TRIBULACIONES DE UN JUBILADO. Un post de Macaón

JubilosoEl hombre, un jubilado de hace años, se encuentra confinado en su casa desde que supo, hace ya más de dos meses, que un virus maléfico iba rondando por ahí matando a viejos. Se despidió con cariño y dolor de sus dos hijas y, con mayor dolor, de sus dos nietecillos de apenas dos años. Se enclaustró junto a su mujer con la incierta esperanza de que, en pocas semanas, el bicho, tal como llegó se iría. Vana esperanza. Lo no creíble se hizo realidad. En pocos días, y por día, surgieron miles y miles de contagiados, y muertos, muchos muertos, que no sólo eran viejos, también jóvenes, y médicos y camilleros, policías, ladrones, ricos, pobres, artistas o mendigos. Sonó la gran alarma. ¡Todos a esconderse! El miedo vació las calles y los corazones. El hombre se aísla aún más, no de espacio, se aísla de sí mismo, está anonadado, aturdido, la mujer se dedica a desinfectarlo todo, hasta dos veces al día. El drama, tanto personal como colectivo, abruma, en silencio o a gritos, pero abruma y aniquila. Hablan de un pico que está llegando, pero que no llega. El ambiente en las alturas no ayuda demasiado. Peleas de gallos, mejor dicho, de perros, entre la casta política, incluso entre la casta científica, y la peor de todas las castas, la tertuliana. Este país anda sobrado de sabelotodos, piensa el hombre. Al tiempo el pico se va doblando. Parece asomar un atisbo de esperanza. Surgen voces exigiendo el fin del aislamiento que enajena, la apertura de todos los negocios para salvar la economía y abrir carreteras y caminos. El hombre siente miedo a que vuelvan las tragantonas, las borrachadas, los desaforados espectáculos masivos, y el todos a la playa que calienta el sol, que tantos muertos ha producido. Pero hoy el hombre tiene una nueva preocupación. Debe acudir al Centro de Salud. Padece unas dolencias circulatorias y toma un medicamento que hay que controlar. Hace mes y medio que debería haberlo hecho, pero tenía más miedo a salir que a su dolencia. Tras tanto tiempo fuera de circulación la calle le resulta extraña. Siempre bulliciosa y ahora sin apenas coches ni gente le produce la sensación de estar en otro barrio. La mascarilla lo agobia. Serán unos veinte minutos andando por una calle cuesta arriba. Está nervioso, hace calor y no respira bien. Le gustaría sentarse, quitarse la mascarilla y fumar un cigarrillo, se relajaría, pero está prohibido. Lo peor lo encuentra cuando llega al Centro de Salud: una gran cola para entrar. Tenía cita, todos tienen cita. Se siente desvalido. Ganas de dar la vuelta pero agacha la cabeza y se coloca al final de la cola. Todo va lento. Tras un buen rato, impaciente y nervioso, se acerca a la enfermera que controla la entrada. Le cuenta que es sólo un control que apenas dura un minuto, ella se queda dudosa pero una joven que estaba su lado se ofreció y pudo pasar. Alivio, y más alivio porque el control fue satisfactorio. Pregunta a la enfermera la razón de tanta gente. Miedo, dice, creen tener síntomas y los derivan aquí. Dentro, a pesar del trajín, todo parece muy coordinado, limpio y silencioso, apenas un murmullo. Hasta huele bien, no a Jubiloenfermedad, ni a efluvios medicinales, huele a eficiencia. Sale satisfecho, más relajado, hasta sorprendido, no sólo del trato recibido, también de todo lo que ha visto. Aunque cansado y sudoroso aprovechó la salida para hacer compras en un supermercado cercano. No había agobio. Al entrar le desinfectaron las manos y le entregaron unos guantes. Estaban bien señalizadas las zonas y direcciones por donde circular. Tuvo un par de confusiones que amablemente le corrigieron. Hasta un señor que notó su ansia por salir quiso cederle su sitio, cosa, claro, que rechazó. Salió pensando que su pequeño periplo había sido provechoso, que había sentido a gentes solidaria, los que se ayudan mutuamente para sobrellevar esta miseria. Por fin en casa, su mujer lo mete en la ducha casi con zapatos. No protesta. Más tarde, relajados los dos, se enteran de que el libre albedrío no ha prosperado. Ella le sonríe y acaricia su mano. Él asiente. Pero saben que el virus enemigo sigue ahí, matando, y que aún tiene un largo camino por recorrer. Sentados en el sofá, miran la televisión sin verla ni escucharla. Ambos están teniendo el mismo pensamiento que no expresan con palabras: ¿Cuándo podré volver a abrazar a mis hijas y a mis nietos?

 

 

 

TRES ESCRITORES

Truman Capote

Truman Capote

Truman Capote tuvo fama de chismoso y de crítico que hiere con filo punzante. De sí mismo dijo: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Y tenía razón en todo.

 

Paul Auster nació en 1947, en New Jersey. En su biografía oficial se dice que a los quince años leyó Crimen y castigo, lo que le inclinó por la literatura. Afortunadamente. Peor hubiera sido que le hubiera inclinado por el crimen. De cualquier modo, leer Crimen y castigo a los quince años no es ningún dato significativo; si lo hubiera leído a los seis podríamos hacernos cruces, aunque entre nosotros hay algún notable bibliófilo precoz, como Alfonso Guerra, que asegura haber devorado las obras completas de Lope de Vega antes de cumplir diez años. Si tenemos en cuenta que Lope es

Paul Auster

Paul Auster

el más prolífico de nuestros autores habrá que concluir que la capacidad lectora de Guerra es sobrehumana. Pero estábamos con Auster y el subrayado biográfico de que Crimen y castigo le

encauzó hacia la literatura. Son las cosas que tienen las hagiografías, que a posteriori elevan a categoría lo que es banal. La concatenación de anécdotas perfila la figura hierática encerrada en su mausoleo. Adoro a Paul Auster, uno de mis escritores favoritos de ahora, pero me resulta chistoso que en el origen de todo estuviera la genial novela de Dostoievski. Yo, por ejemplo, a los quince años leí El Quijote, que tampoco (o también) es manco.

