Salvador Pániker, místico y libertino

Salvador-Paniker-partidario-nuevas-fronteras_EDIIMA20131228_0031_18Salvador Pániker se ha muerto a los noventa, en un momento en que quizás estaba dejando de ser nuestro coetáneo, y no es que él se estuviera quedando viejo, sino que nosotros estamos envejeciendo demasiado a prisa. El nuevo siglo no nos ha sentado del todo bien, pese a los indudables avances tecnológicos que han venido a dar alas a nuestra cotidianidad. Tengo la impresión de que por culpa del terrorismo internacional y de otros ismos hemos retrocedido algunas casillas en el tablero de la modernidad, nos hemos vuelto más tristes y desconfiados de manera que poco a poco hemos ido perdiendo de vista la estela mística, filosófica y libertina del maestro.

Barcelonés de 1927, de padre indio y madre catalana, la figura de Salvador Pániker deslumbra por su solvencia intelectual y por su búsqueda de un horizonte que estaba delante, pero también detrás. Tal vez su mayor aportación filosófica sea la del pensamiento retroprogresivo, según el cual cada paso auténticamente significativo que damos hacia el futuro conlleva un regreso al pasado. El progresismo de Pániker es original en el sentido de que va al origen. El pensador indio-catalán propugnó una filosofía alejada del dualismo que orienta el judeo-cristianismo, con su división tajante entre cuerpo y alma, que arrastra consigo una visión dual general del mundo. Pániker tuvo un pie en su oriente paterno y otro en su occidente materno, estudió con el mismo afán teórico y práctico las letras y las ciencias, fue a la vez un contemplativo y un hombre de negocios, con incursiones en la política: fue diputado de UCD durante 24 horas; fue editor de postín y escritor de éxito, hombre de vasta cultura, mujeriego, espléndido conversador y acomodado, que vivía en el barrio barcelonés de Pedralbes. Comprendo que la letanía de virtudes suele acompañar a los muertos, pero he sentido fascinación por el autor barcelonés desde que leí a principios de los noventa su Primer testamento y su Segunda memoria. Después tuve la suerte de entrevistarlo en 1999 para un reportaje sobre la new age, que nunca llegó a emitirse, que propició una anécdota que conté hace unos años en este mismo blog y que pueden consultar aquí.

Uno de los libros que más me han interesado es Filosofía y mística, en el que realiza un documentado y fantástico viaje por el pensamiento griego. Parte de la idea de que no estamos interesados por los griegos por un afán arqueológico, sino porque nosotros seguimos siendo los griegos. En su equipaje vital figura una hija muerta a causa de las drogas, una mujer singular, Nuria Pompeia, que fue su esposa y con la que mantuvo la relación de amistad después de la separación, amigas en distintos grados, con una joven amante que le acompañó todavía en los penúltimos escalones de su vejez, un hermano, Raimon, que fue sacerdote del Opus Dei y con el que tuvo frecuentes desavenencias intelectuales y familiares.

Pániker, que había sido un católico convencido en su primera juventud, decía que lo más triste del judeo-cristianismo es que es una religión sin humor, y citaba al filósofo Cioran, quien escribió que sin Bach, Dios hubiera sido un personaje de tercera categoría. Puede que la faceta que le haya hecho más conocido en las últimas décadas haya sido su defensa de la eutanasia, a través de la Asociación por una muerte digna. Arrastró durante buena parte de su vida una delicada salud de hierro, “soy un enfermo crónico con euforia farmacéutica”, le contó a Sánchez Dragó.  Aventurero de alma y sedentario de cuerpo, Pániker se ha apagado lentamente, al compás de su reloj biológico, sin necesidad de echar mano de la asociación que con tanta determinación presidió.

Ausencia. Colaboración especial de Macaón

descarga “Las formas de lo divino se sienten en la ausencia”  

(María Zambrano)

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

El beso seco

 la mueca  

 el quejido mudo.

 

Llega el pleno día y todo sonríe al sol, y los pájaros se echan a cantar, después, durante muchas horas, no había nada que oír ni que ver: sólo la ausencia. Y te has ido, sí, te has ido, ay. Trago saliva con mi rostro enquistado y no sé explicar pero duele en los rebuscos de la especie. Apareció el Tigre de Ocaña arrastrado por un mozo de cuerda, pero mordía como un esturión tirano. La ausencia que ladra y abuchea y nunca tiene sueño. Echo de menos hasta lo que nunca tuve. La chupona ausencia  que sopla como aire de  sótano. Contemplo ojos con reflejos de luna vieja mientras las cejas se vencen y ríen. No hay vapores desnudos ni las escaleras terminan en alto, las moscas escasean y los olores se disipan sin apenas polvo. La ausencia (que canta como lágrima  de ciego) te deja pávido, perro lobo, gonococo, y los días se convierten  en agua oxigenada. Quebrantado me levanto como un viejo combatiente contra la pared. Me siento enculado, un en mí retirado, un devuelto a mí, un desterrado. Tan de los dioses repelido que no tengo ni un perro dormido al sol ni un gato errático, tampoco un grifo que cerrar. No puedo contar el número de huesos que me separan de tu cuerpo ausente y, ¿dónde están los músculos de mi estómago? Mis sentidos se conturban. Miro de frente o de reojo, pero no veo ningún zapato debajo de la cama, sólo escucho el zumbido sordo del pasillo, el castañeo de los tenedores, que son los ruidos más solitarios del mundo. Siempre pasa la ausencia por detrás de las espaldas. Son las doce de la noche de un clima brujo, y sigo sin encontrar la huella de tu lengua. Enciendo una luz que en cápsulas de silencio voy apagando. No estás. No está. Qué tiempo, qué memoria.

