MARILYN Y LA SOPA FRÍA

marylin-monroeUna exposición fotográfica ha recreado en París las últimas semanas de Marilyn Monroe, la rubia de celuloide que se muere cada agosto, y que cada día está más hermosa, a la manera en que Gardel canta mejor según pasa los años. Marilyn es una diosa rubia y delicada de estos tiempos en que los grandes almacenes son el equivalente de las catedrales góticas. Fetiche oxigenado y feliz del capitalismo, la carnalidad arrolladora de la muñeca rubia de Hollywood llena los bolsillos de todo tipo de mercaderes, que encontraron en ella un filón inagotable. Hay quien tiene siete vidas, pero la Monroe, como casi todos los elegidos por los dioses, tuvo una vida breve, y a partir de ahí cayó en una muerte de sesión continua de la que no la dejan escapar. Su mito crece a medida que los almanaques pierden hojas y los siglos cambian de dígito.

Ahora que las modelos nos enseñan ufanas sus huesos, en días de anorexia y tallas pequeñas, pudiera pensarse que ha caducado el prototipo con curvas de Marilyn, pero nada más falso, porque el erotismo masculino brota antes en cualquier descampado que en las pasarelas donde la moda se homenajea a sí misma. La libido del hombre de hoy, también del intelectual, no hace ascos a los pósteres que ilustran las cabinas de los camioneros, esos lugares en los que difícilmente encontraríamos un libro de Arthur Miller, pero en los que Marilyn, su mujer, tuvo siempre barra libre. La rotundidad de Norma Jean no necesita pasar la prueba de la masa corporal, esa pintoresca regla de tres de la nueva feminidad. Volvió a París, sí, siempre regresa, Marilyn, reina lasciva de la comedia, ángel animadamente humano, muñeca sobada por presidentes, escritores y magnates, niña infeliz de los orfanatos, adolescente regordeta y ambiciosa, joven tonta y caprichosa de los

Con Arthur Miller, su tercer marido

Con Arthur Miller, su tercer marido

salones, actriz incomprendida por críticos y metodistas del séptimo arte. Su sola presencia era una factoría que hacía rugir de gozo a las máquinas de fabricar dólares; su ausencia se ha tornado mil veces más rentable. Los sumos sacerdotes del capitalismo expoliador se hacen cada día más ricos a costa de la mujercita incomprendida y lúbrica. Ni muerta la dejan descansar. Más allá del feroz capitalismo, lobo que come hombre, Marilyn Monroe es un ángel de museo, lleno de gracia y mar de celuloide.

La sombra inmortal de Norma Jean es una de las creaciones exclusivas de la cultura pop, la mayor expendedora de mitos de la segunda mitad del siglo XX. La década de los sesenta, la de la llegada del hombre a la luna y la guerra de Vietnam, la del mayo francés y las baladas de los Beatles es una apoteosis de gestos informales y rebeldías juveniles que inventan su causa a la par que se ganan el derecho al cuarto de hora de gloria. La edad de oro del pop congeló la instantánea del Ché en Bolivia y la de Kennedy tiroteado en Dallas. Allí baila Juan XXIII con Martin Luther King, mientras Truman Capote se mira en el espejo de su solipsismo. En ese salón de la frivolidad con denominación de origen pocas marcas pueden competir con la de Marilyn, salvo quizá la sopa Campbell, pero comparada con la temperatura de Norma la sopa se quedaría inevitablemente fría.