 

Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura (falleció en 2016): “Ya puedo decir que he vivido bajo tres dictaduras: la nazi, la comunista y la del dinero.

Imre Kertéz

Imre Kertéz

Y esta última es la más cómoda”.

Sobre todo, si se tiene dinero.

 

LA VIDA SIN FÚTBOL

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                                                                                                                                                                                                                                          A Robinson

¿Se puede vivir sin fútbol? Claro que sí, pero la vida con fútbol, para los que nos gusta el fútbol, es más divertida. Estas semanas no lo hemos echado de menos, porque el espectáculo que nos ofrece la realidad, en su dramatismo, es tan sorprendente que hemos cambiado todos los muebles mentales de sitio. Encerrados en nuestras casas, recluidos en nuestras casillas personales, vivir se ha tornado algo tan original que no hemos añorado los vaivenes de la pelota. Al menos, quien esto escribe. Cualquier verano, después de un mes sin liga, uno arde en la impaciencia de que regrese el fútbol oficial, y, entre tanto, se compra el “AS” o el “Marca”, buscando los fichajes con los que hacer más llevadera la espera. Esta brusca ruptura de temporada en medio de la temporada ha sido otra cosa. De pronto, tras el glorioso triunfo del Atlético de Madrid en Liverpool, tuve la sensación de que ingresábamos en un nuevo universo, en el que nos habíamos quedado sin teatros, sin paseos, sin bares, sin música en directo y, por supuesto, sin fútbol. Solo contábamos con la vida al desnudo, amenazada por la muerte, y con el desierto a través de la ventana, salvo un respiro a las 20 horas de aplausos solidarios y las diversiones con maquinitas del interior de las casas.

Pero de todo cansa uno, y hasta al toro del miedo acaba viéndolo menos astifino, así que empachados de libros, de series y películas, y los muy viciosos de comparecencias del presidente, sus ministros, sus vicarios y su Simón, sin don, el fútbol se anuncia para junio, y aunque será sin público, un invento raro, seguro que bate registros de audiencia televisiva. Paco González que ha hecho un extraordinario “Tiempo de juego” en la COPE, diez horas sábados y domingos, hablándolo todo de la vida y apenas nada, por incomparecencia, del balompié (también el “Carrusel deportivo” de la SER y el “Radioestadio” de Onda Cero, pero ninguno con la extensión, intensidad y maestría de Paco González) podrá volver, con los suyos, a cantar goles y la vida adquirirá otro color, como de primavera reinventada, de “nueva normalidad”.

¿Cómo será el fútbol sin público? Está por ver, pero así, de entrada, se me antoja que se acabarán las sorpresas y ganará por lógica el que mejor plantilla tenga. El Leganés le puede ganar, y le ha ganado en ocasiones, al Madrid y al Barcelona, con su estadio convertido en olla a presión, con la emoción a flor de piernas y las cabezas de los jugadores efervescentes. Que eso ocurra sin público es más extraño. Será un fútbol más académico y más previsible. Por tirar para casa, al Atlético de Madrid le resultará más complicado eliminar al Barcelona o al Bayern, o al Chelsee, sin las gradas reventonas y sin Simeone como director de una orquesta deslumbrante. Y, digo más, el Atlético, y otros, no solo se crecen cuando tienen el público a favor, sino que también pueden conseguir la gesta con un graderío enemigo, que le vitamine de emociones. Sin público no creo que hubiera eliminado al Liverpool en Anfield. Pero, en todo caso, se jugará, si se juega, como se pueda y será una experiencia divertida asistir a la reinvención de un deporte poco dado, en su larga historia centenaria, a las novedades y que en las dos últimas temporadas ha incorporado algo tan original como el Var.

 

P.D. En el anterior post incorporábamos una selección de greguerías de Ramón Gómez de la Serna. El asunto tenía trampa. Las greguerías no eran de Ramón sino de Macaón, que ha pasado con éxito la prueba de lectores tan cultivados como los de “El país de Alicia”. Solo en el comentario de doña Perfecta quise notar alguna reticencia, que ella podrá confirmar o desmentir. De todas las greguerías, hay dos que sí son de Ramón. ¿Cuáles? Se admiten apuestas.

GREGUERÍAS. COLABORACIÓN ESPECIAL PARA EL PAÍS DE ALICIA, DESDE EL MÁS ALLÁ, DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

gómezdelaserna_-1El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia.

 

Algunas colillas parecen huir del cenicero. El cenicero es el péndulo que mide mi tiempo.

                                                        

No hay mayor pérdida de tiempo que especular cómo es, lo que pesa y dura el tiempo. Lo mejor será vivir en un tiempo cero, entre un algo y la nada.

 

El tiempo muerto, ¿dónde estará enterrado?

 

El reloj ha perdido las horas aplastadas por el peso de los segundos. Qué placer desconocer el tiempo.

 

El tiempo es grosero, va y viene sin avisar ni despedirse, como si uno no existiera.

 

El tiempo que da existencia a la distancia.

 

Hay quien mata el tiempo de cualquier forma, mientras tanto el tiempo lo va matando.

 

Quedarse pasmado es lo mejor aptitud para sorprender al tiempo.

 

Gomez gregueríasMientras soñamos el tiempo es mentira.

 

¡Ven, tiempo de algo, y lléname!

 

En su ignorancia hay quien dice vivir sobrado de tiempo, será robándoselo a otros.

 

Para no sentirlo hay que embriagarse, ya sea de alcohol, de pasión, de locura.

 

El grito del loco asusta al tiempo.

 

Yo, a esa hermosa mujer, le regalaría todo mi tiempo.

 

El tiempo puede tenerlo todo, menos un certificado de vida.

 

Para el enfermo, el confinado o el ciego, el tiempo transcurre fuera de lugar, es decir fuera del espacio-tiempo.

 

La mejor forma de apreciar el tiempo es sentirlo en toda su lentitud, es decir, aburriéndose.

 

El tiempo vacío es en realidad el único tiempo lleno.

 

Escucho el timbre de una puerta. ¡Pasen todos, las ventanas están abiertas!