 

Malvenido Mr. Trump. Colaboración especial de Pilar Pineda

descargaCuando Ronald Reagan abandonó la Casa Blanca, en 1989, tuve la tentación de enviarle una carta, y si no lo hice fue porque no supe a dónde, puesto que precisamente en la Casa Blanca ya no estaba. Quería expresarle mi gratitud, mitad sincera, mitad irónica, por los momentazos mediáticos con que nos había obsequiado, y dejar claro que, con ser un tipo odioso en lo político, en lo personal me resultaban entrañables su perfil de vaquero expresionista (en muchos moteles y bares de carretera de Estados Unidos cuelgan tíos así, dibujados en neón con revolver y sombrero) y su falsa candidez de paleto perdido en la ciudad, más parecido a esos turistas ancianos de sandalias y gorrito que a un superstar de la política norteamericana y por ende mundial.
       De su sucesor, y del sucesor del sucesor, no puedo decir nada amable, aunque también soy capaz de encontrar, con grandes dificultades en los dos casos, un atisbo de piedad eximente, el equivalente perdonador a ese punto de contrición de que hablaba el Tenorio. De Bush padre apenas recuerdo otra cosa que aquella pota memorable que soltó en un banquete ofrecido por el gobierno chino. Hay otras formas de decir a a opinión pública que no te gusta la comida china, pero el tiró por la calle de enmedio y seguro que se quedó tan a gusto. De Bush hijo, por no abrir el aterrador avispero que sabemos (y que estamos pagando tan caro) sólo destacaré el  pésimo gusto que tuvo para hacer amigos españoles, con la gente tan maja y tan presentable que hay en mi país. En fin, que por más que miro hacia atrás, no encuentro a ningún presidente de ese país que no se merezca siquiera un segundo de involuntaria simpatía, de empatía elemental o,  al menos de clemencia. Nada que ver con esto.
       “Esto”, con “o”, no es ya un error de la democracia norteamericana ni de su sistema electoral, sino de la evolución. Los humanos de hoy tenemos algo en la mirada que nos diferencia de los saurios, los reptiles, los selacimorfos… Los ojos humanos expresan. Lo que sea, pero comunican algo; dejan reconocer, tras la inquietante semitransparencia del fondo blanquecino y la pupila de color, una respuesta del alma, un interior palpitante y actuante. No es el caso de nuestro hombre, que no lleva nada, pero nada de nada, debajo de esas dos cejas, teñidas y maquilladas como para el reality del que nunca debió salir. No habla con los ojos, no interioriza, no procesa lo que vé, ni devuelve el imprescindible feed-back de quien ha dejado pasar la realidad a su cerebro y deja allí, cociéndose, su particular interpretación. Tampoco se expresa con los músculos de la cara, como hace todo el mundo, sino que se limita a activar el modo sonrisa o el modo enervado con indiferencia mecánica, con desprecio total del significado de cada cosa. Los expertos en lenguaje no verbal ya señalaron ese déficit de simpatía, la nula intención de seducir con el encanto y sí de amenazar con la hostilidad y el miedo. “Dos expresiones faciales que deben ser fuertemente evitadas, aunque el no lo hace, son la repugnancia y el desprecio Donald Trump muestra desprecio y desagrado mucho más a menudo de lo que debería, y más que cualquier candidato presidencial americano desde el advenimiento de la televisión. Esto reforzará la satisfacción de sus votantes, a los votantes, pero acentuará la animosidad de sus detractores”. No sé si cabe, a los pocos días de su toma de posesión, mayor animosidad.
       ¿Y qué decir de la voz? Es proverbial la llanura monocorde de los dictadores, la pesadez rítmica, la ausencia de color, calor, movimiento, sentimiento, énfasis… “America-great- again”, tres zafios martillazos en la mesa repetidos como un mantra torvo, maligno, desafiante y fanfarrón. América nunca ha sido tan grande como cuando sus hijos, nacidos allí o no, han mirado con altruismo y piedad a los que sufrían miseria y marginación, y les han ofrecido manos generosas y leyes justas. A estas horas, según acabo esta modesta y absolutamente pesimista impresión escrita, ciudadanos decentes que volvían de sus países, Iraq, Yemen, etc…. se han encontrado de buenas a primeras, no con advertencias o restricciones legislativas, sino con que no pueden -¡no pueden!- volver a sus casas y ver de nuevo a sus familias. Sólo un botón, de una lista que sabrá Dios, y nosotros, por desgracia, cuándo y dónde se detiene.
       ¿Debo seguir, continuar esforzándome para acertar con los adjetivos adecuados, para expresar tantas ideas tristes y envenenadas como me rondan por la cabeza?  De verdad que lo siento, pero no puedo. No tengo ya palabras. Malvenido, Mr. Trump. O más exactamente, mal nacido.

