CRUELDAD ANIMAL. Un artículo de Macaón

matadero-k5vF--1248x698@abc“Los animales no sudan ni se lamentan acerca de su estado. Ellos no se quedan despiertos en la sombra a llorar sus pecados” (W. Whitman). Una noticia, sin grandes titulares, podía leerse esta semana en la prensa: “Agentes del Seprona  han desmantelado en Parla (Madrid) una perrera clandestina con 100 animales en estado de abandono. Los primeros informes veterinarios denunciaban que la mayoría de los perros allí alojados padecían enfermedades tales como dermatitis húmeda, enfermedades periodontales graves, otitis y presencia de parásitos internos y externos, ocasionando a los animales un dolor, sufrimiento y estrés graves e inútiles. Varios habían muertos”. Pero no es una noticia insólita. No hay que hurgar demasiado para encontrar muchas otras semejantes: “Solo 3.000 pollitos de una partida de 26.000 han sobrevivido abandonados, como carga, en la terminal del aeropuerto de Barajas. De ellos, 6.000 ejemplares murieron víctimas del canibalismo”. “Dos detenidos por torturar a un gato hasta la muerte en Manacor. Los arrestados ataron al animal con una cuerda y lo maltrataron hasta terminar con su vida en plena calle”. “Un hombre lanza a su perro por el balcón y lo remata en la calle tras ser denunciado por romper el confinamiento”. “Seis meses de prisión para un vecino de Chantada (Lugo) que dejó morir 39 vacas por privación de alimentos. 24 reses que sobrevivieron tuvieron que ser sacrificadas”. “Un ritual de santería fue interrumpido por la guardia urbana de Barcelona rescatando 13 animales. Los agentes salvaron de ser decapitados a un gallo, nueve gallinas y tres codornices” … En ningún ambiente escuché comentarios sobre estos sucesos. Sin embargo, no hay rincón en la Tierra en el que cada día y cada hora, no se golpee a los animales, se les mate a trabajar o por capricho o se les cace por entretenimiento. Es como si el hombre estuviera poseído por el deseo de eliminar los vestigios que quedan de un paraíso perdido. “¿Qué crimen había cometido la hermosa novilla que degolló Ulises con el fin de hacer de su sangre un señuelo para los sedientos espíritus de los muertos?” (G. Steiner). Pgalgoeleas de gallos o perros, mutilaciones diversas por pura estética, explotación intensiva en la industria alimenticia donde los animales padecen hasta la extenuación antes de ser convertidos en productos de consumo, trabajo en circos, galgos ahorcados (más de 20.000 en España) cuando ya no son útiles para la caza o porque se terminó la temporada. Amén de actos de barbarie, como el triturado de pollitos machos vivos, incluso en granjas artesanales. Aún queda el llamado “horror discretogallinas del matadero”. Apenas se distinguen señales de culpabilidad. La prioridad de la superioridad y el bienestar humano es utilizada por muchos para justificar la vivisección. Se ha dejado morir de hambre o de sed a la mula después de una vida entera de servidumbre, se ha abandonado al perro, atado, a un terror enloquecedor y al hambre cuando sus dueños se cambian de casa. “Nunca se dice de los animales que son mortales, qué fatuidad del hombre” (E. Cioran). No somos conscientes que cuando matamos o maltratamos a un animal estamos cometiendo una especie de parricidio genético. Cuando miramos a los ojos tristes de un chimpancé enjaulado, estamos mirando un espejo acusador. Buena parte de la Tierra ha sido ya despojada de su fauna natural. Según un informe del Foro Económico Mundial, 1.500 millones de cerdos son sacrificados anualmente. Con los pollos la cifra asciende a 50.000 millones. Mientras que en los últimos 50 años el número de personas en el planeta se ha duplicado, la cantidad de carne consumida se ha multiplicado por tres. No vamos por buen camino. Querer a los animales más que a las personas puede ser testimonio de un no declarado desprecio por la inhumanidad del hombre, por su “bestialidad”. Estoy convencido de que la crueldad, la codicia, la rapacidad territorial y la arrogancia humana exceden a las del reino animal. El maltrato que infligimos a los animales son síntomas de una ceguera o de una indiferencia colosal. El filósofo y escritor inglés Jeremy Bentham, hace 200 años, se preguntaba respecto a los animales: “La cuestión no es ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar? sino ¿pueden sufrir?”.  