A PROPÓSITO DE WOODY ALLEN

Woody-Allen-archivo-estatua-Oviedo_1448865570_118919319_667x375Woody Allen es un hombre de otra época que sigue de pie en este tiempo en que los inquisidores sacan punta al lápiz del resentimiento. Woody no ha filmado El nacimiento de una nación, ni Lo que el viento se llevó, no ha alentado ningún tipo de supremacismo, ni en su celuloide late el odio a lo distinto. Es todo lo contrario que un reaccionario, es una flor de progresía que la progresía ha adorado durante décadas, hasta que hace varios años la aparición de un tsunami llamado Me Too arrasó con todos los fundamentos, buenos y malos, de una era y buscó erigirse en la barra del metro de platino iridiado de la nueva normalidad social. Pero habrá espacio para dilucidar sobre esta materia, vamos a lo importante. Las memorias del señor Allen son un prodigio de gracia narrativa y de desorden estructural. Sin capítulos, sin epígrafes, sin líneas de demarcación, un tocho de 439 páginas, que para los muy viciosos, como yo, podrían ser 934. Vaya por delante que soy un lector tendente a la fatiga, que de cada diez libros no termino más allá de tres o cuatro y que aun los que me gustan estoy deseando acabarlos para empezar otros. Por primera vez en mucho tiempo me he encontrado con un libro que no me apetecía que se terminara. Las memorias de Woody me parecen sinceras, escritas con espontaneidad y con un humor apabullante y natural. Este muchacho con gafas de pasta, feo de alta intensidad, ganaba a los 18 años con sus chistes el triple que sus padres. Aunque por la montura de sus gafas y por su cara tuvo pronto fama de intelectual, le gustaban los billares y jugar al baloncesto más que los libros. Se casó por primera vez antes de los veinte años, por su vida han pasado mujeres espléndidas como Diane Keaton, que continúa siendo su amiga y que le ha hecho una impagable foto de contraportada. Mujeres y películas han sido su eje vital. Ha ganado mucho dinero y eso que no se ha plegado a la industria. Dice, con la boca grande, que le hubiera gustado ser otro, que no ha hecho la película que soñó, aunque tiene media docena que no le disgustan. Pero hubiera cambiado toda su filmografía por la obra de Tennessee Williams o la de Arthur Miller. Entre las grandes actrices con las que ha trabajado cita admirativamente a Mia Farrow. Precisamente sus mejores papeles han sido para actrices, que gracias a sus películas han ganado diversos Oscar. Él mismo obtuvo cuatro estatuillas por Annie Hall, pero no acudió a recogerlas porque ese día, lunes, tocaba el clarinete con su banda de jazz.

Allen interpreta bien nuestro tiempo, aunque el suyo, al menos mecánicamente, resulta muy lejano: “No me gustan los aparatitos. No tengo relojes, no poseo cámaras ni grabadoras y aún hoy necesito que mi esposa configure el televisor. No tengo ningún ordenador, nunca he cambiado una bombilla ni he mandado ningún correo electrónico”. Y vamos con el Me Too. Aplaudo y celebro que este feminismo de nueva planta haya sido decisivo a la hora de quitar de la circulación a especímenes como Harvey Weinstein o ese depredador sexual de niñas llamado Jeffrey Epstein, amamantado a la sombra del poder, y encubierto por significados varones del mundo, que terminó ahorcándose en la cárcel. Pero es que eso nada tiene que ver con el affaire Allen/Mia Farrow,

Con Diane Keaton en "Annie Hall".

Con Diane Keaton en “Annie Hall”.

que viene de 1992. En agosto de ese año, la hija adoptiva de Mia, Soon-Yo, se fue a vivir con Allen, de quien es pareja desde entonces. La guerra entre ambos llenó cientos de páginas en los periódicos de todo el mundo, siendo lo realmente grave del asunto las acusaciones de que Allen había abusado sexualmente de Dylan, hija adoptiva de ambos. Por dos veces el asunto fue a los tribunales y en ambas se cerró por falta de pruebas, tras numerosos análisis previos. En sus memorias trata de manera prolija el asunto y culpa a Mia de haber organizado todo el affaire. A mí me resulta convincente, pero en todo caso no se puede condenar a nadie sin pruebas, por muy noble que sea la causa que sustenta la acusación. Lo siento, pero no creo en esa nueva ley física de acuerdo con la cual “la mujer siempre tiene razón”. (Allen). Lo cierto es que este es un tema que se arrastra desde hace más de tres décadas y que hasta hace un par de años no ha avivado a los cazadores de brujas. Tengo amigas que lo adoraban y que ahora lo miran con asco, y eso que conocían sobradamente las acusaciones de Mia Farrow, pero no habían caído en la gravedad de la cuestión hasta que vino el Me Too a abrirles los ojos. En fin, sonó la hora de derribar estatuas, la de Allen de Oviedo sigue en pie. La inmaterial de su cine no hay genio del macartismo que la pueda arrancar de nuestro corazón.

