle que iba a suicidarse, Cioran se empeñaba en demostrarle lo equivocado de su pretensión. Puesto que el suicidio es la carta que el hombre siempre tiene a su alcance, la que le da sensación de poder y libertad, no es conveniente jugarla demasiado pronto. Poder suicidarse, no el acto de hacerlo, es lo que importa. El pesimismo radical del escritor rumano era deudor del insomnio. “Hay noches en blanco que ni el más capaz de los verdugos habría podido inventar”. Cioran fue consecuente con muchos de sus planteamientos radicales. Así, odiaba el tráfico de vanidades que reinaba en el mundillo literario francés y se negó a recibir importantes galardones, el más relevante, el Nobel. Contó Savater que había llegado a París una joven y guapa sueca interesada por su obra y parece que Cioran estaba fascinado con la muchacha, hasta que se enteró de que había ido a sondearlo sobre la posibilidad de ser candidato al Nobel. Dijo Savater que el filósofo despidió airado a la sueca y quedó decepcionado: se había ilusionado con ella, él que deploró tan a menudo en sus libros cualquier grado de ilusión. Lo del Nobel le pareció una traición.

Cioran es un moralista y un trágico, pero en última instancia también un gran humorista. En sus aforismos encontramos frecuentes amenidades: “Antes que acostarme con X preferiría pasar 10 horas en el dentista”, “Deberíamos tener la capacidad de aullar un cuarto de hora al día, cuando menos, y habría que crear con ese fin, “aulladeros”, “¡Si supieran los hijos que no he querido tener la felicidad que me deben!…

Cioran es una de mis debilidades y su lectura no me ha deprimido nunca, al contrario es para mí un complemento vitamínico. El rumano/parisino escribía como Dios, ese Dios al que tanto injurió. Jardiel no era menos trágico, pero lo disimulaba con cataratas de humor. Los amo a ambos.

 

 

 

 

Teófilo, maestro generoso. Por Alfonso García

Un verano extremeño: Teo con Celia y Begoña

Un verano extremeño: Teo con Celia y Begoña. Alfonso tomó la instantánea. 

Desde la muerte de Teófilo me he enfrentado, primero a diario y después más de tarde en tarde, a un folio en blanco para tratar de escribir unas líneas de homenaje al amigo. El resultado siempre ha sido el mismo: han pasado los meses y sigo sin ser capaz de escribir un renglón que pudiera merecer su atención y, mucho menos, su aprobación.

Al cabo he llegado a la conclusión de que mi absentismo era simplemente –y no es poco-  un problema de conciencia. Me resulta muy difícil escribir sobre Teófilo sin no hacer antes una íntima reflexión que, aunque se lo confesé y reconocí en vida, hoy me sigue reconcomiendo.

Quien escribe le falló a Teófilo.

Sin canto de gallo ni tres negaciones, solo una fue suficiente para que mi deuda con él me mantenga con la pluma inmóvil sobre el escritorio. Me lo dio todo y jamás me pidió nada cuando yo pude ofrecérselo. Me atormentan por ello mis faltas de tacto, sensibilidad y amistad con las que le devolví su camaradería, lealtad y tutela que me obsequió durante años.

Además de los reiterados golpes de pecho, que por encostrados no dejan de dolerme, sigo teniendo a Teo presente cada día. Tanto que me niego a pensar que ha muerto. Quizás, y también por eso, me cuesta escribir en su memoria, porque en la mía sigue vivo.

Tan presente como el primer día que, como novicio, llegué a Telemadrid en junio de 1991.

En aquel momento me pregunté – y aun hoy lo hago- si me recibió mal, bien o regular. Entonces me pareció inescrutable al menos para mis ojos. Frío como manchego que lo era, quizás. Solo vi a un señor bajito, con gafas de culo de vaso, bigote poblado y al que le acompañaba una voz grave que encajaba a la perfección con su semblante inexpresivo. De un día para otro y de la tarde a la noche se convirtió en mi jefe inmediato. De poco me sirvió en esos días que mi director de informativos me asegurara que estar bajo la tutoría de Teo era lo mejor.