LA MUJER Y EL AJEDREZ. Un post de Macaón

Protagonista de la serie "Gambito de dama"

Protagonista de la serie “Gambito de dama”

Por estas fechas parece estar de moda una serie televisiva, “Gambito de dama”, protagonizada por una atractiva muchacha que lleva desde los 8 años jugando al ajedrez y ganándolo todo. Dicen que un niño/a prodigio es el que destaca antes de los 10 años en algún dominio o especialidad, a un nivel superior al de un experto ejecutante adulto. ​No obstante, la prodigiosidad en la niñez no siempre predice o anticipa la eminencia adulta. Dicen que son tres las especialidades donde un infante precoz puede distinguirse: música, matemáticas y ajedrez (yo incluiría algunas artes visuales). La diferencia por sexo no se contempla, pero en el territorio del ajedrez es notorio. Nadie sabe explicar con suficiente lógica el porqué de la escasez de presencia femenina en este bello y enigmático arte. Es innegable que el buen cálculo, la capacidad intelectual y memorística, la concentración, el estudio teórico, el talento natural y otras cualidades son claves para ganar las partidas, pero ¿acaso todos estos factores están más desarrollados en los hombres que en las mujeres? En absoluto. Es de antiguo la presencia de cierto machismo en los círculos profesionales y amateurs del mundo del ajedrez, cierto desprecio a la capacidad de la mujer para este juego. El excampeón mundial soviético Gary Kasparov (1985-1993) alardeaba de que podía vencer a cualquier mujer con un caballo de menos, claro que en toda la historia de esta juego los únicos 20 campeones mundiales absolutos que han existido han sido hombres. Hay que decir que una mujer, la húngara Judith Polgár, allá por los años 80 del pasado siglo, llegó a estar un tiempo en el selecto listado de los 10 mejores del mundo.

ajedrezGYo amo el ajedrez, me obnubila, ciega y confunde desde que muy de joven me lo enseñó mi hermano mayor, un gran jugador ya fallecido. Nunca llegué a ganarle. Me considero un jugador medio-bajo. Tengo la convicción de que el ajedrez, ese “deporte-ciencia”, es un “cabrón”. Bajo la apacible máscara de la imperturbabilidad el jugador de ajedrez, el ajedrez en sí mismo, destila casi todos los vicios capitales: soberbia, avaricia, ira, envidia… He jugado de joven todos los días a todas horas, incluso durante un año fui socio de un club (no había presencia femenina), acabé saliendo del club por asco, deprimido. Puedo contar desagradables anécdotas que aburrirían. Del ajedrez solo he sacado culpas sin arrepentimientos, más enemistades que lo contrario, pero sigo amándolo. Hace tiempo que dejé de jugar, a excepción de alguna que otra partida en solitario contra la máquina del ordenador. Pienso que los motivos, el desapego de la mujer (cada vez es menor) hacia este interesante, atractivo y milenario deporte es debido a factores circunstanciales, son exógenos. Esta agresividad (masculina) que subyace en este mundillo creo que no va con ellas. Jugadores, aficionados, organizadores, seguidores, periodistas del género, críticos, historiadores, espectadores, todos son hombres que suelen mirar con desconfianza (¿miedo?) la presencia de la mujer, circunstancias que en absoluto favorecen su participación, solo un natural y lógico rechazo. Estoy casi seguro de que el argumento de la entretenida serie televisiva, las andanzas de la protagonista, están calcadas de la historia, la vida y trayectoria de Bobby Fischer, para mí el más grande ajedrecista de todos los tiempos. Son muchas las coincidencias. Ambos fueron hijos adoptados, ambos niños prodigios que obtuvieron el grado de grandes maestros casi en la adolescencia, los dos eran rebeldes, transgresores, extravagantes, paranoicos (en el caso de ella también alcohólica y drogadicta). Ambos aprendieron ruso para poder estudiar mejor los libros y tácticas de los rusos, y con unos veinte años llegaron a lo más alto del escalafón con opciones de competir por el campeonato del mundo, pero ambos fracasaron sufriendo grave crisis psicológica. Ambos la superaron llegando a competir por, lo que la crítica y prensa de todo el mundo llamaron, “la partida del siglo”. Todo sucedía en los años 60, en plena “guerra fría”. Fischer, tras duro, largo y controvertido enfrentamiento ganó al que era número uno y campeón Boris Spasski, convirtiéndose en el primer estadounidense, en el primer no ruso, en ser campeón mundial absoluto. Lo que en la ficción le ocurrió a la mujer tendrán que verlo en televisión.  

 

 

 