LA BUENA SOMBRA DE RUIZ ZAFÓN

20161117-144116_imagenes_lv_propias_jmanresa_img_9201-k0HB-U4119387347523NE-992x558@LaVanguardia-WebTengo una cabeza prejuiciosa, y por lo mismo tirando a tonta, que me pone en guardia ante los libros que le gustan mucho a mucha gente. No me ocurre a mi solo, ojalá fuera una limitación personal, es más bien una seña de identidad de una tipología de gente aproximadamente culta, mayormente en materia libresca, de natural snob y filiación tal que llaman progresista. La vieja diferenciación entre lectores mecánicos y lectores natos, que fijó la norteamericana Edith Wharton. En todo caso, los hay más tontos y prejuiciosos que yo, que aunque no soy vicioso de los best-seller de vez en cuando me enredo con alguno. Me ocurrió con La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Con esa novela, que no fue un éxito previsible fruto de un gran lanzamiento editorial, me pasó una cosa curiosa. Y es que la vi nacer en las librerías y paulatinamente ir creciendo. Observaba que durante meses, e incluso puede que varios años, iban saliendo nuevas ediciones, de forma nada aparatosa, hasta llegar a convertirse en un poderoso artefacto que ha vendido millones de ejemplares. De manera que lo bonito de aquella aventura, lo romántico, es que no se trató del libro de un autor muy conocido predestinado a arrasar en las librerías, sino un pequeño velero echado al inmenso océano de la letra impresa que termina convertido en un coloso. Fui viendo, ya digo, crecer la novela en las librerías, ganar espacio y un hueco mejor, pero yo tardé bastante tiempo en animarme a leerla. Recuerdo que fue en verano de 2005, en un crucero fluvial San Petersburgo Moscú, menos apasionante de lo inicialmente pensado, cuando me eché a nadar en sus páginas. Y confieso que fue una lectura fascinante, una de las cosas más inolvidables de aquel veraneo ruso. Cualquier libro,58 como todo en la vida, es una disposición de ánimo, de manera que no sé qué me hubiera parecido la novela en otra circunstancia, pero en aquellas relajadas vacaciones fue una extraordinaria peripecia por los tejados, los chaflanes, los desvanes y el cementerio de los libros olvidados de la Barcelona romántica y traumatizada de la primerísima posguerra y de las décadas anteriores, esa Barcelona tan bien contada literariamente por escritores como Marsé, Mendoza, o Mercedes Salisachs. Ruiz Zafón, que acaba de morirse, de ahí esta parrafada, no es un escritor en absoluto intelectual, ni tampoco mediático. Las pocas veces que lo vi en televisión me pareció más bien insulso, incluso antipático y con un discurso literario más bien pobre. En mi caso, tras aquella sombra del viento no me volvió a picar la mosca de la curiosidad, de manera que no he seguido su obra y no tengo un juicio crítico, ni Dios lo quiera. Sencillamente me he despertado con la noticia de su muerte, a los 55 años, y estas cosas siempre convocan un poco la melancolía porque completan la evidencia de que tanto da el éxito como el fracaso, antes o después todo y todos acabamos en el mismo sitio. Carlos Ruiz Zafón lo ha hecho demasiado pronto. Que los ángeles y los demonios de la literatura le den buena sombra.

 

EL HIJO DE GRETA GARBO

UMBRALFrancisco Alejandro Pérez Martínez tuvo una vida rica en novelerías, cuyo material no le valió para ninguno de sus libros. Francisco Alejandro Pérez, etc, conocido en el siglo como Umbral, fue una paradoja en carne viva, en carne mortal y rosa cabría añadir, como lo prueba el hecho de que su prolífica obra literaria, más de cien libros, fuera una continua indagación sobre el yo, pero no para contarse y descubrirse a través de la prosa, sino para esconderse y ovillarse en un último y secreto rincón, tan doloroso como inexpugnable. Detrás de su imagen romántica de escritor en buena medida desusado, con melena al viento y chalina roja o blanca, según las temporadas, de voz impostada y estudiados ademanes a contratiempo, Umbral escondía una comprensible vergüenza, la del niño nacido en la inclusa, criado lejos de los pechos de su madre, sin padre conocido o reconocido; el adolescente amparado o desamparado en la calle, más allá de las aulas de la escuela, que apenas pisó; el chaval de 14 años que encontró trabajo (gracias a la influencia de su padre oficialmente inexistente) en una oficina del Banco Central de Valladolid. Umbral fue el niño que hasta los nueve o diez años creyó que su madre, Ana María Pérez Martínez, era su tía, el que siendo todavía un muchacho vio como aquella mujer, quizá su único asidero, moría de tuberculosis. Fue el que muchos años después compuso una novela tan bella como fabulada y mitificadora sobre ella, titulada El hijo de Greta Garbo. A aquel hombre todavía le quedaba por pasar el trago más amargo rondando los cuarenta años, la muerte de su hijo Pincho, de cinco, víctima de la leucemia. De esa fuente de dolor sin paliativos surgiría su gran libro, Mortal y rosa, el texto que desmiente al Umbral frívolo e insolente, el que fija al prosista intenso y profundo. Umbral, tan poco dotado como estaba para asumirse en toda la dimensión trágica, guardó un silencio cerrado sobre aquel episodio terrible y a partir de entonces, dio vía libre en toda su extensión al personaje provocador, vanidoso y altanero que llevaba dentro, el creado en sus años de lector autodidacta sin otro afán que triunfar a costa de lo que fuese. El silencio sobre la pérdida del hijo fue en general respetado, pero sus nunca aclarados orígenes fueron motivo de curiosidad y comentarios malévolos

