La tristeza del domingo

El domingo no es exactamente un día y encierra por lo menos dos domingos: el primero alcanza su plenitud cuando los bares y los paseos rebosan de gente vitalista. “Centro en aquel instante/ de tanto alrededor/dije: Todo completo. ¡Las doce en el reloj!” (Guillén). El segundo, el enconadamente domingo, es el que llega conforme cae la tarde, ese kilómetro cero de la tristeza donde uno no sabe muy bien qué hacer ni para qué. La sombra melancólica del domingo, una criatura que lleva en sus entrañas el infortunio del lunes, es un espantajo que cada cual va aplazando a su modo. Los aficionados al fútbol se hacen la ilusión de que un partido puede ser su tabla de salvación. Los hay que acuden al cine o al teatro, o a tomarse un chocolate con tortitas con nata. Pero el partido, la película, las tortitas se acaban y el domingo, cada vez más corto, pero no menos cruel, acecha. Es el final del ciclo, la venganza del calendario. Hay quienes sienten tanto pavor al domingo que tal vez disfrutan la isla prodigiosa del viernes, pero empiezan a sentir el sábado noche la desazón, que es presagio, de una fecha maldita para la que no existe escapatoria, a menos que uno esté jubilado, laboralmente muerto, y no viva en una semana con días sino en el limbo de los almanaques. Con el tiempo vamos aprendiendo a resistir esa calamidad a fecha fija, pero cualquiera que no haya sido derrotado por la memoria guarda una colección de tardes de domingo en las que lo raro fue haber sobrevivido en el corazón de la desdicha.alc09

Buero Vallejo: un centenario en el olvido

Antonio Buero Vallejo

Antonio Buero Vallejo

Mi amigo Luis Eduardo Siles celebra el teatro como una fiesta permanente. Como en tantas cosas nos parecemos también en esa. La otra noche, mientras esperábamos a que se abriera el telón de “Escuadra hacia la muerte”, en el María Guerrero, me comentó: “He soñado que tú y yo repentinamente ganábamos mucho dinero y que lo dedicábamos a montar una obra de Buero Vallejo”. No sería mal destino el de ese dinero que no tenemos. Yo ni en sueños.

Lo cierto es que ambos llevamos algún tiempo lamentando y preguntándonos cómo es posible que en el centenario de Antonio Buero Vallejo no haya ninguna obra suya en los escenarios. Esa misma queja, suave, respetuosa y apagada, se la he leído a su viuda, la actriz Victoria Rodríguez, que anda por los ochenta. Buero salía en mi libro de COU junto con Lorca, Valle y Mihura y otros colosos de la escena. Cuando llegué a Madrid, en el 79, asistí a la representación de su obra “Jueces en la noche” en el Teatro Lara. Y apenas unas semanas más tarde, dado que yo era un buscador irresistible de la gloria en los periódicos conseguí que Emilio Romero me enviara a hacer una entrevista a Buero. De manera que allí estaba yo de pronto, en un mediodía remoto e impensable, en su casa burguesa del barrio de Salamanca cara a cara con una figura impresa en los libros de texto, que era tanto o más que salir en los billetes de mil pesetas. Yo me recuerdo pedante hasta el empacho, preguntándole por teatrófilos y teatrófobos, y a él educado y parsimonioso, pegado a su pipa de hombre sin prisas, de pensador sereno.

Saco a colación el recuerdo personal porque estoy convencido de que las anécdotas vividas “en primera persona”, como tan cansina y ridículamente se dice ahora, pueden servir para impregnar a la escritura de más autenticidad, o al menos de más gancho, pero la gracia o el drama no está en que yo entrevistara a mis 18 a Buero, sino en que sus cien estén pasando inadvertidos, sin que nadie encuentre un texto, un pretexto, un reparto, un teatro para llevar a las tablas alguna de las grandes obras de este autor, que fue clásico en vida. No sé si los estudiantes seguirán teniendo a Buero en sus temarios, pero lo que no es de recibo es que ninguna de sus obras esté en los escenarios. Qué menos que en este 2016 se hubieran puesto en pie montajes como “La fundación”, “El concierto de San Ovidio” o “El tragaluz”.