El silencio que suena

escritor-15Lo difícil es encontrar el tono, no dejarse engañar por el sonido de las palabras, las putas palabras, que como pedradas traicioneras descalabran al escritor; al autor prolijo en talentos le merman no poca de su fortuna y al menesteroso lo dejan en harapos. Las palabras son las sirenas de la literatura. Pero, ¿cómo desprenderse de los vocablos si de ellos está hecha la invención? Ahí radica el quid y por lo mismo la gloria cabe a tan pocos. ¿Qué mérito tendría escribir una gran obra, si esta se hiciera por acumulación de palabras? ¿En qué se distinguirían entonces las lecciones de un jurisconsulto de la magia de Flaubert? Sugiero una literatura sin palabras, de espacios en blanco; tal vez sea éste el sueño de cualquier creador. Frente al boato verbal el silencio, un silencio que suene como un puñetazo. Que en el texto la mierda huela, que el miedo haga al lector tentarse la ropa, que sólo quepa una palabra para cada cosa y que los sinónimos perezcan de muerte natural. Lo que debió sentir Santa Teresa cuando escribió, y si es dulce el amor, no lo es la esperanza larga. El gozo que cupo a  San Juan cuando dijo en verso, entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo. Y ayer, no más, lo que pasaría por el corazón del poeta al concluir, mi madre me miraba, muy fija, desde el barco, en el viaje aquel de todos a la niebla. Y el es, el fue y el será cansado, y el ser o no ser, ésa es la cuestión, y el endecasílabo que rescató en Ginebra un ciego que se parecía a Borges, y la espuerta de cal ya prevenida, y el humilde sueño de un bendito. Y la intelijencia, que me da el nombre exacto de las cosas.

Respecto a si es mejor escritor el millonario en vocablos que el pedigüeño que acude a los diccionarios para aumentar su menguada cuenta verbal, no estoy seguro. Y calculo que no es extraño que ocurra que el autor que llevado de su facilidad siembra términos sin empacho arruine el texto antes que quien administra su poquedad. Véase la fábula de la liebre y la tortuga. Por ejemplo, Jesús Cerezo. No atesoraba más allá de un puñado de palabras, no obstante, rezumaba infinitas amarguras, dolores como navajas en reyerta, muertes súbitas al amanecer, la gangrena de un escupitajo repetido, la furia del odio vuelto contra sí mismo, la indelicada madeja de sus pesadillas, un puñetazo opaco, el desvanecimiento de un reloj. Cerezo no sabía escribir, ignoraba los sinónimos, desconocía el baile de salón de la sintaxis, despreciaba las comas, huía de los acentos, sin embargo el arma infernal de sus adentros, la fuerza incontinente de su alma, le hacían inventar idiomas, registros, silencios y párrafos. En las convulsas aflicciones de su mañana sin retorno nació Arroyo Lobo, novelisco o nobelisco, torrente de amores muertos, de soles sin carisma, de margaritas deshojadas, de viudas amanecidas, de muerte y sangre de morcilla rota. Cerezo era hijo de una condesa, a la que solo le quedaba el título, y de un terrateniente sin tierras. Jesús no dudaba un segundo de su estatura narrativa, una reputación que sólo existía en su desquiciada imaginación de hombre inteligente que gusta de no aparentarlo. Se quería escritor sin obra, genio sin mácula. Su único libro, Arroyo Lobo, lo dio por escrito en su imaginación caliente y torturada. ¿Gloria? La que le deben.

 

 

LEER, ESCRIBIR, HABLAR. Colaboración especial de Macaón

     epistolas librescas verano  Aburrido de lecturas y con traumático insomnio (la vida es un gran insomnio) me dedico a buscar el sueño, o a malgastarlo, elucubrando. Me pregunto: ¿a qué instante, a qué momento, de mi ya larga existencia desearía regresar, revivir? Respondo: a un paseo cogido de la mano de una amada muchacha. No sé explicar aquellos sentimientos. Ni ganas de intentarlo. Los estremecimientos que nos conmueven son incomunicables, suceden en un ámbito donde no llegan las palabras. La naturaleza última de las cosas trasciende a las posibilidades del lenguaje. El habla no puede  transmitir la prueba sensorial de la flor, la forma del rayo de luz o la llama y su divino ardor.  Hay quienes piensan que todos los conocimientos se encuentran en los libros, y leen y leen y escriben y escriben y hablan y hablan. Las lecturas enriquecen, dicen, pero también, en muchos modos, engatusan y hacen que te olvides de ti mismo. Ilustran vidas e historias ajenas mientras ignoras la propia. Desear saber mucho no instruye la mente. A través de las palabras sólo aprendemos palabras. “¿Es el pergamino una fuente sagrada de la que un sorbo saciará nuestra sed para la eternidad? No, no repararás tu sed si la bebida no brota de ti mismo” nos dice Goethe. La verdad se vive, está en ti, no en conceptos ni en libros. Si lo real no se sostiene ¿por qué tomarnos en serio las teorías? Sólo en el interior del hombre habita la verdad. La lectura, la escritura, la palabra, acaban cuando empieza la vida. Hay que apreciar el pensamiento indefinido que no llega a la palabra. Sólo la música se abre camino por entre el alambre de púas del lenguaje. El acto creativo, el auténtico, nos habla en el momento en que las palabras fracasan. Por muy exactas y honradas en su propósito o sugerentes que sean en su energía metafórica, las palabras son de manera ridícula, desesperada, insuficientes para alcanzar la sustancia resistente, la manera existencial del mundo y nuestras vidas interiores. Qué falso puede ser el más profundo de todos los libros cuando se pretende aplicarlo a la vida. Al oír palabras, el hombre cree que estas ofrecen materia para pensar. Vivimos una época en la que, sobre el mandato de la libertad de expresión, todos se sienten autorizados a sostener en voz alta las propias opiniones, inmaduras o insulsas, en su mayoría, palabras contaminadas por el uso de la tribu, dejando de lado toda reserva. Lo que se toma por inteligencia suele ser vanidad y tontería. El hombre vano debiera saber que la elevada opinión de los demás, objeto de sus esfuerzos, se obtiene mucho más fácilmente con un silencio continuo que con la palabra, aun cuando se tuvieran las más bellas cosas que decir. “Y di mi corazón por conocer la sabiduría y por entender la insensatez y la locura, y percibí que esto es vanidad. Nada hay de nuevo en este mundo ni puede nadie decir: he aquí una cosa nueva, porque ya existió en los siglos anteriores a nosotros” (Eclesiastés). Aquél cuyo motivo primario es el deseo de aplauso carece de una fuerza interior que le impulse a un modo particular de expresión. “Solamente el hombre en la plenitud de su soledad, perdido en el mundo y tembloroso, acosado por la presencia enemiga de las cosas enemigas y adoradas, rechazadas y amadas, sólo así puede nacer la necesidad de apresar las sombras” (M. Zambrano). Deberíamos hartarnos de oírnos, deberíamos hablar cada vez menos. Abreviar. Saber dialogar con el silencio, ese silencio vivo, sonido dulce y armonioso. La mejor parte de humanidad dentro de nosotros guarda silencio. Lo interminable de la palabra frente a la santa ocurrencia del silencio. Cuesta trabajo, pero hay que aprender a renunciar, a asquearte de tener o no tener razón, saber que el lenguaje es oscuro y la sabiduría inculta. 

