EDUARDO HARO TECGLEN: LEYENDA DE UN HOMBRE ALTO

Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen era una garantía de excelente periodismo. Escribía desde los acantilados de sus demonios personales y lo hacía con ademanes de aristócrata, sin despeinarse la inteligencia. Tenía estatura de gigante y corazón de lobo tímido. Escribía de todo, como un gimnasta de las viejas linotipias del XX. Era contradictorio, presumió de rojo, pero fue un impacto cuando sacaron un artículo suyo del 20 de noviembre de 1944 en Informaciones glorificando en perfecta retórica falangista a Franco y al Ausente. En aquellos tiempos del viejo régimen franquista, cuando le encargaban un artículo sobre cualquier tema de actualidad, solía preguntar: ¿a favor o en contra?, y en seguida despachaba una pieza magnífica. No era el único que trabajaba con ese criterio, no estaban los tiempos para bromas. Triunfo fue la revista donde más brilló. Sin exagerar, él escribía casi la mitad, utilizando tres o cuatro heterónimos, amén de su apellido marca de la casa: Haro. Luego, en El País llenó muchas páginas. Era un cínico que solo creía en su talento, y al que se le murieron cuatro hijos, y un quinto se tiró por el viaducto semanas después de fallecer él, como una suerte inversa de Cid que arrastra su leyenda negra de Saturno después de muerto. Su faceta más conocida en El País fue la de crítico teatral. No le importaba ser cruel; tampoco escatimaba elogios a los autores y obras que le gustaban, a veces de amigos, aunque con estos, recuerdo ahora a Adolfo Marsillach, también tuvo algún desencuentro a propósito de alguna crítica que no gustó al criticado. En general, solía ser despiadado. Y muy fiel a sus enemigos. Con frecuencia acertaba, porque son más las obras malas que las buenas. Haro y Antonio Buero Vallejo mantuvieron durante años una enemistad legendaria fundada en las críticas del primero y en que Buero era un autor enormemente susceptible. Me contó otro crítico, que cojeaba, Lorenzo López Sancho (cojeaba físicamente, no como crítico) que las noches de estreno Buero se dejaba caer por el pub donde acostumbraba a parar López Sancho. Se hacía el encontradizo y le preguntaba:

Antonio Buero Vallejo

Antonio Buero Vallejo

“Lorenzo, ¿qué te ha parecido la obra?” y si Lorenzo (cuya crítica aparecería al día siguiente en ABC) se permitía algún matiz crítico, don Antonio entraba en cólera. Pero su enemigo por antonomasia era Haro. Hasta el punto de que llegó a estrenar una obra, Diálogo secreto, que gira en torno al drama de un crítico de arte daltónico. La pieza llevaba un destinatario “secreto”: Eduardo Haro Tecglen, pero lo mejor fue la crítica demoledora que este publicó en El País al día siguiente del estreno, titulada: “La ceguera del autor”. Directo y a la mandíbula. Cuando murió, en los primeros compases del nuevo siglo, hacía años que se había retirado a los laberintos de la perplejidad, desde donde disparaba con frases cortas como latigazos y una puntuación heterodoxa, a la manera de un antiazorín. Luego se murió y no alcanzamos siquiera a verlo de cuerpo yacente, porque su físico distinguido se perdió elegantemente en las neveras de alguna facultad de Medicina. Quizá vino a hacerse así realidad, por vía irónica, el deseo confesado en ocasiones por Haro de ser un hombre invisible. En vida no lo consiguió: ni en los periódicos, ni en la calle donde le delataba su estatura. Fue un hombre complejo y un periodista extraordinario. Siles y yo lo admiramos mucho, casi tanto como a Umbral.

 

 

HOMENAJE A PANCRACIO, EL DEL METRO

23960696-antecedentes-uno-de-raza-caucásica-de-negocios-mayor-hombre-tristeza-caminando-silueta-blancoPancracio, el del Metro, fue durante años comentarista de este blog. Un tipo entrañable, eso que se dice una persona auténtica y formal. Muy apegado a sus cosas, a su nostalgia evanescentemente franquista (me da que lo que añoraba era su juventud) y a la prosa de su admirado José María Pemán. En marzo, su amigo Luis Eduardo Siles nos dio la terrible noticia de que Pancracio había muerto. Como a tantos se lo llevó el coronavirus. Esta es una breve antología de sus escritos en “El País de Alicia”. Aquí apareció por primera vez el 15 de enero de 2011.  

