Canto a la vida

principito-con-rosa-1La semana pasada saliendo de catequesis iba caminando junto a una buena amiga y su hijo de 9 años. Íbamos hablando de cualquier cosa, disfrutando de la compañía,  cuando de repente -sin venir a cuento- va el niño y suelta: – mamá ¿qué es más importante, vivir una vida corta y feliz o vivir una vida larga y aburrida?  Su madre y yo nos quedamos a cuadros y comprobé por mí misma la clase de preguntas que a menudo ponen en aprietos a mi amiga. En ese momento, como buena gallega que me estoy haciendo, salí en su auxilio con otra pregunta:

– ¿Y a ti cuál de esas dos vidas te gustaría más?

A lo que el pequeño contestó:

– Pues con la corta y feliz

– ¡Bien visto! – le dije-. Lo que pasa es que no sabemos si nuestra vida será larga o corta;  además el aburrimiento también forma parte de la vida ¿sabes?… –No lo veía muy convencido- Quizá lo más importante entonces es tratar de ser felices el tiempo que vivamos ¿no te parece?… menudo rollo le fui soltando al pobre, al final creo que perdió el interés y se adelantó para jugar con otros niños.

Un diálogo así, con un pequeño de nueve años, parece un poco elevado y hasta surrealista, para mí claro, no así para mi amiga que es de lo más cotidiano ya que su pequeño tiene un coeficiente intelectual muy elevado,  o como lo llaman los entendidos una Alta Capacidad Intelectual. Pero volviendo a la inquietud “infantil” algo me revolvió por dentro. Me quedé con la copla rondándome por la cabeza.

Quizás por eso he pensado mucho estos días en la vida de Pablo Ráez, este joven coraje que conmovió y movilizó a tantísimas personas para ser donantes de médula. Sin duda su vida encajaría en lo que el pequeño denominó “una vida corta y feliz”. Porque estoy segura de que, a pesar de la enfermedad o quizás gracias a ella,  Pablo fue feliz e hizo felices a los demás.

Aunque no lo conocí – las veces que pude verlo y escucharlo fue a través de una pantalla- transmitía un profundo amor hacia la vida por medio de su sonrisa, sus palabras. Porque la felicidad no está exenta de sufrimiento, dolor o aburrimiento. Cuando vives intensamente la vida y sus detalles, llegando a lo más hondo, simplemente abrazando lo que te toca vivir en ese instante, estés como estés,  creo que eso te hace profundamente humano y, para mí, eso es la felicidad.

Gracias Pablo. Tu paso por este mundo es un verdadero canto a la vida.

“Si no puedes perdonar esto es para ti”

No es una frase de mi cosecha. Es el título del último libro que he leído y, la verdad, sus testimonios aún resuenan dentro de mí. Porque, seamos claros, ¿quién se siente libre de culpas? Sin duda el más difícil de los perdones, comienza por nosotros mismos. Al menos esa ha sido mi experiencia.portadalibro

Lo que más me ha gustado de este libro es que el perdón es experimentado como un don. Según una de las acepciones de la RAE, el don es el bien natural o sobrenatural que tiene el cristiano, respecto a Dios, de quien lo recibe. Todos los testimonios contenidos en él tienen a Dios como denominador común, Él es el verdadero protagonista.

Volviendo a la interrogante del principio y recordando los testimonios del libro, me atrevo a asegurar que la culpabilidad hace mella, rompe las relaciones entre las personas, se vuelve un lastre del que no te puedes liberar por ti mismo. Esta es la clave. Querer liberarnos de la culpabilidad por nosotros mismos. Solos, con nuestra propia, fuerza, voluntad y tesón.

Y es que hay culpas que te pesan como si cargaras piedras en una mochila. Una mala decisión, un fracaso personal, etc. ¡Cuántas cosas pueden pesarte en la vida! Pero la clave está en que te des cuenta de que no siempre está en tus manos solucionar las cosas. Hay situaciones que no están bajo tu control. Siempre es bueno dar lo mejor de nosotros para intentar cambiar algo que se tuerce pero, todo lo demás, ya no depende de ti. Es Dios quien aligera tu carga, es Él quien te va poniendo en el camino a personas buenas que te ayudan con la mochila para que continúes caminando. Es Dios quien hace que veas los problemas con perspectiva para que no te aplasten como una apisonadora. Es Él quien hace que sigas disfrutando de la vida a pesar de los fracasos, los disgustos…, porque su luz sigue brillando a nuestro alrededor y es una verdadera pena encerrarnos en la culpabilidad y no ver más allá de nosotros mismos.