Una tentación realmente bárbara

barbara-reyDe lo de Bárbara y el monarca hoy emérito lleva hablándose hace por lo menos un cuarto de siglo: así, en pequeños círculos, que se iban agrandando, en un boca a boca que como un runrún bajaba de palacio a las tabernas de la plebe, pasando por los círculos generalmente bien informados. De lo de Bárbara y de lo de otras mujeres de hermosa presencia física y suficiente resonancia social, hasta llegar a Corina. Yo mismo me recuerdo yendo con esa mercancía a mis amigos y allegados hace toneladas de años; pero esas cosas quedaban envueltas en una cierta neblina de irrealidad, un sí es no es, entre la puñetera envidia y la quimera, entre la lujuria y la calumnia. ”Lo siento, me equivoqué, no volverá a ocurrir”. La leyenda de la bragueta fácil de los Borbones es antigua y acreditada y este pueblo no es de natural pudoroso ni inquisidor con los asuntos de ingles, de manera que la pérdida del estado de gracia de don Juan Carlos vino antes por el elefante abatido en África que por las piernas nobilísimas de Corina, coincidiendo todo ello con un clima de sospecha general del que ya no pudo escapar el rey.

Lo de Bárbara es otra cosa. Lo de María García García, familiarmente conocida como Marita, natural de Totana, Murcia, 66 años, y rebautizada para la gloria de las variedades como Rey es asunto hecho de noche y alevosía, de corazón de piedra y frialdad glacial. Acostarse con el rey no es en el fondo un tema de mayor alcance y de ello podrían dar cuenta otras mujeres del famoserío nacional que también han pasado por la cama del don Juan de palacio. Tráfico de lujurias y vanidades, del que no queda nada más allá de la memoria íntima de los protagonistas. El factor diferencial en el caso Bárbara es el chantaje, eso es lo realmente bárbaro de este cuento. Esta señora, de palmarés largo, casi infinito, como sus piernas, vino a Madrid muy consciente de las prendas que atesoraba, con las ideas claras y la cintura fácil. Quienes se sorprenden de cuestiones como la que se ventila estos días en los digitales tendrían que preguntarse si Bárbara Rey lleva una vida viviendo en un chalet de lujo en La Moraleja gracias a los beneficios sacados de sus películas y canciones, si acaso completados con lo que le quedó de su aventura en el circo con el pobre Ángel Cristo. Que Bárbara tiene pocos escrúpulos no necesita de mucha explicación, que quizá tampoco ha tenido demasiada cabeza al entrar a lidiar con los Servicios Secretos del Estado parece también palmario. La bella de Totana se arriesgó en su día, tal vez, a aparecer en una cuneta como una muñeca rota.

En este cuento del rey y la Rey me gustaría que nos retratáramos todos. Yo, el primero. Las señoras pueden cambiar a Bárbara por un objeto de su deseo, no sé Clooney, quien quieran. Si se me permite la licencia voy a otorgar a Bárbara el papel del demonio. Pareciera que cuando se habla de tentaciones nos imagináramos a un diablo horrible con rabo. Ese demonio no se llevaría al huerto a nadie. Hay que ponerse en la tesitura, no sé, finales de los 70, años 80, aquella mujer colosal, con curvas como una autopista del deseo, todo sexo. Que cada cual secretamente considere si hubiera resistido la tentación. Demos en imaginar que el monarca hoy emérito descubrió de pronto, marcada en el trasero de la vedette la cifra mágica, 666.

Y luego lo buena que estaba. Lo mala que era.