 

Pancracio, el del Metro, ha muerto. Lo último que me dijo fue: “En esta España tan querida, tan pendiente durante los últimos años de tejer banderas, de llenar banderas de ideologías, de banderas y más banderas, hicimos tantas banderas que nos olvidamos de hacer mascarillas”. (Luis Eduardo Siles).

 

 

 

Me llamo Pancracio, tengo 78 años y soy viudo. Mi mujer, Encarnita, murió en 2004. Dios no quiso que tuviéramos hijos. Fui el encargado de aquel gran ascensor que había en la estación de José Antonio. El ascensor era muy importante. En 1970, subir o bajar en él llegó a costar dos perras gordas. Hacía muchas horas extra, para que a Encarnita no le faltara nada. No puede usted imaginarse su cara de alegría cuando en 1965, por fin, pude comprar nuestro primer televisor, un Reyfra de 20 pulgadas. Lo pagué en 18 plazos. Yo entraba a las seis y media cada mañana a las oficinas del Metro. Nos íbamos temprano a la cama, y ella me leía, con su voz suave, novelas de Don José María Pemán. Esta mañana me he despertado con parte de la almohada pegada a la espalda y he creído que era Encarnita.

 

 

Señores, aquí ya empiezan a prohibirse más cosas que en la época del Generalísimo. Y no escribo más, que de tanto leer siento unas insoportables ganas de fumar. Yo empecé con los Celtas y seguí con el Marlboro -el sabor del éxito-. Dos paquetes diarios. Una ruina para el bolsillo. Pero los pulmones resisten… ¿Dónde habré dejado el maldito mechero?

 

 

Señor Tirado, buenas tardes. Sigo recuperándome en el hospital ingresado ya desde hace casi seis meses. Yo no conozco a este señor Matamorón, aunque sí llegué a conocer a uno, que se le parecía, que trabajaba en Radio Cadena Española, cuando esta emisora tenía su sede en la gloriosa calle Ayala de Madrid, y hacía un programa nocturno llamado ‘Luces de la ciudad’… Pero la descripción que usted ha hecho es magnífica. Evidentemente este hombre, que anda bien entrado en carnes, se parece a Balzac, no a mi admirado don José María Pemán.

 

 

Señor Tirado, gran reportaje el que ha hecho usted en ‘Informe Semanal’ sobre los libros. Pero, ¿por qué no ha hablado nada de don José María Pemán?

 

 

Señores, me he tenido que levantar de la cama porque me encontraba mal. Me acabo de tomar mi pastilla para la hipertensión. La verdad, tal vez debí de ir aquel 23-F a Las Cortes en mi Simca 1.000 y no haber hecho caso a mi Encarnita. Aunque lo mismo no hubiera encontrado a Tejero y me hubiera terminado fumando un cigarrillo con Santiago Carrillo.

 

Tenga usted buenas tardes, señor Tirado. Yo no he leído casi nunca a Julio Camba, a quien usted glosa de maravilla. Y eso que escribió en el ABC, que ya saben ustedes que es mi periódico de toda la vida. A mi me gustaban Jaime Campmany y Lorenzo López Sancho. Pero seguro que Julio Camba ha sido un grande. No me cabe duda si lo dice usted, señor Tirado, y le da la razón el señor Macaón, que, desde su plausible modestia, sabe de esto. Seguro que Julio Camba no utilizaba gerundios, que es lo que está matando al periodismo: Los gerundios. Don Manuel Vicent ha dicho que “un periodista es un señor que escribe de lo que no sabe: Deprisa, de noche y borracho”. Pues bien, peor que todo eso es un gerundio.