Yo sólo puedo invitar a confiar en Jesús. Él está deseando salvarte de lo que te pesa. Pídele ese don. Te invito a que le des la mano…  ( Cf. 138)

Por eso, si no puedes perdonar, este libro es para ti.

 

GRACIAS 2016

dibujo CSMNo quiero dejar pasar la oportunidad de escribir estas líneas antes de que finalice el 2016 para dar las GRACIAS por el camino recorrido al lado de tantas personas a lo largo de este año. Gracias por todo lo vivido. Gracias por todo lo bueno y, por qué no decirlo, también por lo no tan bueno.

Entre las cosas buenas que me han pasado este año es que tengo un trabajo en el que soy profundamente feliz. Siempre he pensado que el  trabajo honrado te dignifica, pues tienes la oportunidad de crecer como persona, explorar al máximo tus capacidades, pero sin perder de vista tus limitaciones.

En mi caso particular tengo la dicha de experimentar y aprender de los mejores maestros de la vida: los niños. Cada día es nuevo y distinto con ellos. Siempre me asombra su capacidad de amor, tan honesto, limpio, solidario. Es una verdadera gozada. Por eso me siento profundamente dichosa, agradecida y comprendo mejor lo que Jesús decía de los más pequeños. Él siempre hablaba con cariño de los niños, tanto así que nos asegura que, de no hacernos como ellos, no entraremos en el Reino de los cielos (cf. Mt 18, 1-4). Al trabajar a diario con niños y adolescentes doy fe esta afirmación.

También son fundamentales los compañeros de viaje. Esos que comparten contigo no sólo las alegrías, sino también los momentos de cansancio y preocupación. Porque cada criatura tiene su propia historia y, al adentrarte en ella, de alguna manera trastoca tu propia realidad. Por eso doy gracias a mis compañeros, a mi familia, a mis amigos, indispensables acompañantes de viaje.

Entre las cosas no tan buenas están las pérdidas. Este año he tenido unas cuantas. Unas más lejanas y llevaderas, otras más cercanas y lacerantes. Y es que, cuanto te toca de cerca, sientes que el suelo se abre bajo tus pies. Pero hasta de esos momentos me siento agradecida. No es que me falte un tornillo. A nadie le gusta sufrir por sufrir. Simplemente no soy especial. Soy humana y como tal, expuesta a que le pasen cosas como a cualquier otra persona. Es fastidiado sin duda cuando te toca directamente, claro que lo es, pero esto también te da la oportunidad de mantener tus pies en el suelo. Por desgracia, a veces, hasta que no vives en tus carnes ciertos acontecimientos no eres del todo consciente del sufrimiento que existe en el mundo. Una muerte violenta, la enfermedad de un ser querido… son hechos muy difíciles de sobrellevar. En momento así, cuando te sientes limitado e impotente, es cuando realmente eres consciente de que tu verdadera fortaleza no reside en ti sino que viene de alguien más fuerte que tú.carta Pablo

Ese Alguien para mí es Dios. Por Él doy gracias todos los días vividos en este año 2016 y deseo de corazón que en el año venidero no me falte su presencia, su mirada amorosa para descubrirlo entre mis hermanos y en la realidad que me toque vivir.

¿A quién tienes delante?

mafalda_comprensión y respetoHay circunstancias a las que no me acostumbro. La grosería, los malos modos, el desprecio que muestran algunas personas… Es algo que me supera.

A veces he escuchado que, para ciertas profesiones, hay que tener “la piel muy dura”. Yo no creo en esta lógica, no me gusta la idea de que, por protegerme, pueda quedarme atrapada debajo de un caparazón y llegue a perder la sensibilidad.