El extraño caso del escritor Juan Manuel y míster de Prada

AromaJuan Manuel de Prada arrastra una fama, no diré que inmerecida, de niño repelente, que se ha hecho mayor, de meapilas contumaz y de impertinente por vocación en tiempos de consensos pusilánimes. Lo que no se le puede negar, a menos que uno se empeñe en militar en las falanges de la ceguera, es poderío de escritor. Con veintipocos años debutó en la república de las letras con un libro de raíz ramoniana titulado “Coños”, que fue bendecido por su entonces idolatrado Francisco Umbral. En seguida publicó su primera novela, “Las máscaras del héroe”, tan brillante que le costó la amistad con Umbral, al parecer celoso con el alumno, demasiado aventajado. Con 25 años ganó el premio Planeta con “La tempestad”, la que a juicio del propio autor es su peor libro. Luego ha seguido escribiendo novelas, unas más acertadas y otras menos, que yo no he leído, y artículos en ABC y otros papeles de la derecha. No me gusta como columnista, y no por su temática e intención, sino por su estilo cargado de nicotina de moral (moralina) y prosa empachada, despachada en mazacote. Lo que no ha perdido es su aire de literato que vive gustoso a la contra y que no tiene amor más perdurable que el que le hace vivir arrejuntado con las metáforas.

umbral-cordonportLa última novela de Juan Manuel de Prada, “Mirlo blanco, cisne negro” me parece una verdadera joya, obra menor podemos considerarla en razón de su alcance temático, pero una fiesta para cualquier lector no envenado de sectarismo. Es una historia desarrollada en el mundillo de la literatura, un retrato mordaz y descarnado sobre las figuras y figurones de la constelación, los trapicheos editoriales, los suplementos de libros (“Barataria” y otros). Hay personajes en clave como Andrés Trapiello o Javier Marías, muy fáciles de descifrar, pero más allá de lo que podemos considerar pequeñas vendettas es una novela ambiciosa, sostenida por una trama consistente y entretenida, y en la que si algún personaje es despellejado es el propio De Prada, que sería el mirlo blanco, pero que tiene también mucho del cisne negro. Dos tipos distintos, que en buena medida son uno, ubicados en dos secuencias temporales. Aun así, la novela no es solo eso, ni de Prada es de Prada, ni nadie es exactamente nadie. El cisne negro es en cierta manera Francisco Umbral, que tira los libros a la piscina de su chalet, y cuya infancia de niño de inclusa y su etapa de artista adolescente,  coincide casi punto por punto con la del original. Ahora bien, el personaje tiene otras proyecciones, que engloban al propio de Prada, aunque no exclusivamente.

De Prada ha reconocido que esta novela es en alguna medida la de su reconciliación con Umbral. Me parece que sí. El joven autor de “Coños” quedó atrapado y enamorado por la prosa y la personalidad umbralianas, en una amistad que por razones diversas se rompió muy pronto. Desde entonces De Prada dejó caer un completo silencio sobre su primer mentor, silencio que ahora ha roto novelísticamente y lo ha hecho en una aproximación que podríamos considerar un homenaje, personal y como escritor, pese a que el libro, antes que un collado de ternura es una poderosa bomba incendiaria. Aun así, tengo la impresión de que Umbral es rescatado por De Prada, aunque ma non tropo, pues el escritor aquí hace ajuste de cuentas con todos los personajes de la farándula literaria, empezando por sí mismo. Una novela, en fin, esta “Mirlo blanco, cisne negro”, tan deliciosa como amarga. No me extraña que haya pasado bastante inadvertida en el mundillo literario. Mi recomendación es: léanla.

El valor de un cigarrillo. Colaboración especial de Macaón

descarga (3)“Cuando fumo me fumo hasta el humo”, verseaba Edmundo de Ory. Otro verso pero del “loco” Panero: “Mi hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí”. El provocador Bukowski: “Es mejor simplemente existir mientras el cigarrillo acaba”, o el atrevido Lezama Lima: “Los cigarros van reemplazando los ojos de los que no van a llegar”. Me parece que solo el poeta es capaz de profundizar en el  significado de un mágico cigarrillo y sus atractivas volutas. Afirmo que en los momentos más cruciales de mi vida, cuando algo importante estaba por decidir, la ayuda de un cigarrillo me ha sido más eficaz que todas las recomendaciones de todos los sabios (incluyendo los evangelios). Nada más puro que el humo de un cigarrillo para aclarar las ideas (…sombras a plena luz, humo en los ojos…). Yo, mientras tenga medio paquete de cigarrillos en el bolsillo, puedo soportar, sin pestañeo y con la más pacífica de las paciencias, cualquier desagradable avatar que la jodida existencia desee adjudicarme. Me gusta fumar (y beber) a solas, preferiblemente sentado, descansado, relajado. Cualquier actividad, incluso una charla, o la abstracción de un pensamiento, o una lectura, me rebaja el placer de fumar un cigarrillo. Me gusta mascar el golpetazo alcohólico, hacer sólido el humo. Thomas Mann, riguroso gran fumador, pone en boca de un personaje de su novela “La montaña mágica” (todos tuberculosos) la siguiente reflexión: “No comprendo cómo se puede vivir sin fumar. Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como pienso lo mismo. Sí, puedo decir que como para fumar. Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme”. Thomas Mann vivió, sin mayores dolencias, hasta los 80 años. Seguro que en la actualidad hubiese llegado a los 90. Lo que dice su personaje ya me lo había dicho yo mismo, y apuro más: si me siento hastiado, aburrido, jodido, sólo me alivia un cigarrillo, y al contrario, si me siento confortable, alegre, confiado con la vida, el mayor homenaje es fumar un cigarrillo. Si me gusta pasear es para buscar un asiento al sol, en invierno, o a la sombra, en verano, y fumar un cigarrillo. El tiempo lento, el que no pasa, sí pasa con un cigarrillo, el otro, el vivaz, el entretenido, lo mejoro con otro.