 

 

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LOS BOSQUIMANOS

los-bosquimanos-san-gente-cantando-y-bailando-danzas-tradicionales-alrededor-del-fuego-delante-de-la-cabana-el-desierto-de-kalahari-namibia-africa-rprxt5Cuenta Zein Zorrilla que allá por los años 60, cuando las exploraciones de los pueblos primitivos embriagaba a los estudiosos de Occidente, una expedición se instaló en el desierto del Kalahari a estudiar la vida de los bosquimanos. Regaron de instrumentos los arbustos que les proporcionaban la sombra, de cámaras de televisión las cuevas que los protegían de las tempestades, de sensores de pisadas las orillas de los ríos y sus abrevaderos. Pero en la misma medida en que los sabios de Occidente estudiaban a los primitivos, eran asimismo motivo de una investigación en sentido inverso. Embadurnados los cuerpos de barro, los bosquimanos rastreaban las huellas de las botas occidentales en la arena nativa, husmeaban las latas vacías de extrañas conservas de pescado, registraban minuciosamente los movimientos de los hombres blancos. He ahí la gran metáfora que une a los hombres, con independencia de su estadio histórico y de desarrollo: la capacidad de mirar y ser mirados, de ver y ser vistos. No hay instrumento de espionaje más sutil que unos ojos bien abiertos. Todos somos espejo que refleja y reflejo en el espejo. A partir de ahí unos y otros ponen en pie las correspondientes interpretaciones, las teorías, pero eso siempre pertenece a un orden secundario.Los bosquimanos, los pigmeos, los tuareg… pueblos hechos a la medida del antropólogo. ¿Cómo no recordar, justo en este punto, la frase de Octavio Paz: “Los remordimientos de Occidente se llaman antropología, una ciencia que, como dice Levi-Strauss, nació al mismo tiempo que el imperialismo europeo y que lo ha sobrevivido?”.bbbosquimanos

 

 

PAVESE O EL ARTE DE NO SABER VIVIR

Cesare_Pavese_d3d26ba266b71cfc0dbc55267c3c1729El arte de vivir, anota Cesare Pavese en su diario, es el arte de saber creerse las mentiras. El escritor italiano intentó construir un sistema de embustes para seguir en pie, pero no estaba dotado para el autoengaño. La idea queda reafirmada en este apunte de su diario: “Yo sé, por convicción, por certeza matemática que ninguna alma puede cambiar de naturaleza y tal como uno ha nacido, así se arrastra hasta la tumba!”. El oficio de vivir es un diario río que se prolonga durante quince años. Y en todos sus afluentes encontramos el mismo latido sin esperanza. Se diría que todos los caminos de Pavese conducen al suicidio. Lo trágico es que no encuentra disfraz que le sirva en el gran carnaval que es la vida, de suerte que torea a cuerpo limpio, sin mentiras consoladoras, sin más burladeros que las burlas con que se zahiere a sí mismo. A Pavese le gusta la vida, pero no sabe vivir. Le apasionan el sexo y las mujeres, pero no tiene dotes de seductor. Así se lo cuenta él mismo, y nos lo cuenta, en las trágicas páginas de su diario. El 25 de diciembre de 1937 escribe: “Si joder no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí”. La frustración deriva en odio y en una apoteosis de la misoginia. En una anotación del 9 de septiembre de 1946 leemos: “Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán”. Hay escritores como el rumano Cioran que se pasan la vida haciendo apostolado literario del suicidio, disparando metáforas desde la trinchera filosófica del nihilismo, pero pasan los años, el estilo se torna manierista, los títulos de las obras se multiplican y el defensor del suicidio sigue de pie, aguantando las tarascadas del tiempo, haciendo literatura, como quien juega con un mecano. Hay otros escritores, como Cesare Pavese, que avisan de que terminarán disparándose una bala, aPavese o la frustración amorosa sabiendas de que no tienen otro modo de salir del laberinto. Pavese se echó un sueño eterno con somníferos cuando le faltaban menos de dos semanas para cumplir los 48 años. Antes, había intentado, de mil maneras, adiestrarse en el oficio de vivir, con nulos resultados. Su diario es un largo proyecto personal, un recuento de fracasos, pero también un inventario de afanes. El poeta desea descubrir los rudimentos para seguir viviendo, sin embargo carece de habilidades. La vida práctica, escribe, es astucia y nada más. Astucia, justo lo que a él le faltaba. Entresacamos de su diario: “Se da limosna para quitarse de delante al miserable que la pide”. A Pavese le sobraba orgullo y lucidez para pedir una limosna de esperanza con que hacer frente a la desesperación vital. El diario se cierra así: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. Unas páginas más atrás había teorizado: “Los suicidios son homicidios tímidos”. Ni siquiera en ese acto supremo se concedió Pavese un poco de grandeza. Ni como suicida reivindicó su singularidad.