Victoria Rodríguez

Victoria Rodríguez, viuda de Buero

Pareciera una ironía, que a él le sacaría una sonrisa más socarrona que amarga, que en este centenario de Buero quien tenga una obra en el Teatro María Guerrero sea Alfonso Sastre que fue su eterno rival, su cordial, o no tanto, enemigo en el modo de entender el hecho teatral durante el franquismo. Buero fue un posibilista, empeñado en medirse a la censura y llegar hasta donde fuese posible en su denuncia y crítica de la situación, en tanto que Sastre propugnaba un teatro escrito como si no existiese la censura, aun a riesgo cierto de no ser representado. A propósito escribió Buero: “Cuando yo critico el imposibilismo y recomiendo la posibilitación, no predico acomodaciones; propugno la necesidad de un teatro difícil y resuelto a expresarse con la mayor holgura, pero que no sólo debe escribirse, sino estrenarse. Un teatro, pues, “en situación”, lo más arriesgado posible, pero no temerario”.

La obra de Sastre, “Escuadra hacia la muerte”, que puede verse en el Teatro María Guerrero es magnífica. De ella hablaré en otro momento.

Sublime Raphael. Colaboración especial de Luis Eduardo Siles

00-000858IRaphael ante 10.200 personas en el Palacio de Deportes de Madrid. Lleno. Lleva 55 años sobre el escenario. El público entregado… Escándalo. Chás, chás, chás, chás, escándalo, esto es un escándalo, y ahí está Raphael, sí, de negro, artista, como siempre, como nunca, es aquel, sigue siendo aquel, por él no ha pasado el tiempo, ni las enfermedades, ha pasado el público, ahora lo aclaman y lo siguen los hijos y los nietos de sus primeros fans, pero Raphael, eterno, es aquel, el que te eeespera, el que te amaaa. Una buena canción es el recuerdo de un instante, de una persona, de un momento. Ahí está Raphael, decía, como el primer día que lo vi en un concierto, en el teatro Monumental de Madrid, donde pusieron uno de esos grandes carteles de los que antes se colgaban en las fachadas de los teatros y de los cines de Madrid, RAPHAEL, rodeado de luces amarillas, en el Monumental estuvo mucho tiempo Raphael, y el concierto lo anunciaban en un faldón del diario ‘Pueblo’ de Emilio Romero, a veces en las páginas de Deportes, debajo del artículo de Miguel Ors o de Pedro Escartín. O aquella noche de 1969 de Galas del Sábado que paralizó España, Laura Valenzuela y Joaquín Prat, y después de mucha espera, de muchos teloneros, Raphael apareció en la pantalla de la tele en blanco y negro desde lo alto de unas escaleras, cantando, el camino que lleva a Belén, prorropómpóm, porque casi era Navidad… Y ese capote de torero que cogió en la aldea de El Rocío y se puso a torear sobre el escenario, con mucho arte, Raphael es andaluz, en junio de 2009, con miles de sillas cubiertas y mucho público de pie. Porque Raphael es de todos. Del devoto del Rocío y de la alta “sosiedad”. Qué escándalo.

Pero vuelvo al concierto de este viernes en Madrid. No es el teatro Monumental, ni El Rocío, ni están Laura Valenzuela ni Joaquín Prat, sino Juan Antonio Tirado, que es Joaquín Prat a su manera. Y nadie lo dudó. Era una gran noche. Sobre Raphael han pasado los años, pero no sobre su música –que es eterna-, ni sobre su voz, ni sobre su capacidad artística. Nadie llena conciertos durante 55 años a decenas de miles de personas si no es un genio. No un talento. Un genio. Raphael ha vendido estilo. Pero sobretodo ha vendido voz. Es un cantante sublime. Voz y estilo. Y su música se coló en nuestras vidas desde una radio remota de nuestra infancia.  El triunfo de Raphael es el triunfo de la familiaridad. Es uno más de la familia. Por eso, cuando en un concierto suena uno de sus temas clásicos, él calla, la orquesta toca, y el público canta.

Sus últimos temas se han hecho intimistas y reflexivos. Y llevan dentro la melancolía del paso del tiempo y de las heridas de la vida. “Yo pasé de la niñez a mis asuntos”. O ese otro tema que

Luis Eduardo Siles

Luis Eduardo Siles

habla de la soledad del artista tras los aplausos. La copa de gin tonic que va al suelo y no a la garganta. O ese espejo que Raphael rompe con furia lanzándole un taburete. Porque Rapahael, sí, ha sido siempre un transgresor desde dentro, hasta que el espejo se ha hecho añicos y los cristales se han quedado esparcidos por el suelo. Cristales rotos.