Ramón en 1928 durante un monólogo humorístico

Ramón en 1928 durante un monólogo humorístico

 

Tocar la trompeta es como beber música empinando el codo.

El pelirrojo genial

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A Luis Eduardo Siles

A mí de Fernán-Gómez me gustaba casi todo, hasta su poesía, que era bastante mala. Hubiera querido asistir a alguna de sus célebres fiestas de Nochevieja, donde el genio se explayaba en todo su barroquismo de caballero romántico y antiguo y daba rienda libre a su extravagancia sabiamente teatral, pero no sólo no me colé en ninguna de sus fiestas, sino que no pude hacerle siquiera una entrevista y eso que lo busqué con ahínco y énfasis de admirador cuando lo hicieron académico de la RAE, pero no hubo modo de que aquel hombre ya gastado por el tiempo y sus desventuras me diera el gusto. De Fernando se podría decir lo que Manuel Alcántara escribió de González Ruano: no tenía manías de grandeza sino grandeza de manías, y es que, en lo que hace a maniático, Fernán-Gómez fue un virtuoso.

La muerte del cómico pelirrojo supuso una catástrofe en el ecosistema de los cómicos. Antes ya habían hecho mutis Rodero, Rabal, Marsillach o Fernando Rey, y los que siguieron, pero la deserción de Fernán-Gómez del mundo de los vivos nos plantó en el fin de una época, en la devastación de un paisaje sentimental y costumbrista en el que nos reconocíamos todos. No quedaba otra que admitirlo, aunque fuese con melancolía: iba quedando atrás la era de los titanes para dar paso a la de los hombres.

Fernando era un iconoclasta que llevaba de fábrica su carácter de librepensador. Tenía un punto delicado de fina ingenuidad y la agudeza de ingenio que caracteriza a los feos inteligentes. Si no podía conquistar a las mujeres por su cuerpo lo hacía por su cabeza, eso lo tuvo siempre claro; por lo demás, su confesado gusto, incluso obsesivo, por las faldas entraba dentro de los límites del más estricto sentido común.

Se mira uno en el espejo de los años vividos y se sorprende de haber sido coetáneo de tipos como Fernando. Los genes del genio, como los del tonto, son caprichosos y cada uno va naciendoFFG leña donde la suerte o la casualidad/causalidad quieren y así tiene uno la dicha o la desdicha de coincidir en el tiempo, y en cierto modo en el espacio, con colosos, ogros y enanos. Recuerdo que recién llegado a Madrid, con mi álbum de mitologías intacto y mis 18 años recién estrenados, me fascinaba hablar con personas como Buero Vallejo o Conrado Blanco, que habían conocido a Miguel Hernández o a Antonio Machado. Me maravillaba que alguien hubiera compartido café con figuras de estatura tan formidable. Y ahora que me doy cuenta me siento afortunado de haber sido vecino una buena temporada en este planeta de tipos como Fernán Gómez, Adolfo Marsillach o Francisco Umbral, gente indiscutiblemente de otra glaciación.

Fernán Gómez se ganó merecida fama de cascarrabias, pero de manera más callada y discreta fue, también, eso que tan torpemente llamamos buena gente. Ganó mucho dinero y lo gastó con liberalidad. Ya en los años cincuenta, gracias a un cine de sotana y uniforme, nada de arte y ensayo, había acumulado sus buenos duros, lo que le llevó a crear y pagar de su bolsillo un premio de novela, el Café Gijón, que aún sigue vivo. La primera edición la convocó para ayudar a Eusebio García Luengo, un escritor de la época, tan talentoso como indolente, habitante diario del Gijón, a quien tuvieron que forzar a que escribiese un libro y se presentase al premio, que, naturalmente, ganó, en una jugada de arte de birlibirloque, a la que era ajeno el propio galardonado. Me han contado de Fernando otra historia que no he podido contrastar pero que concuerda con la filantropía natural del personaje. El pelirrojo había estrenado en 1939 Los ladrones somos gente honrada de Jardiel, y tenía al humorista en su santoral particular. El caso es que por las cosas de la vida o por la mala cabeza de Jardiel, este fue dando tumbos, de mal en peor, hasta acabar sus últimos años en la ruina total. Me contaron que durante varios años Jardiel recibió en su portería un sobre anónimo diario, con cien pesetas (¡un dinero para la época!) que le valió para hacer menos ingratos sus últimos días. El alma generosa era Fernán Gómez.

Fernán Gómez era tan irrenunciablemente holgazán que no paró nunca de trabajar y tan pulcramente educado que perdía los modales ante cualquier zascandil impertinente. En sus deliciosas memorias, tituladas El tiempo amarillo escribió: “Recuerdo haber leído que no se debe escribir sobre la infancia, porque la infancia de todos los hombres es la misma. Efectivamente, yo nací, como todo el mundo, en Lima”. Genio y figura.

 

 

 

 