500 PALABRAS SOBRE LA NUEVA NORMALIDAD

barco-que-se-hunde-ivan-aivazovsky_1Cuando Alicia, que tiene once años, ve una película en la que los personajes fuman reacciona entre la extrañeza y el escándalo. Entonces le cuento que hasta un par de años antes de que ella naciera fumar era una costumbre social perfectamente consentida, que se practicaba en todos los sitios y a cualquier hora. Algo parecido me ocurre a mí cuando veo una película en la que con completa naturalidad la gente se da la mano, se abraza, se besa. A mí nadie tiene que explicarme la prehistoria, y, sin embargo, a veces tengo un movimiento inicial de desconcierto. O me ocurre, al revés, que me encuentro en la calle con un amigo y maquinalmente le extiendo la mano para dársela con efusividad, hasta que noto la sorpresa en el otro y comprendo mi torpeza social momentánea. Que el virus nos ha cambiado la vida es observable sin necesidad de microscopio social, de qué manera esto vaya a ser provisional o no, de media o larga duración, se me escapa a mí y a cualquiera. Hemos tenido la mala fortuna de que se nos haya cruzado por el camino de nuestra vida normal esta maldita pandemia, que ha venido a variar nuestro modo de estar en el mundo. Claro que, visto desde otra perspectiva, podría uno pensar que no todas las generaciones tienen la oportunidad de asistir a un fenómeno inaudito y asombroso, universal y tal vez revolucionario. Nos dé pereza o no, a mí desde luego, enorme, puede que estemos en el preludio de un mundo nuevo. Y, además, lo hacemos a la vez como actores de un reparto coral inmenso y como espectadores, aunando así la doble condición que Ortega y Gasset establecía a la hora de clasificar los impulsos básicos de la gente. Si por un curioso y en extremo irónico cambio de guión el futuro nos obliga a ir por la vida con mascarilla, en un eterno carnaval, emulando así, sin perspectiva de género, a los millones de mujeres que han hecho del velo y otras mascaradas su seña de identidad, habrá que tomárselo con humor o en dos tazas, pero la cosa tendrá coña marinera. Situados en medio de la tormenta se me ocurre que este sería un momento soñado por Pangloss, el personaje del Cándido, de Voltaire, que hizo del optimismo su ley de vida, de manera tan obstinada que lo reforzaba ante cualquier tragedia. Cuando Cándido, Pangloss y Santiago se embarcan hacia Lisboa, una tormenta sacude el barco y Santiago cae por la borda. Pangloss detiene a Cándido cuando este se dispone a saltar al mar para salvarlo, argumentando que la bahía de Lisboa se ha formado para que Santiago se ahogara en ella. Al Pangloss volteriano todo lo que está sucediendo desde que la Covid-19 habita entre nosotros le vendría como anillo al dedo para su optimismo sin mácula, incluidos, por supuesto, los cientos de miles de muertos que la pandemia se ha cobrado. Todos serían pocos para celebrar la nueva normalidad.

 

 

 

 