Y ahí se queda Raphael, después de casi tres inolvidables horas de música, aclamado, aplaudido, bendecido, en otra gran noche, fue una gran noche, Raphael siempre, único, ahora y en los recuerdos, en la memoria, maravilloso corazón, maravilloso, ¿te acuerdas?

 

Cuídense de William Hill

balónAprovecho que el Támesis de las apuestas mafiosas del tenis pasa por la BBC para relatarles mi cuento. Soy hombre de natural recatado, tirando a timorato, lo que me hace poco proclive a jugarme esposa, hija y casa al póker, aun así tengo mi corazoncito de azar y un cierto gusto, que es regusto, pronosticador. Tales cosas me llevaron la temporada de liga pasada a probar suerte en una de las grandes casas de apuestas, concretamente en William Hill. Me acogí a una oferta, según la cual si invertía 100 euros la casa me regalaba otros 100. Y de este modo comencé a hacer mis cautelosas apuestas, rara vez más de diez euros, casi siempre relacionadas con el Atlético de Madrid: que si ganaba, lo que daba por descontado; que si el primer gol lo conseguía Koke, que si marcaba antes del minuto diez de la primera parte, que si ganando no marcaba hasta el segundo tiempo, aproximadamente etcétera. Como no eran pronósticos arriesgados y como el Atlético ganaba más que perdía, fui consiguiendo unas modestas cifras. A veces un paso atrás, pero moviéndome en la zona próspera. Hasta que llegó el gran día. Partido Atlético de Madrid- Real Madrid en el Calderón. Lógicamente, di por vencedores a los rojiblancos, pero además hice otra apuesta a que el encuentro terminaba 4- 0 y una tercera a que marcaba algún gol Mandzukic. Salió calcado. A cinco minutos del final marcó Mandzukic, de modo que hice pleno. Había apostado modestas cantidades: 10, 5 y 2 euros respectivamente. Aun así gané casi 300 euros. Calculen el gozo por la paliza al eterno rival y el añadido de la ganancia en las apuestas. Es de no contar.

Fui cuadrando las apuestas de manera que terminé la temporada justo con 300 euros a mi favor. Y fue ese el momento en que decidí recuperarlos. Algo me hacía presentir que me regatearían cien euros: los que me regalaron de entrada. Podía entenderse que era un préstamo para jugar. Pero no ocurrió así, sino que ateniéndose a no se sabe que recóndita y leonina cláusula, según la cual tenía que haber hecho no sé qué número de movimientos, se negaron a reembolsarme mi dinero. Mail va, mail viene. Amenaza de ir a los tribunales y ellos que se la trae al fresco. Como quiera que mi mujer es abogada, y no me cuesta nada meterme en pleitos, decido hacerlo, más que nada por la rabia y la impotencia que da un timo que supone un fraude y un engaño al niño que es uno y que es quien jugaba a la cosa. Pero como los asuntos de juzgados van despacio, hartos ya de idas y venidas, de papeleos y zarandajas, a la altura de julio decidimos abandonar el empeño, perder el pulso y no seguir envenenándonos con asunto tan lamentable. Echen un vistazo en Internet y verán que tanto William Hill como otras casas gemelas están llenas de quejas y denuncias por lo que es una constante tomadura de pelo, un engaño consentido. Estas marcas de apuestas están radicadas en Gibraltar y en otros puntos sin ley y son las que alimentan en buena medida a los programas deportivos, en lo que es un inmenso engaño masivo. Que las apuestas llevan en sí mismas un grado de adulteración de las competiciones me parece evidente. Que sea territorio de las mafias internacionales, como parece que ha ocurrido en el tenis, tampoco me extraña. Modestamente, y en lo poco que yo puedo hacer al respecto, recomiendo a mis amigos lectores y a sus conocidos que no caigan en la tentación de darles un euro a esta gente. Sé de lo que hablo. Al menos, sé que William Hill no toca, sino que mancha todo lo que toca. Ese era el cuento del día.