MARILYN Y LA SOPA FRÍA

marylin-monroeUna exposición fotográfica ha recreado en París las últimas semanas de Marilyn Monroe, la rubia de celuloide que se muere cada agosto, y que cada día está más hermosa, a la manera en que Gardel canta mejor según pasa los años. Marilyn es una diosa rubia y delicada de estos tiempos en que los grandes almacenes son el equivalente de las catedrales góticas. Fetiche oxigenado y feliz del capitalismo, la carnalidad arrolladora de la muñeca rubia de Hollywood llena los bolsillos de todo tipo de mercaderes, que encontraron en ella un filón inagotable. Hay quien tiene siete vidas, pero la Monroe, como casi todos los elegidos por los dioses, tuvo una vida breve, y a partir de ahí cayó en una muerte de sesión continua de la que no la dejan escapar. Su mito crece a medida que los almanaques pierden hojas y los siglos cambian de dígito.

Ahora que las modelos nos enseñan ufanas sus huesos, en días de anorexia y tallas pequeñas, pudiera pensarse que ha caducado el prototipo con curvas de Marilyn, pero nada más falso, porque el erotismo masculino brota antes en cualquier descampado que en las pasarelas donde la moda se homenajea a sí misma. La libido del hombre de hoy, también del intelectual, no hace ascos a los pósteres que ilustran las cabinas de los camioneros, esos lugares en los que difícilmente encontraríamos un libro de Arthur Miller, pero en los que Marilyn, su mujer, tuvo siempre barra libre. La rotundidad de Norma Jean no necesita pasar la prueba de la masa corporal, esa pintoresca regla de tres de la nueva feminidad. Volvió a París, sí, siempre regresa, Marilyn, reina lasciva de la comedia, ángel animadamente humano, muñeca sobada por presidentes, escritores y magnates, niña infeliz de los orfanatos, adolescente regordeta y ambiciosa, joven tonta y caprichosa de los

Con Arthur Miller, su tercer marido

Con Arthur Miller, su tercer marido

salones, actriz incomprendida por críticos y metodistas del séptimo arte. Su sola presencia era una factoría que hacía rugir de gozo a las máquinas de fabricar dólares; su ausencia se ha tornado mil veces más rentable. Los sumos sacerdotes del capitalismo expoliador se hacen cada día más ricos a costa de la mujercita incomprendida y lúbrica. Ni muerta la dejan descansar. Más allá del feroz capitalismo, lobo que come hombre, Marilyn Monroe es un ángel de museo, lleno de gracia y mar de celuloide.