Quien estas, más o menos, banalidades escribe, le fue diagnosticado, apenas hace un par de años, un cáncer de pulmón. Un neumólogo, un internista y dos cirujanos, del Gregorio Marañón, fueron tajantes: cáncer maligno. No quiero entrar en detalles, ni acordarme, de la dureza del preoperatorio (entre otras pruebas, una semana de ejercicios para aprender a respirar con un solo pulmón). El día anterior a la operación quedé a comer con dos entrañables amigos. Comí, bebí y fumé lo que me dio la gana. Hablamos y reímos de todas las tonterías que hablan los amigos. La única referencia a la operación fue la que yo hice comentando cómo disfrutaría si pudiese ir en camilla hacia el quirófano fumándome un pitillo. El protocolo (que palabra más fea) quirúrgico consiste en que te extraen (por la espalda) un trozo de pulmón que rápidamente analizan (tú estás narcotizado). Comprueban la malignidad, y  a continuación sajan lo que consideran. Todo quedó en la primera parte. No tenía cáncer, ni maligno ni benigno. Se habían equivocado. Solo era un tejido muerto, restos de una infección que tuve en la niñez (yo lo sabía y lo había advertido pero los médicos van a su ciencia que son sus máquinas). Cuando salí del hospital era feliz, y no tanto por haberme librado de tan gravosa enfermedad, sino porque pude fumarme un cigarrillo.

Disculpen tantas citas pero me veo obligado a terminar con las íntimas palabras de Fernando Pessoa con su sensibilidad y lucidez para expresar sensaciones: “Enciendo un cigarro al pensar en escribir y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos. Sigo el humo como mi camino, y gozo, en un momento sensitivo y adecuado, la liberación de todas las especulaciones y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una indisposición. Después me reclino en la silla y sigo fumando. Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita”. Yo seguiré con mi diario paquete de cigarrillos.

Las historias de Juan Luis Cebrián

juan_luis_cebrian_grandeHe leído con gusto y atención “Primera página”, el libro de memorias periodísticas de Juan Luis Cebrián, un personaje caído en desgracia en la opinión pública y publicada progresista, pues en la conservadora nunca se le quiso ni bien ni mal. Fue el tipo más odiado después de Polanco, cuando no a la par, entre los lectores de ABC, los oyentes de COPE y otros medios más templados. Yo mismo lo tengo entre mis demonios antes que entre mis santos y he escrito de él cosas subidas de tono como esta: “La muerte de Polanco fue el momento en que arranca la decadencia de “El País”, con el encumbramiento en solitario de Juan Luis Cebrián, sin duda el personaje más siniestro del periodismo español contemporáneo, habiéndolos de tanto fuste en la perversidad y el matonismo.  Quizá en los últimos setenta años solo haya rayado en bajeza con él Emilio Romero, que fue el recadero periodístico del franquismo, maestro del propio Cebrián, con mejor pluma, aunque sin Academia”. Dicho esto está dicho mucho, pero no todo. Cebrián no me gustaba antes, ni me gusta después de leer su libro. Pero el libro me ha gustado. Por varias cosas: porque relata interioridades y momentos relevantes de la Transición, un periodo histórico sobre el que yo mismo he escrito, y porque me permite acercarme por dentro a “El País”, un medio que es un mito, el gran mito periodístico de la democracia. Naturalmente, penetro en el periódico que me muestra Cebrián, pero la suya es una versión tan autorizada como importante, parcial también, claro está. Lo primero que siente uno leyendo “Primera página” es envidia. No ya por ser el director de ese gran artefacto, pues hasta en los sueños retrospectivos conviene ser moderado, sino por no haber formado parte de su plantilla en los primeros tiempos heroicos o en los dorados que siguieron. Cuando llegué a la facultad, en el 79, casi todos los aspirantes a periodistas queríamos trabajar en el diario de Miguel Yuste.

Cebrián cuenta cosas de mucho fundamento y enjundia, traza un relato de época a través de su propia vivencia periodística. Juan Luis era hijo de Vicente Cebrián, personaje influyente en la prensa franquista, lo que le permitió con menos de 20 años ser redactor jefe de “Pueblo” y más tarde subdirector de “Informaciones” y director de los informativos de TVE en las postrimerías del franquismo, con Arias Navarro en la presidencia del Gobierno, tras el asesinato de Carrero Blanco. Con 31 años se convirtió en el primer director de “El País”, cargo en el que permaneció durante 12 años, antes de pasar a ocupar el puesto de consejero delegado de PRISA. A través de esa plataforma privilegiada, el periodista conoce las tramas y entramados de la política española, a sus protagonistas y a los grandes personajes de la vida social y cultural de nuestro país y de otras naciones, especialmente las hispanoamericanas. Son esas experiencias profesionales las que hacen interesantes y por momentos apasionante el libro. Un momento culminante, la tarde del 23 f del 81 cuando El País decide sacar una edición especial. Cebrián, dice, llamó a Pedro J Ramírez, director de “Diario 16”.