Quítense el hiyab con Houellebecq

Michel Houellebecq

Michel Houellebecq

Hoy quiero comentar y compartir mi gusto por una novela que acabo de leer. Se titula Sumisión y está firmada por un escritor francés raro, polémico y con muchos atributos literarios, llamado Michel Houellebecq. Está considerado una “star literaria”, lo publicitan como la mayor después de Sartre, ya saben que los franceses adoran a sus grandes autores, los celebran como un fruto natural y envidiable de la francofonía. Ni contarles quiero lo lejos que estamos en España de caer en semejante y admirable pecado de francesía.

A Houellebecq le persigue la polémica, que a él le resulta, supongo, grata, y de hecho esta novela apareció con el sello del escándalo, pues el día previsto para su presentación París amaneció con el ataque criminal contra la revista satírica Charlie Hebdo, con la firma de un grupo terrorista islamista. Es posible establecer alguna relación entre estos hechos y el libro, pero solo lateral y meramente temática, nunca de intención ni significado. Uno podía suponer que fuese una novela en algún sentido panfletaria, dado el carácter de enfant terrible de Houellebecq (H), pero aparten de la cabeza ese prejuicio. Rien de rien.

SuEs una historia desarrollada en 2022 en Francia, cuando tras ganar el Frente Nacional la primera vuelta de las elecciones presidenciales, se unen para la segunda vuelta el Partido Islámico Moderado y el Partido Socialista para evitar el triunfo de los ultraderechistas. Los islámicos forman gobierno, con el apoyo socialista, y desarrollan un progresivo programa de islamización de la sociedad francesa. Desde la prudencia y un gran sentido de Estado, el Partido Islámico Moderado va cambiando radicalmente la cara del país, sin que se produzcan enfrentamientos ni revueltas ciudadanas contra lo que es un resultado natural, y para la mayoría deseable, de la voluntad emanada de las urnas. La novela puede considerarse una distopía, pero no en el sentido de las denuncias formuladas en 1984 o Un mundo feliz, sino como una radiografía de un mundo posible en una Europa decadente que ha abdicado de creencias e ideales comunes para ubicarse en un individualismo hedonista y a la postre desencantado. El islamismo es una posibilidad atractiva, como podría serlo el catolicismo o alguna otra forma de fe o afirmación colectiva.

No les cuento más. En realidad, más allá de la sugestión argumental, la novela permite muchas lecturas, la que yo he apuntado es solo una entre las múltiples posibles. Y, sobre todo, Sumisión es un prodigio de escritura, de prosa tan sencilla como cargada de relieve. Un libro breve, pero que se hace mucho más corto de lo que es. Chapeau, monsieur Houllebecq.

El último hurra. Colaboración especial de Pedro Soler

aaadebateLa curiosa escena de los anfitriones del “último debate” intentando proteger a sus invitados de una lluvia intempestiva solo fue una alegoría de lo que sucedería media hora más tarde en un debate que no sabemos cuánto será de decisivo. Los “dos pesos pesados” de lo que sus oponentes llaman la vieja política no tenían que mojarse porque ya venían empapados por sus propias goteras y solo se trataba de ver quién podía salpicar más al otro, pisar menos charcos y, llegado el caso, embarrarlo todo para salir airosos de un enfrentamiento que los dos tenían más perdido que ganado antes de salir al terreno de juego.

La comunicación política es caprichosa. Llevábamos décadas acostumbrados a considerar los debates como un regalo de los gobernantes, como un hito de nuestra imperfecta democracia en la que los asesores ejercían de prohombres de la política, imponiendo sus propias reglas a los medios de comunicación: desde la altura de la mesa, hasta la temperatura del estudio o el tamaño de los planos de sus protegidos. Todo era válido con tal de exhibir el sacrosanto y lucrativo debate de unos candidatos dispuestos a interpretar cualquier papel con tal de poder emular los prototipos de “el ala oeste de la Casa Blanca” para instalarse durante unos años en la Moncloa.

Pedro Soler

Pedro Soler

Pero las viejas reglas se han hecho añicos desde el momento en que los espectadores han tenido oportunidad de comparar, no sólo candidatos, sino también formatos. La política espectáculo arraigada durante décadas en EE.UU. ha irrumpido como un nuevo género televisivo en nuestro país, para entretenimiento de los espectadores y, sobre todo, para deleite económico de las cadenas que han alcanzado con la telecracia cotas de audiencia equiparables a sus mejores producciones televisivas.