Tras varios días de aprendizaje en una redacción de televisión ajena para mí –yo procedía de la radio-, encontramos, para su regocijo y a mi pesar, el primer punto de comunión. Un 6 de junio de ese 1991 llegó tarde a la redacción de la que él era editor en la tercera edición de Telenoticias a la que yo estaba adscrito.

Tenía motivos más que justificados para aparecer con retraso, incluso para no comparecer. Fue uno de los 23.000 testigos privilegiados que contemplaron y se extasiaron en una de las tardes memorables de esas que llaman históricas en la plaza de toros de Las Ventas: el mano a mano entre César Rincón y Ortega Cano en el encierro con los de Samuel Flores en la corrida de la Beneficencia. Mi pesar, y continúo con el lamento, fue no ser uno de esos afortunados de aquella antología de tauromaquia.

Esa afición por lo taurino, hoy mal vista por muchos, fue la partida de una amistad que navegó por las aguas entre lo fraternal y parental  y que, sostenidamente, fue en ascenso hasta sus últimos días con el único altibajo que yo provoqué años más tarde.

Aquel Telenoticias que se emitía entre las dos y las tres de la madrugada por mor de un programa previo, plomizo e interminable que ponía en escena el Gran Wyoming en Telemadrid nos sirvió, amén del intercambio de pareceres sobre las comunes aficiones taurina y al flamenco, para fraguar una amistad rocosa que logró penetrar en las esferas de nuestras respectivas parejas. Es en ese tiempo, cuando Teo vivía en Aluche, y al acabar el informativo lo acompañaba hasta su casa –él no conducía-. Fueron noches de plática en las que no dejábamos de dar buena cuenta en el entorno de unas prietas pintas de cerveza negra que jamás he vuelto a probar.

Poco después de esa época –frisaba ya la segunda mitad de los 90-, es cuando a la casa de alquiler en la que vivía en la calle de Ocaña dimos en llamarla “Eros Center” y más tarde idear una entelequia que jamás llevamos a la práctica, no por falta de vocación, sino por su propia naturaleza de entelequia. Hoy, sin Teófilo, emprender una empresa destinada a ser una UVI móvil sexual de urgencias, con un servidor de conductor y él como facultativo cualificado, se antoja fantasía. Contarlo ahora, alejado el momento y sin las envolturas de los chascarrillos, resulta extraño y atrevido pero, muchas y buenas noches regadas con buen y generoso cava dieron para abundar en esa quimera que nos condujo, incluso, a proyectar una mancebía en el Alcázar de Toledo con la proyección futura de ampliar la compañía  al mismísimo Palacio de Oriente. No íbamos descaminados a resultas de los acontecimientos que la historia reciente nos ha desvelado. Eso sí, en esa ficción, siempre con nuestras consortes como administradoras de las casas de lenocinio.

En el entretanto de esas ensoñaciones imposibles que nos servían para descongestionar y ahogar –con la inestimable ayuda del cava- las perturbaciones que nos generaba la cotidianidad del oficio, creció una comunión que el tiempo, con sus vaivenes, fue incapaz de descoyuntar.

Un viaje a Extremadura con Celia –su compañera infatigable- y Begoña -mi mujer-, todavía hoy me resulta inolvidable. Han trascurrido ya más de dos décadas y sigue siendo un pasaje del que las evocaciones se mantienen vivas e indestructibles.

Me resulta imposible y complejo discernir entre el Teo profesional y el Teo amigo. Las dos orillas, lejos de ser paralelas, sí confluían en su caso en un mismo punto: la honradez.  Recuerdo una noche de cavilaciones sobre periodismo en la que me obsequió con una de sus frases sobrias y lapidarias sobre las que el debate posterior resultó yermo. Solo cabía avenirse a su máxima: “Olvídate de ser objetivo e independiente. Se honesto”.