  • Vamos a sacar una edición especial, Pedro, y me gustaría que lo hicierais vosotros también.
  • Pedro J -cuenta Cebrián- se resistió alegando entre titubeos, un gesto habitual en él, que le resultaba imposible hacer una cosa así porque no tenía equipo suficiente.
  • Vosotros sois un gran periódico y tenéis muchos más medios -habría replicado Pedro J.
  • Tú lo que tienes es miedo -le contestó Cebrián. No es que no tengas medios, es que no tienes huevos.
  • (Por cierto, que aunque nada dice al respecto Cebrián, e independientemente de “titubeos”, el periódico de Pedro J, “Diario 16”, sacó una edición horas después de la entrada de Tejero en el Congreso).

 

descargaEn el libro de Cebrián hay momentos que se me antojan hilarantes: “A pesar de las muy fuertes discusiones que mantuve con Polanco, los dos éramos conscientes de que pretendíamos lo mismo: el éxito de nuestra empresa y la institucionalización del periódico. No había ningún asomo de ambición personal, política o económica, por parte de ninguno”.

A la prosa de Cebrián le falta relieve, siempre ha sido plana y sigue siéndolo, pero ello no va necesariamente en detrimento de la historia. Él valora en el libro a quienes están dotados de esa gracia sintáctica, de Umbral a Martín Prieto, si bien es rácano en los adjetivos ponderativos, cuando no despectivo. No endiosa a nadie, ni siquiera a Polanco, y si hubiera que destacar a un gran personaje de ese tiempo sería el propio Cebrián, casi nunca por alusiones, pero sí por elusiones y a través de sobreentendidos. Con todo, tiene algo de autocrítica y no se pinta como un hombre puro, pero tampoco era imaginable que se flagelara en público. El libro es ameno, recomendable para quienes estén interesados en nuestra historia reciente y en la peripecia del diario “El País”. Yo lo he leído, me ha gustado y dejo constancia.

Carta de amor a Pancracio. Colaboración especial de doña Perfecta

thumbnail_ascensor José AntonioQuerido Pancracio,

                      Un amigo travieso (más suyo que mío, pero mío también), un malvado benigno si la contradicción procede (la contradicción se llama ahora oxímoron, ya ve usted), me pide que invente una carta de amor para entretenernos un poco hasta que llegue la lotería, que es como una tanda de penalties. Si una cosa es como la otra, supongo yo que esa otra cosa será como la una. Para entretenernos a su costa, claro. Si es tan amigo suyo como parece, y siendo persona de influencia, ya podía haberle buscado un puestecito en el Parque de Atracciones, o en el Teatro Real, o en el mismo Congreso. Un primo mio está de ujier en el Congreso y gana un dinerito, amén de los favores que uno puede sacar de allí. Un político conocido le regaló a mi primo ropa usada para toda la familia, ropa buena, y también le pasa unas botellitas por Navidad, que a él le sobran. Dice que si él, o sus colegas, se bebieran todo lo que les mandan, los presupuestos generales olerían a alcohol y los decretos ley no podrían leerse a partir de la segunda o tercera línea.

Y a lo que voy, creo que su amigo debería haberse esforzado un poco y movido algunos hilos para sacarle a usted del ascensor, que por poco desmantelan el ascensor con usted dentro. Hay empleos peores, me consta, pero incluso en las minas, siendo tan duras hay variedad, incluyendo sus propios ascensores. Si es usted timido, como sospeché desde un principio, podía haber optado por el cine, se me ocurre así de pronto. Los viajes en ascensor son un calvario para los viajantes (lo dicen los psicólogos y hasta los psiquiátras y se ha escrito mucho). Nos miramos los pies, miramos al techo, hurgamos en los bolsos las mujeres… También tuvo que serlo para usted, Pancracio, rodeado de mujeres hermosas unas veces; de vagabundos y zarrapastrosos, otras. De dandies, de maleducados, de niños llorones, de gordas, de curas con olores centenarios ¿A dónde miraba usted cuando se encontraba a tres o cuatro centímetros de unas tetas aparatosas, de un culo dulce? Tuvo que ser muy difícil.

Pancracio

Pancracio

De un tiempo acá no hay que preocuparse de eso, que ya están los móviles para que tengamos a donde mirar en caso de no querer mirar ni de reojo a otro ser humano, que es de lo que se trata. De haber existido entonces los móviles, no hubiera podido usted tener esa ayuda, porque no puede estar uno en dos paneles de botones a la vez.