Porque sentir afecto, cariño, estima, comprensión, compasión… es algo que no debería faltarnos en nuestro día a día. Es algo que nos hace ser profundamente humanos. Por eso no estaría demás ejercitarnos en sensibilidad, no sólo en los lugares donde nos sentimos seguros, protegidos por las personas que amamos, familia, amigos… sino también en aquellos lugares donde pasamos la mayor parte del tiempo, como en el trabajo por ejemplo. Independientemente de lo que hagas seguramente puedes ejercitar tu sensibilidad. ¿Cómo? tratando con amabilidad al que tienes delante, aunque te vea con cara de asco. A veces resulta muy difícil. Incluso puede llegar a herir tu propia sensibilidad.

Esto me pasó hace dos días. Tuve que llevar a registrar unos papeles y la actitud de la persona que me atendió fue tan desagradable al hacerle una pregunta acerca de un formulario, que me dieron ganas de replicarle con grosería también. Pero no lo hice. Me guardé esa tentación. En cambio le dije que disculpara, que buscaría a la persona que pudiera contestar mis dudas y que luego volvería. Así lo hice. La segunda vez que me atendió estaba claramente más dispuesta. Creo que se dio cuenta de que su actitud no había sido acertada.

A veces en nuestro día a día hay circunstancias en que andamos con la piel dura, insensibles a la realidad del otro. A lo mejor tienes problemas en casa, con tus hijos, algún pariente enfermo… a veces la historia personal puede ser tan cargante que te imposibilita apreciar al que tienes delante que a lo mejor está más necesitado que tú.

Sin duda no hay que olvidar que a quien tienes delante es otro ser humano y se merece respeto, que lo trates bien, precisamente porque no lo conoces, no sabes cuál es su historia.

Nadie dice que sea fácil. A veces es más sencillo quedarse en la queja, cargarnos de razón y condenar los actos de los demás. Pero si lo intentas, aunque sea con un simple gesto, puede que le des la vuelta a la situación. Estoy segura de que aquella persona del registro se dio cuenta, quedó más descolocada que yo.

 

LA ALEGRÍA DE VIVIR

el-corazon-lleno-de-nombres_01Han pasado un par de meses desde que volví de El Salvador y siguen intactas en mi memoria todas las experiencias vividas en mi querida tierra. Porque es así. Desde que el comandante del avión avisa por megafonía que entramos en cielo salvadoreño y asoman las primeras luces diseminadas en el horizonte, es como si el corazón se me saliera del pecho. Siempre me pasa. No tengo remedio.

Aterrizas y aún te queda un trecho que recorrer, pasar por la aduana y recoger tu equipaje. Después de un viaje tan largo sólo esperas, por fin, abrazar a tu familia. No importan las horas transcurridas. El cansancio acumulado. El “bendito” jet lag. Lo importante es estar.

Estar, con todo el ser. Con todos los sentidos. Con el corazón despierto. Con la mirada libre. Con los oídos dispuestos. No hay tiempo que perder. El cronómetro no perdona. En circunstancias así verdaderamente entiendes el significado de la relatividad del tiempo. Siento que, en un mes, viví tantas cosas como si hubiera pasado un año entero.

En pocas líneas es imposible resumirlo todo. Abarcarlo todo. Pero si tuviera que sintetizarlo en una frase me quedaría con esta “la alegría de vivir”. En todas las circunstancias, por duras que fueran, siempre había esa constante. VIVIR a pesar del miedo, la inseguridad, la muerte. Me vienen a la cabeza tantas cosas, tantas personas, historias, que no sabría por dónde empezar.

De momento, sólo decir que me siento muy agradecida por todo lo vivido, lo aprendido. Traigo el corazón lleno de nombres. En mi memoria guardo sus rostros. Algunos me acompañan desde siempre. Con otros fui creciendo en amistad, confianza, lealtad… Lo cierto es que, a lo largo del camino, te vas encontrando a tantísimas personas que generosamente, a veces sin que lo sepan, comparten contigo algo especial y profundo que te acompañará siempre.

Me gusta imaginar que Dios nos lleva estampados en su corazón y su memoria a todos sin excepción: cada ser humano existente en el mundo, los presentes, los ausentes, los que están por llegar y que tomarán el relevo en la historia y que seguirán experimentando la alegría de vivir.