En mi humildad he insistido siempre en cumplir su enseñanza para ejercer el oficio. En otros asuntos me atreví incluso a posicionarme en su contra o rebatir sus argumentos. Siempre me pareció, y así se lo hacía saber, una incongruencia que aceptara y defendiera con cierto apasionamiento la existencia de fenómenos paranormales –incluso mantenía haber sido testigo de alguno de ellos-, y no creer en Dios sin embargo.  A estas alturas, y tras muchas conversaciones sobre ello, ya no estoy tan seguro de su ateísmo confeso –lo que con su nombre no dejaba de ser una paradoja -, sino que desde hacía años estaba enfadado con Él. Y motivos no le faltaban.

Fuera un ente superior el que le otorgó la cualidad o su propia forja, Teófilo estaba dotado de esa fuerza imantada que tienen los líderes para atraer hacia él la atención sin pretenderlo. Esa jerarquía que ejercía involuntariamente le convertía en confesor, consejero y confidente. En camarada. Poseía, por añadidura, el don de la credibilidad, talento negado a buena parte. Por trivializar, era tal su autoridad que hasta las fabadas que algunas veces perpetraba, servidas por él parecían surgir de un fogón de su querida Asturias.

Del mismo modo ocurría cuando pronunciaba las palabras maestro y torero. Salidas de su boca equivalían a una confirmación de alternativa del mismísimo Curro Romero en la Maestranza.  Igual sucedía si a alguien –generalmente político, recuerdo-, le propinaba con uno de sus calificativos preferidos: cretino. Si Teo lo decía es que el referido era un cretino incuestionable. Si hubiera sido gitano habría sido el patriarca del clan. Sin duda.

Me admiraba su capacidad de discernimiento. Ni sus fobias ni filias las llevaba a un lugar sin retorno. De unas siempre era capaz de pellizcar aspectos positivos, de otras, lejos de aliviarse, las analizaba. Nunca le faltó el espíritu crítico. Tampoco el de comprensión.

Por todo ello, y por más, Teófilo era querido.

Y él, tan amador de las mujeres y tan amador de todas sus mujeres, bien podría haber firmado la estrofa de una canción de Alberto Cortez que, según recuerdo, reza: “Me gustan las muchachas en abril, me gusta el vino tanto como las flores y los amantes, pero no los señores”.   Y es que no, a Teófilo no le gustaban los señores – no es malo ni bueno, pero no le gustaban-, y su querencia a las mujeres con su corazón apasionado fue su prolongación de vida. Esa vida que traiciona a sus amantes como siempre hace la vida. Porque Teófilo amaba tanto la vida que nunca se quejó de ella ni le pidió explicaciones. Afortunado por la vida vivida, herido por la misma vida que le expulsaba y  por la muerte que le acechaba, nunca renegó de su destino. A veces se reconfortaba en el consuelo de que podía estar peor. Su pena, que la tenía, fue suya. Y su dolor, aunque compartido, no lo trasladó. Su partida, hacia dónde haya dispuesto su destino, no la saludaron las campanas porque así lo quiso, pero a sus hermanos nos siguen tañendo en lo más hondo.

Por ello su ausencia, fuera de quien fuese la decisión, no la apruebo.

Maestro, con Dios.

Otra copa en el VAR

penalti-655x368Quizá nos falte perspectiva. Raramente se alcanza a ver la importancia de un fenómeno en el momento mismo de su aparición. El rey Luis XVI anotó en su diario personal el 14 de julio de 1789: “Aujourd´hui, rien” (Hoy, nada). Ese día, los revolucionarios parisinos habían tomado la Bastilla. Ahora lo sabemos: la cabeza del monarca estaba seriamente amenazada, pero él no encontró motivo de mayor alcance para darle algún relieve a lo que había ocurrido durante esas 24 horas. En fin, tendrán que perdonarme la analogía histórica, tan hiperbólica como surreal. Aquí hablamos de asuntos de mucho menos fuste. Esto es solo fútbol, que dicen los peloteros, esos viciosos del círculo y la frase redonda y hueca, que va del fútbol es fútbol, al balón no ha querido entrar o los penaltis son una lotería. Por supuesto que los penaltis no son una lotería, probablemente ni la lotería sea una lotería, pero ese es mimbre de otro cesto.