La primera regla de la comunicación política: “combatir el aburrimiento”, se ha ensayado con éxito gracias a la irrupción de unos nuevos actores emergentes, que en su calidad de secundarios, interpretaron con acierto el guión de unos nuevos cara a cara, primero de modo informal en una cafetería, más adelante a través de Internet, luego a cuerpo descubierto con los dos representantes del convencional bipartidismo, pero en un formato novedoso que permitía al espectador atiborrarse de todos los detalles gestuales de los candidatos, esos que según los expertos en comunicación no verbal calan mucho más que sus mensajes en los posibles votantes.

Con estos antecedentes, el formato del cara a cara entre Rajoy y Sánchez estaba abocado a un presumible fracaso. No se trataba de innovar reduciendo el tamaño de la mesita, que aderezada con la presencia del moderador invitaba a una partidita de cartas. La propia escenografía, con un fondo aséptico, llevado al extremo de blanco inmaculado, parecía pensado para orquestar por detrás de los candidatos toda una galería de memes en las redes sociales. O una sintonía que parecía inspirada en los cómicos capítulos de “españoles por el tiempo”.

Y es que el tiempo no perdona. Un gran comunicador, como Manuel Campo Vidal, habrá tomado nota de la facilidad con la que una fórmula consagrada puede convertirse en esperpento si hasta el propio esperpento se convierte en una moda.

Moderar un cara a cara no es tema menor, sobre todo cuando estás compitiendo con formatos exitosos. Pero el riesgo del ridículo se podía haber minimizado separando al moderador de ese enfrentamiento, cantado de antemano, y colocándolo, por ejemplo, en la posición del director de orquesta prudentemente distanciado y al que solo se le enfoca cuando es estrictamente necesario.

Poco importa ya quién ganó o quién perdió este debate, si la acritud de Sánchez le restó o no estatura de estadista, si la imagen de Rajoy podía compararse con la de aquel Nixon cansado frente a un Kennedy más bronceado o si, por el contrario, emulaba a un Reagan que a una edad vetusta afirmó en otro debate no querer aprovecharse de la inexperiencia de su contrincante. Poco importa, porque lo cierto es que el propio formato de este cara a cara ya es historia, y con él, unos participantes que, visto lo visto, parecían estar entonando el último hurra.

Pedro Soler es periodista e investigador en comunicación audiovisual. @psolertv

Los siete nombres de nuestra leyenda o de la farsa. Por Daniel Rivas Pacheco

La Transición parece ser capaz de crear debates pero normalmente no: las posturas terminan siendo juicios discriminatorios. Hoy en día da la sensación de que nada es cierto. Antes, sí: hace unos años ese periodo histórico tuvo su gloria, sus adjetivos sonoros y un poco vacíos, y, ese aire de jugada maestra en la que solo unos pocos se quedaron con la cara de tonto mientras los demás sonreían. Menudo triunfo.

 

Puede que la Transición fuese un milagro, una coincidencia, una chapuza o una mentira perfecta. Cuarenta años después, dudamos. La historia es flexible y esta da juego.

 

Entre los libros dedicados a desmenuzar el tema, el de Juan Antonio Tirado, Siete caras de la Transición, es una alegre novedad. En la obra, selecciona a los que considera protagonistas. Hay un repertorio con franquistas hasta la lágrima, como Arias Navarro; otros que lo fueron pero la responsabilidad les cambió el uniforme, como Adolfo Suárez; habla también de ese hombre ante todo ambicioso, pero errante, como Manuel Fraga. Y, del técnico de la ley, Torcuato Fernández-Miranda y su pupilo, Juan Carlos I. Y por supuesto está Santiago Carrillo, el enemigo necesario. Entre ellos, Tirado añade una sorpresa: Carmen Díez de Rivera, nacida de las entrañas nobles del régimen y que dulcificó ante Occidente la imagen de los otros seis protagonistas.

 

Tirado presenta sus biografías, cruza sus caminos y con la hemeroteca, contextualiza sus pasos en las arenas movedizas de la España de 1976. El libro es, sobre todo, pedagógico. Y creo en este adjetivo como el mejor elogio a un trabajo de la Transición.