A usted sí que le han tenido que mirar de reojo, y no tan de reojo, millones de veces, porque un hombre de su porte no pasa desapercidibo. A mi no se me escapó su galanura cuando me subí por primera vez rumbo a Sepu, en donde decían que debía comprar la gente que calculaba. Como yo no soy calculadora, precisamente, me senté, llegados a la superficie de la avenida, en un banco, y decidí que en lugar de meterme en Sepu me metería en Galerías Preciados, donde una leyenda urbana (que tampoco entonces se llamaban así) hablaba de una joven dependienta en cuyo moño, cardado y rociado con laca para un mes, anidó una araña venenosa. Como esa clase de moños nunca se peinaban, sino que se recomponían por las mañanas con más laca (duraban meses, ya digo), la araña empezó a comerse la piel, el hueso y al fin el cerebro de la infeliz hasta que la mató. Dicen que, en su agonía, ella sólo acertaba a reconocer que por las noches, el cuero cabelludo le picaba mucho.

Un tímido como usted, vuelvo a lo importante, habría sido un excelente acomodador (a eso me refería con lo del cine, que igual ha sonado a otra cosa). Un acomodador no tiene que mirar a nadie, ni siquiera a los clientes. Ellos van con las entradas en la mano, y el acomodador las mira una vez. Después, mira a lo lejos con determinación, que para eso se sabe el pasillo y las filas de memoria, y baja, de un porrazo seco y con más determinación aún, las partes de las butacas destinadas al culo. Imposible reconocer a ningún acomodador, ni dentro ni fuera del cine. Imposible un empleo mejor para alguien que, lo sé de buena tinta, soñaba con la creación artística, con la ficción, la literatura, los relatos. A una película diaria, que entonces ponían más, se habría jubilado usted con un mínimo de trescientas películas al año, lo que en una vida laboral sin sobresaltos, como ha sido la suya, arroja una cifra de 13.500 películas. A ver quien es el guapo, quiero decir el crítico (se puede ser ambas cosas, por cierto) que se ha metido para el cuerpo tantísimo cine.

En fin, Pancracio, que me voy de disgresión en disgresión y no acabamos. Quiero decirle algo importante, apuntado ya varias líneas más arriba: todas esas subidas y bajadas de los andenes a la superficie y de la superficie a los andenes, han valido la pena, querido y zarandeado ascensorista de mi sabrosa juventud. Porque sí, el alcahuete que me ha traído aquí será lo que sea, pero no es tonto. Sabe que le amo a usted silenciosa y largamente. Que nunca me ha escocido, ni atormentado ni quemado las venas ese amor, como dicen que pasa en las coplas de Quintero-León-Quiroga, tan del gusto de mis padres. Ha sido, y es, un amor pacifico, balsámico, terapéutico, y no sigo poniendo esdrújulas porque me va a quedar la confesión algo atropellada y tartamuda. Ha sido el mío por usted un amor hidratante, casi en spray. Un amor sencillo, un amor blanco.

Una apostilla fundamental: no he tenido que inventar nada. Sería incapaz de inventar una carta de amor. Si me permite un chistecillo verde, diré que, lamentablemente, ha sido un amor demasiado vertical, con lo mucho que conviene a los amores algunos ratos de horizontalidad. Pero quién sabe si esos ratos de darse en nuestra todavía lozana madurez, se llevarían  por delante lo balsámico, lo pacifico, lo hidratante y lo blanco. Quién sabe tantas cosas…

Tan suya como entonces

D.P.

Soledades. Colaboración especial de Macaón

                                    images “Hoy que la soledad es la última forma del amor”.

                                                                                          Joan Margarit                                                                                                                           

 