YO NO APLAUDO A LAS OCHO. Colaboración especial de Macaón

imagesSupongo que estos días todos hemos leído algún que otro escrito reivindicativo y quejoso de la actual comunidad sanitaria. Me llama la atención el comienzo de la carta de una joven médica malagueña: “Yo no necesito aplausos… quiero que me trates con respeto como profesional y como persona…quiero que no pongas en duda mis criterios por lo que dice Internet…quiero que confíes en la sanidad pública y hagas buen uso de ella…quiero que no me digas que tú me pagas, ni me llames niña porque soy joven, quiero que no utilices las urgencias sin ser urgente y que me cuides como nosotros estamos dispuestos a cuidarte…”. Me parece muy bien que aprovechen estos momentos de angustia general, de esperanza médica, para apretar los tornillos a los impertinentes y desagradecidos. Aunque las protestas sean a posteriori a mí me valen. Cierto que otros profesionales de variados gremios pueden sufrir parecidas imprecaciones, al igual que muchos eficientes funcionarios. La historia de este mundo también es la historia de la medicina, y viceversa. En un principio tuvimos al mítico Asclepio, fulminado por Zeus por sanar a los muertos, Hipócrates, el verdadero padre de la medicina, Galeno, cuyos estudios anatómicos perduraron 1.400 años, Avicena, creador del primer canon sobre enfermedades. Y tantos otros. 200404005149_20200403_484389_PacienteBalearesMO_1_22Eran tiempos donde la casta científica y la casta médica, incluso la filosófica, se hermanaban. Aún pasada la Edad Media los sabios sanadores sólo estaban al alcance de ricos y poderosos, el resto, la inmensa mayoría, tenía que conformarse con los ambulantes “sacamuelas”, que lo mismo asistían un parto que te hacían una trepanación. Con el crecimiento demográfico, con sus necesidades sanitarias, los médicos iban alcanzando un estatus y poderío cada vez más alto. En nuestro país, hasta bien pasado el siglo XX, en las poblaciones pequeñas y medianas, el gobierno lo ejercían el alcalde, el cura, el sargento de la Guardia Civil y el médico. Pero la vida se democratiza. Con la llegada del llamado estado del bienestar, el de la medicina universal, la figura del médico, su estatus social y económico, está bien asentado, muchos son los que presumen de tener un pariente, un amigo o vecino médico, pero al tiempo también son muchos los que cuestionan, se quejan, exigen y denuncian ciertas fallidas prácticas, no sólo profesionales, también humanas, de trato, de comportamiento. Todos conocemos, por experiencia propia o ajena, errores médicos que han terminado de forma dramática. Sabemos de profesionales de la medicina sin mucha sapiencia, vagos, que desprecian al enfermo, que no escuchan sino a sí mismo, con egos que aburren (como ciertos periodistas que se piensan de élite). Yo mismo sufrí que me arrancaran un buen trozo de pulmón por un diagnóstico de cáncer, que no fue tal. Cuando volví a pedir explicaciones me contestaron con voz alta que debía de dar saltos de alegría en vez de quejarme. Pero sé que estos casos son minorías. Sé que, actualmente, la relación médico-paciente es más o menos equilibrada, y también sé que existe bastante excelencia sanitaria. Y, así, de repente, llegó la gran pandemia. El estupor. No sabíamos, no nos lo creíamos, no lo entendíamos, pero algunos sí lo comprendieron. Y se pusieron la bata. Todos se pusieron la bata. Ya no existe estatus, sólo muertos. 700.000 intervenciones, 40.000 sanitarios contagiados. Números de escándalo. Números para espantarse. ¿Qué_balconesriauriau_cda54286 sanitario se atreve a ponerse una bata? Todos, y aún más que todos. Tengo una amiga enfermera (el gremio más abnegado, más castigado) que ha renunciado a su baja por maternidad para volver a su puesto de trabajo, su íntima compañera ha caído, me dice, y me necesitan. Sé de jubilados médicos que generosamente se han reintegrado a sus antiguos puestos aportando conocimientos, experiencias y riesgo físico, y contra más caen más surgen voluntarios para sustituirlos. Me siento culpable, con la mala conciencia de estar confortablemente protegido en mi casa mientras otros te limpian la vida arriesgando la suya. Me da congoja ver a esos cualificados profesionales cómo sienten a flor de piel el miedo, la angustia, hasta la ternura de los agonizan. Y esto no es ninguna película. No sé si seremos mejores o peores personas al final de esta infamia. Creo que depende de cómo y cuánto dure. De algo estoy casi seguro: miraremos a los médicos de otra manera, y ellos a nosotros también. Confieso que nunca he salido a las ocho a aplaudir, por algo de pudor y un poco de escepticismo, pero creo que a partir de ahora saldré el primero y el que más fuerte aplauda.

Ana Frank, historia de una confinada

                                                                                       descarga                                                     A mi amigo Mariano Rodrigo

Hasta que hice un reportaje en 2008 en la Casa Museo de Ana Frank, en Ámsterdam, la historia de la niña judía escondida de los nazis tenía para mí algo de impostado. No había sentido curiosidad por acercarme a su libro, uno de los más vendidos en el siglo XX, al que caprichosa y equivocadamente yo confinaba a una especie de biblioteca del kitsch. Pero esa vez, las circunstancias me obligaron a leer el diario y quedé impresionado. Era una historia emocionante y terrible, y al mismo tiempo delicada y naif. Las ilusiones de aquella adolescente, que con su familia había huido de la Alemania nazi, su carácter abierto y entusiasta, su tendencia soñadora y su aire vitalista la dotaban de una simpatía natural con la que era fácil empatizar.

Ana tiene 13 años recién cumplidos, y un diario que acaba de estrenar, cuando su familia se ve obligada a buscar un escondite en la parte trasera de un edificio de oficinas junto a un canal, en Ámsterdam. La cuestión es de vida o muerte. Allí, en un desván permanecerán recluidos los padres y una hermana de Ana, y otras cuatro personas. Una convivencia intensa y difícil, y también entrañable y profunda. Con amores y rencores entre los ocho. Ana, al principio, se siente contenta en el refugio. El 13 de enero de 1943, cuando llevan seis meses confinados, escribe en su diario: “Nos va bien. Estamos en un sitio seguro y tranquilo y todavía nos queda dinero para mantenernos. Somos tan egoístas que hablamos de lo que haremos después de la guerra”. Dos años permanecen en el escondrijo, gracias al apoyo de varias personas del exterior. En ese tiempo, refleja en su diario su primera regla, sus enfados, sus afanes, el miedo permanente, pero también la felicidad, sobre todo cuando después de compartir  durante meses el mismo espacio se enamora de un niño, Peter, un poco mayor que ella. Lo cuenta, eufórica, y describe el primer beso. El 2 de mayo de 1943 es domingo y Ana Frank escribe: “A veces me pongo a reflexionar sobre la vida que llevamos aquí, y entonces por lo general llego a la conclusión de que, en comparación con otros judíos que no están escondidos, vivimos como en un paraíso”.