Umbral con su hermano, Leopoldo de Luis

Umbral con su hermano, Leopoldo de Luis

en los círculos y covachuelas literarias de Madrid. Él procuró esconder la verdad en un sitio que imaginó infranqueable y así fue echando la vida, escribiendo buenos y malos artículos, libros afortunados y libros sin fortuna, en la idea de que nadie conocería nunca aquello que tanto le dolía: que había nacido en la inclusa, hijo de madre soltera y todo lo que vino después. Pero no hay secreto que cien años dure y la fortaleza se fue resquebrajando, hasta que la profesora Anna Caballé derribó el edificio en que vivió refugiado Umbral. Su biografía  El silencio de una vida es demoledora y con seguridad amargó los últimos tiempos de Umbral. Siete años largos después de su muerte, cuando ya nada podía dolerle al escritor, el periodista Manuel Jabois descubrió la identidad del padre del autor de Las ninfas, el abogado y amante de la literatura Alejandro Urrutia. Supimos entonces también que Umbral y el poeta Leopoldo de Luis eran hermanos de padre. Una noticia sensacional que permitió completar el puzle biográfico de Francisco Umbral. 

LA ESPAÑA ENFERMA

unnamedHay una España enferma, el mal salta a la vista: enferma de politicismo. No es una España política, ocupada en la cosa pública, leída y entendida en los temas de todos. Es una y son dos, pero es una. No es la de la idea, sino la de la rabia. Es endémica y pandémica, sufre el cáncer del sectarismo y dudo que haya médico que sea capaz de curarla. En la parte de arriba de la pirámide están los políticos y es fácil y necesario quejarse de ellos. Ni una circunstancia tan extraordinariamente grave como la que sufrimos les ha servido para olvidar el regate táctico, para mirar más allá, hacia eso que se llama bien común. La enfermedad ha hecho metástasis y se ha transmitido por vía sanguínea a bastantes periodistas. Unos y otros son vasos comunicantes. Aun así, el tema es más grave, porque se contagia de manera difícilmente reversible a través de los tertulianos. Hemos llegado al meollo, a la constatación de que el mal, que viene de arriba, está calando en las regiones intermedias, porque los tertulianos peores no son los que tienen plaza en las radios y las televisiones. Las redes sociales han multiplicado exponencialmente a los tertulianos, ya hay una legión inmensa de comentadores en Twitter, Facebook, WhatsApp que no hablan desde la razón, sino desde el odio. Un odio en buena medida impostado, pero da igual, la semilla se ha extendido y ha germinado en el barbecho mental. Hay una España más manipulable que cultivada, más propensa a la infamia que a la buena fama, que ladra sin cesar, día y noche, y muerde y se regodea en la calamidad. Hay todavía otra España, mayoritaria, que vive y labora, que sufre y desea lo mejor para su país y para su gente, aunque también esa corre el riesgo de pudrirse. Me duele, pero constato que las dos Españas cansinas, resentidas, que se odian con encono, enfermas de rencor, no deben estar tan lejos de las del 36, cosa distinta es que los tiempos y, sobre todo Europa, nos vayan a dejar jugar a nuestro juego preferido. Con estas cosas, no obstante, hay que tener cuidado, porque lo que comienza siendo juego de alta política acaba en la realidad de los bares y un país puede terminar fatalmente dañado. Ahí tienen el caso de Cataluña, artificialmente envenenada por sus castas dirigentes y hoy en cuidados paliativos.