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Lo que ya nunca será igual es el fútbol después de la llegada del VAR. Llegó para quedarse, sería impensable ahora un balompié sin video arbitraje, y hasta la UEFA reza para que no haya un fallo arbitral escandaloso esta temporada, porque la siguiente también la Champions estará bajo el paraguas del ojo electrónico. Unos meses antes de estrenarse el invento hice un reportaje para Informe Semanal sobre el asunto. Hubo opiniones varias, aunque a esas alturas de la pequeña historia no tenía mucho sentido oponerse a lo que iba a caer como fruto de la ley de la gravedad deportiva. Quien más celebraba el advenimiento era José Antonio Martín Petón, un tipo torrencial, simpático, optimista y definitivamente atlético. Del Atlético de Madrid, quiero decir. En su opinión, en España los dos grandes equipos iban a ser perjudicados por el video-fenómeno. Naturalmente el VAR es una herramienta del presente, de manera inevitable volcada al futuro, que lo tiene todo, pero no es raro dejarse llevar por esa disciplina llamada historia contrafactual y preguntarse cuál sería el palmarés de la Liga y la Copa de Europa en la suposición de que siempre hubiese existido video arbitraje.

Los grandes opositores al VAR son los defensores a ultranza de un casticismo que entiende que si se suprimen los errores arbitrales se habrá acabado con la más rica salsa del fútbol, la de la polémica de los lunes en el BAR. Uno de estos abanderados es el director de AS, Alfredo Relaño, quien se ha tirado media docena de años criticando lo que entendía como favoritismo de los árbitros hacia el Barcelona, aun así era reacio a que pudiera existir una cámara que pasara a limpio y corrigiera tales abusos. Le valía más vender periódicos a cuenta de un fenómeno que bautizó con cierto ingenio como “villarato”. En realidad, tanto a Relaño que es tan del Madrid como Florentino, como a los azulgrana les viene mal la invención.

En este último partido Barcelona Real Madrid, el de la manita en la cara de Lopetegui, el VAR dio un penalti a los locales que el colegiado no había visto. Pero si se quiere entender el alcance revolucionario del neo-arbitraje no encuentro un ejemplo más acabado que el del Real Madrid 1 Levante 2. Ese día el video señaló un penalti a favor de los valencianos y anuló un gol a los madridistas. De no haber sido por el ojo del árbitro electrónico, mal que bien, y como tantas otras tardes tontas, el Madrid habría ganado el partido y la cabeza de Lopetegui no se habría puesto tan pronto en almoneda. Claro que a la cabeza de Lopetegui le ocurría lo que a la de Luis XVI, que no había forma de salvarla de caer en el cesto.

 

Teófilo. Colaboración especial de Julián Salgado

Teófilo en la librería Cervantes de Asturias. Año 2016

Teófilo en la librería Cervantes de Asturias. Año 2016

La vida nos va modelando a través del contacto con los otros en un proceso de decantación continua cuyos resultados se alcanzan a contemplar en perspectiva únicamente a partir de una cierta edad. Es entonces cuando se obtiene la conciencia cabal de todo lo que de los demás hemos adquirido y, lo que es más importante, de la condición crucial que determinadas personas han tenido en nuestro devenir. En una palabra, sabemos que nuestro tiempo en la Tierra habría sido diferente si no nos hubiésemos cruzado con determinado “alguien”. Y ésa es la convicción que tengo para mí acerca de Teófilo.