La sombra inmortal de Norma Jean es una de las creaciones exclusivas de la cultura pop, la mayor expendedora de mitos de la segunda mitad del siglo XX. La década de los sesenta, la de la llegada del hombre a la luna y la guerra de Vietnam, la del mayo francés y las baladas de los Beatles es una apoteosis de gestos informales y rebeldías juveniles que inventan su causa a la par que se ganan el derecho al cuarto de hora de gloria. La edad de oro del pop congeló la instantánea del Ché en Bolivia y la de Kennedy tiroteado en Dallas. Allí baila Juan XXIII con Martin Luther King, mientras Truman Capote se mira en el espejo de su solipsismo. En ese salón de la frivolidad con denominación de origen pocas marcas pueden competir con la de Marilyn, salvo quizá la sopa Campbell, pero comparada con la temperatura de Norma la sopa se quedaría inevitablemente fría.

A PROPÓSITO DE WOODY ALLEN

Woody-Allen-archivo-estatua-Oviedo_1448865570_118919319_667x375Woody Allen es un hombre de otra época que sigue de pie en este tiempo en que los inquisidores sacan punta al lápiz del resentimiento. Woody no ha filmado El nacimiento de una nación, ni Lo que el viento se llevó, no ha alentado ningún tipo de supremacismo, ni en su celuloide late el odio a lo distinto. Es todo lo contrario que un reaccionario, es una flor de progresía que la progresía ha adorado durante décadas, hasta que hace varios años la aparición de un tsunami llamado Me Too arrasó con todos los fundamentos, buenos y malos, de una era y buscó erigirse en la barra del metro de platino iridiado de la nueva normalidad social. Pero habrá espacio para dilucidar sobre esta materia, vamos a lo importante. Las memorias del señor Allen son un prodigio de gracia narrativa y de desorden estructural. Sin capítulos, sin epígrafes, sin líneas de demarcación, un tocho de 439 páginas, que para los muy viciosos, como yo, podrían ser 934. Vaya por delante que soy un lector tendente a la fatiga, que de cada diez libros no termino más allá de tres o cuatro y que aun los que me gustan estoy deseando acabarlos para empezar otros. Por primera vez en mucho tiempo me he encontrado con un libro que no me apetecía que se terminara. Las memorias de Woody me parecen sinceras, escritas con espontaneidad y con un humor apabullante y natural. Este muchacho con gafas de pasta, feo de alta intensidad, ganaba a los 18 años con sus chistes el triple que sus padres. Aunque por la montura de sus gafas y por su cara tuvo pronto fama de intelectual, le gustaban los billares y jugar al baloncesto más que los libros. Se casó por primera vez antes de los veinte años, por su vida han pasado mujeres espléndidas como Diane Keaton, que continúa siendo su amiga y que le ha hecho una impagable foto de contraportada. Mujeres y películas han sido su eje vital. Ha ganado mucho dinero y eso que no se ha plegado a la industria. Dice, con la boca grande, que le hubiera gustado ser otro, que no ha hecho la película que soñó, aunque tiene media docena que no le disgustan. Pero hubiera cambiado toda su filmografía por la obra de Tennessee Williams o la de Arthur Miller. Entre las grandes actrices con las que ha trabajado cita admirativamente a Mia Farrow. Precisamente sus mejores papeles han sido para actrices, que gracias a sus películas han ganado diversos Oscar. Él mismo obtuvo cuatro estatuillas por Annie Hall, pero no acudió a recogerlas porque ese día, lunes, tocaba el clarinete con su banda de jazz.

Allen interpreta bien nuestro tiempo, aunque el suyo, al menos mecánicamente, resulta muy lejano: “No me gustan los aparatitos. No tengo relojes, no poseo cámaras ni grabadoras y aún hoy necesito que mi esposa configure el televisor. No tengo ningún ordenador, nunca he cambiado una bombilla ni he mandado ningún correo electrónico”. Y vamos con el Me Too. Aplaudo y celebro que este feminismo de nueva planta haya sido decisivo a la hora de quitar de la circulación a especímenes como Harvey Weinstein o ese depredador sexual de niñas llamado Jeffrey Epstein, amamantado a la sombra del poder, y encubierto por significados varones del mundo, que terminó ahorcándose en la cárcel. Pero es que eso nada tiene que ver con el affaire Allen/Mia Farrow,

Con Diane Keaton en "Annie Hall".

Con Diane Keaton en “Annie Hall”.

que viene de 1992. En agosto de ese año, la hija adoptiva de Mia, Soon-Yo, se fue a vivir con Allen, de quien es pareja desde entonces. La guerra entre ambos llenó cientos de páginas en los periódicos de todo el mundo, siendo lo realmente grave del asunto las acusaciones de que Allen había abusado sexualmente de Dylan, hija adoptiva de ambos. Por dos veces el asunto fue a los tribunales y en ambas se cerró por falta de pruebas, tras numerosos análisis previos. En sus memorias trata de manera prolija el asunto y culpa a Mia de haber organizado todo el affaire. A mí me resulta convincente, pero en todo caso no se puede condenar a nadie sin pruebas, por muy noble que sea la causa que sustenta la acusación. Lo siento, pero no creo en esa nueva ley física de acuerdo con la cual “la mujer siempre tiene razón”. (Allen). Lo cierto es que este es un tema que se arrastra desde hace más de tres décadas y que hasta hace un par de años no ha avivado a los cazadores de brujas. Tengo amigas que lo adoraban y que ahora lo miran con asco, y eso que conocían sobradamente las acusaciones de Mia Farrow, pero no habían caído en la gravedad de la cuestión hasta que vino el Me Too a abrirles los ojos. En fin, sonó la hora de derribar estatuas, la de Allen de Oviedo sigue en pie. La inmaterial de su cine no hay genio del macartismo que la pueda arrancar de nuestro corazón.