Ana es coqueta, caprichosa y con frecuencia impertinente. Así lo refleja ella misma en las páginas de su diario. Es también reflexiva y muy observadora. En el libro discurre la vida interior en la casa, la vida íntima de Ana, pero también hay salidas al exterior, a partir de lo que les cuentan los protectores y de manera muy especial gracias a una radio en la que los recluidos van siguiendo con inquietud y esperanza los avances de los ejércitos aliados en la guerra contra los nazis. La vida pende de un hilo y ese hilo, desgraciadamente, se rompe . En una novela es probable que la historia acabara bien, pero la vida es casi siempre más despiadada que la literatura. El 1 de agosto de 1944 es la última vez que Ana escribe en su diario. El 4, entran los nazis en la casa secreta. Los ocho confinados acaban en varios campos de exterminio. Solo se salva Otto, el padre de Ana. Miep Gieps, una de las mujeres que ayudó a los escondidos encontró el diario de Ana y se lo entregó a Otto. De vivir hoy, Ana Frank tendría noventa años y estaría confinada, pero  en una condiciones mucho más llevaderas que las de aquella dramática reclusión. El coronavirus, con ser un bicho indeseable, es enemigo menos terrible y odioso que el nazismo.

Es un milagro que un libro como el “Diario de Ana Frank” exista. Un milagro de la vida, ese tesoro escondido en el corazón del tiempo donde la memoria crece como una hierba misteriosa.

 

 

 

ENTREVISTA INÉDITA CON LUIS EDUARDO AUTE. Colaboración especial de Luis Greciano

AAAauteBREVE HISTORIA DE UNA ENTREVISTA INÉDITA Y MALDITA

En el caluroso Junio de 1982 yo ya había decidido ganarme la vida dentro del convulso universo de la prensa. Profesional sí, pero pagado. Esa promesa hecha a mí mismo y un trabajo alimenticio en la administración local me habían permitido el lujo de rechazar algunas ofertas corruptas. Trabajo por experiencia proponían algunos jefecillos de medios en prensa y radio durante las vacaciones de la carrera cuando habían apreciado mi trabajo gratuito. Las rotundas negativas les asombraban, acostumbrados como estaban a doblegar fácilmente voluntades en cada promoción. No conmigo. Si trabajo, poco o mucho, cobro. Ese lema, marcado a fuego, lo puso en mi mente la voz ronca y socarrona de mi abuelo. Al no llegar los contratos me lancé a colmar mis ansias de escribir y publicar de manera artesanal. Por la admiración que sentía hacia ellos y porque estaban de actualidad, elegí varios personajes a los que entrevistar. Uno de ellos, fue Luis Eduardo Aute. Con toda amabilidad aceptó la propuesta de aquel novato y nos citamos, como corresponde a un oriundo filipino, en la cafetería Manila de Diego de León. Allí, fumando un pitillo tras otro, y con la presencia de un fotógrafo también novel y un condenado magnetófono, se desarrolló el encuentro. Cuando llegó la hora de transcribir la entrevista, hice una primera escucha. Tomé unas notas iniciales. Sorprendía la tranquilidad, el ritmo lento y sosegado que este artista desprendía. Metido en faena y, a fuerza de darle atrás y adelante, la cinta de casete desfalleció y quedó engullida por aquel aparatejo. La cosa se complicó aún más al abrir su portezuela porque al tratar de sacar el soporte de la grabación, la cinta que estaba hecha un ovillo, terminó por romperse. No hubo forma de recuperarla. Para salvar mi trabajo me quedaban la primera transcripción y mi buena memoria. Pero yo quería ser exacto y concienzudo. Así que volví a hablar con el protagonista y le propuse algo inaudito: Le haría llegar el borrador de la entrevista mecanografiado a su domicilio para que él lo corrigiera o aumentara a su gusto. A lápiz, moteada de ironía y dibujada con letra clara, me llegó la amabilísima respuesta. A través de mis contactos, intenté, -¡qué iluso!-, publicarla en EL PAIS. Mi carta no obtuvo respuesta alguna. O, mejor dicho, la contestación vino en forma de una entrevista del mismo tenor firmada y publicada en la revista semanal por una de las vacas sagradas del periódico que dispensa un especial odio a los medios públicos de comunicación. Pero al no publicar la mía se perdieron las dos noticias de las que iba preñada mi tarea. Porque Aute, elegantemente, reclamaba la autoría de la banda sonora de la película “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”. Algo bastante coherente teniendo en cuenta que los chicos de Burning, con los agresivos Johnny Cifuentes y Pepe Rissi al frente, nunca han tenido tanta altura poética para componer. Fernando Colomo, el director de la película, tendría algo que decir sobre el asunto. Y, de otro lado, el plagio a cargo de Massiel de otro de sus temas. Fin del capítulo. Ahí va sin editar y sin comentarios descriptivos la entrevista doblemente escrita y transcrita.

Madrid, 11 de Abril, 2020

 

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AUTE: ESE AROMA MISTERIOSO A ESPECIAS DE ORIENTE

Aparte de tu nacimiento, ¿qué tienes de filipino o de oriental en tus venas? “No tengo nada de filipino en mis venas, desgraciadamente. Mis padres son españoles. A los que más recuerdo son a mis compañeros de juego de aquella época, pero no creo que tenga mayores huellas de mi paso por allí, puesto que mi familia y yo nos trasladamos a Madrid cuando yo tenía 11 años y no he vuelto por allí. Sin embargo, sí siento una cierta nostalgia de aquellas playas de agua muy salada. También del clima, excesivamente tórrido, de los tifones y de algún que otro terremoto que allí hace su visita cada año”.

Defiéndete: hay muchos que te califican de siniestro a veces, melancólico otras y taciturno el resto.“Ante todo, me considero una persona de lo más normal y no creo que cuadre conmigo ninguno de esos tres calificativos de los que me acusas. Quizá un poco introvertido, individualista y algo tímido ´ma non fanático´”

Los títulos de tus discos (Rito, Babel, Sarcófago, Espuma), tienen un cierto aire místico. ¿De dónde los sacas? “Estos títulos son palabras que se repiten o surgen a lo largo del disco. Cuando me planteo titular los elepés lo que hago es escoger una de ellas que pueda definir la totalidad de la obra. Lo del misticismo que puedan ocultar es totalmente involuntario. Puede que sea debido inconscientemente a mi puesta en cuestión del pensamiento materialista que nos invade desde todos los frentes”.