A la altura del año 1974, en un país confundido y en una universidad convulsa, pocas cosas mejores se podían hacer fuera de las aulas -una y otra vez cerradas por las movilizaciones contra un régimen agonizante- que acodarse en cualquier barra de tasca de Argüelles a conversar bajo la excitación del momento histórico. Ahí, en compañía de muy discutibles vinos de Montánchez o Cacabelos, ejercía Teófilo de amigo, maestro y líder. Apasionado hijo de la razón, nos contagiaba su obstinado escepticismo, su agudeza crítica, su riguroso conocimiento, su ambición intelectual. En una misma conversación podía poner las cosas en su sitio respecto a las verdades y mistificaciones de mayo del 68, los procesos de revolución y reforma en América Latina, el futuro de la vanguardia teatral y, finalmente, regalarnos su secreto para hacer sublime un buen cuba libre que no era otro que rematar la mezcla con un par de golpes de angostura. Y, al día siguiente, más. Más preguntas a Teófilo, más recomendaciones de Teófilo, más proyectos por explorar, más carcajadas sarcásticas a propósito de tantos y tantos sucesos surreales que punteaban la incipiente transición política.

Escribo cuando se cumple exactamente un mes de la marcha de Teófilo. Hasta ahora no he encontrado las fuerzas para hilar mínimamente estas notas. Por la dificultad emocional para asumir su ausencia pero también por la infinita concentración de recuerdos y reconocimientos que, en justicia, debería evocar aquí. Su visionaria lucidez para embarcarnos ¡¡¡ a finales de los 70 ¡!!! en la producción y puesta en antena de un programa de informática. Su audacia para constituir una sociedad anónima que nos permitiera competir con las grandes cadenas radiofónicas por las nuevas licencias de emisoras de frecuencia modulada. Su ilusión cotidiana durante los días de director de la emisora local de Antena 3 en Alcalá de Henares donde, definitivamente, me inoculó el veneno de la radio, un medio al que yo no tenía un especial apego y al que, gracias a él, dedicaría desde entonces mi vida profesional. Nuestra dedicación al periodismo se bifurcó en distintas trayectorias pero Teo siempre estaba ahí. Para abroncar a alguno de los “suyos” si es que aflojaba o dudaba de sus capacidades al enfrentar algún reto y, de paso, ofrecerle su orientación generosa. Para celebrar éxitos o advertir de riesgos. Para compartir emociones y fabada.

Teo en sus años de oficial de la Marina Mercante

Teo en sus años de oficial de la Marina Mercante

Mi tiempo al lado de Teófilo es, en buena medida, mi “bildungsroman”, mi “novela de formación”, porque -como tantos que hoy le lloramos- aprendí mucho de él. Ojalá que también el coraje, el impulso y la fuerza de un gigantesco ser humano capaz de resumir en cuatro frases su estado de salud -durante tantos años de lucha contra la enfermedad- para inmediatamente pasar a los “asuntos”, a sus/nuestras cosas, a Nietzsche o a Monseñor Escrivá, a las imposturas políticas, a la reflexión sobre la naturaleza de las pasiones, o a las pulsiones de un futuro -para Teo- siempre excitante pese a todo.

Echar de menos a Teófilo es la condena agregada a la desolación de su pérdida porque no están los tiempos para prescindir de tipos como él. Con lo justitos que vamos de sensatez, de sabiduría, de buen gusto y de criterio, la salida del escenario de Teo es una grieta que nos hace, a quienes le queremos, más pobres y más vulnerables frente a la banalidad, la ramplonería y las simplezas. Por fortuna nos queda la inspiración de su manera de leer el mundo y unas cuantas frases muy suyas incorporadas a nuestro lenguaje diario. ¡Hasta siempre, torero! ¡Hasta siempre, querido amigo!