LA BUENA SOMBRA DE RUIZ ZAFÓN

20161117-144116_imagenes_lv_propias_jmanresa_img_9201-k0HB-U4119387347523NE-992x558@LaVanguardia-WebTengo una cabeza prejuiciosa, y por lo mismo tirando a tonta, que me pone en guardia ante los libros que le gustan mucho a mucha gente. No me ocurre a mi solo, ojalá fuera una limitación personal, es más bien una seña de identidad de una tipología de gente aproximadamente culta, mayormente en materia libresca, de natural snob y filiación tal que llaman progresista. La vieja diferenciación entre lectores mecánicos y lectores natos, que fijó la norteamericana Edith Wharton. En todo caso, los hay más tontos y prejuiciosos que yo, que aunque no soy vicioso de los best-seller de vez en cuando me enredo con alguno. Me ocurrió con La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Con esa novela, que no fue un éxito previsible fruto de un gran lanzamiento editorial, me pasó una cosa curiosa. Y es que la vi nacer en las librerías y paulatinamente ir creciendo. Observaba que durante meses, e incluso puede que varios años, iban saliendo nuevas ediciones, de forma nada aparatosa, hasta llegar a convertirse en un poderoso artefacto que ha vendido millones de ejemplares. De manera que lo bonito de aquella aventura, lo romántico, es que no se trató del libro de un autor muy conocido predestinado a arrasar en las librerías, sino un pequeño velero echado al inmenso océano de la letra impresa que termina convertido en un coloso. Fui viendo, ya digo, crecer la novela en las librerías, ganar espacio y un hueco mejor, pero yo tardé bastante tiempo en animarme a leerla. Recuerdo que fue en verano de 2005, en un crucero fluvial San Petersburgo Moscú, menos apasionante de lo inicialmente pensado, cuando me eché a nadar en sus páginas. Y confieso que fue una lectura fascinante, una de las cosas más inolvidables de aquel veraneo ruso. Cualquier libro,58 como todo en la vida, es una disposición de ánimo, de manera que no sé qué me hubiera parecido la novela en otra circunstancia, pero en aquellas relajadas vacaciones fue una extraordinaria peripecia por los tejados, los chaflanes, los desvanes y el cementerio de los libros olvidados de la Barcelona romántica y traumatizada de la primerísima posguerra y de las décadas anteriores, esa Barcelona tan bien contada literariamente por escritores como Marsé, Mendoza, o Mercedes Salisachs. Ruiz Zafón, que acaba de morirse, de ahí esta parrafada, no es un escritor en absoluto intelectual, ni tampoco mediático. Las pocas veces que lo vi en televisión me pareció más bien insulso, incluso antipático y con un discurso literario más bien pobre. En mi caso, tras aquella sombra del viento no me volvió a picar la mosca de la curiosidad, de manera que no he seguido su obra y no tengo un juicio crítico, ni Dios lo quiera. Sencillamente me he despertado con la noticia de su muerte, a los 55 años, y estas cosas siempre convocan un poco la melancolía porque completan la evidencia de que tanto da el éxito como el fracaso, antes o después todo y todos acabamos en el mismo sitio. Carlos Ruiz Zafón lo ha hecho demasiado pronto. Que los ángeles y los demonios de la literatura le den buena sombra.

 