TRIBULACIONES DE UN JUBILADO. Un post de Macaón

JubilosoEl hombre, un jubilado de hace años, se encuentra confinado en su casa desde que supo, hace ya más de dos meses, que un virus maléfico iba rondando por ahí matando a viejos. Se despidió con cariño y dolor de sus dos hijas y, con mayor dolor, de sus dos nietecillos de apenas dos años. Se enclaustró junto a su mujer con la incierta esperanza de que, en pocas semanas, el bicho, tal como llegó se iría. Vana esperanza. Lo no creíble se hizo realidad. En pocos días, y por día, surgieron miles y miles de contagiados, y muertos, muchos muertos, que no sólo eran viejos, también jóvenes, y médicos y camilleros, policías, ladrones, ricos, pobres, artistas o mendigos. Sonó la gran alarma. ¡Todos a esconderse! El miedo vació las calles y los corazones. El hombre se aísla aún más, no de espacio, se aísla de sí mismo, está anonadado, aturdido, la mujer se dedica a desinfectarlo todo, hasta dos veces al día. El drama, tanto personal como colectivo, abruma, en silencio o a gritos, pero abruma y aniquila. Hablan de un pico que está llegando, pero que no llega. El ambiente en las alturas no ayuda demasiado. Peleas de gallos, mejor dicho, de perros, entre la casta política, incluso entre la casta científica, y la peor de todas las castas, la tertuliana. Este país anda sobrado de sabelotodos, piensa el hombre. Al tiempo el pico se va doblando. Parece asomar un atisbo de esperanza. Surgen voces exigiendo el fin del aislamiento que enajena, la apertura de todos los negocios para salvar la economía y abrir carreteras y caminos. El hombre siente miedo a que vuelvan las tragantonas, las borrachadas, los desaforados espectáculos masivos, y el todos a la playa que calienta el sol, que tantos muertos ha producido. Pero hoy el hombre tiene una nueva preocupación. Debe acudir al Centro de Salud. Padece unas dolencias circulatorias y toma un medicamento que hay que controlar. Hace mes y medio que debería haberlo hecho, pero tenía más miedo a salir que a su dolencia. Tras tanto tiempo fuera de circulación la calle le resulta extraña. Siempre bulliciosa y ahora sin apenas coches ni gente le produce la sensación de estar en otro barrio. La mascarilla lo agobia. Serán unos veinte minutos andando por una calle cuesta arriba. Está nervioso, hace calor y no respira bien. Le gustaría sentarse, quitarse la mascarilla y fumar un cigarrillo, se relajaría, pero está prohibido. Lo peor lo encuentra cuando llega al Centro de Salud: una gran cola para entrar. Tenía cita, todos tienen cita. Se siente desvalido. Ganas de dar la vuelta pero agacha la cabeza y se coloca al final de la cola. Todo va lento. Tras un buen rato, impaciente y nervioso, se acerca a la enfermera que controla la entrada. Le cuenta que es sólo un control que apenas dura un minuto, ella se queda dudosa pero una joven que estaba su lado se ofreció y pudo pasar. Alivio, y más alivio porque el control fue satisfactorio. Pregunta a la enfermera la razón de tanta gente. Miedo, dice, creen tener síntomas y los derivan aquí. Dentro, a pesar del trajín, todo parece muy coordinado, limpio y silencioso, apenas un murmullo. Hasta huele bien, no a Jubiloenfermedad, ni a efluvios medicinales, huele a eficiencia. Sale satisfecho, más relajado, hasta sorprendido, no sólo del trato recibido, también de todo lo que ha visto. Aunque cansado y sudoroso aprovechó la salida para hacer compras en un supermercado cercano. No había agobio. Al entrar le desinfectaron las manos y le entregaron unos guantes. Estaban bien señalizadas las zonas y direcciones por donde circular. Tuvo un par de confusiones que amablemente le corrigieron. Hasta un señor que notó su ansia por salir quiso cederle su sitio, cosa, claro, que rechazó. Salió pensando que su pequeño periplo había sido provechoso, que había sentido a gentes solidaria, los que se ayudan mutuamente para sobrellevar esta miseria. Por fin en casa, su mujer lo mete en la ducha casi con zapatos. No protesta. Más tarde, relajados los dos, se enteran de que el libre albedrío no ha prosperado. Ella le sonríe y acaricia su mano. Él asiente. Pero saben que el virus enemigo sigue ahí, matando, y que aún tiene un largo camino por recorrer. Sentados en el sofá, miran la televisión sin verla ni escucharla. Ambos están teniendo el mismo pensamiento que no expresan con palabras: ¿Cuándo podré volver a abrazar a mis hijas y a mis nietos?