 

Teófilo Ruiz, marinero en esta tierra

Con Teo, en San Pedro del Pinatar, hace varios veranos

Con Teo, en San Pedro del Pinatar, hace varios veranos

Teófilo Ruiz nos ha dejado a los 72 años, después de ese eufemismo que da en llamarse larga y grave enfermedad y que en su caso ha sido una batalla sostenida y admirable a lo largo de quince años con un cáncer que terminaron siendo tres y que se convirtió en el cáncer total. Y le mantuvo el pulso y la mirada, sin perder las ganas de vivir, de alternar con los amigos, de correr y cuando no podía correr, andar, de leer como un don Quijote cuerdo, y de escribir varios libros, uno de ellos sobre el OPUS DEI y otro sobre Nietzsche, que ha sido la pasión intelectual de su vida. Teo, que tenía un bigote breve de presocrático de Puertollano, leyó a los clásicos en los barcos en los que recorrió el mundo en su primera juventud de oficial de máquinas en la marina mercante. Pero su afán más hondo fue el periodismo, de manera que cerró el cuaderno de bitácora y se quedó en marinero en tierra, con matrícula en la Facultad de Ciencias de la Información. Como tenía una amplia cultura y el periodismo de finales de los sesenta/setenta solía valorar más la almendra que la cáscara, Teófilo comenzó a publicar en seguida temas de portada en “Triunfo” y “Tiempo de historia”, las míticas revista de Ezcurra y Haro Tecglen.

Manolo Martín Ferrand lo nombró director de la emisora en Alcalá de Henares de la naciente y pujante Antena 3 Radio. En la COPE trabajó con Manuel Antonio Rico y con Fermín Bocos, hasta que la SER decidió ficharle. Fue uno de los momentos más amargos de su vida, porque, caballeroso como era, se despidió de la COPE antes de firmar con su nueva emisora, con la mala fortuna de que en ese paréntesis cambió el director general de la SER y él se quedó en tierra de nadie y en el paro. No tardaron en llamarle de Radio Exterior de España. Ahí lo conocí yo en el otoño de 1988, en las profundas madrugadas, y en seguida nos hicimos amigos. Nos queda la amistad a Ceferino Montañés, a Enrique Jacinto, y en el recuerdo siempre, la malograda Mertxe Martín Gaitero.

       Cuando en 1989 aparece en el firmamento audiovisual Tele-Madrid, Fermín Bocos, director de informativos, se acordó de Teófilo y lo reclamó para incorporarlo a las filas de la que en seguida

Tertulia del "podólogo"

Tertulia del “podólogo”

sería exitosa cadena. Teo fue durante años editor de distintos tele-noticias, tanto en la época política de Leguina, como en la de Gallardón, pero cuando llegó, como una ola, Esperanza Aguirre se lo llevó por delante, como a tantos otros magníficos profesionales. Disciplinado y respetuoso como era, nunca protestó por hacer lo que podríamos llamar trabajos menores, lo que ocurre es que cada vez lo fueron orillando más, hasta amargarle la vida, y como ya andaba con su cáncer a cuestas se prejubiló a los sesenta y algunos. Antes había sido director de Onda Madrid.

            Lo malo de escribir obituarios es que este es un género en el que siempre se colma al difunto de loas y se le cuelgan medallas de toda condición, y acostumbrados como estamos a esa catarata de elogios asistimos a la tormenta biográfica perfecta como quien oye llover. Y, sin embargo, no todos los muertos son iguales. Y el que glosamos hoy es un tipo muy especial, no ya por su caudalosa cultura y su buen ejercicio periodístico, que también, sino y sobre todo porque ha sido un hombre de los que dejan huella. Octavio Paz escribió en “La llama doble” que los antiguos consideraban superior la amistad al amor. Teo, que amó mucho, fue un cultivador minucioso e incluso primoroso de la amistad. Son estos los hombres que le dejan a uno huérfano cuando se van. Deja dos hijos, Fernando y Dani, una exmujer, Marisa, a la que llamaba todos los días, y su última y gran compañera, Celia Martín Jiménez, que le ha querido, le ha cuidado y ha disfrutado de su presencia en estos tres lustros de sombras, pero también de alegría y amena conversación. Lo más grave ahora es saber, ¿con quién va uno a hablar como hablaba con Teo? Los dioses del recuerdo nos lo conserven.