EL HIJO DE GRETA GARBO

UMBRALFrancisco Alejandro Pérez Martínez tuvo una vida rica en novelerías, cuyo material no le valió para ninguno de sus libros. Francisco Alejandro Pérez, etc, conocido en el siglo como Umbral, fue una paradoja en carne viva, en carne mortal y rosa cabría añadir, como lo prueba el hecho de que su prolífica obra literaria, más de cien libros, fuera una continua indagación sobre el yo, pero no para contarse y descubrirse a través de la prosa, sino para esconderse y ovillarse en un último y secreto rincón, tan doloroso como inexpugnable. Detrás de su imagen romántica de escritor en buena medida desusado, con melena al viento y chalina roja o blanca, según las temporadas, de voz impostada y estudiados ademanes a contratiempo, Umbral escondía una comprensible vergüenza, la del niño nacido en la inclusa, criado lejos de los pechos de su madre, sin padre conocido o reconocido; el adolescente amparado o desamparado en la calle, más allá de las aulas de la escuela, que apenas pisó; el chaval de 14 años que encontró trabajo (gracias a la influencia de su padre oficialmente inexistente) en una oficina del Banco Central de Valladolid. Umbral fue el niño que hasta los nueve o diez años creyó que su madre, Ana María Pérez Martínez, era su tía, el que siendo todavía un muchacho vio como aquella mujer, quizá su único asidero, moría de tuberculosis. Fue el que muchos años después compuso una novela tan bella como fabulada y mitificadora sobre ella, titulada El hijo de Greta Garbo. A aquel hombre todavía le quedaba por pasar el trago más amargo rondando los cuarenta años, la muerte de su hijo Pincho, de cinco, víctima de la leucemia. De esa fuente de dolor sin paliativos surgiría su gran libro, Mortal y rosa, el texto que desmiente al Umbral frívolo e insolente, el que fija al prosista intenso y profundo. Umbral, tan poco dotado como estaba para asumirse en toda la dimensión trágica, guardó un silencio cerrado sobre aquel episodio terrible y a partir de entonces, dio vía libre en toda su extensión al personaje provocador, vanidoso y altanero que llevaba dentro, el creado en sus años de lector autodidacta sin otro afán que triunfar a costa de lo que fuese. El silencio sobre la pérdida del hijo fue en general respetado, pero sus nunca aclarados orígenes fueron motivo de curiosidad y comentarios malévolos

Umbral con su hermano, Leopoldo de Luis

Umbral con su hermano, Leopoldo de Luis

en los círculos y covachuelas literarias de Madrid. Él procuró esconder la verdad en un sitio que imaginó infranqueable y así fue echando la vida, escribiendo buenos y malos artículos, libros afortunados y libros sin fortuna, en la idea de que nadie conocería nunca aquello que tanto le dolía: que había nacido en la inclusa, hijo de madre soltera y todo lo que vino después. Pero no hay secreto que cien años dure y la fortaleza se fue resquebrajando, hasta que la profesora Anna Caballé derribó el edificio en que vivió refugiado Umbral. Su biografía  El silencio de una vida es demoledora y con seguridad amargó los últimos tiempos de Umbral. Siete años largos después de su muerte, cuando ya nada podía dolerle al escritor, el periodista Manuel Jabois descubrió la identidad del padre del autor de Las ninfas, el abogado y amante de la literatura Alejandro Urrutia. Supimos entonces también que Umbral y el poeta Leopoldo de Luis eran hermanos de padre. Una noticia sensacional que permitió completar el puzle biográfico de Francisco Umbral. 

LA ESPAÑA ENFERMA

unnamedHay una España enferma, el mal salta a la vista: enferma de politicismo. No es una España política, ocupada en la cosa pública, leída y entendida en los temas de todos. Es una y son dos, pero es una. No es la de la idea, sino la de la rabia. Es endémica y pandémica, sufre el cáncer del sectarismo y dudo que haya médico que sea capaz de curarla. En la parte de arriba de la pirámide están los políticos y es fácil y necesario quejarse de ellos. Ni una circunstancia tan extraordinariamente grave como la que sufrimos les ha servido para olvidar el regate táctico, para mirar más allá, hacia eso que se llama bien común. La enfermedad ha hecho metástasis y se ha transmitido por vía sanguínea a bastantes periodistas. Unos y otros son vasos comunicantes. Aun así, el tema es más grave, porque se contagia de manera difícilmente reversible a través de los tertulianos. Hemos llegado al meollo, a la constatación de que el mal, que viene de arriba, está calando en las regiones intermedias, porque los tertulianos peores no son los que tienen plaza en las radios y las televisiones. Las redes sociales han multiplicado exponencialmente a los tertulianos, ya hay una legión inmensa de comentadores en Twitter, Facebook, WhatsApp que no hablan desde la razón, sino desde el odio. Un odio en buena medida impostado, pero da igual, la semilla se ha extendido y ha germinado en el barbecho mental. Hay una España más manipulable que cultivada, más propensa a la infamia que a la buena fama, que ladra sin cesar, día y noche, y muerde y se regodea en la calamidad. Hay todavía otra España, mayoritaria, que vive y labora, que sufre y desea lo mejor para su país y para su gente, aunque también esa corre el riesgo de pudrirse. Me duele, pero constato que las dos Españas cansinas, resentidas, que se odian con encono, enfermas de rencor, no deben estar tan lejos de las del 36, cosa distinta es que los tiempos y, sobre todo Europa, nos vayan a dejar jugar a nuestro juego preferido. Con estas cosas, no obstante, hay que tener cuidado, porque lo que comienza siendo juego de alta política acaba en la realidad de los bares y un país puede terminar fatalmente dañado. Ahí tienen el caso de Cataluña, artificialmente envenenada por sus castas dirigentes y hoy en cuidados paliativos.