El otro día escuché en un programa de radio que piensas dedicar tu próximo libro de poemas a temas religiosos.“Hasta el momento son dos los libros de poemas que he publicado. El libro del que me hablas está aún en fase de elaboración, pero ceo que pronto lo acabaré. La religiosidad del libro nada tiene que ver con la escolástica tradicional sino con las cuestiones eternas que el hombre se plantea sobre el sentido de la vida”.

¿Qué lees ahora? “Pues ahora mismo estoy leyendo un libro sin título. Es de un amigo mío, poeta, que se llama José María Plaza, aunque creo que se titulará ´Nuestra elegía`”.

No pareces el tipo de persona al que las relaciones públicas atraigan demasiado y esté dispuesto a soportar una campaña publicitaria y de promoción. “Bien, no es que me guste demasiado, pero tengo que aceptarlo así pesto que, a fin de cuentas, yo vendo una obra, un producto. Hay gente interesada en conocerlo, cosa que me agrada, y, en cierto modo, mi obligación es difundirlo. A raíz de la elaboración de un disco, tanto yo como la compañía discográfica estamos interesados en que se venda. Aunque mi actividad en ese punto no pasa de la simple promoción, dejando a un lado otros compromisos o celebraciones sociales que no me convencen. Quiero decir que me margino conscientemente de todas las imposiciones que arrastra este negocio.”

Te adaptas mucho mejor que otros compañeros tuyos a los cambios de gustos y de mentalidad en cuanto a música. “Me imagino que te refieres a que desde mis primeras canciones (Aleluya, Rosas en el Mar, etc.) ha transcurrido bastante tiempo, en eso tienes razón. Lo que ocurre es que hay una serie de compañeros que han tenido problemas, malas relaciones con las casas discográficas, falta de apoyo, pocas ventas. No creo que sea una cuestión de adaptación, sino que mis canciones tocan temas atemporales, no circunstanciales como el amor, la vida, la muerte, el sexo, la soledad, las dudas, el paso del tiempo, etc.”.

Sí, pero a lo que me refería es que a estos compañeros de que tu hablabas se les ha adjudicado la etiqueta de cantautores, canción-protesta, etc., calificativos de los que tú siempre has rehuido.  “En efecto, es una actitud voluntaria, no pretendo ni he intentado nunca encuadrarme en un movimiento musical determinado. Voy por libre”.

Recomiéndame alguna buena película que hayas visto últimamente. “Pues mira, con diferencia la película que más impresión me ha hecho en este último año ha sido “Todos rieron” de Peter Bogdanovich. Una obra maestra.”

Por cierto, no sé quién me comentó que tenías la música de una película entre manos. “Es cierto. Estoy componiendo la música de una película para televisión que dirige Jaime Chávarri llamada ´Luis y Virginia`”.

¿Qué fue de la música que compusiste para ´¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? “Fue un encargo de Fernando Colomo. Lo realicé y le pasé una grabación con los temas. Por aquel entonces Fernando andaba buscando un grupo de rock para que actuase de protagonista en la película. Resultó ser Burning. Ellos, además de interpretar la película, se ofrecieron a tocar la música. Y así fue: lo que me pareció muy lógico y no puse objeción alguna. Lo que sí digo es que el tema de la película, su letra y su música, me recuerda mucho al que yo hice.”.

Aparte de tus facetas como pintor, poeta y cantante ¿no has buscado otros campos artísticos dónde desenvolverte? Como actor, por ejemplo. “Como actor desde luego que no. Pero sí como director. Hace años tenía intención de dirigir películas, lo que ocurría en esa época es que existían bastantes trabas para dirigir. Para ser director de cine con el carnet que te otorgaba el ministerio tenías que entrar en la Escuela de Cinematografía, pero allí te pedían haber superado el PREU (Curso preuniversitario posterior al Bachillerato) para ingresar, y como a mi me lo catearon dos veces, pues no te digo más. La otra optativa que te quedaba era dirigir tres cortos y que se estrenasen, acto seguido te daban el carnet de Director. Yo los hice, muy malos, por cierto. Se titulaban ´A flor de piel`, ´Chapuza 1` y ´Minutos después`”.

Leí en una revista de color que la canción de Massiel “El amor” es, en tu opinión, un burdo plagio de tu “Aleluya”. ¿Te reafirmas? “Bueno, todo aquel que oiga la canción creo que tiene elementos suficientes para enjuiciar. A mí me parece evidente. Pero no tengo ningún interés en reclamar los derechos de propiedad intelectual de ese tema. Aparte, hay una norma en la SGAE que estipula que para considerar plagio una obra musical, debe haber, creo, doce compases idénticos entre la original y la otra. Y, según tengo entendido, “El amor” no llega a ellos. Aún así, me da igual.”

Retomando los cortos que dirigiste, ¿no los musicaste? “Pues, no. No tenían música. Porque además de dirigir y montar los cortometrajes me parecería demasiado narcisismo el pretender ponerles música. De haberles incluido la música, en todo caso se lo hubiera encargado a otra persona que diera un punto de vista distinto del mío.”

Hablemos de tus ideas locas, de ese viaje que tienes en mente y que no has llevado a cabo aún. “Tengo en proyecto un viaje a Sudamérica, pero no de turismo sino a cantar. De momento, hay dos escalas ya previstas: Cuba y Méjico. Luego intentaría recalar en Brasil y algún otro sitio.”

¿Qué canción de otros autores hubieras firmado como tuya? ¿Cuáles son tus influencias en la música? “De canciones aisladas hay multitud de ellas que me satisfacen. De los autores que me han influido hay uno en especial que fue el que me movió a componer que fue Dylan. A partir de ahí, Beatles, Leonard Cohen, Brel, Chico Buarque, Yupanqui, La Nueva Trova Cubana. También me gusta el rock, pero siempre que no sea una fórmula de reclamo fácil a la marcha sin más.”