HISTORIAS GUANACAS: La huella de Jon.

Cuando me invitaron a visitar Guarjila, San José las Flores, las Vueltas… todas comunidades ubicadas al norte del país, en el departamento de Chalatenango, no me lo podía creer. Inmediatamente dije que sí. Automáticamente viajé en el tiempo.

Jon CortinaBusqué en los cajones de mi memoria y desempolvé aquella muchacha de dieciocho años, ilusionada por formar parte de una pequeña experiencia promovida por el padre Jon. Gracias a ella, decidí hacerme periodista. Así comenzó mi andadura. Es curioso como van encajando las piezas del puzzle.

Recuerdo la primera vez que entré en su despacho. El aire cargado de humo me golpeó en la cara. Tardé unos segundos en vislumbrar la figura de un hombre delgado, anteojudo como yo, con una chispa en sus ojos capaz de traspasarte el alma. Aquello me perturbó y cautivó a partes iguales. Creo que desde aquel momento el padre Jon me contagió un poco del amor que sentía por la gente sencilla de las comunidades de Chalatenango. No es para menos. Ellas lo salvaron de morir en la UCA junto a sus compañeros jesuitas en 1989. Según él, había quedado vivo porque aún le faltaban cosas por hacer en aquellas comunidades, ¡y vaya si las hizo! Construyó casas, puentes, pozos, carreteras… a la par de un profundo trabajo pastoral con la gente de la zona rural.

Por eso ahora que he tenido la oportunidad de volver a estas comunidades me he dado cuenta de cuánto hizo Jon por toda esta gente. Como asoma el cariño, el agradecimiento, la lealtad… al hablar del padre Jon. En todas ellas renace aquel hombre valiente que estuvo a su lado cuando las cosas estaban torcidas. Gente asesinada, violada, amenazada. Familiares desaparecidos. Desterrados que huyeron al monte para salvar la vida. Muchos se quedaron por el camino. Muertos de hambre, heridos, derrotados. “Lo más terrible era ver a niños moribundos tirados por el suelo, muertos de hambre o heridos y no podías hacer nada para salvarlos. Eso nunca se olvida”, me dijo uno de los supervivientes que tuvo la generosidad de revivir para mí aquellos atroces episodios. Yo tampoco lo olvidaría.

Gracias a los diversos testimonios como el de Alfredo, niña Emma, Roxana, Adolfo… y muchos otros que me abrieron de par en par su casa y su vida, he constatado tres cosas: la primera es que nadie olvida a su gente desaparecida en la guerra (coinciden aquí todos los testimonios que escuché); la segunda es que aquellos que han tenido la oportunidad de reencontrarse, o de encontrar los restos de alguien querido (en el caso de las exhumaciones como en el caso de la madre de Roxana), les ha ayudado a reconciliarse con su pasado, a mitigar un poco el dolor de las heridas abiertas; la tercera es que la mayoría de los supervivientes sigue con la esperanza de reencontrar a sus seres queridos: estén vivos o muertos (como en el caso de uno de los hijos de niña Emma) .

El padre Jon lo intuyó. El sintió también la urgencia y el dolor de toda esta gente. Y no se quedó de brazos cruzados. Niña Emma recuerda, por ejemplo, cómo empezaron a llegar -sobre todo mamás- de todas partes de Chalatenango, porque se enteraron de que “un padre escuchaba a la gente”, y no sólo eso, también intentaba ayudar a encontrar a tus seres queridos, desaparecidos, arrebatados, durante la guerra. Este sería su mayor legado.

Así nacería Probúsqueda en el año 1994. Con este mismo espíritu nacería también, en 2010, la Comisión Nacional de Búsqueda de Niñas y Niños desaparecidos en el conflicto armado, en cumplimiento a la Sentencia emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos el 1° de marzo de 2005. En ambas instituciones pervive el espíritu del padre Jon Cortina sj. Su recuerdo también sigue vivo en la memoria de todos aquellos que tuvimos la suerte de encontrarlo en el camino. Gracias a este viaje he descubierto sus huellas en cada persona, en cada rincón, de las comunidades de Chalatenango que tanto quiso. Como el mismo decía, fue con la gente sencilla del campo con la que aprendió el evangelio de Jesucristo “al ver la persecución que sufrían, al ver su humildad, su solidaridad entre hermanos…” fue allí donde se enamoró de este pueblo, un pueblo -como pude comprobar- también enamorado del padre Jon.