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A políticos y tertulianos les une la misma obsesión politicofóbica: que haya treinta o cuarenta mil muertos a causa del coronavirus, que la miseria se extienda y amenace con arrastrarnos a tiempos sombríos, que la gente sufra uno a uno en su casa, su dolor, su angustia les importa un rábano, salvo en lo que les vale como munición para disparar al enemigo. El otro día, un conductor de la tele (una subcontrata) que me llevaba de aquí para allá me contó que por ocho horas de trabajo gana 43 euros netos… y se me cayó el alma a los pies. Bien, pues eso a nuestros políticos y tertulianos (ya saben Facebook, Twitter, WhatsApp, más periódicos, radios, etc) les importa una higa, si no es en lo que les sirve para acusar al tertuliano de la otra orilla. Ya ven que hablo de tertulianos en plural. ¿Es que es igual la izquierda que la derecha? ¿Es que soy equidistante? No, los que son semejantes hasta el empacho son los tertulianos, y tengo la tentación, que no voy a reprimir, de parafrasear a José Antonio Labordeta y decir: váyanse todos a la mierda.

EDUARDO HARO TECGLEN: LEYENDA DE UN HOMBRE ALTO

Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen era una garantía de excelente periodismo. Escribía desde los acantilados de sus demonios personales y lo hacía con ademanes de aristócrata, sin despeinarse la inteligencia. Tenía estatura de gigante y corazón de lobo tímido. Escribía de todo, como un gimnasta de las viejas linotipias del XX. Era contradictorio, presumió de rojo, pero fue un impacto cuando sacaron un artículo suyo del 20 de noviembre de 1944 en Informaciones glorificando en perfecta retórica falangista a Franco y al Ausente. En aquellos tiempos del viejo régimen franquista, cuando le encargaban un artículo sobre cualquier tema de actualidad, solía preguntar: ¿a favor o en contra?, y en seguida despachaba una pieza magnífica. No era el único que trabajaba con ese criterio, no estaban los tiempos para bromas. Triunfo fue la revista donde más brilló. Sin exagerar, él escribía casi la mitad, utilizando tres o cuatro heterónimos, amén de su apellido marca de la casa: Haro. Luego, en El País llenó muchas páginas. Era un cínico que solo creía en su talento, y al que se le murieron cuatro hijos, y un quinto se tiró por el viaducto semanas después de fallecer él, como una suerte inversa de Cid que arrastra su leyenda negra de Saturno después de muerto. Su faceta más conocida en El País fue la de crítico teatral. No le importaba ser cruel; tampoco escatimaba elogios a los autores y obras que le gustaban, a veces de amigos, aunque con estos, recuerdo ahora a Adolfo Marsillach, también tuvo algún desencuentro a propósito de alguna crítica que no gustó al criticado. En general, solía ser despiadado. Y muy fiel a sus enemigos. Con frecuencia acertaba, porque son más las obras malas que las buenas. Haro y Antonio Buero Vallejo mantuvieron durante años una enemistad legendaria fundada en las críticas del primero y en que Buero era un autor enormemente susceptible. Me contó otro crítico, que cojeaba, Lorenzo López Sancho (cojeaba físicamente, no como crítico) que las noches de estreno Buero se dejaba caer por el pub donde acostumbraba a parar López Sancho. Se hacía el encontradizo y le preguntaba:

Antonio Buero Vallejo

Antonio Buero Vallejo

“Lorenzo, ¿qué te ha parecido la obra?” y si Lorenzo (cuya crítica aparecería al día siguiente en ABC) se permitía algún matiz crítico, don Antonio entraba en cólera. Pero su enemigo por antonomasia era Haro. Hasta el punto de que llegó a estrenar una obra, Diálogo secreto, que gira en torno al drama de un crítico de arte daltónico. La pieza llevaba un destinatario “secreto”: Eduardo Haro Tecglen, pero lo mejor fue la crítica demoledora que este publicó en El País al día siguiente del estreno, titulada: “La ceguera del autor”. Directo y a la mandíbula. Cuando murió, en los primeros compases del nuevo siglo, hacía años que se había retirado a los laberintos de la perplejidad, desde donde disparaba con frases cortas como latigazos y una puntuación heterodoxa, a la manera de un antiazorín. Luego se murió y no alcanzamos siquiera a verlo de cuerpo yacente, porque su físico distinguido se perdió elegantemente en las neveras de alguna facultad de Medicina. Quizá vino a hacerse así realidad, por vía irónica, el deseo confesado en ocasiones por Haro de ser un hombre invisible. En vida no lo consiguió: ni en los periódicos, ni en la calle donde le delataba su estatura. Fue un hombre complejo y un periodista extraordinario. Siles y yo lo admiramos mucho, casi tanto como a Umbral.

 

 

HOMENAJE A PANCRACIO, EL DEL METRO

23960696-antecedentes-uno-de-raza-caucásica-de-negocios-mayor-hombre-tristeza-caminando-silueta-blancoPancracio, el del Metro, fue durante años comentarista de este blog. Un tipo entrañable, eso que se dice una persona auténtica y formal. Muy apegado a sus cosas, a su nostalgia evanescentemente franquista (me da que lo que añoraba era su juventud) y a la prosa de su admirado José María Pemán. En marzo, su amigo Luis Eduardo Siles nos dio la terrible noticia de que Pancracio había muerto. Como a tantos se lo llevó el coronavirus. Esta es una breve antología de sus escritos en “El País de Alicia”. Aquí apareció por primera vez el 15 de enero de 2011.  

 

Pancracio, el del Metro, ha muerto. Lo último que me dijo fue: “En esta España tan querida, tan pendiente durante los últimos años de tejer banderas, de llenar banderas de ideologías, de banderas y más banderas, hicimos tantas banderas que nos olvidamos de hacer mascarillas”. (Luis Eduardo Siles).

 

 

 

Me llamo Pancracio, tengo 78 años y soy viudo. Mi mujer, Encarnita, murió en 2004. Dios no quiso que tuviéramos hijos. Fui el encargado de aquel gran ascensor que había en la estación de José Antonio. El ascensor era muy importante. En 1970, subir o bajar en él llegó a costar dos perras gordas. Hacía muchas horas extra, para que a Encarnita no le faltara nada. No puede usted imaginarse su cara de alegría cuando en 1965, por fin, pude comprar nuestro primer televisor, un Reyfra de 20 pulgadas. Lo pagué en 18 plazos. Yo entraba a las seis y media cada mañana a las oficinas del Metro. Nos íbamos temprano a la cama, y ella me leía, con su voz suave, novelas de Don José María Pemán. Esta mañana me he despertado con parte de la almohada pegada a la espalda y he creído que era Encarnita.

 

 

Señores, aquí ya empiezan a prohibirse más cosas que en la época del Generalísimo. Y no escribo más, que de tanto leer siento unas insoportables ganas de fumar. Yo empecé con los Celtas y seguí con el Marlboro -el sabor del éxito-. Dos paquetes diarios. Una ruina para el bolsillo. Pero los pulmones resisten… ¿Dónde habré dejado el maldito mechero?

 

 

Señor Tirado, buenas tardes. Sigo recuperándome en el hospital ingresado ya desde hace casi seis meses. Yo no conozco a este señor Matamorón, aunque sí llegué a conocer a uno, que se le parecía, que trabajaba en Radio Cadena Española, cuando esta emisora tenía su sede en la gloriosa calle Ayala de Madrid, y hacía un programa nocturno llamado ‘Luces de la ciudad’… Pero la descripción que usted ha hecho es magnífica. Evidentemente este hombre, que anda bien entrado en carnes, se parece a Balzac, no a mi admirado don José María Pemán.

 

 

Señor Tirado, gran reportaje el que ha hecho usted en ‘Informe Semanal’ sobre los libros. Pero, ¿por qué no ha hablado nada de don José María Pemán?

 

 

Señores, me he tenido que levantar de la cama porque me encontraba mal. Me acabo de tomar mi pastilla para la hipertensión. La verdad, tal vez debí de ir aquel 23-F a Las Cortes en mi Simca 1.000 y no haber hecho caso a mi Encarnita. Aunque lo mismo no hubiera encontrado a Tejero y me hubiera terminado fumando un cigarrillo con Santiago Carrillo.