 

 

 

TRES ESCRITORES

Truman Capote

Truman Capote

Truman Capote tuvo fama de chismoso y de crítico que hiere con filo punzante. De sí mismo dijo: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Y tenía razón en todo.

 

Paul Auster nació en 1947, en New Jersey. En su biografía oficial se dice que a los quince años leyó Crimen y castigo, lo que le inclinó por la literatura. Afortunadamente. Peor hubiera sido que le hubiera inclinado por el crimen. De cualquier modo, leer Crimen y castigo a los quince años no es ningún dato significativo; si lo hubiera leído a los seis podríamos hacernos cruces, aunque entre nosotros hay algún notable bibliófilo precoz, como Alfonso Guerra, que asegura haber devorado las obras completas de Lope de Vega antes de cumplir diez años. Si tenemos en cuenta que Lope es

Paul Auster

Paul Auster

el más prolífico de nuestros autores habrá que concluir que la capacidad lectora de Guerra es sobrehumana. Pero estábamos con Auster y el subrayado biográfico de que Crimen y castigo le

encauzó hacia la literatura. Son las cosas que tienen las hagiografías, que a posteriori elevan a categoría lo que es banal. La concatenación de anécdotas perfila la figura hierática encerrada en su mausoleo. Adoro a Paul Auster, uno de mis escritores favoritos de ahora, pero me resulta chistoso que en el origen de todo estuviera la genial novela de Dostoievski. Yo, por ejemplo, a los quince años leí El Quijote, que tampoco (o también) es manco.

 

Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura (falleció en 2016): “Ya puedo decir que he vivido bajo tres dictaduras: la nazi, la comunista y la del dinero.

Imre Kertéz

Imre Kertéz

Y esta última es la más cómoda”.

Sobre todo, si se tiene dinero.

 

LA VIDA SIN FÚTBOL

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                                                                                                                                                                                                                                          A Robinson

¿Se puede vivir sin fútbol? Claro que sí, pero la vida con fútbol, para los que nos gusta el fútbol, es más divertida. Estas semanas no lo hemos echado de menos, porque el espectáculo que nos ofrece la realidad, en su dramatismo, es tan sorprendente que hemos cambiado todos los muebles mentales de sitio. Encerrados en nuestras casas, recluidos en nuestras casillas personales, vivir se ha tornado algo tan original que no hemos añorado los vaivenes de la pelota. Al menos, quien esto escribe. Cualquier verano, después de un mes sin liga, uno arde en la impaciencia de que regrese el fútbol oficial, y, entre tanto, se compra el “AS” o el “Marca”, buscando los fichajes con los que hacer más llevadera la espera. Esta brusca ruptura de temporada en medio de la temporada ha sido otra cosa. De pronto, tras el glorioso triunfo del Atlético de Madrid en Liverpool, tuve la sensación de que ingresábamos en un nuevo universo, en el que nos habíamos quedado sin teatros, sin paseos, sin bares, sin música en directo y, por supuesto, sin fútbol. Solo contábamos con la vida al desnudo, amenazada por la muerte, y con el desierto a través de la ventana, salvo un respiro a las 20 horas de aplausos solidarios y las diversiones con maquinitas del interior de las casas.

Pero de todo cansa uno, y hasta al toro del miedo acaba viéndolo menos astifino, así que empachados de libros, de series y películas, y los muy viciosos de comparecencias del presidente, sus ministros, sus vicarios y su Simón, sin don, el fútbol se anuncia para junio, y aunque será sin público, un invento raro, seguro que bate registros de audiencia televisiva. Paco González que ha hecho un extraordinario “Tiempo de juego” en la COPE, diez horas sábados y domingos, hablándolo todo de la vida y apenas nada, por incomparecencia, del balompié (también el “Carrusel deportivo” de la SER y el “Radioestadio” de Onda Cero, pero ninguno con la extensión, intensidad y maestría de Paco González) podrá volver, con los suyos, a cantar goles y la vida adquirirá otro color, como de primavera reinventada, de “nueva normalidad”.