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Agradezco infinitamente a todos aquellos que se abrieron conmigo, hablándome con franqueza, mostrándome sus heridas, compartiendo también la alegría de vivir, sus sueños, sus esperanzas a pesar de todo. Muchísimas gracias.

Gracias por ofrecerme una confianza que no creo merecer, a no ser por Jaqueline Ramírez, investigadora de la Comisión en esta zona, con cuyo trabajo humano y profesional se ha ganado a pulso el cariño y la confianza de la gente, a la que reciben como una más en la familia. Gracias Jaqui por mostrarme tantos rostros e historias que siempre guardaré en mi corazón y memoria.

Gracias Arcinio por invitarme a emprender este viaje. Gracias a todos los miembros de la Comisión por ayudar a tantas familias que sufren. Por acompañarlas y ayudar a aliviar sus heridas. He sido testigo de esta maravillosa, aunque dolorosa, labor.

Gracias Héctor, amigo, hermano. Gracias Elsi, Elizabeth, Juliana, Rosaura. A todos.

Hasta siempre.

 

HISTORIAS GUANACAS: El milagro del reencuentro.

Son las siete de la mañana y vamos camino de Tepetitán, un precioso pueblecito ubicadoel milagro del reencuentroo4 en el departamento de San Vicente. Tepetitán en náhuat significa “lugar entre cerros”, pues son estos montes generosos los que te saludan a lo largo del camino.
Es un día de fiesta, de alegría, de ilusión y de esperanza para una gran familia que se reencuentra. Las emociones están a flor de piel para Cristina y Ana de Jesús, dos hermanas, ahora mujeres adultas, otrora niñas indefensas y huérfanas privadas de la seguridad, el apoyo y el cariño de su familia.
el milagro del reencuentroo2Nadie debería padecer lo que ellas padecieron. Nadie debería sufrir un despertar tan brutal en su niñez. Una niñez robada, arrebatada, que llegó como un ladrón en la noche. Esto les pasó a las protagonistas de esta historia, aunque no fueron las únicas, pues sus hermanos Valentín, Lidia y Santos también padecieron en sus carnes la misma suerte.
Y como toda historia tiene un principio, esta comienza con la muerte de sus padres: José Orellana Ayala y Natividad de Jesús Guadrón, originarios de un lugar llamado la Haciendita, Tecoluca, San Vicente.
Imaginen la situación: finales de los años setenta, principios de los ochentas, en pleno conflicto armado, don José decide afiliarse en una organización campesina, un delito castigado por el mando militar de la época y cuyas consecuencias padecían, no sólo las personas involucradas, sino también sus familias.
Cristina, la mayor de los cinco hermanos, lo sabe muy bien. Ni ella, su madre y sus hermanos pudieron escapar ilesos después de que su padre fuera asesinado entre 1979 y 1980.
Sin embargo, el día que cambiaría definitivamente la suerte de Cristina fue aquel fatídico 30 de junio de 1980, cuando los hombres del ejército sacaron por la fuerza a las mujeres de la casa familiar y las mataron sin ninguna piedad. Cristina, al ser la mayor, fue víctima de abusos físicos y emocionales que hasta el día de hoy la hieren por dentro. Este recuerdo, grabado a fuego en su mente y en su corazón, la golpea con fuerza a pesar de los años transcurridos. Sus ojos se humedecen cada vez que alguien lo menciona. Su mirada se aflige pidiendo socorro como si fuera aquella niña de quince años que, de golpe, tuvo que tomar las riendas de su vida y también la de sus hermanos pequeños.
No tuvo tiempo de lamentos, ni contemplaciones. Agarró de la mano a sus hermanos y se los llevó consigo al monte, incluido un pequeño bebé de pocos meses que su madre Natividad tenía. Este último murió en el camino. Y es que el hambre no entiende de razones. Y aquella niña maltrecha y humillada tenía que trabajar para que el hambre no se llevara también a los cuatro pequeños que aún respiraban.
Así que pide ayuda a una amiga de San Salvador y consigue trabajo en una casa. A fuerza tiene que dejar a Valentín, Ana de Jesús, Lidia y Santos mientras ella se ganaba el sustento y volvía cada vez que le pagaban. Pero sus sufrimientos estaban lejos de darle una tregua, porque las injusticias muerden siempre al que va con los pies descalzos. Cristina lo sabe muy bien.
Uno de aquellos esperados días en los que Cristina regresaba a casa de su amiga para ver a sus hermanos, la única razón para soportar aquella realidad desgraciada que le había tocado vivir, dos de ellos ya no estaban. Lidia y Santos, de cinco y dos años, habían desaparecido. En su ausencia, aquella amiga los había “regalado” porque la comida no alcanzaba para mantenerlos a todos. Nunca supo más de ellas. Nadie le dio pistas del paradero de las dos pequeñas. La cruz a cuestas se le hacía cada vez más pesada. Tuvo nuevamente que decidir: dejar a Valentín y Ana de Jesús, de cuatro y ocho años, y arriesgarse a no encontrarlos cuando volviera, o llevárselos consigo y huir nuevamente como cuando se fueron al monte un tiempo atrás. Optó por lo segundo. Salvo la muerte, nadie volvería a separarlos. Encontrar a sus hermanas Lidia y Santos sería su obsesión. Y, hasta el día de hoy, lo sigue siendo.