Bien asentado está el que no se siente solo en su soledad. Es cosa sólo humana repeler la colectiva alma hasta alcanzar los gozos del escondite. ¿Hay que abrazar o exorcizar al extrañado? ¡La sosegada, dulce y amigable soledad! Libre y traviesa. ¿Por qué oigo que la soledad trastorna al hombre? Toda persona prudente y juiciosa debe saber vivir sin necesidad de nadie y estar preparada para cualquier contingencia. Siempre existe cierta grandeza en la soledad. Vivir solo significa vivir sin pedir disculpas ni recibir reproches (no sé que tengo, ni ganas de pensar en ello, que atraigo el regaño ajeno, seguro que agonizo y el médico me riñe por no morirme como debo). El reproche propio entretiene, pero el ajeno humilla. Además en soledad nadie tiene que soportar mis muecas ni mis espasmos, y eso relaja. ¿Duele la soledad? ¿En el mesenterio, en la andorga, en los molares? Simplemente hay que convertir el alma en cristal de roca. Puede suceder que en ocasiones la soledad sea como tener una gaviota atragantada, pero a cambio permite el grito insubordinado, el estornudo santo, el pletórico sudor. En soledad se aprende a dialogar con las nubes, el mar, los vientos, los pájaros, y sobre todo con el silencio: aunque a veces puede decirte cosas desagradables. La soledad es limpia, higiénica, ni se contagia, ni contamina. Soledad sonora, sin dioses, patrias ni banderas. No hay que temer a los ruidos de la noche, son del aire entre las cosas. Se puede ser solitario como serpiente vieja y no sufrir pavuras a los ecos de las sombras. Hay que saber que todo lo que atemoriza tiembla a la vez y que el rubor de la rosa no significa nada, que la anochecida no palpa, ni la piedra calva gime. Saber que la soledad (no el abandono) no es ningún naufragio agonizante, ni el solitario ningún divorciado de la vida viva con sus delirios amorosos. Y si acaso te aproxima a la medianoche existe la posibilidad de volverse fantasma de uno mismo. Todo se resume en procurar que el vacío sea lo más entretenido posible. Alguna renuncia, un leve naufragio, prensar el alma y beber su jugo, la fiel lámpara encendida, la complejidad de no ser complejo. Lo doloroso se encuentra en la soledad en compañía de  multitud: la llaman soledad del charco. En verdad la soledad es una conquista metafísica, porque nunca estamos realmente solos, sino que ha de llegar a hacer soledad dentro de sí. ¿Quién no le debe algo, o mucho, a la soledad, sea de noche sea de día? Y no existe más diferencia entre vivir solo o en  compañía: igual te irritas, ríes, gimes, cantas o desesperas. Muchos son los que se refugian en ese invento de la vida social, prefieren soportar a los demás antes que soportarse a sí mismo. Siempre hay quien se aburre de su propia sombra. Creo que me arrojaré el esqueleto a la espalda y buscaré algún murciélago fugado, son muy difíciles de conseguir pero proporcionan lo que necesito, por lo  demás siempre estarán los espacios  con sus esencias, siempre estarán los ocurrentes caminos, el pensamiento en lo mucho (o en la nada). ¿Y qué hombre no está solo en el corazón de las tinieblas? Recordar que se nace y se muere sólo.

Todo es absolutamente relativo

Gainza, mítico delantero del Athletic club de Bilbao

Gainza, mítico delantero del Athletic club de Bilbao

Amo las paradojas casi tanto como detesto las frases hechas. Siempre sospeché que la vida era paradójica, ahora empiezo a creer que tal vez sea simplemente absurda. No todo es relativo, en absoluto, aunque lo sean las oraciones de relativo y el propio Einstein. Mi problema es que no tengo solución. Hasta aquí he llegado sin resolverme, a veces creí ponerme en limpio, pero era un espejismo. Sin solución no hay problema, desde luego, y sin problema ni siquiera yo soy yo. De pronto me suena rara la palabra yo. ¿Yo? Ése quizá sea soy yo y, sin embargo, qué raro el término: Yo. Sobre estas dos letras levanté mi imperio. Aquí gocé, sufrí, soñé. Yo. He hecho gimnasia en los barrotes de esa “y griega” y ahora veo con desencanto que el globo se desinfla.

 

No nací con el cine. Crecí con “Carrusel Deportivo”, tengo los oídos repletos de goles y una adolescencia de novias fantasma. Por entonces mi pasión por la escritura sólo era superado por otra tan comprensiblemente infantil como la del fútbol. A cualquier carrera literaria hubiera renunciado gustoso si los dioses me hubieran dotado para correr por la banda como Gainza, el fantástico gamo de Dublín. La velocidad la he aplicado con el tiempo a mi carrera literaria, donde no he llegado a ser el Gainza que soñé, pero me he desenvuelto con cierta frescura y gracia.

 

Mis primeros escarceos con la prosa resultaron fallidos, y no porque me faltara imaginación o careciera de ideas narrativas sino por mi escaso conocimiento del callejero de Madrid. A un niño de Oviedo como yo, apenas le eran familiares algunas calles de la capital. En realidad, yo sólo conocía la arteria de Joaquín Costa. No sé de dónde arrancaría ese saber tangencial, pero el caso es que no me sonaba más que Joaquín Costa, y no consulté con nadie, tal vez por un incipiente orgullo o por miedo a hacer el ridículo. Fuese como fuese, como quería que mis historias se desarrollaran en Madrid y a falta de un mejor conocimiento del callejero, colocaba a los personajes de la novela en Joaquín Costa y en seguida se me salían, lo que me obligaba a terminar el relato. Y así una y otra vez, en uno y otro intento fallido. Ahora comprendo que la cosa sucedía por falta de técnica narrativa y de cultura literaria, porque me hubiera bastado con recurrir a la morosidad proustiana para escribir no ya una novela sino una saga ubicada en la calle del ilustre regeneracionista sin que los personajes se escaparan. El caso es que yo por entonces escribía con la velocidad con que el gamo de Dublín corría la banda, por lo que una historia no me daba para más de cuatro o cinco hojas de libreta, y eso si antes no me quedaba en fuera de juego.