 

Porque queda menos de un mes para unas nuevas elecciones generales en España, y van doce sin el dictador, y ese momento histórico es parte del debate. En un costado, escriben los soldados de élite, tiradores que encañonan a los revisionistas. Quizá protegen la memoria de sus años dorados, sin admitir reproches, porque siempre es bonito querer un poco al yo del pasado. En el otro lado, hay voces que se revolucionan y señalan esos años como el origen del dolor de España. Juan Antonio Tirado actúa en el medio y se queda con los testimonios, las biografías y las hemerotecas.

 

Siete caras de la Transición puede ser uno de los mejores libros para que cualquiera, en 2015, se sumerja en la Transición, en medio de la disputa histórica. Y, la intente entender más allá de los datos que nos hablan de dos universos paralelos que pelearon tras la muerte de Franco. La calle vivía en tensión, sin abandonar la lucha pero con miedo de estar alimentando, al mismo tiempo, los músculos tensos de los militares. Y, el poder político se agarraba a sus tronos sin saber que el suelo tenía trampillas ocultas.

 

Sí, discutamos desde aquí: desde los protagonistas. No fueron más que hombres y mujeres con ambición, con errores y aciertos, y con un poco de suerte. Y será más fácil, después, situarse en el campo de batalla. La versión de los hechos cambiará mil veces más, sin duda. Pero si entendemos a Suárez, al rey, a Carrillo y a los demás en su contexto, quizá sea más sencillo medir si esto de la Transición fue un fracaso, un acierto o una leyenda.

Daniel Rivas Pacheco es periodista.

La leyenda del Comercial. Por Luis Eduardo Siles y Juan Antonio Tirado

 

A comercialLos abajo firmantes hemos vivido tantas horas leves, felices, amables, ajenas casi siempre a la gravedad de la vida en las mesas del Comercial que la noticia bomba del cierre del café ha impactado sobre nosotros con la fuerza con que llegan los avisos que informan de la muerte de alguien cercano. Y, naturalmente, que lo es, la biografía de uno se conforma con las vidas de los seres queridos y con el recuerdo de los lugares en que a menudo fuimos dichosos, con la modestia con que siempre hay que escribir esta palabra. Lo peor, en nuestro caso, es que no lloramos por la muerte de un fragmento irrecuperable de nuestro pasado, sino que lo hacemos por un sitio que es presente vivo, que lo fue hasta el domingo, un día antes del cierre, en que estuvimos por última vez en su terraza, con Alicia, infantil, sentimental y atenta a las cosas del mundo, que ha llorado este mediodía cuando se ha enterado de la noticia. Entre rentas de alquileres antiguos y nuevos “burguers” y mierdas están arrasando con las cosas que teníamos por más propias. Supongo que será el progreso, pero en París siempre que vamos está el café Flore. Aquí si tuviéramos la torre Eiffel se la venderíamos a un chino para que fabricara cáscaras de aire vacío.

Como ha escrito en Facebook Esteban Orive esto no puede quedar así, hay que hacer algo. Nuestra entrañable, de corazón inabarcable, Pilar Ortega ha dicho: “Una gran tristeza es lo que siento… De acuerdo contigo : venderían la torre de Eiffel … Y mis memorias en el Comercial van unidas a nuestra amistad”. Lola Clavero ha apuntado: “Es muy triste. Ahora construyen cafés con estética decimonónica. ¿Por qué no conservan mejor los originales? Es un sinsentido de muy mal gusto.

Los viejos cafés son el espejo de una ciudad, sea Madrid, Sevilla o Pontevedra, esos cafés huelen a café, pero en su atmósfera flota un clima de eternidad mezclado con el murmullo de los contertulios y el sonido de las cucharillas, de clientes vivos y muertos, de pasado y futuro, de presente detenido en el poeta anciano sentado en solitario en una mesa porque todos sus amigos ya murieron.

El café más antiguo de Madrid era el Comercial, ubicado en la glorieta de Bilbao, que data de 1887, al que Enrique Tierno Galván acudía todas las mañanas, muy temprano, antes de ir al Ayuntamiento, a desayunar churros con chocolate, y algunos días redactaba allí uno de sus bandos municipales, que eran siempre una maravilla de palabra exacta y castellano clásico. El Comercial seguía con el mismo mobiliario, la misma luz, la misma atmósfera, la estudiante extranjera que se interesa por algún escritor español y que siempre parece la misma, de modo que las horas, los días, los años y los siglos, se detienen en la taza humeante del café. El Comercial tiene en invierno su mejor hora sobre las siete de la tarde, cuando las mesas se llenan de gente y un murmullo de voces envuelve el apresurado ir y venir de los camareros con su chaqueta blanca de camareros de toda la vida. Hubo quien dijo que al café se va huyendo de un hogar mediocre.