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Por desgracia la historia de Cristina y Ana de Jesús no son las únicas. Esta es la historia de muchos niños hijos de la guerra que fueron víctimas de:  violaciones, abandono, hambre y muerte. Los niños, los más vulnerables de todos los seres, quedaban desamparados a manos de los hombres, no así de la mano de Dios. No hay explicación racional para una mente sencilla: todo lo bueno de este mundo proviene de la mano generosa de Dios. Él nunca te desampara, a pesar de las atroces circunstancias. Él es el que permite hacer realidad el milagro de reencuentro. Y uno de ellos tuve el privilegio de presenciar el domingo 28 de febrero de 2016. Una fecha feliz que quedará marcada en la memoria, no sólo en la de Cristina y su hermana Ana de Jesús, sino también en la nuestra, en todos aquellos que tuvimos la fortuna de compartir “el milagro del reencuentro”. Gracias Héctor y Arcinio por invitarme. Gracias a todo el equipo de CNB por acogerme tan generosamente y hacerme sentir una más entre ustedes.
Y es que no todas estas historias tienen finales tristes. Resulta que don José, tenía varios hermanos –sólo por la parte paterna- a quienes visitaba con sus pequeños hijos Cristina, Ana de Jesús, Valentín, Lidia y Santos. Todos de tierna edad y a quienes perdieron la pista después del asesinato de su hermano José y su cuñada Natividad.
el milagro del reencuentroo5Por eso hoy es día de fiesta. Porque los hermanos de don José se reencuentran con sus sobrinas Cristina y Ana de Jesús, perdidas hace más de treinta años.
El milagro del reencuentro, ha sido fruto de un largo proceso de investigación que comenzó a finales del año 2014, cuando uno de los hermanos de don José se pone en contacto con la Comisión Nacional de Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos durante el conflicto armado.
El milagro del reencuentro es fruto además de la iniciativa de una familia que, pese a los años, no perdió la esperanza de reencontrar a sus seres queridos. También es fruto del trabajo y la entrega del equipo de la Comisión involucrado más allá de lo estrictamente profesional, pues al cruzar el umbral íntimo de las familias una parte de ti, se queda con ellas, y una parte de ellas se queda también en ti.
Fruto sin duda de sus investigadoras, “tejedoras”, que con delicadeza han ayudado a tejer esta historia, una historia llena dolor, de pérdidas y sufrimiento, pero también llena momentos felices al lado de la familia que cada uno ha forjado a lo largo del camino de la vida. Ahora todos juntos tienen la oportunidad de reescribir un nuevo comienzo. Hoy es un día lleno de luz, de esperanza para esta gran familia. Aquí comienza otro trecho del camino, esta vez acompañados por una numerosa familia que transmitirá de generación en generación: El Milagro del Reencuentro. Valentín ya no pudo llegar a tiempo, la muerte se lo llevó pronto, pero seguramente también ha vivido junto a sus hermanas este memorable momento. Cristina así lo cree y yo también.