¿No te parece imperdonable que, en cuestión de música, nos fijemos en espejos extraños a nuestra cultura y no rescatemos lo propio?  “Pero es que no es sólo en cuestión de música. Sufrimos una colonización cultural intolerable en todos los campos. En concreto de la música yanqui con todas esas modas importadas y pasajeras (tecnos, pops, punks) que nos invaden. Les prestamos, sobre todo los grandes medios de comunicación, una atención que no merecen. Pero hay otras músicas que nos pillan mucho más cerca que la yanqui y por las que yo estoy mucho más interesado. Como la brasileña calada de imaginación y ritmo, la afrocubana, la salsa, incluso la árabe si me apuras. Y está la música clásica y el jazz y el flamenco y nuestro folclore. Pero no hay nada que hacer porque no hay una política cultura de ningún tipo. Esto es una cuestión de gobierno, pero tampoco lo hay. Y así, entre APLAUSOS y CUARENTA MUSICALES y, sobre todo a través de ellos, las multinacionales del imperio nos van borrando nuestra memoria cultural.”

El otro día asistí a una exposición de pintura en la que colgabas tus cuadros junto a un grupo de pintores. No te voy a pedir que me digas qué pretendes con tu pintura, sino que repliques a quienes la califican de torturada y más cerca de los sueños que de la realidad.  “Mi pintura tiene muy poco de onírica. No intento descifrar un mundo de sueños. Pinto lo que imagino, trato de representar una idea sin que los sueños estén de por medio. Fíjate que incluso los surrealistas no reflejan el sueño en sí, sino el recuerdo del sueño.”

Oye, ¿Y qué tipo de relación de trabajo mantenéis entre los pintores con los que exponías en esa galería madrileña?          “Formamos un colectivo llamado ABRA, en el que todos somos el marchante de cada uno. Es un colectivo itinerante. Se trata de exponer en diferentes ciudades y que, en cada una, se enriquezca la exposición con músicos, representaciones teatrales, o cualquier persona o actividad que puedan encuadrarse bien en la misma. No es una exposición en el sentido clásico de la palabra, sino que puedes llegar a ver los cuadros y encontrarte unos músicos tocando o ver actuar a un mimo. En definitiva, cualquier manifestación que pueda encajar. En parte, por eso se llama así Colectivo ABRA.”

¿En qué ciudades tenéis previsto exponer además de en Madrid? “La próxima exposición la hacemos en Santander. Y después nos vamos a Holanda, creo.”

  A propósito, ¿Cómo ves tú el mundo de la pintura en España, el binomio marchante-pintor? Es un mundillo un tanto infecto, porque el marchante lo que hace es explotar al pintor quedándose con un tanto por ciento muy exagerado tras la venta de la obra. Los marchantes levantan y desmontan corrientes estéticas pasajeras para revalorizar obras mediocres que tienen en su colección. Además, cuando un pintor tiene éxito lo obligan a pintar o concebir siempre lo mismo para mayor rentabilidad. Así funcionan también las galerías multinacionales y esto les ha restado credibilidad ante el buen degustador de la pintura.”

Volviendo a nuestra cultura, ¿Qué soluciones ves para potenciarla? Mira el otro día leía unas declaraciones del ministro de cultura francés Jack Lang, un tipo muy válido, al que le parecía inconcebible que se programasen tantas películas americanas en las televisiones europeas. Él abogaba por una colaboración entre las instituciones culturales de los dos países. Pero sucede que se lucha contra un montaje del que es muy difícil independizarse aquí y en todos los sitios. Bregamos con organizaciones multinacionales que han calado a todos los niveles. Es mucho más dificultoso emprender una estructura nueva que no engancharse al carro de las que ya están funcionando. Aunque la cultura que nos vendan sea tan sólo un fruto de la publicidad. En esto estamos implicados todos: prensa, artistas y público. A este respecto, el Ministerio de Cultura tiene un papel fundamental que no está desempeñando puesto que actualmente la cultura de nuestro país la dirigen personas cerriles, becerriles en este caso.

A la hora de interpretar tus canciones en un escenario, ¿qué es lo que más valoras en las reacciones del público?   “Pues se perciben muchas cosas encima del escenario. Yo estuve hace poco invitado en una fiesta de la CNT, y sentir cuando cantas que el público corea tus canciones es una cosa gratificante y que te satisface mucho.”

¿Dónde vas, a qué lugares de esta ciudad te escapas cuando quieres divertirte?“Suelo ir sobre todo al cine. Para divertirme no hace falta que me mueva de casa pues siempre está llena de amigos.”

Tú que eres un animal de ciudad, ¿Cuáles son a tu juicio los defectos de Madrid? Por cierto, ¿Qué te parece el Alcalde Tierno Galván? “Madrid entero es un enorme defecto. Es una superposición d defectos fruto de la especulación más salvaje y arbitraria. Son años y años de anarquía especulativa y el resultado es una ciudad híbrida, impersonal, provinciana con pretensiones, hortera, quintando unos pocos rincones que han sobrevivido milagrosamente. Yo creo que es una ciudad sin solución. El desastre no lo arregla Tierno ni mil Tiernos que le cayeran al Ayuntamiento. Sin embargo, el pueblo madrileño (pues ya empieza a haber pueblo madrileño) vibra con un latido generoso, abierto, alegre, solidario. Es un gran pueblo que ha sufrido el cáncer del centralismo más feroz dentro de sus entrañas.”

¿Háblanos de tu último disco. Sigues por los derroteros de la canción intimista? “Mi último LP “Fuga” sigue y profundiza el discurso de mis discos anteriores. Es más intimista y desarrolla con más intensidad esa disección del alma humana sumida en tantos miedos, tantas dudas, tantas contradicciones, tantas confusiones.”

 

Copyright Luis Greciano Junio de 1982

 

 

 

JUEVES DE PRIMAVERA SIN SOL

UltimaCena_AutorJuanDeJuanes_DominioPublicoEl día ha salido gris, feo, de primavera sin brillo. Ayer, desde la ventana se veía un pedazo, un atisbo de la España vacía, vaciada por decreto, un escenario original, como de teatro del absurdo, con un sol espléndido y de vez en cuando una figura solitaria cruzando por la plaza de Olavide. Hoy es Jueves Santo y las playas deberían estar repletas de bañistas, si es que el sol luce por el levante, y en muchas ciudades, los tambores y cornetas, las saetas desde los balcones, pondrían temblor y compás a la belleza, serena o atormentada, barroca siempre de las procesiones. Pero, de pronto, el siglo se ha roto, el mundo se ha descompuesto, ha caído en derrota, alarma y miedo y todo lo que era evidente, lo que no necesitaba aclaración o rúbrica ha quedado entre un paréntesis que es un abismo. El segundo paréntesis, el que clausura el túnel, no se ve entre las hojas de un calendario en que el porvenir es un porllegar.