 

Tenga usted buenas tardes, señor Tirado. Yo no he leído casi nunca a Julio Camba, a quien usted glosa de maravilla. Y eso que escribió en el ABC, que ya saben ustedes que es mi periódico de toda la vida. A mi me gustaban Jaime Campmany y Lorenzo López Sancho. Pero seguro que Julio Camba ha sido un grande. No me cabe duda si lo dice usted, señor Tirado, y le da la razón el señor Macaón, que, desde su plausible modestia, sabe de esto. Seguro que Julio Camba no utilizaba gerundios, que es lo que está matando al periodismo: Los gerundios. Don Manuel Vicent ha dicho que “un periodista es un señor que escribe de lo que no sabe: Deprisa, de noche y borracho”. Pues bien, peor que todo eso es un gerundio.

 

 

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LOS BOSQUIMANOS

los-bosquimanos-san-gente-cantando-y-bailando-danzas-tradicionales-alrededor-del-fuego-delante-de-la-cabana-el-desierto-de-kalahari-namibia-africa-rprxt5Cuenta Zein Zorrilla que allá por los años 60, cuando las exploraciones de los pueblos primitivos embriagaba a los estudiosos de Occidente, una expedición se instaló en el desierto del Kalahari a estudiar la vida de los bosquimanos. Regaron de instrumentos los arbustos que les proporcionaban la sombra, de cámaras de televisión las cuevas que los protegían de las tempestades, de sensores de pisadas las orillas de los ríos y sus abrevaderos. Pero en la misma medida en que los sabios de Occidente estudiaban a los primitivos, eran asimismo motivo de una investigación en sentido inverso. Embadurnados los cuerpos de barro, los bosquimanos rastreaban las huellas de las botas occidentales en la arena nativa, husmeaban las latas vacías de extrañas conservas de pescado, registraban minuciosamente los movimientos de los hombres blancos. He ahí la gran metáfora que une a los hombres, con independencia de su estadio histórico y de desarrollo: la capacidad de mirar y ser mirados, de ver y ser vistos. No hay instrumento de espionaje más sutil que unos ojos bien abiertos. Todos somos espejo que refleja y reflejo en el espejo. A partir de ahí unos y otros ponen en pie las correspondientes interpretaciones, las teorías, pero eso siempre pertenece a un orden secundario.Los bosquimanos, los pigmeos, los tuareg… pueblos hechos a la medida del antropólogo. ¿Cómo no recordar, justo en este punto, la frase de Octavio Paz: “Los remordimientos de Occidente se llaman antropología, una ciencia que, como dice Levi-Strauss, nació al mismo tiempo que el imperialismo europeo y que lo ha sobrevivido?”.bbbosquimanos

 

 

PAVESE O EL ARTE DE NO SABER VIVIR

Cesare_Pavese_d3d26ba266b71cfc0dbc55267c3c1729El arte de vivir, anota Cesare Pavese en su diario, es el arte de saber creerse las mentiras. El escritor italiano intentó construir un sistema de embustes para seguir en pie, pero no estaba dotado para el autoengaño. La idea queda reafirmada en este apunte de su diario: “Yo sé, por convicción, por certeza matemática que ninguna alma puede cambiar de naturaleza y tal como uno ha nacido, así se arrastra hasta la tumba!”. El oficio de vivir es un diario río que se prolonga durante quince años. Y en todos sus afluentes encontramos el mismo latido sin esperanza. Se diría que todos los caminos de Pavese conducen al suicidio. Lo trágico es que no encuentra disfraz que le sirva en el gran carnaval que es la vida, de suerte que torea a cuerpo limpio, sin mentiras consoladoras, sin más burladeros que las burlas con que se zahiere a sí mismo. A Pavese le gusta la vida, pero no sabe vivir. Le apasionan el sexo y las mujeres, pero no tiene dotes de seductor. Así se lo cuenta él mismo, y nos lo cuenta, en las trágicas páginas de su diario. El 25 de diciembre de 1937 escribe: “Si joder no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí”. La frustración deriva en odio y en una apoteosis de la misoginia. En una anotación del 9 de septiembre de 1946 leemos: “Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán”. Hay escritores como el rumano Cioran que se pasan la vida haciendo apostolado literario del suicidio, disparando metáforas desde la trinchera filosófica del nihilismo, pero pasan los años, el estilo se torna manierista, los títulos de las obras se multiplican y el defensor del suicidio sigue de pie, aguantando las tarascadas del tiempo, haciendo literatura, como quien juega con un mecano. Hay otros escritores, como Cesare Pavese, que avisan de que terminarán disparándose una bala, aPavese o la frustración amorosa sabiendas de que no tienen otro modo de salir del laberinto. Pavese se echó un sueño eterno con somníferos cuando le faltaban menos de dos semanas para cumplir los 48 años. Antes, había intentado, de mil maneras, adiestrarse en el oficio de vivir, con nulos resultados. Su diario es un largo proyecto personal, un recuento de fracasos, pero también un inventario de afanes. El poeta desea descubrir los rudimentos para seguir viviendo, sin embargo carece de habilidades. La vida práctica, escribe, es astucia y nada más. Astucia, justo lo que a él le faltaba. Entresacamos de su diario: “Se da limosna para quitarse de delante al miserable que la pide”. A Pavese le sobraba orgullo y lucidez para pedir una limosna de esperanza con que hacer frente a la desesperación vital. El diario se cierra así: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. Unas páginas más atrás había teorizado: “Los suicidios son homicidios tímidos”. Ni siquiera en ese acto supremo se concedió Pavese un poco de grandeza. Ni como suicida reivindicó su singularidad.