HISTORIAS GUANACAS. Primera entrega: primas hermanas.

Al llegar a el Salvador me sale lo guanaco. Lo que digo, lo que huelo, lo que siento… aflora en mi memoria como si nunca me hubiera marchado de aquí, como si no viviera al otro lado del charco, en otra tierra, en otra cultura, con el mismo idioma, pero tan abismalmente distinto. Por eso para mí volver siempre es un regalo. Desentrañar mis raíces. Sentir más cerca el calor de mi gente que me envuelve por fuera y por dentro.
Pero no se equivoquen. No es que todo sea idílico y maravilloso, ni mucho menos. La realidad se encarga de darme alguna que otra bofetada para que espabile y ponga los pies en la tierra. Y merece mucho la pena.
Una de las experiencias que más me ha conmovido estos días es la visita a unas primas de mi abuelita. Aunque viven relativamente cerca, también en San Vicente, no es tan fácil llegar hasta su casa, mucho menos para una octogenaria como es mi abuelita. Por eso se puso feliz cuando le propuse acompañarla para hacerles una visita. Nos pusimos en camino.
Llegamos a eso de las dos de la tarde. La tía Catalina, aunque tiene ochenta y cuatro años, sigue trabajando en la casa de al lado donde ha criado a hijos, a nietos y ahora también cuida a su patrona -aunque es más joven que ella- que no se mueve de la cama y que, al parecer, se pasa los días y las noches añorando sus tiempos de bonanza, cuando ofrecía grandes fiestas y banquetes en honor a la gente importante del pueblo. Tía Ángela por su parte, a sus ochenta y ocho años, tuvo mucha más “fortuna” porque trabajó toda su vida fregando ropa y limpiando suelos en el Hospital de san Vicente, lo que le da el “privilegio” de percibir una pensión de cien dólares al mes. Con todo se sienten muy afortunadas, no todo el mundo llega a su edad gozando de salud y de memoria, me dicen.
Al llegar llama la atención la fachada de la casa, comparadas con las que hay a su alrededor, desentona a leguas como un hueco en medio de unos dientes blancos y bien cuidados. Su portón -si puede llamarse así- está hecho de láminas de zinc que si viniera el lobo del cuento de los tres cerditos y soplara, saldrían volando con las tías y todo lo que hay dentro.

IMG_20160224_205708230Al cruzar el zaguán, te das de bruces con la minúscula casita: un pequeño porche y dos pequeñas habitaciones de ladrillo y techo de zinc, en contraposición con el enorme patio -el corazón de la casa- lleno de árboles de mango, plátanos y un limonero que se extienden majestuosos en medio del monte despeinado, en el que campan a sus anchas las gallinas y que sirve de cobijo a algún que otro animalito del campo.
Así pasamos la tarde. Tres amigas de infancia, tres primas, comadres, compartiendo su cariño, sus alegrías, sus esperanzas y también sus penas, porque con ellas han ido tejiendo la historia de sus vida.
¡Cuánto bien puede hacer escuchar! Pienso. Intenté intervenir poco en aquella reunión. Fui espectadora privilegiada, testigo de un momento único y memorable, de esos que hacen mella en tu interior. No quería interrumpir aquella atmósfera que me envolvía generosamente, aunque de vez en cuando lo hice con alguna pregunta para ir tejiendo también mi propia historia.
¡Cuánto amor sentí en aquellas vidas! ¡Cuánto sufrimiento también! Abandono. Miseria. La muerte de un hijo. Vidas entregadas a duros trabajos por sueldos miserables. Pero también una vida llena de historia tejida de momentos felices, alegres, luminosos. Así se forja la vida de uno, pienso. Entre las luces y la sombras encontramos la felicidad. Una felicidad que viene de lo más hondo y que te hace disfrutar durante el trayecto del camino, aunque al parecer no haya motivo.
Aquella tarde recibí una buena dosis de realidad y una gran lección para la vida. Pese a todo lo que escuché, no percibí amargura ni desesperación en las palabras. Tampoco reproche, ni resignación. Sólo agradecimiento. Agradecimiento por vivir tanto y tener fuerza para levantarse cada mañana. ¿Qué más se puede pedir? Me dijo tía Catalina. Yo, mientras, sigo rumiando la respuesta.