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A políticos y tertulianos les une la misma obsesión politicofóbica: que haya treinta o cuarenta mil muertos a causa del coronavirus, que la miseria se extienda y amenace con arrastrarnos a tiempos sombríos, que la gente sufra uno a uno en su casa, su dolor, su angustia les importa un rábano, salvo en lo que les vale como munición para disparar al enemigo. El otro día, un conductor de la tele (una subcontrata) que me llevaba de aquí para allá me contó que por ocho horas de trabajo gana 43 euros netos… y se me cayó el alma a los pies. Bien, pues eso a nuestros políticos y tertulianos (ya saben Facebook, Twitter, WhatsApp, más periódicos, radios, etc) les importa una higa, si no es en lo que les sirve para acusar al tertuliano de la otra orilla. Ya ven que hablo de tertulianos en plural. ¿Es que es igual la izquierda que la derecha? ¿Es que soy equidistante? No, los que son semejantes hasta el empacho son los tertulianos, y tengo la tentación, que no voy a reprimir, de parafrasear a José Antonio Labordeta y decir: váyanse todos a la mierda.

EDUARDO HARO TECGLEN: LEYENDA DE UN HOMBRE ALTO

Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen era una garantía de excelente periodismo. Escribía desde los acantilados de sus demonios personales y lo hacía con ademanes de aristócrata, sin despeinarse la inteligencia. Tenía estatura de gigante y corazón de lobo tímido. Escribía de todo, como un gimnasta de las viejas linotipias del XX. Era contradictorio, presumió de rojo, pero fue un impacto cuando sacaron un artículo suyo del 20 de noviembre de 1944 en Informaciones glorificando en perfecta retórica falangista a Franco y al Ausente. En aquellos tiempos del viejo régimen franquista, cuando le encargaban un artículo sobre cualquier tema de actualidad, solía preguntar: ¿a favor o en contra?, y en seguida despachaba una pieza magnífica. No era el único que trabajaba con ese criterio, no estaban los tiempos para bromas. Triunfo fue la revista donde más brilló. Sin exagerar, él escribía casi la mitad, utilizando tres o cuatro heterónimos, amén de su apellido marca de la casa: Haro. Luego, en El País llenó muchas páginas. Era un cínico que solo creía en su talento, y al que se le murieron cuatro hijos, y un quinto se tiró por el viaducto semanas después de fallecer él, como una suerte inversa de Cid que arrastra su leyenda negra de Saturno después de muerto. Su faceta más conocida en El País fue la de crítico teatral. No le importaba ser cruel; tampoco escatimaba elogios a los autores y obras que le gustaban, a veces de amigos, aunque con estos, recuerdo ahora a Adolfo Marsillach, también tuvo algún desencuentro a propósito de alguna crítica que no gustó al criticado. En general, solía ser despiadado. Y muy fiel a sus enemigos. Con frecuencia acertaba, porque son más las obras malas que las buenas. Haro y Antonio Buero Vallejo mantuvieron durante años una enemistad legendaria fundada en las críticas del primero y en que Buero era un autor enormemente susceptible. Me contó otro crítico, que cojeaba, Lorenzo López Sancho (cojeaba físicamente, no como crítico) que las noches de estreno Buero se dejaba caer por el pub donde acostumbraba a parar López Sancho. Se hacía el encontradizo y le preguntaba:

Antonio Buero Vallejo

Antonio Buero Vallejo

“Lorenzo, ¿qué te ha parecido la obra?” y si Lorenzo (cuya crítica aparecería al día siguiente en ABC) se permitía algún matiz crítico, don Antonio entraba en cólera. Pero su enemigo por antonomasia era Haro. Hasta el punto de que llegó a estrenar una obra, Diálogo secreto, que gira en torno al drama de un crítico de arte daltónico. La pieza llevaba un destinatario “secreto”: Eduardo Haro Tecglen, pero lo mejor fue la crítica demoledora que este publicó en El País al día siguiente del estreno, titulada: “La ceguera del autor”. Directo y a la mandíbula. Cuando murió, en los primeros compases del nuevo siglo, hacía años que se había retirado a los laberintos de la perplejidad, desde donde disparaba con frases cortas como latigazos y una puntuación heterodoxa, a la manera de un antiazorín. Luego se murió y no alcanzamos siquiera a verlo de cuerpo yacente, porque su físico distinguido se perdió elegantemente en las neveras de alguna facultad de Medicina. Quizá vino a hacerse así realidad, por vía irónica, el deseo confesado en ocasiones por Haro de ser un hombre invisible. En vida no lo consiguió: ni en los periódicos, ni en la calle donde le delataba su estatura. Fue un hombre complejo y un periodista extraordinario. Siles y yo lo admiramos mucho, casi tanto como a Umbral.