¿Cómo será el fútbol sin público? Está por ver, pero así, de entrada, se me antoja que se acabarán las sorpresas y ganará por lógica el que mejor plantilla tenga. El Leganés le puede ganar, y le ha ganado en ocasiones, al Madrid y al Barcelona, con su estadio convertido en olla a presión, con la emoción a flor de piernas y las cabezas de los jugadores efervescentes. Que eso ocurra sin público es más extraño. Será un fútbol más académico y más previsible. Por tirar para casa, al Atlético de Madrid le resultará más complicado eliminar al Barcelona o al Bayern, o al Chelsee, sin las gradas reventonas y sin Simeone como director de una orquesta deslumbrante. Y, digo más, el Atlético, y otros, no solo se crecen cuando tienen el público a favor, sino que también pueden conseguir la gesta con un graderío enemigo, que le vitamine de emociones. Sin público no creo que hubiera eliminado al Liverpool en Anfield. Pero, en todo caso, se jugará, si se juega, como se pueda y será una experiencia divertida asistir a la reinvención de un deporte poco dado, en su larga historia centenaria, a las novedades y que en las dos últimas temporadas ha incorporado algo tan original como el Var.

 

P.D. En el anterior post incorporábamos una selección de greguerías de Ramón Gómez de la Serna. El asunto tenía trampa. Las greguerías no eran de Ramón sino de Macaón, que ha pasado con éxito la prueba de lectores tan cultivados como los de “El país de Alicia”. Solo en el comentario de doña Perfecta quise notar alguna reticencia, que ella podrá confirmar o desmentir. De todas las greguerías, hay dos que sí son de Ramón. ¿Cuáles? Se admiten apuestas.

GREGUERÍAS. COLABORACIÓN ESPECIAL PARA EL PAÍS DE ALICIA, DESDE EL MÁS ALLÁ, DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

gómezdelaserna_-1El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia.

 

Algunas colillas parecen huir del cenicero. El cenicero es el péndulo que mide mi tiempo.

                                                        

No hay mayor pérdida de tiempo que especular cómo es, lo que pesa y dura el tiempo. Lo mejor será vivir en un tiempo cero, entre un algo y la nada.

 

El tiempo muerto, ¿dónde estará enterrado?

 

El reloj ha perdido las horas aplastadas por el peso de los segundos. Qué placer desconocer el tiempo.

 

El tiempo es grosero, va y viene sin avisar ni despedirse, como si uno no existiera.

 

El tiempo que da existencia a la distancia.

 

Hay quien mata el tiempo de cualquier forma, mientras tanto el tiempo lo va matando.

 

Quedarse pasmado es lo mejor aptitud para sorprender al tiempo.

 

Gomez gregueríasMientras soñamos el tiempo es mentira.

 

¡Ven, tiempo de algo, y lléname!

 

En su ignorancia hay quien dice vivir sobrado de tiempo, será robándoselo a otros.

 

Para no sentirlo hay que embriagarse, ya sea de alcohol, de pasión, de locura.

 

El grito del loco asusta al tiempo.

 

Yo, a esa hermosa mujer, le regalaría todo mi tiempo.

 

El tiempo puede tenerlo todo, menos un certificado de vida.

 

Para el enfermo, el confinado o el ciego, el tiempo transcurre fuera de lugar, es decir fuera del espacio-tiempo.

 

La mejor forma de apreciar el tiempo es sentirlo en toda su lentitud, es decir, aburriéndose.

 

El tiempo vacío es en realidad el único tiempo lleno.

 

Escucho el timbre de una puerta. ¡Pasen todos, las ventanas están abiertas!

Ramón en 1928 durante un monólogo humorístico

Ramón en 1928 durante un monólogo humorístico

 

Tocar la trompeta es como beber música empinando el codo.

El pelirrojo genial

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A Luis Eduardo Siles

A mí de Fernán-Gómez me gustaba casi todo, hasta su poesía, que era bastante mala. Hubiera querido asistir a alguna de sus célebres fiestas de Nochevieja, donde el genio se explayaba en todo su barroquismo de caballero romántico y antiguo y daba rienda libre a su extravagancia sabiamente teatral, pero no sólo no me colé en ninguna de sus fiestas, sino que no pude hacerle siquiera una entrevista y eso que lo busqué con ahínco y énfasis de admirador cuando lo hicieron académico de la RAE, pero no hubo modo de que aquel hombre ya gastado por el tiempo y sus desventuras me diera el gusto. De Fernando se podría decir lo que Manuel Alcántara escribió de González Ruano: no tenía manías de grandeza sino grandeza de manías, y es que, en lo que hace a maniático, Fernán-Gómez fue un virtuoso.