AMAR Y SERVIR

ayudar_a_otrosSegún los testimonios bíblicos, Jesús comenzó su vida pública cuando tenía unos treinta años, después de ser bautizado por Juan el Bautista. Una vida, como advertimos en los Evangelios, no exenta de dificultades, incomprensiones, sufrimientos, tentaciones… como cualquiera de nosotros. Esto es clave para comprender a Jesús, identificarnos con él, y sentirlo como uno de nosotros. A lo largo de su vida amó, padeció, sanó, ayudó, agradeció, se alegró… y también tuvo tentaciones. ¿Pero qué es una tentación? Según la RAE es la instigación o estímulo que induce el deseo de algo. En otras palabras: vivimos rodeados de tentaciones. Tentación de no hacer bien las cosas, de dejarnos vencer por la pereza, la indiferencia, el qué dirán… el deseo de tener cosas, buscar prestigio, honor, riqueza… esta fue la primera encrucijada a la que Jesús se enfrentó en el desierto. Pero frente a toda tentación Jesús nos propone una palabra clave: SERVIR. Lo dice claramente: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” Mt 20, 27.

Hay tentaciones cotidianas que sorteamos día a día. Nadie dice que sea fácil. Es como en una carrera de obstáculos: hay que estar muy atentos para no llevarnos por delante lo que se  nos presenta en el camino.

La otra palabra clave para comprender el sentido de la vida de Jesús es: AMAR. Así nos lo dice el mismo Jesús: “Mi mandamiento es este: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos.” Jn 15, 12ss.

Así entonces, la vida de Jesús puede resumirse en: AMAR y SERVIR. No en vano estas dos palabras forman parte de la fórmula ignaciana: en todo amar y servir.

Esta máxima ignaciana personalmente me ayuda a centrarme en lo importante. Me ayuda a descubrir en las personas: gestos, palabras, obras o acciones que llevan como bandera el amor y el servicio. Me ayuda a abrir la mirada, y a  fijarme en pequeñas cosas y aparentemente insignificantes: desde sujetar la puerta, decir gracias, dar los buenos días, sonreír a pesar de todo… todo ello le da el sentido a mí día a día.

El amor de un niño

im1navidad3La Navidad llega cada año con puntualidad. Aunque es un acontecimiento que celebramos todos los años, sigue siendo llamativo que el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, sea en un humilde pesebre.

Por general, en este mundo en que vivimos, cuando nace algún miembro de la realeza se anuncia a bombo y platillo. Pero la lógica de Dios no corresponde a la lógica nuestra, de allí que el nacimiento de Jesús tampoco corresponde con las cosas de este mundo.

Si Jesús hubiera nacido entre la abundancia, la grandeza y la riqueza, seguramente no habría podido transmitir con tanta claridad el mensaje de amor de Dios para todo el mundo sin excepciones de raza, sexo, religión….

Y es que no hay poder más grande, capaz de remover nuestras entrañas, como el amor. Y no hay nada más puro como el amor de un niño. Un amor libre, generoso, confiado. Como el de ese pequeño niño que nace sin hacer mucho ruido. Sin lujos, honores, ni riqueza. Como el más humilde de este mundo. Para que nadie se quede fuera. Para que nadie pierda la ilusión y la esperanza aunque las circunstancias sean difíciles.

Así pues, en estos días que nos preparamos para celebrar la navidad, ojalá abramos el corazón y no cerremos nuestra posada para aquel que nada tiene. Y que Jesús renazca en nuestro corazón y llene nuestra vida de alegría, de ilusión y de esperanza.

Es mi deseo más profundo y sincero.

FELIZ NAVIDAD