Ya quedan pocos famosos en los cafés. Casi nadie escribe a mano en las mesas. Hay quien llega y enciende el ordenador portátil. César González Ruano fue el último escritor vestido de escritor y viviendo en escritor que hubo en Madrid. Pero queda el café. Quedaba el Comercial. Empieza la leyenda.

 

 

Pepe Hierro y mi primer móvil

hierro PepeLa tarde en que se murió Pepe Hierro, diciembre más que mediado, yo me había ido al Vicente Calderón a ver a mi equipo, que jugaba con el Racing de Santander. Entre santanderino y madrileño era el poeta de Tierra sin nosotros. Yo había llegado al estadio del Manzanares a las seis menos cuarto, quince minutos antes de que echara a rodar el balón. Apenas había fijado el culo en la grada cuando por los altavoces del campo escuché lo que jamás habría sospechado: mi nombre. Juan Antonio Tirado Ruiz y tal y cual. Tengo que constatar lo que dicen los malos periodistas, que la sensación fue indescriptible. El hormigueo que me recorrió el cuerpo conformó una sinfonía dramática escrita en clave policiaca. ¿Qué había podido ocurrir en torno a mi vida para que mi nombre compuesto y mis dos apellidos sonaran como una canción desolada en el recinto del Manzanares? Cualquier cosa imaginable, y todas malas. No era de creer que me hubiesen sacado a la carrera del campo para darme una buena nueva, tal cosa sería imperdonable. Barajé las muertes de mi padre, de mi madre, de mi hermano, de alguna de mis hermanas mellizas, de mi suegro, de mi suegra… ¿de mi mujer? Incluso, aunque acababa de dejarla en casa y supuse que era suya la llamada. No es que uno tenga un espíritu dramático, que lo tiene, es que vocear a alguien a través de la megafonía de un estadio es asunto grave.

 Lo que ocurrió fue lo mejor que podía esperar, que ni siquiera supuse, y no porque no resulte triste la muerte de Pepe Hierro, sino porque puesto en el disparadero personal cualquier tema profesional había de ser bienvenido. El caso es que me marché a toda prisa a Torrespaña para improvisar, junto con mi compañero José Manuel Falcet, un reportaje sobre el poeta fallecido. Mi aversión al móvil me había jugado una mala pasada. Al día siguiente me compré uno.

José Hierro tenía la cabeza calva y preclara de ideas, el genio pronto, la voz entre aguardentosa y cazallera, el mirar limpio, las manos muy grandes, el corazón a la deriva, la respiración averiada, la rima en asonante, el verso exacto, como una multiplicación, la muerte a la espalda, cual sutil visitadora, la memoria pródiga y la taberna siempre a un paso. Supo de cárceles y de premios, de pérdidas y de amigos. Vivió contándolo a salto de mata, a golpe de libro, a veces demorado durante décadas. Escribió con palabras sencillas y hondas, hermosas y sombreadas sobre caminos, ensueños, prisiones, pálpitos, ángeles de otoño, paisajes del recuerdo, tardes olvidadas y alegrías cercanas.

Donde había vino bebía vino, donde no había vino, whisky. Y no le hacía ascos al agua nacida en manantial sereno. Se murió porque es la constante, porque todos nos escapamos por las trampillas del tiempo, pero él no tenía apego a otras vidas que no estuvieran en esta, y aun respirando con una bombona de oxígeno se agarraba a la certeza del martes, a la ventura de una tarde de jueves con voces plurales. Su poesía, y más sus correrías, tienen un eco machadiano, bonancible, recio, castellanocántabro. En su voz ronca sus versos se desgranaban con gracia minuciosa y rigor, sin concesiones a la galería cantarina, con todas las emociones en su punto, sin forzar el tono, sin pintar sangre donde sólo había vino o acunar tragedias allí donde resplandecía la pura costumbre, la suerte de estar vivos.