Recordando a Teo. Maestro, hasta siempre. Colaboración especial de Enrique Jacinto

Teo

Teo

 

 De Teófilo, Teófilo Ruiz, ya solo nos queda su recuerdo, su buen recuerdo, porque se ha marchado definitivamente. Me siento como si hubiera desaparecido mi hermano mayor, entre otros motivos, porque Teófilo me tenía calado…
 Él era el amigo que me daba  los buenos consejos, seguramente los mejores consejos. Nunca le vi perder la compostura: para mi, era el paradigma del equilibrio. Además, era el que aglutinaba al grupo de amigos; para nosotros, era el Maestro.
 La relación que mantenía con los demás, por lo que yo viví, siempre era en positivo, y sin aspavientos. En los últimos años, cuando el deterioro de su salud se agudizó, a sus amigos nos llamaba la atención su entereza física y mental, y el hecho de que no perdía la esperanza y la naturalidad. De hecho, días antes de su partida, me decía, convencido, “torero, todavía tenemos que hacernos muchas risas por ahí”.
 Y, a pesar de su circunstancia personal, siempre estaba pendiente de los demás; por ejemplo, preocupado por el devenir de mis hijos, especialmente de mi hija, a la cual él apreciaba…
 Ya no podremos seguir aprendiendo de Teófilo, pero, afortunadamente, hemos tenido el privilegio de compartir sus enseñanzas en todos los ámbitos, incluido el intelectual (recomiendo a todos que lean sus libros sobre Nietzsche ó sobre el Opus Dei).
 Se ha marchado alguien que consiguió lo más difícil: ser persona.
Enrique Jacinto

Enrique Jacinto

 

En la muerte de Teófilo. Siempre pena, nunca olvido. Colaboración especial de Ceferino Montañés

Teo con Tirado

Teo con Tirado

A veces las palabras se agolpan en la garganta, que es el peor lugar del mundo donde pueden nacer las emociones. La muerte de un amigo como Teo, que ha sido (y seguirá siendo) parte esencial de la columna vertebral de mi biografía, me deja una estela no de pena ni dolor siquiera, sino una sima donde van cayendo como piedras las lágrimas que no derramo. Teo era un abrazo, una sabiduría, un apoyo, un estímulo, un ejemplo de generosidad y bondad. Una caravana de recuerdos se acumulan ahora en mi memoria y se entrelazan de manera confusa, no por falta de clarividencia, sino por ser muchos. Ciudades, paisajes, Madrid, Asturias, que tanto quería y en donde tanto disfrutaba de la gastronomía y de la sidra. Poniendo aquella pasión suya, contenida, en cada resquicio de la vida, pero eso también se agotó o se fue agotando paulatinamente con la enfermedad, que tan solo le dio un momento de tregua. ¿Para qué quieres que vaya?, me decía los últimos meses, si ya no puedo disfrutar de lo que más me gusta. Se estaba escribiendo ya el prólogo de esa imaginaria novela efímera de su biografía, con el alma astillada por la ausencia.

Ceferino Montañés

Ceferino Montañés

Teo ha partido hacia ese viaje interminable de la eternidad sin tiempo. Ya no podré volver a compartir con él las sobremesas donde decía: “para vivir así, vale más no morirse nunca”. Su sentencia no ha podido cumplirse sempiternamente, aunque yo sé que él también lo sabía. La muerte, pese a todo, no acaba con todo. Teo perdurará en mi memoria por el tiempo que me toque vivir. Su apoyo y su interés generoso por todo lo que hacía y me pasaba, lo seguiré percibiendo siempre. Teo continuará conversando y caminando a mi lado como una sombra tangible y real hacia ese horizonte del mar al que tanto queríamos los dos.