El día ha salido feo, como tantos días sin gracia, pero sería transitable y abrumador de gente y terrazas, sino fuera por esta ley seca que amenaza con averiarnos el ánimo. La calle es un territorio que solo es visible desde el balcón, y uno tiene miedo y desgana por pisarla, siendo uno ese tipo al que nunca se le iba a caer la casa encima por gustar y degustar tanto el paseo, la taberna, la librería, las cosas que están fuera y que uno llevaba dentro de su alma de flaneur. Los días han perdido el número, la semana es reversible, el reloj es un juguete sin oriente, olvidado en alguna habitación, arrinconado porque las horas vale tanto una como otra. Y de pronto nace el temor, el pálpito, la corazonada de que estamos quizá naciendo a una nueva vida, que la casa, nuestro hogar de clase media, bien acondicionado, es un sitio propicio para vivir y que cuando llegue el momento en que se nos permita salir, tal vez ya hayamos echado raíces y no precisemos del bullicio de las aceras y de bares con ruido de gente, camareros acelerados y suelos con cáscaras de gambas y conchas de mejillones.

“El ángel exterminador”, la joya surrealista de Luis Buñuel, la película en que un grupo de burgueses de México DF es invitado a una mansión para cenar. Los cocineros y sirvientes sienten un repentino deseo de salir y se marchan. Al terminar la cena, los invitados comprueban que por alguna razón inexplicable no pueden salir de la habitación, aunque aparentemente no hay nada que se lo impida. Y así van pasando los días hasta que los anfitriones y los invitados enferman, pierden los buenos modales burgueses y, convertidos en salvajes, acaban sumergidos en un caos, que es un lodazal. Extraña película, nacida en el ángulo absurdo de un maestro del cine. Explosión de creatividad que se queda en esbozo ante la imaginación desbordada de la Naturaleza, convertida en guionista genial y terrible.

El día ha salido gris, feo, de primavera sin brillo, un Jueves Santo que vale por un martes cualquiera. Confinados en el centro de nuestro mundo, tantos días después, pasados tan a prisa, hay que pensar un momento antes de concretar si estamos en marzo o en mayo, mientras la gente se muere por miles y el miedo no escampa y dentro de un rato las ventanas serán, una tarde más, el palco desde el que aplaudiremos a los actores invisibles de este drama. Tenía razón Eliot, sí, abril es, por ahora, el mes más cruel. Y así hasta que caiga el telón.

 

 

EL AUTE NUESTRO DE CADA DÍA

imagesEl virus que vino de la China tiene poderío y furia de gigante de microscopio y llega con la intención de ajustar cuentas. Por lo pronto ha metido a medio planeta en casa y el medio que anda en la calle no tardará en esconderse tras el burladero para huir del toro de la muerte: más cornás da el coronavirus. Y en esto llegó el comandante microbio y mandó parar. Pararon las fábricas, cerraron los bares, se clausuraron los teatros, enmudecieron los estadios, quedaron desiertas las carreteras, el overbooking llevó el pánico a los hospitales y la muerte, que se había hecho fenómeno raro, acontecer discreto, clandestino en tanatorios como oficinas donde hacer un trámite rápido y limpio, impuso su presencia obsesiva y autoritaria. Morirse era una cosa selectiva, que siempre le pasaba a otros, y lejana, pero en apenas unas semanas la señora de la guadaña ha recuperado los viejos y buenos tiempos, los de las guerras, las pestes y hambrunas; ahora mata a destajo. Con ser antigua, la muerte nunca perdió el sentido de novedad y tenía algo de aristócrata de la existencia, ese culminar sereno de quien llega a Ítaca y sabe ya lo que son todas las Ítacas. Ahora se ha emborrachado de su propia gloria, y soberbia e incongruente, está cambiando las leyes del mundo.

 

Habiendo cobrado tanto protagonismo, la muerte está restándole notoriedad a los muertos. Cada vez conmueve menos la desaparición de alguien porque estamos todos en el punto de mira y el exceso de oferta ha abaratado la demanda. Morirse es cada vez más irrelevante. Aun así muertes como las de Luis Eduardo Aute, ido en medio de este festival de cadáveres que amenaza con convertir Madrid en una ciudad de un millón de muertos, según las próximas estadísticas, ha tenido su eco. Es tan grande su música, tan múltiples sus talentos, tan cadenciosa su voz, tan rítmica su letanía que forma parte de una generación muy larga de gente que nos enamorábamos en sus conciertos de canciones desesperadas y con mecheros como estrellas. Su latido iba al compás del nuestro y al alba de tantos amores frustrados o plenos hemos apurado la última copa, el primer beso, los sueños de seductores que nos reconocíamos en el pentagrama de este punto filipino de la música y la pintura, del cine, de la vida y sus quimeras. Hoy mismo he estado escuchando un buen puñado de sus canciones, líricas y cínicas, de verso bien medido y pareados a la virulé. Y con unos amigos hemos recordado a nuestro inolvidable Teófilo, Teo en todos los corazones, que vivía la música de Aute con devoción de creyente de las hermosas baladas del cantautor. Teo, con su bigote breve de presocrático de Puertollano, atravesó los mares profundos de la vida, en aquellos barcos que iban casi siempre hacia América y hace un par de años, dos años antes del Coronavirus, AC, atravesó la laguna Estigia de la mano de Caronte. Ahora ha seguido su ruta Aute,  Aute nuestro de todos los días, y es de esperar que en ese lugar-no-lugar, en ese espacio sin tiempo disfruten uno y otro de sus respectivas músicas y erudiciones, porque toda la vida es cine y toda la muerte, sueño.