500 PALABRAS SOBRE LA NUEVA NORMALIDAD

barco-que-se-hunde-ivan-aivazovsky_1Cuando Alicia, que tiene once años, ve una película en la que los personajes fuman reacciona entre la extrañeza y el escándalo. Entonces le cuento que hasta un par de años antes de que ella naciera fumar era una costumbre social perfectamente consentida, que se practicaba en todos los sitios y a cualquier hora. Algo parecido me ocurre a mí cuando veo una película en la que con completa naturalidad la gente se da la mano, se abraza, se besa. A mí nadie tiene que explicarme la prehistoria, y, sin embargo, a veces tengo un movimiento inicial de desconcierto. O me ocurre, al revés, que me encuentro en la calle con un amigo y maquinalmente le extiendo la mano para dársela con efusividad, hasta que noto la sorpresa en el otro y comprendo mi torpeza social momentánea. Que el virus nos ha cambiado la vida es observable sin necesidad de microscopio social, de qué manera esto vaya a ser provisional o no, de media o larga duración, se me escapa a mí y a cualquiera. Hemos tenido la mala fortuna de que se nos haya cruzado por el camino de nuestra vida normal esta maldita pandemia, que ha venido a variar nuestro modo de estar en el mundo. Claro que, visto desde otra perspectiva, podría uno pensar que no todas las generaciones tienen la oportunidad de asistir a un fenómeno inaudito y asombroso, universal y tal vez revolucionario. Nos dé pereza o no, a mí desde luego, enorme, puede que estemos en el preludio de un mundo nuevo. Y, además, lo hacemos a la vez como actores de un reparto coral inmenso y como espectadores, aunando así la doble condición que Ortega y Gasset establecía a la hora de clasificar los impulsos básicos de la gente. Si por un curioso y en extremo irónico cambio de guión el futuro nos obliga a ir por la vida con mascarilla, en un eterno carnaval, emulando así, sin perspectiva de género, a los millones de mujeres que han hecho del velo y otras mascaradas su seña de identidad, habrá que tomárselo con humor o en dos tazas, pero la cosa tendrá coña marinera. Situados en medio de la tormenta se me ocurre que este sería un momento soñado por Pangloss, el personaje del Cándido, de Voltaire, que hizo del optimismo su ley de vida, de manera tan obstinada que lo reforzaba ante cualquier tragedia. Cuando Cándido, Pangloss y Santiago se embarcan hacia Lisboa, una tormenta sacude el barco y Santiago cae por la borda. Pangloss detiene a Cándido cuando este se dispone a saltar al mar para salvarlo, argumentando que la bahía de Lisboa se ha formado para que Santiago se ahogara en ella. Al Pangloss volteriano todo lo que está sucediendo desde que la Covid-19 habita entre nosotros le vendría como anillo al dedo para su optimismo sin mácula, incluidos, por supuesto, los cientos de miles de muertos que la pandemia se ha cobrado. Todos serían pocos para celebrar la nueva normalidad.