La muerte del cómico pelirrojo supuso una catástrofe en el ecosistema de los cómicos. Antes ya habían hecho mutis Rodero, Rabal, Marsillach o Fernando Rey, y los que siguieron, pero la deserción de Fernán-Gómez del mundo de los vivos nos plantó en el fin de una época, en la devastación de un paisaje sentimental y costumbrista en el que nos reconocíamos todos. No quedaba otra que admitirlo, aunque fuese con melancolía: iba quedando atrás la era de los titanes para dar paso a la de los hombres.

Fernando era un iconoclasta que llevaba de fábrica su carácter de librepensador. Tenía un punto delicado de fina ingenuidad y la agudeza de ingenio que caracteriza a los feos inteligentes. Si no podía conquistar a las mujeres por su cuerpo lo hacía por su cabeza, eso lo tuvo siempre claro; por lo demás, su confesado gusto, incluso obsesivo, por las faldas entraba dentro de los límites del más estricto sentido común.

Se mira uno en el espejo de los años vividos y se sorprende de haber sido coetáneo de tipos como Fernando. Los genes del genio, como los del tonto, son caprichosos y cada uno va naciendoFFG leña donde la suerte o la casualidad/causalidad quieren y así tiene uno la dicha o la desdicha de coincidir en el tiempo, y en cierto modo en el espacio, con colosos, ogros y enanos. Recuerdo que recién llegado a Madrid, con mi álbum de mitologías intacto y mis 18 años recién estrenados, me fascinaba hablar con personas como Buero Vallejo o Conrado Blanco, que habían conocido a Miguel Hernández o a Antonio Machado. Me maravillaba que alguien hubiera compartido café con figuras de estatura tan formidable. Y ahora que me doy cuenta me siento afortunado de haber sido vecino una buena temporada en este planeta de tipos como Fernán Gómez, Adolfo Marsillach o Francisco Umbral, gente indiscutiblemente de otra glaciación.

Fernán Gómez se ganó merecida fama de cascarrabias, pero de manera más callada y discreta fue, también, eso que tan torpemente llamamos buena gente. Ganó mucho dinero y lo gastó con liberalidad. Ya en los años cincuenta, gracias a un cine de sotana y uniforme, nada de arte y ensayo, había acumulado sus buenos duros, lo que le llevó a crear y pagar de su bolsillo un premio de novela, el Café Gijón, que aún sigue vivo. La primera edición la convocó para ayudar a Eusebio García Luengo, un escritor de la época, tan talentoso como indolente, habitante diario del Gijón, a quien tuvieron que forzar a que escribiese un libro y se presentase al premio, que, naturalmente, ganó, en una jugada de arte de birlibirloque, a la que era ajeno el propio galardonado. Me han contado de Fernando otra historia que no he podido contrastar pero que concuerda con la filantropía natural del personaje. El pelirrojo había estrenado en 1939 Los ladrones somos gente honrada de Jardiel, y tenía al humorista en su santoral particular. El caso es que por las cosas de la vida o por la mala cabeza de Jardiel, este fue dando tumbos, de mal en peor, hasta acabar sus últimos años en la ruina total. Me contaron que durante varios años Jardiel recibió en su portería un sobre anónimo diario, con cien pesetas (¡un dinero para la época!) que le valió para hacer menos ingratos sus últimos días. El alma generosa era Fernán Gómez.

Fernán Gómez era tan irrenunciablemente holgazán que no paró nunca de trabajar y tan pulcramente educado que perdía los modales ante cualquier zascandil impertinente. En sus deliciosas memorias, tituladas El tiempo amarillo escribió: “Recuerdo haber leído que no se debe escribir sobre la infancia, porque la infancia de todos los hombres es la misma. Efectivamente, yo nací, como todo el mundo, en Lima”. Genio y figura.