Aguafuerte de un insomnio. Colaboración especial de Macaón.

falceteo¡Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños! (Nietzsche)

 

 Por ahí ando a la cuarta pregunta por ahí ando al undécimo olor ¿Acaso me llega el olor de las preguntas? Cuestión de la séptima luna. ¿Ser taciturno de lengua hinchada te libra de toda culpa?

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Soy alguien que se desdobla en estrías de luz caminando sin prisa por los soportales. No es amarillo este fuego donde quemo mi vacilación.

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Me hago viejo y habré vivido una vida con papeletas, sábanas, mujeres, humos, puertas,  rincones y otras cosas, pero nunca vi un hombre vivo.

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Ser gargajo mañanero de silicótico viejo borracho tabaquero: ¡agua cruda!

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¡Cuidado, la mariquilla con sus dedos hábiles te enrula! ¡Mariquilla tu roete!

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Y de tanto llorar perdió los ojos.

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Estoy a favor de los juegos de comedia donde la verdad carece de buena conducta.

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Los rendimientos sexuales de los vegetales carnívoros brotan del estolón único de la única propiedad.

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No existe mayor ternura que acariciar un gallo. Sois todos unos pecantes.

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Ya es hora que los pájaros inicien su trino que también el lobo llora.

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No está nada bien arrojar afliges por las mareas ni regar la orilla de líricos vómitos aunque apenas queden ya sobrevivientes aunque no sé qué hacer si despedir la noche o despedir el día, pero el mirlo insiste en su chasquido.

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¿Quién teme al  amuleto de la mala suerte?

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Entre la generosa nada y la noble melancolía me contorneo, me mezo, diría que me mareo pero sería mentira, no me mareo, sólo respiro. El ahogo agarra a cualquiera pero la vida se desatranca con lágrimas de entrepiernas.

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¡Qué mala vergüenza severa vanidad!

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Aceleradamente aprenderé a no dejar huella, sólo garra, quién pudiera llegar al corazón de la garra, convertirse en hueco espacio sin las posturas del dolor.

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Arañando el suspiro, mordiendo con dientes robados: el hastío es como la escasez de un cuarto de baño, habrá que acudir al sudor más concentrado.

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¡Cuidado con las aéreas ronchas marinas! Contaminan la femenina y blanda sangre del sur, empiezan por el éter y terminan en los ganglios bajos, por muchos cuplés que creas cantar.

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Y los ojos abiertos, inmensos, buscando la tersura del día, creyendo que todo se acaba para el crédulo soberbio, pero quedo entreolas hablando con lengua de pez y resulta tan vano como cazar ratas muertas.

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Cabalgar en lomo de conejo persiguiendo la suprema necesidad: es importante saber que no existe nada más poderoso que la necesidad con pan ¿se me queda cara de judezno?

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La música del hambriento, la reliquia del tullido, el baile del ciego, las huellas en el desierto de un reptil con frío.

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Existen olores como el de la seda moribunda o los de alguna asociación tendenciosa que producen desechos en las entrañas, pero son irremediables. Siempre existirá algún tumoroso alquimista o alguna mujer con los ovarios fermentados.

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Ya se dijo que lo más prudente era buscar silencios y permitir que las matemáticas y la historia siguieran a su aire.

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Cuidado con los coños agusanados, son depredadores, salvajería de montaña: sabotean en mitad de la inclemencia y luego ningún patólogo quiere sanar.

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Se acaba el día, ¿hay que beber el vino de las tabernas?

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El gozo de un sexo aovado y motilón sabor a pichón sangrante, pero los paraísos y los infiernos se agotan y arrastran el prestigio propio dejándote en la cuneta.

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En la noche, el ululato del mono, el vagido del nacido, la dentellada de la lombriz. En la noche la gaviota se convierte en araña, la soledad en tramontana y el niño con peladera come algarrobas.

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Y de pronto no supe como cortar una patata para freírla. Todo es como la lucha entre el bosque y la pradera.

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El arco-iris se hará pájaro y volará a su nido llorando.

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A solas, con mi cuchara favorita, la voz del sueño me canta, en octogonales ecos, el aliento de los peces.

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El estupor y la calma. Soy de los que gustan tirar piedras y al caso esconden la mano y si me pillan no me guardo, incluso provoco con alguna mueca de ojos.

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Carezco de héroes pero aún así los míos están suicidándose. Como si nada hubiera sucedido.